NEPHELIM - Capítulo 29
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29: Capítulo 28 29: Capítulo 28 El encuentro con Crogan había dejado un sabor a ceniza y advertencia en mi boca.
No podía permitirme el lujo de quedarme quieta.
La Fiesta era una sombra que se alargaba con cada minuto que pasaba.
Si el entrenamiento de Silas había sido sensorial y emocional, y si Crogan lo despreciaba como «cuentos de hadas», entonces necesitaba algo más.
Algo que me preparara para el cuerpo a cuerpo de una guerra disfrazada de etiqueta.
No me sorprendió encontrar a Vex esperándome en la entrada de la sala de entrenamiento, como si hubiera sentido mi necesidad.
O mi desesperación.
—Pensé que habrías pasado el día lamiéndote las heridas emocionales después de tu… audiencia con nuestro señor —dijo, su voz un arrastre meloso.
Llevaba un conjunto ajustado de cuero rojo oscuro que parecía pintado sobre su piel.
Sus ojos esmeralda brillaban con malicia—.
Pero veo que el pequeño corazón nephelim es más resistente de lo que parece.
¿O es que el pánico por la fiestecita de mañana es un motivador mejor que el despecho?
Ignoré su comentario, concentrándome en el espacio vacío del salón.
—¿Vas a seguir hablando o vas a entrenarme?
—pregunté, adoptando la postura inestable que me había enseñado ella, centrando mi peso.
Vex sonrió, mostrando todos sus dientes.
—Directa al grano.
Me gusta.
—Se deslizó hacia el centro del tatami de madera—.
Hoy no es sobre agarrar puños ni estallidos de rabia.
Hoy es sobre fluir.
Sobre moverte como si el aire fuera agua y tus enemigos, rocas torpes.
Muéstrame que puedes esquivar antes de pensar en golpear.
No dio señal.
Simplemente se abalanzó.
Pero esta vez, algo era diferente.
No solo en mí, sino en cómo percibía el mundo.
El intenso «entrenamiento» sensorial en el crisol, la activación de mis poderes, incluso la descarga emocional de la mañana… todo había afinado algo dentro de mí.
Ya no era solo una humana torpe con reflejos sobrenaturales ocasionales.
Era como si mis sentidos y mis músculos estuvieran empezando a hablar el mismo idioma.
Vi el movimiento de su hombro un milisegundo antes de que su pierna girara hacia mi costado.
No fue un pensamiento.
Fue un impulso.
Giré sobre la bola del pie, dejando que su patada pasara rozando el cuero de mi chaleco.
El aire que desplazó me rozó la piel.
Había esquivado.
Bien.
Vex no se detuvo.
Su ataque fue una sucesión de golpes bajos, fintas altas, y movimientos serpentinos que intentaban enredarme.
Pero yo me movía.
No con gracia, no como ella, pero con una eficiencia nueva.
Esquivaba, bloqueaba con los antebrazos (aún me dolía, pero el dolor era un dato, no una parálisis), retrocedía en el momento justo.
Mi cuerpo parecía recordar cosas que mi mente no sabía.
Un giro aquí, una bajada de centro de gravedad allá.
No era perfecto.
Una de sus patadas me golpeó el muslo, haciéndome tropezar.
Otra me atrapó en el brazo, dejándome un nuevo moretón instantáneo (aunque este pareció desvanecerse más rápido de lo normal).
Pero por cada golpe que recibía, esquivaba tres.
—Tu ritmo es menos patético —observó Vex, saltando atrás después de una combinación que yo había eludido por poco—.
Como un cervatillo que finalmente aprendió que los lobos tienen dientes.
Pero aún piensas.
Tus ojos delatan tu siguiente movimiento.
Deja de planear y siente.
Se lanzó de nuevo, esta vez más rápido.
Una lluvia de golpes.
Mi mente se apagó.
Solo sentí.
La presión del aire, la intención en sus ojos esmeralda, el leve cambio en su respiración antes de atacar.
Me convertí en un espejo deforme, reflejando su violencia con evasiones, deslizamientos y paradas mínimas.
En un movimiento particularmente rápido, ella intentó agarrar mi muñeca para torcérsela.
En lugar de forcejear, giré con el movimiento, usando su propio impulso para liberarme y crear distancia.
Me detuve, jadeando, el sudor frío en mi frente.
Había logrado no ser derribada en varios intercambios.
Vex se detuvo también, observándome.
No había elogio en su rostro.
Solo esa evaluación lasciva y burlona.
—Hmm —hizo el sonido, recorriendo mi cuerpo con la mirada—.
No está mal.
La raíz empieza a brotar reflejos.
No es elegancia.
Es… instinto puro.
Sucio.
Como un animal callejero.
—Se acercó, y su tono bajó a un susurro seductor y peligroso—.
Mañana, en la Fiesta, la elegancia te matará.
El instinto sucio, tal vez… te dé unos segundos más.
Sigue así, bocadito.
Sigue convirtiéndote en algo apestosamente vivo.
Es más divertido cazar presas que luchan que adornos que se rompen.
Con un último y largo vistazo que sentí como un contacto físico, dio media vuelta.
—Eso es todo por hoy.
Tu cuerpo recordará el movimiento, aunque tu mente de niña humana quiera olvidar el dolor.
—Se detuvo en la puerta—.
Oh, y Alana… no te preocupes por parecer educada mañana.
Preocúpate por oler el veneno antes de que te lo sirvan.
Y se fue, dejándome sola en la sala de entrenamiento, con los músculos ardiendo, nuevos moretones formándose y desapareciendo a un ritmo antinatural, y una nueva certeza: no era una guerrera.
Pero ya no era una víctima indefensa.
Era algo en medio.
Algo que aprendía.
Algo que, quizás, podría oler el veneno.
Era un consuelo pequeño, frío y espinoso.
Pero en el palacio de Silas, era el único tipo de consuelo que existía.
Después de que Vex se marchó dejándome sola en la fría y vasta sala de entrenamiento —un espacio circular con paredes de hielo esmerilado y suelos de obsidiana pulida—, el silencio volvió a apoderarse del lugar.
El aire olía a ozóno estático y a la persistente esencia helada del jazmín.
Me quedé allí, en el centro de la sala, respirando hondo, tratando de asimilar el encuentro.
Sus palabras aún resonaban en mi mente: “No eres humana.
Deja de actuar como tal.” Fue entonces cuando escuché el leve crujido de la puerta lateral abriéndose.
No era el sonido de bisagras de hielo que hacía Vex, sino algo más suave, como de madera cuidadosamente desplazada.
Me giré.
Una mujer entró, no por la gran puerta principal por donde Vex había desaparecido, sino por una entrada más pequeña, casi oculta en un panel de la pared.
No era una demonio de la corte.
Vestía un sencillo vestido largo de lana gris, ceñido en la cintura, con un delantal blanco inmaculado.
Su cabello castaño estaba recogido en un moño severo, pero suelto dejaba escapar algunos rizos rebeldes alrededor de un rostro que no era perfecto: tenía pecas en la nariz y una pequeña cicatriz en la barbilla.
Sus ojos eran de un marrón cálido, y en ellos no había el vacío dorado ni la malicia esmeralda.
Había… cautela.
Y algo que parecía una genuina timidez.
Hizo una leve reverencia, manteniendo la mirada un poco baja, pero no del todo sumisa.
—Señorita Alana—dijo, su voz era suave, con un tono que no encajaba en la frialdad del palacio—.
Mi nombre es Elara.
El Señor Silas ha ordenado que os prepare para la fiesta de esta noche.
Si me seguís, por favor.
“Preparar”.
La palabra sonó extraña, casi humana.
Aquí, en este lugar, ¿qué significaba eso?
¿Un nuevo tipo de entrenamiento?
¿Una prueba?
—Yo… puedo arreglarme sola —dije, con cautela, probando el terreno.
Elara levantó la vista completamente por primera vez.
Sus ojos marrones eran sorprendentemente sinceros.
—Lo sé,señorita.
Pero son órdenes del Señor Silas.
Él… es muy específico con los detalles.
Y es mi trabajo.
—Hizo una pausa, y un pequeño rubor tiñó sus mejillas—.
No os preocupéis, por favor.
Intentaré que sea… lo menos desagradable posible.
Había una amabilidad en sus palabras que desarmaba.
No era la falsa dulzura de Vex ni la cortesía glacial de Silas.
Parecía genuina.
Después de días de puro hielo y amenaza, esa simple oferta de cuidado fue como un golpe de aire tibio.
Asentí lentamente.
—Está bien,Elara.
Te sigo.
🪽 Elara me condujo no por los pasillos principales del palacio, llenos de ecos y miradas frías, sino por una red de corredores más estrechos y bajos, iluminados por suaves esferas de luz azulada incrustadas en las paredes.
El aire aquí era menos perfumado, más limpio, y olía ligeramente a cera y a hierbas secas.
Era la parte trasera del esplendor, las entrañas donde trabajaba el servicio.
Llegamos a una estancia que no era ni una celda de lujo ni una sala de entrenamiento.
Era un baño.
Pero no como el de mi suite, que era una obra de arte helada.
Este era… funcional.
Acogedor.
Las paredes estaban revestidas de losas de piedra caliza clara y cálida, no de hielo o mármol.
En el centro había una bañera grande y profunda, tallada en lo que parecía una sola pieza de cuarzo rosa pálido, que emanaba un suave calor.
El agua dentro ya estaba, humeante ligeramente, y desprendía un aroma a lavanda, manzanilla y algo parecido a la miel silvestre.
Velas reales, de cera de abeja, ardían en nichos de la pared, proyectando danzas de sombras cálidas.
El contraste con todo lo que había visto hasta ahora fue tan brutal que me quedé en la puerta, boquiabierta.
—¿Es… agua caliente?
—pregunté, incapaz de ocultar mi asombro.
Elara sonrió, una sonrisa pequeña y tímida que le llegaba a los ojos.
—Sí,señorita.
De los manantiales geotérmicos bajo la esfera.
No todo aquí es hielo, aunque lo parezca.
—Se movió con eficiencia silenciosa, colocando toallas gruesas de lino sobre un banco de madera, y sacando frascos de cerámica y esponjas naturales de una cesta—.
El Señor Silas insiste en que sus… invitados de alto rango estén cómodos.
En sus propios términos, claro.
Mientras hablaba, comenzó a ayudarme a quitarme la túnica de entrenamiento, que estaba impregnada de sudor frío y el olor metálico del esfuerzo.
Sus manos eran hábiles, respetuosas, evitando cualquier contacto innecesario.
La vergüenza inicial pronto se disipó ante su profesionalidad tranquila.
—¿Llevas mucho tiempo aquí, Elara?
—pregunté, buscando romper el hielo de una manera diferente, mientras me dejaba guiar hacia la bañera.
El calor del agua al rodear mis tobillos fue un placer casi indecente.
—Toda mi vida, señorita —respondió ella, ayudándome a entrar en la bañera.
El agua caliente me envolvió hasta los hombros, y un suspiro de alivio escapó de mis labios sin que pudiera evitarlo—.
Nací en los Dominios Inferiores, en la Séptima Esfera.
Mi familia era… artesana.
Trabajábamos el tejido de sombras.
Pero hubo una deuda.
Una mala cosecha de pesadillas… —Su voz se apagó un momento, mientras tomaba una esponja y la empapaba en agua perfumada—.
El Señor Silas compró nuestra deuda.
A mis padres los envió a trabajar en los telares de Frío Eterno.
A mí… me formó para el servicio personal.
Dijo que mi… “calma” era un recurso infrautilizado en la Cuarta Esfera.
Comenzó a lavarme la espalda con movimientos lentos y firmes.
El contacto no era invasivo; era limpiador, casi medicinal.
—Suena…menos terrible que otras cosas que he visto —dije con cautela, cerrando los ojos y dejando que el calor penetrara mis músculos tensos.
—Oh, lo es —dijo Elara con convicción—.
El Señor Silas es… estricto.
Exige perfección.
Y su silencio puede ser más aterrador que los gritos de un demonio de las esferas de fuego.
Pero es justo.
Cumple sus pactos.
Y aquí, en su dominio, estamos a salvo de las peores… depredaciones.
Mi familia tiene un techo, comida, y no tememos ser consumidos por la locura de un señor menor.
Es más de lo que muchos pueden decir.
Su lealtad era tranquila, no fanática.
Se basaba en una realidad dura, no en una adoración ciega.
—¿Y la fiesta de esta noche?—pregunté, cambiando de tema—.
¿Qué puedo esperar?
Elara hizo una pausa, enjabonando mi cabello con un champú que olía a cedro y salvia.
—Será…intensa, señorita.
Todos los señores y damas menores de la Esfera estarán presentes.
Y otros invitados.
Habrá música de cristales quebradizos, bailes donde cada paso es una declaración, conversaciones que son duelos con palabras de hielo.
—Su voz bajó a un susurro—.
Y todos estarán mirándoos a vos.
Sois… la novedad.
La Nephalim.
La pronunció sin miedo, sin asco.
Como un hecho.
—¿Te asusta eso?¿Lo que soy?
—pregunté, abriendo los ojos para ver su reflejo en el agua tranquila.
Ella negó con la cabeza, enjuagando mi cabello con un cántaro de agua tibia.
—Asustar…no es la palabra.
Me… intriga.
He oído las historias, por supuesto.
Leyendas de los tiempos antes del Gran Olvido.
Pero vos… no parecéis un monstruo.
Parecéis una joven muy perdida y muy fuerte.
—Se sonrojó de nuevo, como si hubiera dicho demasiado—.
Perdonad, no es mi lugar… —No, por favor —dije rápidamente, tocando su mano por un instante—.
Es… agradable.
Hablar con alguien que no juega un juego cada segundo.
Gracias, Elara.
Ella me sonrió, una sonrisa más amplia y real esta vez —El placer es mío,señorita Alana.
De verdad.
Es… raro tener a alguien con quien hablar de cosas banales.
Las sirvientas hablamos, claro, pero siempre con un oído atento a las sombras.
—Bajó la voz a un tono confidencial—.
A veces, extraño el sonido de la lluvia caliente de la Séptima Esfera.
Aquí solo nieva polvo de diamante.
Reímos, un sonido extraño y maravilloso en aquel baño cálido.
Hablamos de tonterías: de su hermano pequeño, que estaba aprendiendo a tejer ilusiones de escarcha; del gato-fantasma que vivía en las cocinas y robaba pescado helado; de lo aburridos que eran los banquetes interminables a base de néctares congelados y frutas de hielo.
Por primera vez desde que llegué al Infierno, me sentí… limpia.
No solo por fuera.
El agua caliente y la conversación sencilla habían lavado parte de la suciedad del alma.
Cuando finalmente salí de la bañera, envuelta en una toalla enorme y suave, Elara me ayudó a secarme con meticulosidad.
—Ahora —dijo, con un brillo de emoción genuina en los ojos—, viene la parte divertida.
El Señor Silas ha enviado el atuendo.
Creo que… os va a sorprender.
Su entusiasmo era contagioso.
Por un momento, olvidé que era una prisionera, un peón, una Nephalim.
Era solo una chica a punto de vestirse para una fiesta, con la ayuda de una posible amiga en un lugar desolado.
El hielo alrededor de mi corazón, forjado por el miedo y la ira, había comenzado a fundirse, solo un poco, gracias al calor del agua y a la calidez inesperada de unos ojos marrones.
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