NEPHELIM - Capítulo 3
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3: Capítulo 2 3: Capítulo 2 —Alana, ¿puedes llevar estos papeles a la estación de enfermería, porfa?
—La voz de Mia, mi colega, me sacó de mi ensoñación.
Me extendió una carpeta color rojo con letras grandes y negras que decían PEDIATRÍA—.
Por favor —insistió, juntando sus manos en un gesto de ruego.
Solté un suspiro, negando con la cabeza, pero una sonrisa se asomó a mis labios.
—Está bien—dije, rodando los ojos—.
Pero me debes una —añadí, señalándola con la carpeta.
—¡Sí, lo que quieras!
Eres la mejor, gracias —dijo, alejándose casi saltando de alegría.
Caminé por los pasillos iluminados por luces fluorescentes, un contraste brutal con la penumbra de mi pesadilla.
Cada sonido—el crujido de mis zapatos, el murmullo de las enfermeras—me parecía extrañamente amplificado.
Llegué a la estación principal.
—Hola, Nancy —saludé a la jefa de enfermería.
Nancy es una mujer mayor, de cabello entrecano recogido en un moño impecable y unas gafas que casi le cubren la mitad del rostro.
Pero detrás de esos lentes, hay una mirada que todo lo ve.
Llegué a este hospital siendo una residente verde e inexperta, y ella me salvó en múltiples ocasiones.
Es un fenómeno, una genia andante, mi amiga y mi mentora.
—Mia te manda esto —dije, extendiéndole la carpeta.
—Esa chica… —musitó Nancy, tomando los papeles con una sonrisa cansada.
Sus ojos se posaron en mí, escudriñándome—.
Alana, cariño, tienes unas ojeras que podrían cargar con el turno completo.
¿Estás durmiendo?
Abrí la boca para responder, para soltar mi mentira preparada, pero en ese preciso instante, un sonido agudo y urgente cortó el aire.
Bip-bip-bip-bip.
Era la alarma del monitor de uno de mis pacientes.
El pitido desgarrador que anunciaba un paro cardiorrespiratorio.
—¡Código azul, habitación 304!
¡Es el señor Evans!
—gritó una voz por los altavoces.
El mundo se contrajo.
Mi conversación con Nancy, mi cansancio, mis miedos… todo quedó relegado a un segundo plano.
—¡Es mío!—dije, y salí disparada.
El pasillo se convirtió en un borrón.
Empujé la puerta de la habitación 304.
El señor Evans, un hombre de sesenta y tantos años con un historial cardíaco complicado pero con una voluntad de hierro, yacía pálido y cianótico en la cama.
La línea en el monitor era plana, un silbido fúnebre e ininterrumpido.
—¡Fuera de mi camino!
—ordené, colocándome a un lado de la cama.
Mis manos, que momentos antes temblaban por la falta de sueño, se volvieron firmes, herramientas precisas—.
Epinefrina, 1 mg.
¡Carguen el desfibrilador a 200 julios!
¡Y alguien inicie las compresiones!
El caos se organizó en un ballet de urgencia.
El sonido rítmico y siniestro de las compresiones torácicas llenó la habitación.
Uno, dos, tres, cuatro… Apliqué el gel, coloqué las palas.
—¡Despejen!—grité.
El cuerpo del señor Evans se arqueó violentamente con la descarga.
Todos los ojos se clavaron en el monitor.
La línea plana continuó, testaruda, mortal.
—¡Continuen con las compresiones!—ordené, mi voz empezaba a quebrarse—.
¡Otro ciclo!
Los minutos se estiraron como horas.
Administré más medicación, ordené otra descarga.
300 julios.
Su cuerpo se sacudió de nuevo, inerte.
El sudor me corría por la espalda.
No.
No él.
Pensé que saldría de esta.
—Alana… —la voz de una de las residentes era suave, llena de lástima—.
Son veintidós minutos.
Es tiempo de llamarlo.
Miré el reloj.
Ella tenía razón.
La ley y la ética dictaban el final.
Un nudo de frustración y fracaso se apretó en mi garganta.
—Hora de la muerte,07:14 —declaré, y las palabras sabían a ceniza.
La energía en la habitación se desvaneció.
Uno a uno, los demás médicos y enfermeras fueron saliendo, murmurando palabras de consuelo que no lograba escuchar.
Me quedé sola, mirando el cuerpo silencioso del señor Evans.
Había apostado por él.
Creí que su corazón, como su espíritu, era más fuerte.
Me había equivocado.
El pitido plano y monótono del monitor era el único sonido, una campana fúnebre electrónica.
Me apoyé en la baranda de la cama, derrotada.
Y entonces, sucedió.
Pip.
Pip.
Me quedé paralizada.
Mis ojos se clavaron en el monitor.
La línea, antes plana como un horizonte de muerte, mostraba un pico pequeño, pero inconfundible.
Un latido.
¿Es una interferencia?
¿Un fallo del equipo?
Con un pulso tembloroso, me acerqué y presioné mis dedos contra su cuello, buscando la carótida.
No sentí nada.
Nada excepto la fría y cerosa quietud de la muerte.
No había pulso.
Era imposible.
Pip.
Pip.
El sonido continuaba, claro y rítmico, desafiando toda lógica médica.
Mi mente precisando,buscando una explicación.
Antes de que pudiera reaccionar, la mano derecha del señor Evans se movió.
No fue un espasmo post mórtem.
Fue un movimiento deliberado, rápido como un relámpago, y sus dedos, sorprendentemente fuertes, se cerraron como un grillete alrededor de mi muñeca.
Un frío que no era de este mundo me atravesó.
Intenté soltarme, pero su agarre era de hierro.
Sus párpados, que yo misma había cerrado hacía un minuto, se abrieron de golpe.
Sus ojos no eran los del amable señor Evans.
Eran pozos de una oscuridad antigua, sin iris ni pupila, y de ellos emanaba una presión que me dejó sin aliento.
Su boca se abrió, y una voz que no era la suya, una voz múltiple y gutural que resonó directamente en mi cráneo, salió de sus labios inertes.
Era un canto fúnebre y una advertencia.
“De estirpes divinas y abismal nacida, entre el canto de luz y el grito de la herida.
La guerra que en los cielos arde sin final, guarda el nombre de Arda, tu eterno pesar.
Busca el filo que nunca se forjó, que en fuego o hielo nunca se templó.
Macdal, por un amor que fue crimen, sangró, Lili, cuya mente el poder enredó.
Tú, Alana, raíz del linaje impío, cuando el Tiempo itself se quiebre en frío, no habrá victoria sin un sacrificio: solo quien entregue su último aliento abrirá de las Puertas Rojas el cerrojo.” El sonido cesó.
La mano que me agarraba perdió toda su fuerza y cayó, inerte, sobre la sábana.
En el monitor, la línea volvía a ser plana, el pitido de la muerte reinaba de nuevo, absoluto y silencioso.
Me quedé mirando la línea plana en el monitor, mi muñeca aún ardía con el eco fantasmal de aquel agarre.
Las palabras, la profecía, retumbaban en mi cráneo como tambores de guerra.
“Raíz del linaje impío…
Arda…
Macdal…
sacrificio…”.
Nada de ello tenía sentido, pero cada sílaba resonaba con una verdad profunda y aterradora que me traspasaba.
—Alana…
¿estás bien?
Una mano se posó en mi hombro y yo di un salto, soltando un grito ahogado.
Mi corazón, que se había detenido con el paciente, pareció querer salírseeme del pecho.
Giré y me encontré con los ojos preocupados de Sonia, otra cirujana con la que había compartido guardias interminables.
—¡Dios, Sonia!
Perdón, me asustaste.
—Lo siento —dijo ella, retirando la mano—.
Pero…
estás pálida como el mármol.
¿Seguro que estás bien?
Fue una reanimación intensa, lo vimos todos.
A veces nos afecta más de lo que creemos.
—Sí, sí, estoy bien —mentí, forzando una sonrisa tensa que sentió falsa incluso para mí—.
Solo fue…
un momento fuerte.
Necesito un segundo.
No esperé a su respuesta.
Salí de la habitación 304, dejando atrás el cuerpo del señor Evans y el peso de sus últimas palabras.
Caminé por el pasillo como un autómata, las piernas temblorosas, hasta llegar a la sala de descanso del personal.
Estaba vacía, benditamente vacía.
Me dejé caer en una de las incómodas sillas de plástico, enterrando el rostro en mis manos.
La respiración me llegaba entrecortada.
Esto no es normal, pensé, y el pensamiento era un faro de lucidez en medio del caos.
Los sueños, las pesadillas…
siempre han estado ahí.
Pero nunca así.
Nunca con un doble que me ataca, nunca con una voz que me culpa, y mucho menos…
mucho menos con un cadáver profetizando en verso.
Dos eventos de una magnitud aterradora, uno tras otro.
No era coincidencia.
Era una escalada.
Era como si una presa hubiera reventado dentro de mí, y ahora todo el océano de locura que había contenido durante años se estaba derramando en mi realidad.
Mi mente, entrenada para encontrar patrones y diagnósticos, no podía encontrar una explicación lógica.
No había patología médica para esto.
No era estrés laboral.
Esto era algo más.
Algo vinculado a ese nombre que resonaba en la profecía y en mi sueño: Macdal Necesitaba hablar con alguien.
Alguien que no me mirara con escepticismo médico, alguien que conocía mi “don” y no me había juzgado por ello.
Alguien que, quizás, pudiera ayudarme a descifrar este rompecabezas de pesadilla.
Me levanté de la silla con una determinación nueva, barriendo por un momento la parálisis y el miedo.
Tomé mi teléfono del bolsillo de mi bata y marqué un número conocido de memoria.
—Adelaila —dije en cuanto escuché el tono de llamada—.
Soy yo, Alana.
Necesito verte.
¿Estás en casa?
Es…
es urgente.
La respuesta al otro lado debió de ser afirmativa, porque asentí, apretando el teléfono con fuerza.
—Voy para allá.
Gracias, Laila.
Colgué.
Ya no estaba temblando.
El miedo seguía allí, agazapado, pero ahora tenía un propósito.
Iba a buscar respuestas.
Y si alguien podía ayudarme a entender la conexión entre los muertos que hablan y una guerra entre el cielo y el infierno, esa era Adelaila.
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