NEPHELIM - Capítulo 30
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30: Capítulo 29 30: Capítulo 29 Me envolví en la toalla, el calor aún acariciando mi piel mientras seguía a Elara a una alcoba anexa al baño.
Allí, sobre un maniquí de ébano pulido, colgaba el vestido.
Mi aliento se cortó.
No era lo que había esperado.
No eran sedas grises ni gasas plateadas, ni ningún tono frío del palacio.
Este vestido era del color de la sangre recién oxigenada, un rojo intenso, profundo, casi negro en los pliegues más sombríos.
Estaba hecho de un material que no podía identificar: no era seda, ni raso, ni terciopelo.
Parecía líquido solidificado, o la piel de alguna criatura mítica, y absorbía la luz de las velas para devolverla en un brillo aterciopelado y sensual.
El corte era una obra maestra de provocación y elegancia.
Sin mangas, con un escote pronunciado pero no vulgar, que se envolvía alrededor del cuello dejando la espalda completamente al descubierto hasta la base de la columna.
Estaba ceñido al torso como una segunda piel, marcando cada curva, cada costilla, hasta la cintura, donde estallaba en una falda larga y fluida que caía en un corte al pies, con una abertura lateral que llegaba hasta el muslo.
No tenía adornos, no llevaba pedrería.
Su poder estaba en su color, en su forma, en la promesa tácita de movimiento y peligro.
—Es… increíble —murmuré, incapaz de apartar la mirada.
Elara asintió, sus ojos también brillaban con admiración.
—El Señor Silas lo diseñó personalmente.
Lo tejieron las arañas de sombra de los Telares Nocturnos, con hilos teñidos en la esencia de rubíes infernales.
Es… un mensaje.
—¿Un mensaje?
—pregunté, tocando el material con la yema de los dedos.
Era sorprendentemente suave, cálido, como si tuviera vida propia.
—Rojo en la Cuarta Esfera no se usa —explicó Elara en voz baja, mientras comenzaba a ayudarme a secarme y a aplicar en mi piel un aceite perfumado con notas de ámbar y rosas negras—.
El rojo es calor.
Es pasión.
Es sangre y fuego.
Es el color de las Esferas inferiores, del caos, de la vida desbordante que aquí desprecian.
Ponéroslo… es una declaración de guerra silenciosa.
Os está mostrando como lo que sois: una fuerza ajena a este orden.
Una anomalía ardiente en un mundo de hielo.
Sus palabras me helaron, pero también encendieron algo dentro de mí.
No era un disfraz para camuflarme.
Era una armadura.
Un estandarte.
Con movimientos precisos, Elara me ayudó a entrar en el vestido.
El material se deslizó sobre mi piel como agua tibia, ajustándose a cada contorno sin piedad, sin dejar nada a la imaginación.
Me sentí expuesta, poderosa, vulnerable y peligrosa al mismo tiempo.
Cuando se cerró la invisible cremallera en el costado, sentí que no solo me vestía, sino que me transformaba.
Luego, me hizo sentar frente a un espejo de plata bruñida.
Mi reflejo me dejó sin aliento.
El rojo hacía que mi piel pareciera más pálida, casi luminosa, y que mi cabello rojo fuego se fundiera y a la vez contrastara violentamente.
Mis ojos, todavía con rastros de la sombra que había intentado emerger, parecían más profundos, más antiguos.
Elara no recogió mi cabello.
En su lugar, lo cepilló hasta que brilló como una cascada de cobre, dejándolo suelto sobre mis hombros y espalda desnuda, con solo unas pequeñas ondas que le daban movimiento.
—El contraste —dijo suavemente—.
La fluidez del cabello contra la severidad del vestido.
Perfecto.
No me puso maquillaje complejo.
Solo delineó mis ojos con un kohl negro azabache, alargando ligeramente la línea, y tocó mis labios con un tinte del mismo rojo del vestido, pero mate.
El resultado no era belleza convencional.
Era algo feral, magnético, perturbador.
Cuando terminó, me puse de pie y me miré de nuevo en el espejo.
No reconocía a la doctora asustada, ni a la prisionera enfadada.
Veía a alguien más.
Algo más.
—El Señor Silas —dijo Elara, rompiendo el hechizo—, también envió esto.
De una caja de ébano, sacó un único accesorio: un collar.
No era oro ni plata.
Era una fina cadena de platino frío, de la que colgaba un colgante que era el símbolo de la Cuarta Esfera —el ábaco, las serpientes, los ojos, las alas, los cuernos— pero miniaturizado y tallado en un único diamante negro.
Dentro del diamante, como atrapada, brillaba una minúscula chispa de luz dorada, como una estrella en la noche eterna.
—Es vuestra luz —susurró Elara, abrochándomelo alrededor del cuello.
La piedra fría cayó justo en el hueco de mi clavícula, y la chispa dorada latía con un ritmo que parecía sincronizarse con el ardor en mi pecho—.
Él la capturó, dicen, de uno de vuestros destellos de ira.
Para recordaros, y para recordar a todos, lo que lleváis dentro.
El mensaje era claro: incluso mi esencia celestial había sido domesticada, convertida en joya, puesta a su servicio como decoración.
Pero al mirarme al espejo, con el vestido de guerra rojo y el diamante que contenía mi propia luz prisionera, no me sentí derrotada.
Me sentí lista.
Elara se colocó a mi lado, su sencillo vestido gris en contraste brutal con mi aparición.
—Estáis… imponente, señorita Alana —dijo, y su voz tembló ligeramente, no con miedo, sino con algo parecido al asombro—.
La fiesta ya ha comenzado.
¿Estáis preparada?
Tomé una última respiración profunda.
El vestido se movió conmigo, una segunda piel lista para la batalla.
—Sí —dije, y mi voz sonó extrañamente serena, con un eco de algo que no era del todo humano—.
Llévame a la fiesta, Elara.
Elara me condujo por los corredores principales del palacio, que ya no estaban en su habitual silencio sepulcral.
Un murmullo lejano, como el zumbido de un enjambre de avispas de cristal, flotaba en el aire, mezclado con una música etérea y discordante: címbalos que sonaban como carámbanos rompiéndose y un coro de voces que cantaban en una lengua gutural, imitando villancicos pero cuyas letras hablaban de escarcha eterna y desesperanza glorificada.
Al doblar la esquina hacia la gran galería central, me detuve en seco, un jadeo ahogándose en mi garganta.
Era… una representación de la Navidad.
Pero filtrada a través de la lente de un pesadilla elegante.
En el centro del vestíbulo, donde antes había un mosaico del símbolo de Silas, se alzaba un árbol.
No era un abeto.
Era una estructura esquelética, como una enredadera muerta de plata, retorcida en una forma cónica perfecta.
En lugar de hojas, de sus ramas colgaban ornamentos que brillaban con luz propia: eran ojos de demonio menores, conservados en esferas de cristal, sus pupilas doradas o azules aún seguían el movimiento de los invitados.
Entre ellos, colgaban dulces que parecían bastones de caramelo, pero eran huesos largos y delgados, pulidos y pintados con espirales rojas y blancas, y sus “aromas” eran menta glacial y hierro.
Luces titilantes recorrían las ramas, pero no eran bombillas.
Eran larvas fosforescentes de algún insecto infernal, encerradas en cápsulas de hielo, que pulsaban con una luz azul, verde y roja de manera irregular, como corazones latiendo.
En la punta del “árbol”, en lugar de una estrella, había una corona de cuernos entrelazados, de la que goteaba lentamente una sustancia dorada y espesa como la miel, que se solidificaba antes de tocar el suelo en gemas ambarinas.
Por todo el salón colgaban guirnaldas.
No de muérdago o pino, sino de espinas de hielo entrelazadas con hilos de plata viva, de las que pendían campanitas diminutas hechas de uñas de criatura, que tintineaban con cada corriente de aire frío.
El olor general no era a galletas de jengibre o pino, sino a canela ardiente mezclada con ozono y vino especiado con algo metálico.
Bajo el árbol, no había regalos envueltos en papel alegre.
Había cajas talladas en hielo azul, atadas con cintas de seda del color de la carne magullada.
Algunas se movían levemente, como si contuvieran algo vivo.
Las mesas estaban repletas de un festín que parodiaba una cena navideña: un gran asado que, al mirar más de cerca, tenía la textura y el color de un músculo aún palpitante, rociado con una salsa brillante como la sangre oxidada.
Había bolas que parecían de puré, pero eran nidos de gusanos de escarcha apiñados.
Y en el centro de cada mesa, en lugar de un centro floral, había esculturas de hielo de figuras retorcidas en actitudes de éxtasis o agonía, iluminadas desde dentro por una luz púrpura.
Era bellísimo en su ejecución impecable, en la paleta de colores fríos (plata, azul, rojo sangre, blanco hueso) y en la armonía geométrica.
Pero cada detalle, una vez comprendido, te helaba el alma.
Era la celebración de lo frío, lo retorcido, lo vivo-dentro-de-lo-muerto.
Una Navidad donde el espíritu festivo era el goce estético del sufrimiento y la paradoja.
Los invitados, todos demonios de alta casta con sus trajes impecables y ojos vacíos, se movían entre las decoraciones con admiración genuina.
Un señor demonio con aspecto de anciano sabio sintonizó una de las “luces-larva” y sonrió ante su pulsación irregular.
Una dama con vestido de escamas de espejo se deleitaba oliendo un “bastón de caramelo-hueso”.
Elara, a mi lado, murmuró: —El Festival del deshielo creciente Conmemora el momento en que el calor venció por primera vez al frío en los albores del Infierno.
Es… la celebración más importante de la Cuarta Esfera.
No era Navidad.
Era su antítesis perversa.
Un recordatorio de que aquí, la alegría, la calidez y la generosidad habían sido reemplazadas por la belleza estática, el consumo elegante y la celebración de la ausencia de vida.
Antes de que pudiera procesarlo por completo, una sombra alta y elegante se separó de un grupo y se deslizó hacia nosotros.
Los ojos dorados de Silas brillaron bajo la luz larval, recorriendo mi figura envuelta en rojo, desde los tacones afilados (que Elara me había calzado, hechos de obsidiana pulida) hasta el diamante negro que latía en mi cuello.
Se detuvo frente a mí, su sonrisa era una curva perfecta y fría.
—Ah —dijo, su voz cortando la música discordante—.
La pieza central de la velada ha llegado.
El rojo te queda… catastrófico, pequeña rareza Justo como esperaba.
—Extendió un brazo enguantado—.
Ven.
Es hora de que la fiesta… realmente comience.
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