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NEPHELIM - Capítulo 31

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31: Capítulo 30 31: Capítulo 30 Al tomar el brazo de Silas, sentí cómo el peso de cien pares de ojos se posaba sobre mí.

No eran miradas curiosas; eran evaluaciones, disecciones, degustaciones.

El murmullo decayó por un momento, reemplazado por el tintineo de copas de cristal y el crujido de telas caras.

El primer grupo al que nos acercamos estaba formado por tres damas demonio.

Vestían tonos de gris perla y azul gélido, y sus sonrisas eran idénticas: labios pintados de rojo cereza, dientes perfectos, ojos sin alma.

-Mi señor Silas -dijo una, con voz melosa como jarabe helado-.

Tu adquisición es…

impactante.

El color es una declaración tan…

vehemente.

-Su mirada recorrió mi vestido, pero no como quien admira una tela.

Era la mirada de un coleccionista que calcula la resistencia de una piel a ser desgarrada.

-La línea de la espalda es audaz -añadió otra, sus dedos, largos y afilados, jugueteando con el borde de su copa.

Sus ojos se clavaron en la piel desnuda de mi espalda con una intensidad que no era envidia, sino Avaricia: el deseo de poseer, de marcar, de hacer suyo lo que pertenecía a otro coleccionista.

-¿Huele a fuego?

-preguntó la tercera, inclinándose levemente hacia mí y aspirando con su nariz fina.

Su expresión fue un placer perverso-.

Ah, sí.

Un regustito a ceniza celestial.

Silas apretó ligeramente mi brazo contra el suyo, una advertencia o un recordatorio de quién tenía la correa.

-Señoras, Alana aún se está aclimatando a nuestros…

modales.

Sed amables.

Nos alejamos, y sentí sus miradas pegadas a mi espina dorsal como cuchillos de hielo.

El siguiente encuentro fue con un demonio corpulento, con un traje que parecía tallado en hielo negro y ojos del color del vino tinto.

No sonrió.

Su mirada era pesada, lenta, como la de un depredador que no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene escapatoria.

-Silas -gruñó, con una voz que hacía vibrar el cristal de mi copa (que un sirviente etéreo me había puesto en la mano sin que lo notara)-.

Jugando con fuego, como siempre.

-Sus ojos, Pereza en su forma más letal, se deslizaron sobre mí sin interés genuino, pero con la certeza abrumadora de que, si decidía moverse, sería el fin.

No gastaba energía en deseos o intrigas; su poder era un hecho geológico, y yo era una anomalía pasajera en su paisaje.

-Siempre es divertido avivar las llamas de vez en cuando, Gorath -respondió Silas con suavidad-.

Mantiene ágiles a los cazadores.

Pasamos junto a una mesa donde un demonio joven y de facciones afiladísimas devoraba con avidez mecánica una porción del “asado” palpitante.

No miraba su comida; sus ojos, amarillos y febriles, escudriñaban la sala, saltando de un grupo a otro, de una joya a otra, de una conversación a la siguiente.

Era la Gula, pero no por la comida, sino por el estímulo, por el chisme, por la energía misma de la fiesta.

Su mirada me atrapó por un instante: hambrienta, insaciable, queriendo devorar no mi cuerpo, sino mi novedad, mi historia, para luego pasar a la siguiente cosa brillante.

Luego, un hombre demonio de mediana edad, con una sonrisa demasiado amplia y ojos que no parpadeaban, se acercó.

Su cortesía era empalagosa, sus cumplidos sobre el vestido, exagerados.

Pero cada frase tenía un filo, un pequeño desliz diseñado para provocar, para comparar (“¡Oh, pero la última rareza de Arda tenía unas alas tan interesantes!”), para sembrar una semilla de inseguridad o competencia.

Era la Envidia, disfrazada de adulación, el deseo de tener lo que otro posee, incluso si era solo la atención momentánea de Silas.

La interacción más inquietante fue con una mujer anciana, frágil como un carámbano, sentada en un trono de hielo.

Cuando pasamos, su mano, seca y ligera como una garra de pájaro, salió y agarró mi muñeca con una fuerza sorprendente.

Su toque era gélido, y sus ojos, blancos como la leche, parecían mirar a través de mí.

-La raíz -susurró, su voz como el viento a través de una grieta-.

Creciste en tierra ajena.

Pero la savia es la misma.

-Su mirada no era de deseo ni de evaluación.

Era de Ira antigua, fría, sedimentada.

No un arrebato, sino un rencor glacial tallado en eones.

No me quería comer o poseer; parecía querer que yo recordara algo, algo que me hiciera arder por dentro como ella ardía en silencio-.

Él -dijo, con un leve movimiento de cabeza hacia Silas- cree que puede podar el árbol.

Pero los árboles recuerdan.

Silas, con un movimiento rápido y elegante, liberó mi muñeca de su agarre.

-Basta, Anciana Moraine.

Tus visiones son para otra audiencia.

A medida que avanzábamos por la sala, las miradas se volvieron más peligrosas, más…

específicas.

Algunos demonios, los más jóvenes y ambiciosos (encarnando la Soberbia de creerse por encima incluso de la jerarquía de Silas), me miraban directamente, desafiando a mi carcelero con la intensidad de su interés.

Era una mirada que decía: “Cuando él se aburra, serás mía”.

Otros, más cautelosos, solo lanzaban miradas furtivas y evasivas, Cobardía o Astucia, calculando el riesgo que representaba mi presencia, preguntándose si acercarse era ganar el favor de Silas o atraer la ira de Arda o Argo.

En cada intercambio, Silas era un muro de hielo cortés.

Sus respuestas eran afiladas, desviaban las insinuaciones, minimizaban mi importancia (“Un proyecto curioso, nada más”) mientras simultáneamente exhibían mi valor con mi mera presencia allí, vestida de rojo prohibido.

Era un baile de poder, y yo era el accesorio más llamativo en su chaleco.

Mi pecho ardía no solo con mi energía latente, sino con la opresión de tantas intenciones depredadoras concentradas en mí.

El vestido, que antes me hacía sentir poderosa, ahora sentía que me marcaba como el plato principal en un banquete de depredadores estéticos.

El collar con mi luz prisionera latía con fuerza contra mi piel, un recordatorio constante de que, en esta sala, hasta mi esencia más pura era una joya en exhibición.

Justo cuando sentía que el peso de las miendas podría hacerme trizas, la música cambió.

Los címbalos de hielo dieron paso a un solo de un instrumento de cuerdas que sonaba como lamentos estirados.

Silas se inclinó levemente hacia mi oído, su aliento a canela y nieve rozando mi piel.

-Ven -ordenó, su voz suave pero inflexible-.

Baila conmigo, pequeña rareza.

Muéstrame el contrapunto.

Demuestra que tu fuego puede seguir el compás de mi invierno sin apagarse…

o sin quemarlo todo.

Silas no vestía su habitual gris perla.

Para la ocasión, lucía un traje de corte impecable en un negro azabache profundo, tejido con una tela que, al moverse, revelaba destellos sutiles de un verde oscuro como el musgo bajo la escarcha.

La chaqueta, ceñida, tenía un brocado casi imperceptible de el mismo símbolo del ábaco y las serpientes, pero en hilo de plata tan fina que solo se veía bajo cierta luz.

Bajo ella, una camisa de seda del color del hielo a medianoche, sin corbata, el cuello abierto.

Era una elegancia mortal, poderosa, que hacía que mi rojo vibrante pareciera una herida abierta en el centro de la noche.

El corazón me latía con fuerza en el pecho, sincronizado con la luz prisionera en mi collar.

Miré su mano extendida, luego su rostro impasible.

Todo en esta fiesta era una guerra silenciosa.

Y este baile sería la primera batalla abierta.

Con un movimiento que esperaba fuera más seguro de lo que me sentía, deslicé mi mano en la suya.

Su agarre fue firme, envolvente, frío a través del cuero.

-No sé los pasos de tu duelo -dije, desafiante.

-Yo tampoco conozco los de tu…

alegría -respondió él, y por un instante, un destello de algo que podría haber sido anticipación cruzo sus ojos dorados-.

Así que inventémoslos.

Juntos.

Y sin más, me guió hacia el centro de la pista de baile, donde el hielo pulido reflejaba las luces distorsionadas y las miradas de cien demonios se volvieron hacia nosotros, expectantes, hambrientas.

La música de lamentos y címbalos helados envolvió el espacio, y Silas, el señor del frío calculado, colocó su otra mano en la pequeña de mi espalda desnuda.

El primer contacto fue un shock.

Su mano en mi espalda desnuda no era cálida; era el toque de una escultura de mármol a través del guante.

Me guió con una presión mínima pero ineludible, y mis primeros pasos fueron torpes, reactivos, tratando de adivinar la dirección antes de que su empuje me la dictara.

Era como bailar con una sombra elegante y poderosa; yo, un torbellino de rojo y nervios, él, una línea negra y fluida de intención pura.

Yo seguía temblando por dentro, pero la familiaridad pervertida de la escena me impulsó a hablar, buscando un ancla en el caos.

-Esto…

-comencé, mi voz más baja de lo que intenté-.

Esto es…

increíblemente parecido a algo de mi mundo.

Algo que se llama Navidad.

Silas giró lentamente hacia mí, sus ojos dorados atrapando la luz parpadeante de las larvas fosforescentes.

-¿Ah, sí?

-preguntó, su tono era de genuina curiosidad intelectual, como un científico ante un espécimen interesante-.

Cuéntame.

¿Qué es esta…

“Navidad” para los mortales?

-Es…

una fiesta.

Se celebra el nacimiento de una figura sagrada.

Hay árboles decorados, luces, regalos, cenas familiares…

-Hice un gesto vago hacia la sala-.

Todo esto.

Pero en versión cálida.

Versión…

amorosa.

Se supone que es sobre esperanza, generosidad, luz en la oscuridad del invierno.

Una sonrisa lenta, fría como el alba en un glaciar, se dibujó en los labios de Silas.

-Fascinante -dijo, y la palabra no era una burla vacía-.

La simetría inversa es perfecta.

El Festival del deshielo creciente no conmemora un nacimiento, Alana.

Conmemora el momento en que el caos primigenio se derritió lo suficiente como para adquirir forma.

Cuando el dolor dejó de ser un grito y se convirtió en geometría.

Cuando el sufrimiento se volvión arte.

-Hizo una pausa, observando las decoraciones con el ojo de un creador satisfecho-.

Vuestro “amor” y “esperanza” son solo calor desordenado, efímero.

Esto -señaló con un leve movimiento de su copa hacia el árbol de ojos y las guirnaldas de espinas- es la celebración del orden que nace del frío eterno.

De la belleza que solo existe cuando la vida, con su desorden molesto, es suspendida, preservada, admirada.

Sus palabras me helaron más que el aire.

Él veía esta perversión no como una copia grotesca, sino como la versión superior, más refinada, de un concepto similar.

-Así que…

los regalos bajo el árbol…

-pregunté, casi sin querer saber la respuesta.

-Promesas -dijo él, sin pestañear-.

Pactos.

Deudas que serán cobradas.

O pequeños tormentos perfectamente empaquetados, listos para ser entregados a los que han decepcionado.

Nada se da gratis aquí, Alana.

Todo es un intercambio.

Un cálculo.

Eso es lo verdaderamente hermoso: la ausencia del desorden sentimental del “regalo” desinteresado.

Miré el diamante negro en mi cuello, latiendo con mi luz atrapada.

El regalo perfecto de Silas para sí mismo.

-Y el baile -continuó él, como si leyera mi pensamiento-.

En vuestra…

Navidad, ¿también se baila?

-A veces.

En reuniones.

Es…

alegre.

-Aquí el baile no es alegría -dijo, y su voz bajó a un susurro íntimo y peligroso-.

Es un duelo.

Cada paso, una declaración.

Cada giro, un cálculo de distancia y poder.

La música no es para celebrar, es para marcar el ritmo de la estrategia.

-Lo que dices de tu mundo me intriga -dijo, sus ojos dorados fijos en los míos-.

Me hace preguntarme…

¿cómo se baila una celebración de “luz en la oscuridad” cuando la oscuridad no es tu enemiga, sino tu elemento?

¿Puede un pie pisar el ritmo del calor mientras el otro está anclado en el hielo eterno?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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