NEPHELIM - Capítulo 32
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32: Capítulo 31 32: Capítulo 31 La música era lenta, tortuosa, hecha de suspiros de viento atrapados en cristal.
No había ritmo claro para seguir, solo una sensación de caída controlada.
—Estás tensa —murmuró Silas, su voz tan cerca de mi oído que sentí el aire moverse—.
Como un arco a punto de lanzar una flecha al vacío.
Relájate.
La gravedad aquí es una sugerencia, no una orden.
—Tu gravedad parece bastante obligatoria —respondí, y mi voz sonó más afilada de lo que pretendía.
Él sonrió, una curva fugaz.
—Solo para aquellos que luchan contra ella.
Cambió el paso, un giro súbito y fluido que me hizo perder el equilibrio por una fracción de segundo.
Su brazo se tensó, sosteniéndome sin esfuerzo, y por un instante, mi cuerpo quedó pegado al suyo, desde el pecho hasta los muslos.
Sentí la delgada pero inquebrantable solidez de él bajo el traje, la frialdad que irradiaba, y el repentino y violento latido de calor en mi propio esternón, como si mi fuego interno protestara por la proximidad.
Nos separó de nuevo, pero el espacio entre nosotros ahora parecía cargado, vibrante.
—Ahí —dijo, sus ojos dorados brillando con interés renovado—.
Eso.
Ese destello de calor.
No lo reprimas.
Úsalo.
Es tu compás.
Empecé a entender.
Él no quería que siguiera sus pasos.
Quería que los contrarrestara.
Que mi calor, mi imprevisibilidad, mi caos, fuera el contrapunto a su frío control.
En el siguiente movimiento, en lugar de resistir su guía, le añadí un pequeño giro de mi cadera, un impulso que salía del ardor en mi pecho.
No fue elegante, fue instintivo, casi salvaje.
Silas no se inmutó.
Ajustó su propio movimiento para acomodar el mío, como un río helado que encuentra una roca caliente y la rodea sin derretirse.
—Mejor —susurró, y esta vez, su voz tenía un deje de aprobación que me electrizó más que cualquier insulto.
Empezamos a movernos de verdad.
Ya no era él llevándome a rastras.
Era una negociación.
Un diálogo de fuerzas.
Sus pasos eran precisos, geométricos, trazando ángulos agudos en el hielo.
Los míos eran curvas, espirales, impulsos repentinos que intentaban romper la cuadrícula.
Él era el invierno que estructura; yo, el fuego que desordena.
Y juntos, creamos algo que no era ni lo uno ni lo otro: un vórtice de oposición magnética, hermoso y peligroso.
Los invitados formaban un círculo a nuestro alrededor, sus caras máscaras de fascinación perversa.
Pero ya no me importaban.
Solo existía la tensión entre su mano y mi espalda, entre sus ojos y los míos, entre el frío que emanaba de él y el fuego que hervía bajo mi piel.
—Te preguntas por qué no te he roto todavía —dijo de repente, en medio de un giro que me hizo ver el mundo como un caleidoscopio de hielo y luces—.
Por qué te guardo en mi palacio, te visto de rojo prohibido y ahora bailo contigo.
—¿Porque soy una rareza valiosa?
—respondí, sin aliento, siguiendo su ritmo—.
Un trofeo.
—Eres un espejo —dijo, y su voz perdió por un momento toda su burla—.
Un espejo que refleja dos cosas que he olvidado: el caos del fuego… y la terquedad de la vida que se niega a congelarse.
Me recuerdas que el frío absoluto, la perfección absoluta… es aburrida.
Me detuvo en seco, un movimiento tan brusco que el vestido ondeó a mi alrededor.
Estábamos en el centro exacto de la pista, bajo la luz más brillante.
Su rostro estaba a solo un suspiro del mío.
—¿Ves?
—murmuró, sus ojos escudriñando los míos como si buscara algo en las pupilas—.
Hasta en tu miedo hay un latido.
Hasta en tu rabia, hay una canción.
Es desordenado.
Es irritante.
Es… fascinante.
Mi respiración entrecortada formaba nubecillas en el aire entre nosotros.
Por primera vez, no vi al señor demonio, al carcelero, al estratega.
Vi a alguien antiguo, terriblemente solo, condenado a su propia perfección helada.
Y en ese instante, un impulso estúpido y humano brotó en mí.
—Quizás —dije, y mi voz sonó extrañamente suave—, el frío no tiene que ser aburrido.
Quizás solo necesita… un poco de fuego para apreciar la verdadera belleza del hielo.
Sus ojos dorados se abrieron ligeramente.
Una chispa de algo genuinamente sorprendido, quizás incluso conmocionado, brilló en su profundidad.
No dijo nada.
Solo me miró, como si acabara de pronunciar un hechizo que no entendía.
Luego, lentamente, una sonrisa diferente se dibujó en sus labios.
No era la sonrisa burlona, ni la cortés, ni la de poder.
Era… íntima.
Peligrosamente íntima.
—Cuidado, pequeña raíz —susurró, y su aliento rozó mis labios—.
Eso casi suena como una invitación.
Y entonces, la música cambió.
Los lamentos se alargaron, se elevaron en un crescendo helado.
Silas, sin apartar la mirada de mí, reanudó el baile.
Pero ahora no era un duelo.
Era algo distinto.
Un tira y afloja, una exploración.
Mis movimientos se volvieron más fluidos, más seguros, y los suyos, aunque aún precisos, tenían una cualidad… receptiva.
Como si estuviera escuchando el ritmo de mi fuego y dejando que influyera en su propio frío.
Bailamos así, en silencio ahora, mientras el mundo a nuestro alrededor se desvanecía en un borrón de luces y sombras.
No hubo más palabras.
No las necesitábamos.
El espacio entre nuestros cuerpos era un campo de fuerza cargado, y cada giro, cada contacto fugaz, enviaba escalofríos eléctricos por mi columna.
Cuando la música finalmente decayó en un último suspiro de cristal quebrado, nos detuvimos.
Yo estaba sin aliento, el corazón martillándome el pecho, el vestido pegado a mi piel por un sudor ahora cálido.
Él seguía impecable, pero sus ojos dorados ardían con una intensidad que no había visto antes, como si el baile hubiera encendido algo dentro de esa eterna noche helada.
No me soltó de inmediato.
Su mano permaneció en la pequeña de mi espalda, la otra aún sostenía la mía.
El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto.
Todos los demonios observaban, congelados en sus propias máscaras de asombro.
Finalmente, Silas inclinó la cabeza, un gesto pequeño pero profundamente significativo en ese mundo de jerarquías.
—Gracias por el baile, Alana —dijo, y su voz era tan suave como la caída de un copo de nieve—.
Fue la pieza más interesante de la velada.
Lentamente, retiró sus manos.
La pérdida de su contacto fue como un nuevo tipo de frío, más profundo.
Pero en mis ojos, una sonrisa pequeña, genuina y un poco aturdida, se había dibujado sin que yo lo notara.
Estaba embobada, atrapada no por su poder, sino por el peligroso y magnético entendimiento que acabábamos de compartir.
Él lo vio.
Y por primera vez, su propia sonrisa no fue para burlarse.
Fue un reconocimiento.
Un pacto tácito en medio del hielo.
La fiesta continuó a nuestro alrededor, pero por un momento largo, inolvidable, solo existimos nosotros dos en el centro de ese invierno, habiendo descubierto que incluso en el frío eterno, puede haber una chispa.
—Ahora —susurró, y su voz tenía un tono de satisfacción anticipatoria—, llega el verdadero entretenimiento.
El intercambio de obsequios.
Y yo, querida rareza,tengo uno muy especial para mostrar.
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