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NEPHELIM - Capítulo 33

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33: Capítulo 32 33: Capítulo 32 Después del baile, el aire en la sala parecía haberse espesado.

Las miradas ya no solo eran curiosidad o deseo; ahora había un respeto cauteloso, casi un temor reverencial, hacia la escena que habían presenciado.

Silas, sin embargo, parecía haber vuelto a su estado de serena indiferencia, como si el momento íntimo no hubiera sido más que otro movimiento calculado.

Con un gesto elegante, me guío de vuelta hacia el área bajo el árbol esquelético.

Los invitados formaron un semicírculo expectante.

Era la hora de los regalos.

-La tradición -explicó Silas, su voz proyectándose sin esfuerzo- es que el anfitrión elija un obsequio para abrir, uno que prometa…

diversión.

Sus ojos dorados recorrieron las cajas de hielo azul atadas con cintas de seda magullada.

Se detuvo en una que no era particularmente grande, pero cuya cinta no era de seda, sino de un material fibroso y oscuro, como pelo trenzado.

No tenía tarjeta.

-Esa -dijo, señalándola con un dedo enguantado-.

La de Moraine.

Siempre tiene un gusto tan…

personal.

Un sirviente etéreo flotó hacia adelante, tomó la caja y la colocó sobre una mesa de ébano frente a Silas.

La atmósfera se cargó de una curiosidad tensa.

La anciana demonio, sentada en su trono de hielo al fondo de la sala, observaba con sus ojos blancos como la leche, una sonrisa sin dientes en sus labios arrugados.

Silas no usó las manos.

Con un leve movimiento de sus dedos, la cinta de pelo se deshizo por sí sola, y la tapa de la caja de hielo se deslizó hacia los lados, revelando su contenido.

En el interior, sobre un lecho de musgo helado, no había un objeto precioso ni un artefacto mágico.

Había dos cosas.

La primera era un espejo redondo, del tamaño de la palma de una mano.

Su marco era de plata oscura, adornado con runas que no reconocí, pero me produjeron un escalofrío familiar.

La superficie del espejo no reflejaba la sala.

Estaba nublada, como cubierta de vaho.

La segunda era una llave.

No era metálica.

Parecía tallada en un hueso antiguo, amarillento, con la empuñadura en forma de un símbolo que reconocí de inmediato: el círculo partido por una grieta irregular, el mismo que estaba en la portada del libro de Adelaila.

El símbolo de los Nephalim.

Un silencio absoluto cayó sobre la sala.

Ni siquiera la música de fondo persistía.

Silas permaneció inmóvil, su expresión de piedra pulida.

Pero pude notar un pequeño tic en su mandíbula, una tensión casi imperceptible en los hombros.

-Interesante -dijo finalmente, su voz cuidadosamente neutra-.

Un espejo que no refleja…

y una llave que no abre ninguna puerta conocida.

Poético, como siempre, Moraine.

La anciana emitió un sonido que podría haber sido una risa o un quejido.

-El espejo no es para mirar hacia fuera, Silas -dijo, su voz como el crujir de la escarcha bajo un peso-.

Es para mirar hacia dentro.

A la memoria que el hielo no puede congelar.

Y la llave…

-Hizo una pausa dramática, sus ojos ciegos parecieron posarse directamente en mí -.

Esa no es para vos.

Es para ella.

Para la raíz.

Abre la cerradura que ni el cielo ni el infierno se atreven a nombrar.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

El ardor en mí pecho se convirtió en una llamarada sorda, y el diamante negro en su cuello palpitó con violencia, la luz dorada atrapada brillando como una estrella en agonía.

-¿Qué cerradura?

-logre preguntar, mí voz apenas un suspiro.

La anciana inclinó la cabeza.

-La de tu origen, niña.

La de la celda de tu padre.

La Puerta de los Lamentos, donde Macdal sangra por el crimen de amar.

-Sus palabras cayeron como martillazos en el silencio helado-.

Esa llave es un fragmento de su propio costilla, tallado por el tiempo y su dolor.

Solo una con su sangre puede sostenerla sin que se desintegre.

Y solo ella, con la verdad reflejada en el espejo, encontrará la puerta.

Silas, de repente, se movió.

Tomó la llave de hueso.

No la sostuvo por mucho tiempo; al contacto con su piel enguantada, el hueso emitió un leve chisporroteo, como si rechazara su esencia.

Con un gesto brusco, la dejó caer de nuevo en la caja.

-Juegas con fuego, Moraine -dijo, y su voz tenía ahora un filo peligroso, una amenaza real que hizo que varios invitados retrocedieran-.

Sabes que Arda tiene esos dominios vigilados.

-Y tú juegas con algo más peligroso que el fuego, señor del hielo -replicó la anciana sin miedo-.

Juegas con el equilibrio.

Ella es el péndulo.

Y el péndulo, tarde o temprano, oscila hacia donde debe.

Puedes intentar congelar su arco, pero la gravedad de la sangre es más fuerte que tu voluntad.

Fue una declaración de desafío abierto, una profecía lanzada como un guante a los pies de Silas.

Todos contuvieron el aliento.

Silas miró a la anciana por un largo momento, luego a la llave, luego a mí.En sus ojos, por un instante, no ví al estratega frío, sino al cazador de recompensas que había conocido en la torre, evaluando riesgos y beneficios.

Y algo más…

algo parecido a la frustración de un ajedrecista que ve un movimiento inesperado que amenaza su partida perfecta.

Finalmente, tomó el espejo.

No lo miró.

Lo cerró en su puño enguantado.

-Agradezco tu…

pensativo regalo, Moraine -dijo, y cada palabra era como un clavo de hielo-.

Será considerado.-Se volvió hacia los invitados, su máscara de anfitrión imperturbable de nuevo en su lugar-.

La velada continúa.

Disfrutad del festín.

Pero el hechizo estaba roto.

La fiesta ya no era una celebración elegante.

Era un campo de minas, y el regalo de Moraine había trazado un mapa de la más peligrosa de todas.

Silas se inclinó hacia mí,su voz un suspiro gélido en su oído: -Parece, pequeña rareza, que tu herencia viene a reclamarte incluso aquí, en el corazón de mi hielo.

-Su mirada era inescrutable-.

Esto cambia el juego.

Y no estoy seguro de si me gusta.

Tomó mí brazo con más firmeza de la necesaria.

-Ven.

Tenemos que hablar.

En privado.

Ahora.

Y sin esperar respuesta, me alejó de la sala de fiestas, dejando atrás el árbol de ojos parpadeantes, las miradas curiosas y la llave de hueso que parecía latir con un llamado silencioso y ancestral.

Silas no me llevó a mi suite.

Me condujo por pasajes cada vez más estrechos y oscuros, donde incluso las vetas de luz azulada desaparecían, hasta llegar a una puerta de ébano liso, sin símbolos, sin pomo.

La tocó y cedió hacia adentro.

Era una habitación pequeña, circular, sin ventanas.

Las paredes estaban cubiertas de un material negro y aterciopelado que absorbía todo el sonido y la luz.

En el centro, un solo bloque de hielo negro servía de mesa, iluminado desde arriba por un único haz de luz fría que parecía surgir de la nada.

Era la antítesis del lujo exhibicionista del palacio.

Era una celda para la verdad, sin adornos.

Silas cerró la puerta.

El silencio fue absoluto, opresivo.

Dejó el espejo de Moraine sobre el hielo negro con un golpe seco.

-Habla -ordenó, sin mirarme, desabrochándose los guantes con movimientos bruscos, inusuales en él-.

¿Qué sabes de la Puerta de los Lamentos?

-¡Nada!

-exploté yo, la frustración y el miedo convirtiéndose en ira-.

¡Es la primera vez que oigo ese nombre!

¿Quién es Moraine para decir esas cosas?

¿Y qué es ese espejo?

¿Por qué te molestó tanto?

Él se volvió, y por primera vez, vi algo parecido a la ira en sus ojos dorados.

No era un arrebato; era un frío glacial más profundo, más peligroso.

-Moraine es una reliquia.

Una vidente atrapada en el hielo de la Cuarta Esfera desde antes de que tu raza fuera una mancha en el universo.

Ve cosas.

Cosas que deberían permanecer enterradas.

Y su “regalo” no es un regalo, es una advertencia envenenada.

Una semilla de caos.

-¿Una advertencia para quién?

¿Para ti o para mí?

-avancé un paso, desafiante, el rojo de mi vestido una mancha sangrante en la oscuridad-.

Dijiste que la llave es un fragmento de la costilla de mi padre.

¿Es eso cierto?

¿Macdal está…

en una “Puerta de los Lamentos”?

¿Qué es eso?

Silas apretó los puños sobre la mesa de hielo, y un fino entramado de grietas se extendió desde sus nudillos.

-¡Tu padre está donde Arda lo puso!

-cortó, su voz como el filo de un cuchillo de hielo-.

En una prisión hecha de su propia culpa y del odio de su hermano.

Un lugar del que no hay salida.

Y esa llave es un truco.

Un señuelo.

Moraine quiere que te obsesiones, que salgas corriendo a jugar a la heroína, para que Arda o Argo te atrapen y descarten, y su preciado “equilibrio” se rompa de la manera más sangrienta posible.

-¿Y el espejo?

-insistí, sin retroceder-.

Dijo que era para mirar hacia dentro.

A la memoria que el hielo no puede congelar.

¿Qué memoria, Silas?

¿La tuya?

¿La mía?

¿Qué es lo que el hielo no puede congelar?

Él se quedó quieto.

Demasiado quieto.

Su respiración, normalmente imperceptible, se hizo visible en el aire frío de la cámara.

-Eso no te importa.

-¡Claro que me importa!

-grité, y mi voz rebotó en las paredes absorbentes, sonando hueca-.

¡Todo esto me importa!

¡Es mi vida, mi familia, mi maldita sangre la que está en juego!

¡Tú solo me ves como una rareza, una pieza de colección, pero soy una persona!

¡Tengo derecho a saber por qué mi padre está torturado, por qué mi madre murió, y por qué demonios todos me quieren usar como un arma o una llave!

Me acerqué más, sintiendo el ardor en mi pecho convertirse en un incendio.

Las venas de mis brazos comenzaron a brillar con un tono dorado iracundo.

-¿Qué me ocultas, Silas?

¿Qué es lo que Moraine vio y que a ti te aterra tanto?

¿Temes que yo vea algo en ese espejo?

¿O temes lo que yo pueda hacer si sé la verdad?

Por un instante, pensé que se lanzaría sobre mí.

Su cuerpo estaba tenso como un resorte, sus ojos dorados ardían con una luz feroz y primigenia.

Pero no lo hizo.

En lugar de eso, dejó escapar una risa baja, amarga, que no tenía nada de humana.

-Qué patética eres -dijo, su voz ahora goteaba desprecio-.

Crees que esto es una epopeya.

Que eres la heroína trágica que descubrirá la verdad y rescatará a su padre.

Esto no es un cuento, Alana.

Esto es el Infierno.

Y en el Infierno, la verdad no te hace libre; te convierte en el blanco perfecto.

Te hace predecible.

Débil.

-Prefiero ser débil y saber la verdad, que ser fuerte y vivir en una mentira como tú -escupí, las lágrimas de furia asomando a mis ojos, pero negándome a dejarlas caer.

Sus ojos se ensancharon.

Le había tocado un nervio.

Un nervio real.

-¿Vivir en una mentira?

-repitió, y su voz era ahora un susurro letal-.

Yo no vivo en mentiras.

Yo las creo.

Soy el arquitecto de la realidad que me conviene.

Y tu “verdad”, pequeña y estúpida raíz, podría destruir no solo mi juego, sino también la frágil posibilidad que tienes de sobrevivir a la semana siguiente.

-¿Qué posibilidad?

¿La de ser tu mascota bien cuidada?

-le grité, desafiante-.

¡Prefiero el riesgo de Arda o la venganza de Argo que esta prisión de seda e indiferencia!

¡Al menos con ellos sabría cuál es mi enemigo!

Fue demasiado.

Su control se quebró.

En un movimiento tan rápido que apenas lo vi, su mano sin guante -fría, pálida, con una fuerza sobrenatural- se cerró alrededor de mi cuello.

No apretó para asfixiarme, pero el contacto fue una descarga de poderío absoluto, de terror puro.

Sus dedos eran anillos de hielo viviente.

-Tu enemigo -siseó, su rostro a centímetros del mío, sus ojos dorados dos soles helados de furia-, soy yo.

Yo te saqué de las garras de Arda.

Yo te protegí de los Ahuizotl de Argo.

Yo te mantengo viva, vestida y en mi palacio, no por caridad, sino porque decidí que tu destino es mío para moldear.

Y si decides que prefieres a mis hermanos, te aseguro que lo que ellos te harán hará que anheles los días aburridos en mi “prisión de seda”.

-Su voz bajó aún más-.

Moraine quiere que veas.

¿Sabes qué verías en ese espejo, Alana?

Verías el momento en que tu madre murió.

Verías la expresión de Macdal cuando fue encadenado.

Verías tu propia cara de niña, aterrorizada, mientras te arrancaban los recuerdos.

¿Esa es la verdad que quieres?

¿Esa es la fuerza que buscas?

Sus palabras me atravesaron como puñales de hielo.

El dolor fue tan real, tan visceral, que el fuego en mi pecho se apagó de golpe, dejándome vacía, temblorosa.

Las lágrimas que había contenido brotaron, silenciosas y calientes, surcando mis mejillas.

Él vio mi derrota.

Sintió cómo mi cuerpo cedía bajo su agarre.

Lentamente, con desprecio, me soltó.

Me tambaleé hacia atrás, apoyándome contra la pared negra y suave.

-No me desafíes -dijo, volviéndose a colocar los guantes con una calma ahora aterradora-.

No cuestiones mis motivos.

Tu trabajo no es entender el juego.

Tu trabajo es sobrevivir lo suficiente para volverte útil en él.

-Tomó el espejo de la mesa-.

Y esto…

esto se queda conmigo.

Hasta que decida si puedes manejar lo que muestra, o si es mejor que tu pasado siga siendo una mancha borrosa en un pergamino olvidado.

Se dirigió a la puerta, pero se detuvo sin voltearse.

-La fiesta ha terminado para ti.

Elara te llevará de vuelta a tus aposentos.

Y piensa bien en lo que prefieres: la cómoda ignorancia de mi protección…

o la verdad desgarradora que podría ser la última cosa que veas.

Salio, y la puerta se cerró tras él sin un sonido, dejándome sola en la oscuridad absorbente, con el sabor a ceniza y lágrimas en la boca, y el terrible peso de una elección imposible sobre los hombros.

Había desafiado al señor del hielo.

Y por primera vez, había visto el abismo de furia y temor que se escondía bajo su superficie perfecta.

Y ahora, más que nunca, necesitaba saber qué era lo que tanto le asustaba de un simple espejo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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