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NEPHELIM - Capítulo 34

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34: Capítulo 33 34: Capítulo 33 Elara estaba esperando en mi suite cuando llegué, guiada por otro sirviente silencioso.

Su rostro amable se nubló de preocupación al ver mi estado: el vestido rojo magnífico ahora me parecía una prenda de tortura, mis ojos debían estar hinchados y mi expresión debía ser la de alguien que acababa de correr delante de un glaciar que se derrumbaba.

—Señorita Alana… —comenzó a decir, pero la interrumpí.

—estoy bien —la interrumpí no queriendo hablar de Silas ahora  Ella asintió, y se puso a trabajar en silencio, ayudándome a quitarme el intrincado vestido rojo.

Sus manos eran igual de hábiles y cuidadosas que antes, pero la magia de la preparación para la fiesta se había roto.

Ahora solo era un procedimiento.

Me limpió la cara, me ayudó a ponerme una bata suave de lana gris, y recogió el vestido como si fuera un animal peligroso herido.

—¿Necesitáis algo más, señorita?

—preguntó, su voz todavía baja.

—Elara, ¿qué sabes de la Anciana Moraine?

¿Del espejo?

¿De la Puerta de los Lamentos?

—Las palabras salieron en un torrente, mis manos temblorosas buscando las suyas.

Ella palideció visiblemente, su mirada bajó de inmediato.

—Yo… yo no sé nada de esas cosas, señorita.

Soy solo una sirvienta.

La Anciana Moraine… es una de las Primeras.

Ni siquiera los señores como Crogan o Vex se atreven a hablar de ella abiertamente.

Lo que pasa en la sala del trono… se queda allí.

—Pero escuchas cosas —insistí, desesperada—.

Rumores.

Susurros.

Tienes que haber oído algo.

Ella negó con la cabeza, genuinamente angustiada.

—Lo siento, de verdad.

Las conversaciones sobre… sobre tiempos pasados, sobre las guerras familiares de los Altos Señores… son demasiado peligrosas.

Los sirvientes que escuchan cosas así… desaparecen.

El Señor Silas es estricto con el secreto.

—Me miró con ojos suplicantes—.

Por favor, no me pidáis eso.

Os pondríais en peligro, y a mí también.

Vi el miedo genuino en sus ojos cálidos.

No estaba mintiendo.

Era una pieza demasiado pequeña en este juego mortal para tener acceso a esos conocimientos.

Mi frustración dio paso a una desolación aún más profunda.

Ni siquiera mi única posible aliada aquí podía ayudarme.

—Está bien, Elara —murmuré, retirando mis manos—.

Perdona.

No… no quise asustarte.

Ella hizo una reverencia y se retiró, cerrando la puerta con un clic suave.

Me quedé sola, envuelta en el lujo helado y en un silencio que ahora parecía burlón.

La conversación con Silas, sus palabras, su ira, la imagen de mi padre torturado, de mi madre muerta, de mi propio rostro infantil aterrorizado… daban vueltas en mi cabeza como avispas enloquecidas.

Necesitaba hablar con alguien que entendiera.

Necesitaba a Lili.

Me recosté en la cama gigante, cerré los ojos y me concentré como nunca antes.

No era como invocar a un fantasma cualquiera.

Sentí hacia dentro, hacia el ardor en mi pecho, hacia esa conexión de sangre que había sentido en el sueño.

—Lili —susurré en la oscuridad—.

Por favor, hermana.

Necesito ayuda.

Necesito saber qué hacer.

Nada.

Solo el sonido de mi propia respiración y el latido lejano del palacio.

Intenté de nuevo, imaginando su rostro, su cabello rojo, sus ojos llenos de tristeza y sabiduría.

—Lili, si puedes oírme… Moraine dio un espejo.

Una llave.

Habló de papá.

De una Puerta de los Lamentos.

¿Qué debo hacer?

¿Debo intentar conseguir el espejo?

¿Debo buscar la llave?

El aire en la habitación no cambió.

No hubo una aparición súbita, ni un susurro.

Solo una creciente sensación de desesperanza.

Me senté en la cama, abrazándome las rodillas, sintiéndome más sola que nunca.

Quizás el sueño anterior había sido una casualidad.

Quizás ella no podía contactarme a voluntad.

Quizás yo no era lo suficientemente fuerte.

Fue entonces, justo cuando estaba a punto de rendirme y hundirme en la almohada, cuando sentí algo.

No fue una voz.

Fue una sensación.

Como un tirón leve pero inconfundible en el centro de mi pecho, justo donde ardía mi núcleo de poder.

No era doloroso.

Era direccional.

Como si un hilo invisible, atado a mi esencia, fuera jalado suavemente hacia… abajo.

Hacia las profundidades del palacio, o más allá.

Y luego, en el límite mismo de mi percepción, como un eco desde el fondo de un pozo infinito, llegó.

No con palabras claras, sino con impresiones, emociones transmitidas a través de ese tenue hilo de conexión.

Una oleada de urgencia apremiante.

Una imagen fugaz, no visual, sino conceptual: el espejo nublado de Moraine.

Una sensación de peligro agudo, como un alambre de púas rodeando el objeto.

Y luego, la más clara de todas: una orden, un sentimiento de imperativo que no admitía discusión: “NO.

AÚN NO.” No era “no, nunca”.

Era “no, aún no”.

Como si el momento no fuera el correcto, como si yo no estuviera lista.

La conexión se desvaneció tan rápido como había llegado, dejándome jadeando, con el corazón acelerado y el pecho palpitando.

No había visto a Lili.

No había escuchado su voz.

Pero sabía, con una certeza que venía de mi sangre, que el mensaje era de ella.

Y era una advertencia.

El espejo era importante.

La llave era importante.

Pero ahora, intentar tomarlos sería un error.

Sería peligroso.

Tal vez mortal.

Me quedé sentada en la cama, temblando, pero ahora no de miedo, sino de una resolución fría.

Silas tenía razón en una cosa: actuar por impulso sería mi perdición.

Lili, desde dondequiera que estuviera, me estaba guiando.

Y su guía decía: esperar.

Prepararme.

No sabía cómo conseguiría el espejo de las manos de Silas.

No sabía cómo encontraría la Puerta de los Lamentos.

Pero sabía que, cuando llegara el momento, mi hermana me daría una señal.

Y hasta entonces, tenía que hacer exactamente lo que más me costaba: ser paciente.

Y aprender.

Miré hacia la puerta, más allá de la cual Silas tramaba sus cálculos infinitos.

Él tenía el espejo.

Él tenía las respuestas.

Y yo, por ahora, tenía que jugar a ser la estudiante dócil, la rareza fascinante, mientras preparaba en silencio el momento en que esa llave de hueso sería mía, y mi padre dejaría de lamentarse solo en la oscuridad.

🪽 Un estruendo sordo, como el de un cristal gigante quebrándose a lo lejos, me arrancó del sueño.

No fue un sueño profundo; era esa vigilia liviana y ansiosa en la que había estado sumida desde la fiesta, con las palabras de Silas y el eco de Lili retumbando en mi cráneo.

Me senté en la cama, el corazón ya acelerándose antes de que mi mente procesara por qué.

Entonces, lo oí.

Era un aullido.

Pero no de lobo, ni de viento.

Era un sonido metálico y desgarrado, como si alguien estirara y rompiera láminas de acero fino.

Venía de fuera, amortiguado por las gruesas paredes de hielo de mi suite, pero inconfundible.

Y no era uno solo.

Era un coro.

Decenas, quizás cientos, de esos lamentos agudos superpuestos, creando una cacofonía que arañaba el interior de mis oídos y hacía que mis dientes rechinaran.

Un zumbido de fondo, agudo y persistente, lo envolvía todo, vibrando en mis huesos como la nota de una cuerda de violín eternamente frotada.

Me levanté, las piernas temblorosas, y me acerqué a la ventana panorámica.

La “noche” perpetua de la Cuarta Esfera —ese crepúsculo púrpura helado— ya no era uniforme.

Explosiones la desgarraron.

No eran fuego caliente y anaranjado.

Eran estallidos de color enfermizo: verde esmeralda venenoso que dejaba manchas fluorescentes pegadas a las torres; púrpura eléctrico que parpadeaba como un relámpago silencioso y corrupto; y un fuego blanco azulado, frío como el corazón de un iceberg, que ondeaba sin calor pero consumía todo lo que tocaba con un chisporroteo voraz y silencioso.

El paisaje de cristal y hielo, antes sereno y muerto, ahora era un caleidoscopio de destrucción elegante y letal.

Y en medio de ese caos, se movían las formas.

Al principio, desde la distancia de mi ventana en lo alto, solo eran sombras alargadas y veloces, deslizándose por las calles y escalando fachadas con una agilidad antinatural.

Pero una de ellas se detuvo justo debajo, en la plaza frente al palacio, iluminada por el destello de una explosión verde.

Y pude ver.

Era una abominación de ángulos incorrectos.

Su cuerpo era una serie de segmentos negros y brillantes, como el caparazón de un insecto gigante hecho de obsidiana pulida, pero esos segmentos no estaban unidos de manera rígida.

Se retorcían y giraban unos sobre otros en articulaciones imposibles, dándole un movimiento fluido y a la vez espasmódico, como el de un gusano pero con la precisión de una máquina.

No tenía cabeza.

Donde debería estarlo, había una masa bulbosa y pálida, casi translúcida, que pulsaba con un ritmo rápido y enfermizo.

De este bulbo surgía un cono carnoso, abierto en su extremo en una boca circular, desdentada y húmeda, de un rosa grisáceo repulsivo.

Alrededor de esta boca, una corona de tentáculos cortos y gruesos, del color de la carne en descomposición, se agitaba frenéticamente, cada uno terminado en una ventosa pálida que se abría y cerrada espasmódicamente.

De su lomo surgían no cuatro, sino seis o siete apéndices que hacían las veces de patas.

Eran largas, delgadas como varillas de hierro, y terminaban en garras afiladísimas y curvas, de un negro azulado, que se clavaban en el hielo y la piedra con un clic-clic-clic que podía oírse incluso sobre los aullidos.

Y emitían ese zumbido agudo, que parecía surgir de las juntas entre sus segmentos.

Un guardia demonio de la corte, vestido con una armadura de escamas plateadas y blandiendo una hoja de energía azulada, salió a su encuentro desde un arco roto.

La criatura, no retrocedió.

Se arqueó hacia atrás en un movimiento que quebró cualquier expectativa de la anatomía, y sus patas delanteras se dispararon hacia adelante.

Las garras no buscaron la armadura; se clavaron en el aire alrededor del guardia, como si se aferraran a algo invisible.

El demonio se congeló, un grito ahogado en su garganta.

Entonces, los tentáculos de alrededor de la boca se dispararon.

No para desgarrar la carne.

Se pegaron al pecho y el rostro del guardia, las ventosas sellándose contra la armadura y la piel con un sonido húmedo y repugnante.

El guardia comenzó a convulsionar.

De su boca abierta en un grito silencioso, de sus ojos que empezaron a apagarse, de todo su ser, comenzó a emanar una neblina plateada y brillante, como mercurio gaseoso o el espíritu mismo hecho visible.

La neblina fue succionada en un flujo constante hacia la boca circular de la criatura que pulsaba con avidez.

El cuerpo del guardia no sangraba, no se rompía.

Simplemente se… desvanecía.

La armadura perdió su forma, colapsando como un papel arrugado.

La carne y los huesos se volvieron translúcidos, luego polvo gris y fino, que el viento de las explosiones dispersó en un instante.

En menos de diez segundos, donde había estado un ser poderoso, solo quedó un montoncito de polvo y una armadura vacía y abollada.

La criatura emitió un chirrido satisfecho, su cuerpo segmentado brilló con un fulgor interno más intenso por un momento, y luego se lanzó de nuevo a la oscuridad en busca de su próxima víctima.

Ahuizotl.

el nombre vino a mi mente como un recuerdo prestado de la advertencia de Silas  Vacían.

La palabra de Silas resonó en mi cabeza con un nuevo y terrible significado.

No mataban.

Consumían la esencia misma.

Dejaban cáscaras.

Un terror primitivo, más frío que el hielo de las paredes, me paralizó.

No era solo miedo a morir.

Era miedo a dejar de ser, a ser borrada de la existencia de la manera más fundamental y profana.

Mi cuerpo temblaba incontrolablemente, las manos aferradas al borde de la ventana, los nudillos blancos.

El palacio entero resonaba ahora con los aullidos, los chirridos, el estruendo de estructuras cayendo y el zumbido omnipresente.

Un olfato nuevo se sumó al caos: el olor dulzón y podrido de la esencia de demonio disipada, mezclado con el ozono quemado de la magia corrupta.

No podía quedarme allí.

Quedarse era ser encontrada.

Ser encontrada era ser… vaciada.

Con un esfuerzo sobrehumano, solté la ventana y di media vuelta.

Mis piernas, de goma, me llevaron tambaleándome hacia la puerta de mi suite.

Para mi horror y alivio, estaba abierta.

El sistema de seguridad, el orden perfecto de Silas, había fallado.

El Vacío había entrado, y con él, la anarquía.

Respirando entrecortadamente, salí al pasillo, listo para enfrentar el infierno que ahora rugía dentro de las mismas entrañas de Frío Eterno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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