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NEPHELIM - Capítulo 35

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35: Capítulo 34 35: Capítulo 34 El pasillo principal, normalmente impecable y silencioso, era ahora una cámara de ecos de pesadilla.

Las esferas de luz azulada parpadeaban de manera errática, proyectando sombras danzantes y deformadas que parecían perseguirse por las paredes de hielo.

El zumbido agudo de los Ahuizotl resonaba en mis huesos, un latido constante de amenaza, mezclado con estruendos lejanos y los ocasionales gritos ahogados que se cortaban de golpe.

Bajé las escaleras de caracol de la torre este con el corazón en la garganta, aferrándome a la barandilla de cristal helado que ahora sentía frágil como el azúcar.

Cada sombra en los recesos me parecía la forma retorcida de una de esas criaturas.

El olor a ozono quemado y a esa dulzura podrida —el aroma de las esencias devoradas— se hacía más fuerte con cada peldaño.

Al pisar el rellano del primer piso, una figura enorme emergió de un arco oscurecido.

No fue un movimiento suave, sino una aparición brusca, como un toro saliendo de su escondrijo.

Crogan.

Su armadura de placas de obsidiana pulida reflejaba los destellos verdes y púrpura del exterior, pero su rostro estaba en sombras, salvo por el fulgor granate de sus ojos, que ardían con una ira feroz y pragmática.

En su mano derecha empuñaba no una espada elegante, sino una maza pesada de cabeza cuadrada, hecha del mismo metal oscuro, con runas que palpitaban con un rojo sordo.

—¡Tú!

—rugió, su voz un trueno gutural que cortó a través del zumbido.

En dos zancadas estuvo sobre mí.

Su mano libre —enorme, enguantada en cuero negro— se cerró como una tenaza alrededor de mi brazo.

El dolor fue instantáneo, agudo, prometiendo un moratón profundo—.

¿En qué maldito momento decidiste que dar un paseo era una buena idea?

— ¿Qué está pasando?

—logré chillar, más por el dolor y el pánico que por valentía, forcejeando inútilmente contra su agarre de hierro.

—¡El precio de guardar basura celestial!

—escupió, arrastrándome sin ceremonia hacia un corredor lateral, alejado de la gran entrada donde se veían destellos de combate.

Su fuerza era absoluta; mis pies apenas rozaban el suelo—.

Argo ha decidido cobrar.

O reclamar su juguete.

O simplemente quemarlo todo para que nadie más juegue.

¡Los Ahuizotl son su firma, su carta de presentación!

¡Rastreadores del Vacío que dejan menos que cenizas!

Mientras hablaba, su mirada no estaba en mí; escudriñaba cada sombra, cada intersección, con la tensión de un depredador acorralado.

El pasillo por el que me arrastraba era angosto, de servicio, iluminado solo por la luz de emergencia de alguna veta de cuarzo estresada que brillaba con un tono enfermizo.

—¡Vex!

¡Silas!

—grité, tropezando cuando me empujó para doblar una esquina bruscamente—.

¿Dónde están?

—¡Lidiando con la plaga!

—gruñó, sin disminuir el ritmo.

Un aullido especialmente agudo sonó cerca, haciendo que ambos nos encogiéramos instintivamente—.

O ya son parte del menú.

Mi orden es sacarte de este ataúd de hielo si las cosas se ponen feas.

Y, por si no te has dado cuenta, ¡están hirviendo!

Su desprecio por mí era palpable, pero también había una profesionalidad brutal en sus acciones.

Era un soldado siguiendo una orden, y yo era la carga molesta que debía entregar.

—¡Los alcanzaremos!

—añadió, respondiendo a mi pregunta no dicha—.

Si ellos quieren y pueden.

Ahora cierra el pico y corre, o te dejo aquí como cebo.

Doblamos otra esquina, y el pasaje se abrió a una galería de servicio más amplia, con estantes de cristal vacíos y restos de embalajes de hielo vaporizado en el suelo.

Era la ruta hacia las cocinas y, supuse, hacia una salida trasera.

Fue entonces cuando lo vimos.

Al final de la galería, una figura delgada y gris tropezaba saliendo de una puerta lateral.

Elara.

Su moño se había deshecho, y el cabello castaño le cubría parte del rostro, pálido como la cera.

En sus manos llevaba un jarrón de plata, como si en su huida hubiera instintivamente agarrado algo de valor.

Sus ojos marrones, llenos de un terror puro, se encontraron con los míos.

Y detrás de ella, deslizándose del mismo cuarto con ese movimiento de gusano segmentado, surgió uno de ellos.

Era más pequeño que el que había visto desde la ventana, pero no menos horrendo.

Su zumbido era un chillido agudo y urgente.

El cono bucal pulsó al ver a su presa, y los tentáculos se extendieron como dedos ansiosos.

—¡ELARA!

—El grito me salió del alma antes de poder pensarlo.

Intenté arrancarme del agarre de Crogan con una fuerza desesperada.

—¡Tenemos que ayudarla!

Crogan ni siquiera se detuvo.

Su agarre se convirtió en una abrazadera de acero.

—¡Es una sirvienta!

—rugió, su voz cargada de un desprecio absoluto—.

¡Un recurso gastable!

¡Mueve tu trasero, Nephalim, o serás la siguiente!

—¡NO!

—aullé, golpeando su brazo con mi puño libre, la frustración y el horror convirtiéndose en rabia—.

¡Ella me ayudó!

¡No podemos dejarla!

¡CROGAN, POR FAVOR, ELLA NO ES NADA PARA ELLOS!

Vi cómo los tentáculos del Ahuizotl, fríos y húmedos, se cerraban a centímetros del rostro aterrorizado de Elara.

Ella cerró los ojos, un sollozo ahogado escapando de sus labios.

El jarrón cayó de sus manos y rodó por el suelo con un sonido hueco.

Algo en mí, algo que no era el fuego nephelim, ni el miedo, ni la razón, explotó.

Fue un instinto puro, humano, desesperado.

Un grito no de poder, sino de imperativo moral.

—¡SUÉLTAME, MALDITO COBARDE!

—Vociferé con toda la fuerza de mis pulmones, y en un acto de pura voluntad, empujé hacia fuera no con mis manos, sino con esa parte de mí que ardía.

No fue un destello de luz dorada; fue una onda de fuerza cruda, una sacudida de energía nacarada y caliente que salió de mi pecho en un anillo visible.

El efecto en Crogan fue mínimo pero sorpresivo.

La onda golpeó su brazo, no para hacerle daño, sino como un golpe de viento caliente e inesperado.

Su agarre, por una fracción de segundo crucial, se aflojó.

Fue suficiente.

Me solté y me lancé hacia delante, no con gracia, sino con el ímpetu torpe de un animal acorralado protegiendo a su cría.

No tenía un plan.

No tenía un arma.

Solo tenía la certeza de que no vería a esa chica, que me había mostrado la única bondad genuina en este infierno, ser reducida a polvo.

—¡ALANA, NO!

—gritó Crogan a mis espaldas, pero su voz sonaba más a furia que a advertencia.

El Ahuizotl, distraído por mi carga repentina y la onda de energía, giró su cono bucal hacia mí.

Los tentáculos que iban hacia Elara se detuvieron, oscilando en el aire.

Fue el instante que necesitaba.

No para atacar a la criatura —era una locura—, sino para interponerme entre ella y Elara, extendiendo mis brazos como un escudo ridículo e inútil.

—¡ATRÁS!

—le grité a la criatura, mi voz temblorosa pero llena de una rabia que pretendía ser poder.

El Ahuizotl emitió un chirrido confundido.

Su zumbido cambió de tono.

Me estudió con esa boca pulsante, como si intentara categorizar lo que era yo.

No era un demonio.

No era humano del todo.

Era… una anomalía.

Esa confusión duró dos segundos.

Luego, el instinto de depredador prevaleció.

Sus patas se tensaron para saltar.

Pero esos dos segundos fueron todo lo que Crogan necesitó.

Con un rugido que no era de valentía, sino de pura y absoluta exasperación, una explosión de movimiento oscuro pasó a mi lado.

No lo vi venir.

Solo sentí el aire desplazarse y vi la maza de cabeza cuadrada describir un arco corto y brutal.

¡CRAC-CHAS!

El sonido fue húmedo y a la vez cristalino.

La maza no impactó en un punto vital, sino en la unión entre dos de los segmentos centrales del Ahuizotl.

Las runas en la maza estallaron en un rojo sanguíneo, y hubo un destello de energía corrupta que saltó entre los fragmentos.

La criatura se desplomó de lado, no muerta, sino desactivada.

Sus segmentos perdieron cohesión, retorciéndose en espasmos aleatorios.

El zumbido se convirtió en un gorgoteo agonizante y luego en silencio.

El cono bucal se desinfló, derramando un licor negro y viscoso que humeaba al tocar el suelo de hielo.

Crogan no esperó a ver el resultado.

Giró, y con el mismo movimiento, agarró a Elara del brazo con brutal eficiencia, arrancándola de su estupor, y a mí del cuello de la bata con la otra mano.

—¡¡¡AHORA SÍ, LAS DOS, A CORRER O LAS MATO YO MISMO!!!

—bramó, y el veneno en su voz era real.

Nos arrastró, casi despegándonos del suelo, a través de la puerta trasera de servicio que estaba semi-derribada, y nos arrojó a la noche helada y convulsa de Frío Eterno.

Elara, jadeando y sollozando en silencio, me miró al tropezar en la nieve de diamante.

En sus ojos no había reproche por haberla puesto en mayor peligro, solo un agradecimiento tembloroso y un terror compartido que nos unía en ese instante más que cualquier palabra.

Crogan nos empujó a un pasadizo entre altos ventisqueros de hielo azulado, alejándonos del palacio que ardía con llamas frías, sus gruñidos siendo la única elegía para el orden que había sido su mundo, y que ahora colapsaba porque una “rareza” celestial había decidido que una sirvienta valía la pena salvar.

Crogan nos empujó a través de la brecha derribada en el perímetro del palacio, y el mundo exterior fue una bofetada de caos y ruido.

Frío Eterno ya no era una ciudad de belleza glacial silenciosa; era un matadero de hielo y sombras.

Las calles, otrora pulcras avenidas de mármol blanco azulado, estaban sembradas de destrucción.

Grandes losas estaban levantadas, astilladas por explosiones de fuego púrpura que aún ardían sin calor, manchando el entorno con un resplandor espectral.

Los cristales de las fachadas, que antes reflejaban elegantes siluetas, yacían en el suelo como un mar de estrellas rotas y sangrientas, tintineando con cada nueva explosión.

Y por doquier, la batalla.

Demonios de la corte, sus trajes impecables desgarrados, luchaban con una desesperación elegante pero feroz.

Una dama con un vestido de escamas de espejo blandía un abanico cuyas varillas proyectaban cuchillas de hielo que silbaban en el aire, desmembrando las patas de un Ahuizotl que intentaba escalar una columnata.

Un señor demonio anciano, con un bastón de cristal, canalizaba rayos de frío absoluto que congelaban a las criaturas en el acto, haciéndolas estallar en mil fragmentos negros.

Pero por cada criatura caída, parecían llegar dos más, surgiendo de las sombras de las calles laterales, de las alcantarillas de hielo, incluso deslizándose por los techos.

Vi a un guardia con armadura plateada ser rodeado por tres Ahuizotl.

Sus garras se clavaron en el aire a su alrededor, inmovilizándolo con esa fuerza invisible.

Los tres tentáculos se fijaron a él al unísono, y su grito se convirtió en un chillido agudo antes de que su esencia plateada fuera arrancada en tres hilos simultáneos, desapareciendo en las bocas pulsantes.

Su armadura vacía cayó con un crash metálico, un sonido ahogado por el zumbido triunfante de las criaturas.

Era una masacre asimétrica.

La fuerza y magia de los demonios podía destruir a los Ahuizotl, pero la voracidad infinita y la estrategia de enjambre de estas criaturas las hacían imparables.

El orden se desmoronaba bajo el peso del Vacío.

—¡No mires, corre!

—bramó Crogan, empujándonos a Elara y a mí hacia una avenida lateral menos congestionada, pero no menos peligrosa.

Una explosión verde estalló a veinte metros, lanzando esquirlas de hielo afiladas como navajas.

Crogan levantó su maza, y un escudo de energía granate semi-transparente parpadeó frente a nosotros, desviando los fragmentos con un sonido de campanadas agudas—.

¡Por los abismos, muevan esos pies humanos!

Corrimos.

Mis pulmones ardían con el aire gélido y cargado de polvo de esencia.

Elara jadeaba a mi lado, su rostro una máscara de terror puro, pero sus pies seguían el ritmo por instinto de supervivencia.

Crogan era nuestro ariete, abriéndose paso a empujones y amenazas, su maza destrozando ocasionalmente un Ahuizotl que se aventuraba demasiado cerca con un golpe seco y destructivo.

Finalmente, las altas estructuras de la ciudad comenzaron a ceder.

Las luces de la batalla se atenuaron a nuestras espaldas, reemplazadas por la oscuridad más profunda y el silencio relativo de lo que parecía ser el límite de Frío Eterno.

Ante nosotros se alzaba el Bosque de Espinas Plateadas.

No eran árboles.

Eran estructuras cristalinas que brotaban del suelo como garras gigantescas de hielo y cuarzo.

Sus “ramas” no tenían hojas, sino agujas afiladas y translúcidas que se entrelazaban formando un dosel impenetrable y mortífero.

El suelo estaba cubierto de una nieve de diamante que crujía bajo nuestros pies.

No había sonido de vida, solo el gemido del viento a través de las agujas, un sonido fantasmal y desolador.

—Aquí —gruñó Crogan, deteniéndose al borde del bosque y escudriñando la oscuridad con sus ojos granate—.

Adentro.

Es un laberinto.

Si ellos nos siguen, los perderemos aquí.

—¿Adónde vamos, Crogan?

—pregunté, sin aliento, mientras observaba las temibles espiras de cristal—.

¿Hay algún lugar seguro?

—Un refugio.

Un punto de encuentro de emergencia —respondió, sin mirarme, su atención aún en nuestro rastro—.

Lejos del olor a pánico y a sangre nephelim que llevas pegado como un perfume.

—¿Sangre nephelim?

—repetí, confundida.

—¡Los Ahuizotl no están aquí por deporte, estúpida!

—espetó, volviéndose hacia mí, su ira apenas contenida—.

Huelen tu esencia.

Es como un faro en la niebla para ellos.

Argo los envió por ti.

Mientras más tiempo estés en la ciudad, más de estas cosas vendrán, y más de los nuestros serán vaciados por tu culpa.

Por eso necesito sacarte de aquí.

Para que el banquete se mueva y deje de devorar mi ciudad.

Sus palabras cayeron como un puñal.

No era solo un ataque; era una purga dirigida.

Y yo era el objetivo.

La gente que moría allá atrás… moría porque yo estaba allí.

—¿Y la gente?

—pregunté, mi voz temblorosa—.

¿Los que quedan atrás?

¿Los estáis abandonando?

Crogan soltó una risa corta y amarga, un sonido como piedras que se rompen.

—Sobreviven o perecen.

Es la ley.

Siempre lo ha sido.

Silas los protegerá si puede y le conviene.

Si no… —Se encogió de hombros, un gesto brutalmente pragmático—.

El Infierno está lleno de almas prescindibles.

Y hoy, tú eres la única que no lo es.

Por ahora.

Así que deja el sentimentalismo y camina.

Nos adentramos en el bosque.

El camino no existía.

Crogan parecía seguir algún instinto o memoria, esquivando las espinas más bajas que podían desgarrarnos, pisando sobre la nieve de diamante que emitía un crunch ominoso con cada paso.

La oscuridad era casi total, solo rota por el tenue brillo fosforescente de las propias espinas de cristal, que pintaba el mundo en tonos de azul y verde fantasmal.

El aire era aún más frío, si era posible, y olía a rocío metálico y viejo.

El silencio, después del caos de la ciudad, era opresivo.

Solo nuestros jadeos y el crujido de la nieve.

Me volví hacia Elara, que caminaba justo detrás de mí, su figura gris apenas visible.

—Elara, ¿estás bien?

—pregunté en un susurro, extendiendo una mano para tocar su brazo.

Estaba temblando violentamente.

Ella abrió la boca para responder, sus ojos marrones intentando enfocarse en mí en la penumbra.

—Seño— La palabra nunca se completó.

Una cosa surgió de la nieve de diamante justo a sus pies.

No la había visto, no la había sentido.

No era un Ahuizotl entero.

Era algo peor, más sigiloso.

Una especie de apéndice independiente, una lengua-látigo larga, negra y segmentada, que terminaba en una garra ganchuda.

Estaba enterrada bajo la nieve, camuflada, y se enroscó alrededor de mi tobillo izquierdo con la velocidad de una serpiente.

El contacto fue gélido y viscoso.

La garra se clavó a través de la tela de mi bata, hundiéndose en mi carne con un dolor agudo y punzante.

—¡AAAAAH!

—El grito me fue arrancado del pecho.

La fuerza del tirón fue brutal, desequilibrándome por completo.

Caí de lado, la nieve fría golpeando mi mejilla, mientras la criatura bajo la nieve comenzaba a arrastrarme hacia un denso matorral de espinas.

—¡ALANA!

—gritó Elara, su voz un chillido de terror puro.

—¡MALDITA SEA!

—rugió Crogan, girando sobre sus talones.

Vi su silueta enorme cargando hacia mí, la maza en alto.

Pero la cosa me arrastraba demasiado rápido.

Las espinas rasgaban mi bata, arañaban mi piel.

Sentía la presión insoportable en mi tobillo, la garra cavando más hondo.

—¡CÓRTALA!

¡CÓRTALA!

—le grité a Crogan, cegada por el dolor y el pánico, aferrándome a una espina baja que se quebró en mi mano.

Crogan llegó a mi lado, pero en lugar de atacar a la lengua-látigo, clavó su mirada más allá de mí, hacia el matorral.

Sus ojos granate se abrieron.

—¡No es solo una!

¡Es un Rastreador de Madriguera!

—bramó—.

¡Si te llevan allí, estás perdida!

—¡ENTONCES HAZ ALGO!

—vociferé, sintiendo cómo mi cuerpo era jalado otra yarda, las espinas desgarrando mi piel en líneas de fuego helado.

Vi el conflicto en su rostro, una batalla entre la orden de protegerme y el instinto de no seguir a una presa a la guarida del depredador.

Elara, en un acto de valentía desesperada, se lanzó hacia adelante y agarró mis brazos, tratando de contrarrestar la fuerza.

—¡No la sueltes!

—gritó, sus dedos hundiéndose en mis brazos.

Fue ese acto, el de la sirvienta “prescindible” arriesgándose, lo que pareció decidir a Crogan.

—¡ABISMIOS!

—Con un rugido de furia absoluta, no hacia la criatura, sino hacia la situación, hacia mí, hacia todo, alzó su maza.

Pero no la bajó hacia la lengua.

En cambio, la clavó en el suelo de nieve y hielo, justo delante del matorral.

Las runas en la maza estallaron en un rojo cegador.

No hubo explosión.

Hubo una implosión.

El suelo, la nieve, las espinas circundantes, todo se hundió violentamente durante un segundo, como si un vacío se abriera bajo ellos.

La lengua-látigo, conectada a algo bajo tierra, recibió la onda de choque de lleno.

Se oyó un CHILLIDO agudo y distorsionado, que venía de bajo tierra.

La presión en mi tobillo cesó de golpe.

La garra se abrió, liberándome.

Crogan, jadeando ahora con esfuerzo real, retiró su maza del suelo, que ahora mostraba un cratercito negro y humeante.

—¡Levántate!

—me ordenó, agarrándome a mí del brazo y a Elara del hombro—.

¡Ahora sí que nos han localizado!

¡CORRE!

El dolor en mi tobillo era atroz, y la sangre caliente manchaba la nieve de diamante.

Pero el terror a lo que viniera después era mayor.

Con Elara ayudándome a cojear y Crogan arrastrándonos casi, nos adentramos aún más en el corazón del letal Bosque de Espinas, mientras a nuestras espaldas, el suelo parecía agitarse con una rabia sorda y enterrada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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