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NEPHELIM - Capítulo 36

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36: Capítulo 35 36: Capítulo 35 El dolor no era un simple pinchazo.

Era una entidad viva que había hecho nido en mi tobillo.

Cada latido de mi corazón enviaba una nueva oleada de fuego helado desde la herida, una sensación contradictoria y desquiciante: el calor de la sangre que brotaba y el frío corrupto que la garra de la criatura había inyectado en la carne desgarrada.

No era veneno, sino algo peor —una contaminación del Vacío, una anti-esencia que trataba de congelar y disolver al mismo tiempo.

—¡Agh!

—Un gemido escapó de mis labios, apretados para no gritar y atraer más atención.

Cada paso era una tortura calculada.

Cojeaba violentamente, apoyando casi todo mi peso en Elara, cuyo cuerpo delgado se tensaba bajo el esfuerzo.

La sangre, negra y espesa bajo la luz fantasmal del bosque, había empapado la tela de mi bata y goteaba sobre la nieve de diamante, dejando un rastro macabro y brillante a nuestras espaldas.

—No podemos seguir así —jadeó Elara, su voz cargada de pánico y esfuerzo—.

¡Está dejando un rastro!

¡Y le duele demasiado!

Crogan se detuvo bruscamente unos pasos adelante, girándose.

Sus ojos granate no mostraron piedad, solo una evaluación fría y urgente.

—El dolor es el menor de nuestros problemas —gruñó—.

Esa sangre no es solo sangre.

Huele a chamusquina celestial y a chamusquina infernal.

Es un faro para cualquier cosa que aceche aquí.

—Se acercó, y sin previo aviso, agarró mi pierna herida por encima del tobillo.

El dolor estalló en una nova blanca de agonía.

—¡AAAAI!

¡Suéltame!

—Chillé, intentando patearlo con la otra pierna.

—¡Deja de actuar como una cría humana!

—rugió él, aplicando una presión brutal que hizo que viera estrellas.

Con su otra mano, rasgó un trozo de su capa interna, una tela gruesa y oscura.

—El frío del Vacío se está extendiendo.

Si llega a la rodilla, perderás la pierna.

Y si llega al corazón, serás un cascarón vacío aún sin que te toquen.

—Sus palabras eran crueles, pero sus acciones eran rápidas y precisas.

Apretó la herida con la tela, intentando contener el flujo de esa sangre negra.

El contacto de la tela, combinado con su fuerza, fue un nuevo nivel de tormento.

—Esto va a doler más.

Antes de que pudiera preguntar qué, sacó un pequeño frasco de su cinturón.

No contenía un líquido, sino algo que parecía polvo de estrellas oscuras, con motas de un rojo profundo.

Lo espolvoreó directamente sobre la herida vendada.

El efecto fue instantáneo e infernal.

Sentí como si mil agujas de hielo y fuego me fueran clavadas directamente en el hueso, seguido de una sensación de desgarro interno, como si las raíces de la corrupción estuvieran siendo arrancadas a la fuerza.

Un grito ahogado se atascó en mi garganta.

Mis ojos se llenaron de lágrimas involuntarias.

—Es sal de las minas de la Segunda Esfera —explicó Crogan con voz áspera, mientras terminaba de atar el vendaje con fuerza—.

Quema la impureza.

También quema todo lo demás.

Es el mal menor.

—¡El mal menor se siente como el mismísimo Infierno!

—logré escupir entre dientes, temblando incontrolablemente, el sudor frío mezclándose con las lágrimas en mi rostro.

—Bienvenida al vecindario —replicó él, sin rastro de ironía, solo de hecho.

Se levantó—.

Ahora puedes cojear, o puedo cargarte como un saco.

Elige rápido.

El Rastreader adulto no estará contento con que le hayamos hecho daño a su apéndice.

La mera idea de que esa lengua-látigo fuera solo una parte de algo más grande hizo que un nuevo escalofrío, ajeno al dolor, me recorriera la espina dorsal.

Miré a Elara.

Su rostro estaba pálido, pero asintió con determinación.

—Yo la ayudo —dijo, su voz más firme ahora.

—No tenemos tiempo para esto —masculló Crogan, pero asintió—.

Muevan.

Y tú —me señaló con un dedo manchado de mi sangre oscura—, si vuelves a gritar, te dejaré de carnada.

El dolor es un lujo que no podemos permitirnos.

Empezamos a movernos de nuevo.

Cada paso era una batalla.

El dolor de la sal era un incendio concentrado, pero al menos la sensación de disolución fría había retrocedido.

Ahora el dolor era agudo, localizado, familiar en su brutalidad.

Podía lidiar con el dolor.

No podía lidiar con dejar de existir.

El bosque se hacía más denso, más oscuro.

Las espinas parecían cerrarse a nuestro alrededor como los dedos de una mano gigante.

El brillo fosforescente se intensificaba, creando sombras danzantes y amenazantes en cada esquina.

El silencio era absoluto, roto solo por nuestro jadeo, el crujido de la nieve, y el sordo y lejano retumbar que venía de las profundidades del suelo, como si la tierra misma estuviera enfadada.

—¿Adónde… llevas esto?

—pregunté a Crogan, sin aliento, aferrándome a Elara—.

¿Hay un final para este laberinto?

—Hay un claro —respondió él, sin mirar atrás, sus ojos escaneando constantemente el camino—.

Un lugar donde el hielo es demasiado viejo y duro incluso para las criaturas del Vacío.

Un punto neutral.

Si Silas o Vex siguen vivos, irán allí.

Si no… —No terminó la frase.

No hacía falta.

—Y si no van —dijo Elara en un susurro—, ¿qué hacemos?

Crogan se detuvo por un instante, y por primera vez, vi algo más que ira o pragmatismo en su perfil.

Vi fatiga.

La fatiga de un soldado que sabe que la retirada puede convertirse en exilio en cualquier momento.

—Entonces —dijo, su voz extrañamente plana—, sobrevivimos.

Como siempre.

Solo que esta vez, con una antorcha nephelim que atrae a todas las bestias hambrientas del Infierno.

Así que reza para que tu señor helado esté vivo, niña.

Porque es la única razón por la que aún no te he arrojado a las sombras para salvar mi propio pellejo.

Sus palabras eran un golpe bajo, pero eran la verdad desnuda de este lugar.

Yo era un activo, una carga, un señuelo.

Mi valor dependía enteramente de la voluntad de Silas.

Y en ese momento, mientras cojeaba a través de un bosque de pesadilla con mi tobillo ardiendo y el eco de criaturas hambrientas a nuestras espaldas, esa voluntad parecía muy, muy frágil.

El dolor palpitante en mi pierna era un recordatorio constante: aquí, el precio de la supervivencia se pagaba en sangre, en frío, y en la terrible comprensión de que tu vida solo valía lo que alguien más estaba dispuesto a pagar por ella.

Avanzamos.

O, más bien, nos arrastramos a través del laberinto de espinas.

El aire se volvió aún más estático, más pesado, como si el bosque mismo contuviera la respiración.

El brillo fosforescente de las espinas empezó a parpadear de manera irregular, como un corazón moribundo.

Cada parpadeo sumía el mundo en una oscuridad casi total, solo para devolverlo en un destazo azul verdoso que congelaba nuestras sombras en poses grotescas.

El dolor en mi tobillo se había estabilizado en un latido sordo y persistente, un tambor de agonía que marcaba el ritmo de nuestra huida.

La sal de Crogan había hecho su trabajo brutal; la herida ya no supuraba esa oscuridad corrupta, pero el tejido alrededor estaba hinchado, caliente y tenso como una piedra bajo el vendaje improvisado.

Cada peso que ponía sobre él era una apuesta, un equilibrio precario entre el avance y el colapso.

Crogan ya no nos arrastraba.

Ahora cazaba el camino.

Se movía con una cautela felina que contrastaba con su masa, sus ojos granate escudriñando cada sombra, cada confluencia de espinas, cada mota de nieve alterada.

Parecía estar siguiendo un rastro invisible, tal vez marcas que solo él podía ver, o el tenue eco de un pacto que nos guiaba hacia el punto de encuentro.

—¿Cuánto falta?

—pregunté en un suspiro, incapaz de contenerlo.

El silencio, roto solo por nuestro aliento y el crujido, se estaba volviendo más aterrador que los mismos aullidos.

—Calla y escucha —gruñó él, sin volverse.

Y entonces, lo oímos.

No era el retumbar lejano de la tierra.

Esto era más cercano.

Un sonido ligero, casi musical, pero profundamente erróneo.

Como cristales finísimos rompiéndose en cadena, seguido de un susurro seco, como hojas de papel de lija frotándose.

Venía de arriba.

Alcé la vista, y el aliento se me heló en los pulmones.

Las espinas más altas del dosel se estaban moviendo.

No por el viento.

Estaban… desenredándose.

Se retorcían lentamente, como serpientes de cristal despertando de un largo sueño.

Y de los puntos donde se separaban, caía un polvo fino y brillante, como nieve de diamante molida, que centelleaba con la misma fosforescencia enfermiza.

—No mires arriba —ordenó Crogan, su voz era un hilo tenso de alarma—.

Corran.

Ahora.

Pero Elara ya estaba mirando, hipnotizada por el espectáculo sobrenatural.

—¿Qué…?

Una de las “serpientes” de cristal, una espina desprendida de más de tres metros de largo, se dejó caer del dosel.

No cayó; se lanzó como una lanza, silbando en el aire silencioso.

Su objetivo no éramos nosotros.

Se clavó en el suelo de nieve, a menos de un metro de donde Elara había estado parada un segundo antes, con un CRAC seco y resonante.

La punta se hundió profundamente, y el resto de la espina quedó vibrando, emitiendo un zumbido agudo que hacía rechinar los dientes.

El bosque no era un refugio.

Era otro depredador.

—¡MALDITO BOSQUE SENCIENTE!

—rugió Crogan, y esta vez, el miedo en su voz era genuino y contagioso—.

¡CORRAN EN LÍNEA RECTA!

¡IGNOREN LAS ESPINAS BAJAS, ATRAVIÉSENLAS SI ES NECESARIO!

No hubo tiempo para pensar.

El dosel entero parecía animarse.

Más espinas se desprendían, silbando en el aire como flechas mortales de cristal.

Otras, desde el suelo, se curvaban hacia nosotros, tratando de enredar nuestros pies, de empalarnos con sus puntas afiladas.

Elara gritó cuando una espina baja le rasgó el costado de su vestido gris, dejando un fino corte rojo en su piel.

Pero no se detuvo.

Corría junto a mí, su mano aferrada a la mía con una fuerza desesperada.

Yo corría, o intentaba hacerlo.

Mi tobillo protestaba con cada impacto, enviando ondas de dolor nauseabundo hasta la cadera.

Pero el terror a ser empalada o atrapada por el bosque era un motivador aún más poderoso.

Apreté los dientes, ignorando el fuego en mi pierna, y me obligué a moverme.

Salté sobre una espina que intentaba enganchar mi otro pie, esquivé por un pelo otra que cayó del cielo y se clavó donde mi siguiente paso habría sido.

Crogan era nuestro bulldozer.

No esquivaba; destrozaba.

Su maza giraba en arcos cortos y brutales, pulverizando las espinas que se interponían en nuestro camino, creando un pasillo de cristal destrozado y nieve volada.

El sonido de la destrucción —estallidos, crujidos, el silbido de los fragmentos— se mezclaba con el zumbido de las espinas vivas y nuestros jadeos desesperados.

—¡AHÍ!

—gritó Crogan de pronto, señalando con la cabeza hacia adelante.

A través de un último y denso muro de espinas entrelazadas, vi un cambio en la luz.

No era el brillo fosforescente, sino algo más pálido, más estable.

Como la luz de la luna reflejada en hielo limpio.

Crogan se plantó frente al muro de espinas, que parecía cerrarse activamente para bloquearnos.

Tomó la maza con ambas manos, un gruñido profundo emergiendo de su pecho.

Las runas en el arma estallaron en un rojo incandescente, tan brillante que hizo parpadear.

—¡APÁRTENSE DE MÍ!

—nos ordenó.

Elara y yo retrocedimos unos pasos.

Crogan giró sobre sí mismo, canalizando todo su poder y frustración en un golpe rotativo final.

¡BOOM!

La onda de choque nos empujó hacia atrás.

El muro de espinas estalló en una tormenta de cristales afilados que llovieron a nuestro alrededor, tintineando como una campanada funeraria.

Cuando el polvo de cristal se asentó, había un brecha humeante, y más allá… El claro.

Era un círculo perfecto de terreno, quizás de veinte metros de diámetro.

No había espinas.

El suelo era hielo liso y negro como el azabache, tan pulido que reflejaba el tenue cielo púrpura del Infierno como un espejo oscuro.

En el centro del claro, se alzaban tres monolitos de hielo azul profundo, dispuestos en triángulo.

No tenían marcas, solo una sensación de antigüedad inmensa y poder latente.

Era un lugar de paz, pero una paz tan fría y absoluta que era casi más aterradora que la violencia del bosque.

—Dentro —jadeó Crogan, tambaleándose ligeramente.

El último golpe le había costado.

Empujó a Elara y a mí a través de la brecha.

En el momento en que cruzamos el límite del claro, el sonido cesó.

El zumbido, los crujidos, los silbidos… todo se desvaneció, reemplazado por un silencio sepulcral y perfecto.

Incluso nuestros jadeos parecían amortiguados, absorbidos por el hielo negro.

Las espinas del bosque, en el borde mismo del claro, se retorcían y agitaban, pero no cruzaban la línea invisible.

Era como si una barrera impermeable las mantuviera a raya.

Caí de rodillas en el hielo liso, la pierna herida finalmente cediendo.

El dolor regresó con toda su fuerza ahora que la adrenalina disminuía, un martilleo constante y brutal.

Elara se desplomó a mi lado, jadeando, una mano presionando el corte en su costado.

Crogan se apoyó pesadamente en su maza, clavada en el hielo, y escudriñó la periferia del claro con ojos entrecerrados.

Su cuerpo, normalmente una montaña de amenaza, parecía gastado.

—Hemos llegado —dijo, su voz ahora ronca y baja—.

El Refugio de los Olvidados.

Un lugar que ni las bestias del Vacío ni las almas condenadas se atreven a tocar.

—Miró hacia los monolitos—.

Ahora, esperamos.

Y rezamos para que los que esperamos no sean los únicos que encuentren el camino hasta aquí.

Miré alrededor del claro desolado, luego a mi tobillo vendado, que ahora manchaba el hielo negro impecable con un rojo oscuro y vergonzoso.

Habíamos escapado de la ciudad, del bosque, del Vacío.

Pero ahora estábamos atrapados en un silencio perfecto, heridos, y completamente a merced de un destino que aún no llegaba.

El claro no era un santuario.

Era la antesala de algo.

Y el dolor en mi pierna era el recordatorio de que, sin importar dónde estuviéramos, el precio de esta guerra apenas comenzaba a cobrarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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