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NEPHELIM - Capítulo 37

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37: Capítulo 36 37: Capítulo 36 El silencio del claro era tan absoluto que el latido de mi propio corazón sonaba como un tambor de guerra en mis oídos.

El dolor en el tobillo, antes un grito agudo, se había asentado en un martilleo sordo y constante, una presencia desagradable pero manejable.

Con manos temblorosas, me acomodé contra uno de los monolitos de hielo azul —su frío penetrante era casi un alivio comparado con el calor de la infección— y comencé a deshacer el vendaje tosco de Crogan.

La tela estaba empapada de sangre oscura y seca.

Al retirarla, contuve una arcada.

La herida no parecía… normal.

Los bordes, donde la garra se había clavado, estaban negros y necróticos, pero no con la podredumbre de la infección humana.

Era una oscuridad activa, como si un trozo de noche se hubiera incrustado en mi carne.

Alrededor, la piel estaba hinchada y brillante, de un púrpura enfermizo, y de ella emanaba un calor seco y antinatural.

Lo más extraño: no sanaba.

Ni siquiera parecía coagularse del todo.

Un hilo tenue y oscuro de esencia, apenas visible, aún supuraba.

—No sana —murmuré, más para mí que para nadie.

Apliqué un poco de nieve limpia del borde del claro, pero la herida la repelió, como si el frío no pudiera tocar su corrupción.

Una punzada de pánico, más fría que el hielo, me atravesó.

¿Era esto lo que Crogan había llamado la “corrupción del Vacío”?

¿Iba a comerme la pierna, la vida, desde adentro?

Decidí no decir nada.

Elara estaba pálida y temblorosa, atendiendo su propio corte superficial.

Crogan… Crogan estaba de pie como una estatua de ira junto a la brecha, su mirada fija en el bosque amenazante, pero su postura no era la de un centinela alerta.

Era rígida, demasiado rígida, y su respiración, aunque controlada, tenía un leve silbido que no recordaba.

El miedo por mi propia herida se mezcló con la frustración de todo lo ocurrido, y encontró un objetivo en la espalda ancha del demonio.

—Tu “salvación” me está costando una pierna, Crogan —dije, mi voz sonó más cortante de lo que pretendía.

Él no se volvió.

—Preferible a que te costara el alma, o a que nos costara a todos la existencia.

—Su tono era de desdén habitual, pero carecía de su fuerza total.

—¿Y eso lo hace mejor?

—me levanté cojeando, el dolor avivando mi ira—.

¿Dejar que esa… esa cosa me infecte era parte del plan?

¿O solo otro “recurso gastable” en tu brillante estrategia?

Esta vez, se volvió lentamente.

Su rostro estaba pálido bajo la luz espectral, y una fina línea de sudor recorría su sien.

Sus ojos granate, sin embargo, aún ardían.

—Mi “plan”, como tú le llamas, era mantenerte con vida el tiempo suficiente para que alguien con un cerebro más grande que un guisante decidiera qué hacer contigo.

Lo de tu pierna es un daño colateral.

Uno que, por cierto, aceptaste cuando decidiste jugar a la heroína con la sirvienta.

—¡Ella tiene nombre!

—grité, avanzando un paso tambaleante.

El dolor me hizo entrecerrar los ojos, pero no retrocedí—.

¡Es Elara!

¡Y es más humana que tú, aunque sólo tenga sangre de sirvienta!

—¡La humanidad es una debilidad!

—rugió él, y al hacerlo, un espasmo de dolor le cruzó el rostro.

Lo disimuló al instante, pero yo lo vi.

Su mano derecha, la que no sostenía la maza, se presionó ligeramente contra su costado, bajo la armadura—.

¡Es lo que nos trajo hasta aquí!

¡Tu “humanidad” puso a Frío Eterno en la mira de Argo!

¡Tu “humanidad” casi nos hace carne picada para ese Rastreador!

—¡Al menos mi humanidad no me convierte en un cobarde que abandona a los suyos!

—le espeté, cegada por la rabia y el dolor—.

¡Eres igual que Silas!

¡Todo cálculo, todo frío, todo… vacío por dentro!

¡No sientes nada!

Fue la gota que colmó el vaso.

Crogan dio un paso hacia mí, y esta vez su cojera era visible.

Su pie izquierdo arrastraba ligeramente el hielo.

—¡¿Y tú qué sabes de lo que siento?!

—su voz ya no era un rugido, era un siseo venenoso y bajo, cargado de una amargura milenaria—.

¡He sentido el dolor de ver mi Esfera, mi hogar, ser devorada por criaturas de la Nada porque una mocosa medio ángel no puede contener su maldito resplandor!

¡He sentido la frustración de seguir las órdenes de un narcisista helado para proteger a esa misma mocosa!

¡Y ahora siento el ardor de una garra del Vacío en mis costillas porque esa mocosa era demasiado lenta para correr!

Se detuvo, jadeando.

El silencio que siguió a sus palabras fue aún más profundo que el del claro.

Elara contuvo la respiración.

Yo me quedé helada, la ira evaporándose de golpe.

Estaba herido.

Gravemente.

Y lo había estado ocultando.

Luchando, guiándonos, destruyendo el bosque… todo mientras llevaba su propia dosis de corrupción.

—Crogan… —dije, mi voz ahora solo un susurro—.

Estás herido.

—No es nada —rechazó, volviendo la cabeza, pero su postura se había hundido un poco más.

—¡Claro que es algo!

¡Deja que te vea!

—Avancé, olvidando mi propio dolor.

—¡No me toques!

—gruñó, levantando una mano en advertencia.

Pero el movimiento fue lento, torpe—.

Tu “ayuda” es lo último que necesito.

Probablemente intentarías curarme con un abrazo y una canción.

Sus palabras eran un muro, pero ya no me enojaron.

Solo vi lo que eran: el orgullo desesperado de un guerrero que no podía permitirse mostrar debilidad.

Un guerrero que, a su manera brutal, nos había traído hasta aquí a salvo.

—No voy a cantar —dije, con una calma que me sorprendió—.

Pero esa corrupción te matará si no la sacamos.

Y si tú mueres, Elara y yo estamos perdidas.

—Prefiero la corrupción a tu luz celestial vomitiva —escupió, pero ya no tenía fuerza.

Tomé una decisión.

No sé de dónde vino.

No fue un pensamiento consciente.

Fue un impulso puro, una mezcla de la terquedad humana que él despreciaba y el instinto de sanar que siempre había guiado mis manos como doctora.

Y quizás, solo quizás, un toque de esa herencia nephelim que me decía que el equilibrio no era solo entre fuego y sombra, sino entre dar y recibir.

Cerré los ojos por un segundo, no para concentrarme en un poder que no controlaba, sino para buscar dentro ese calor dorado, esa corriente de energía vital que había sentido arder en mi pecho.

No la empujé.

La invité.

La dirigí, no como un raigo para atacar, sino como un río que buscaba una herida que sanar.

—Alana, no… —oyó la voz de advertencia de Elara.

Abrí los ojos.

Mis manos no brillaban.

Pero el aire a mi alrededor onduló ligeramente, como el calor sobre el asfalto en verano.

Sentí el ardor en mi pecho dirigirse, fluyendo hacia mis palmas.

—Esto no es una petición, Crogan —dije, y mi voz tenía un eco extraño, resonante—.

Es un pago de deuda.

Me lancé hacia él.

Él intentó esquivarme, pero su herida lo traicionó.

Tropezó.

En ese momento, extendí mis manos.

No hacia su herida, sino hacia el aire frente a él.

No toqué su cuerpo.

Y entonces, sucedió.

El calor dorado que había convocado no salió de mis manos.

Surgió del hielo negro del suelo, del aire mismo del claro.

Lazos de luz suave y cálida, del color del amanecer, brotaron como raíces luminosas del círculo de hielo y se enroscaron alrededor de las piernas, los brazos, el torso de Crogan.

No eran sólidos, eran de pura energía constrictiva.

—¿QUÉ…?

—gritó él, forcejeando con furia, pero los lazos de luz se ajustaban a cada movimiento, inmovilizándolo sin hacerle daño.

Era una prisión de pura voluntad y energía vital, un lazo que usaba la propia resistencia de su cuerpo para contenerlo.

—¡ALANA!

¡DETENTE!

—rugió, sus ojos granate desorbitados por el shock y la furia.

—No puedo —respondí, y era la verdad.

No estaba haciendo esto conscientemente.

Era como si el claro, o algo dentro de mí, respondiera a mi necesidad de detenerlo para ayudarlo.

La energía fluía a través de mí, pero no me pertenecía del todo.

Con él inmovilizado, vacilante pero firme, me acerqué.

Él escupió maldiciones, promesas de venganza, insultos que habrían hecho sonrojar a un marinero.

Los ignoré.

Con cuidado, localicé la abolladura en su armadura del costado, donde la tela estaba chamuscada y pegada a la piel por una sustancia oscura.

Usando un fragmento afilado de cristal del bosque (ignorando el escalofrío que me produjo tocarlo), corté con cuidado la tela y la armadura dañada.

La herida era peor que la mía.

Un orificio negro y humeante, del tamaño de una moneda, se veía en su costado.

De él emanaban delgados hilos de oscuridad que se ramificaban bajo su piel como venenas envenenadas.

No sangraba.

Se consumía a sí misma.

Sin vacilar, antes de que pudiera pensar en lo que hacía, apoyé mis palmas directamente sobre la herida y la piel corrupta a su alrededor.

El contacto fue una explosión de sensaciones.

Su dolor me golpeó primero: un frío que quemaba, una ausencia que devoraba.

Era la nada tratando de consumir la materia.

Mi luz respondió: un calor dorado y denso, la fuerza vital pura de la creación, brotó de mis palmas no como un haz, sino como una inundación.

No era una curación suave.

Fue un choque de titanes en miniatura en la carne de Crogan.

Él gritó, un sonido gutural y desgarrador, mientras el humo negro de la corrupción brotaba de su herida, chisporroteando al contacto con mi luz dorada.

Yo también grité, ahogadamente, sintiendo cómo la oscuridad intentaba subir por mis brazos, buscando contaminarme.

Era una batalla, un tira y afloja agonizante en el espacio de unos centímetros de piel.

No sabía qué estaba haciendo.

Solo sostenía.

Dejaba que la luz fluyera, que luchara, que purificara.

Vió cómo los hilos negros bajo su piel retrocedían, cómo la carne necrótica se carbonizaba y caía, dejando al descubierto tejido nuevo, rojo y crudo, pero limpio.

Los lazos de luz que lo inmovilizaban comenzaron a desvanecerse, absorbidos de vuelta por el hielo o por mí, no lo sabía.

Cuando finalmente, con un último estertor, el último vestigio de humo negro se disipó, retiré mis manos.

Caí de espaldas sobre el hielo, agotada, mis brazos temblando como hojas, una fina capa de escarcha negra cubriendo mis manos y antebrazos hasta los codos, que se desvanecía lentamente.

El ardor en mi pecho era ahora un rescoldo apagado.

Crogan se desplomó de rodillas, jadeando, una mano apretada contra su costado ahora cubierto de una nueva cicatriz roja y nacarada, pero cerrada, sin rastro de oscuridad.

Me miró.

No había gratitud en sus ojos.

Había incredulidad, confusión, y un profundo, profundo desconcierto.

Y quizás, solo quizás, una chispa de algo que no era odio.

—¿Qué… qué demonios eres?

—logró preguntar, su voz ronca.

Jadeando, desde el suelo, le devolví la mirada.

—Un daño colateral con mal genio —respondí, y antes de que pudiera decir algo más, la oscuridad del agotamiento absoluto se tragó mi conciencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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