NEPHELIM - Capítulo 4
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4: Capítulo 3 4: Capítulo 3 La casa de Adelaila era un refugio contra el mundo, y también contra lo que había más allá.
No era grande, pero cada objeto en ella contaba una historia.
Estaba en un edificio antiguo, con paredes de piedra vista y gruesas vigas de madera en el techo.
El aire olía a velas de sándalo, a hierbas secas colgando de la cocina y a los miles de libros que se apilaban en estanterías desbordantes o formaban pequeñas torres en el suelo.
No había un orden aparente, pero Adelaila siempre encontraba lo que buscaba.
En una esquina, un viejo telescopio apuntaba a la ventana; en otra, un tapiz con símbolos que mi mente no podía (o no quería) descifrar.
Era el santuario de una bruja moderna, una vidente, mi faro en la niebla desde que era una niña.
Adelaila emergió de la cocina con dos tazas humeantes.
No parecía haber envejecido desde la primera vez que la vi.
Tenía el pelo negro como el azabache, salpicado de unas cuantas canas estratégicas que parecían estrellas en la noche, recogido en una larga trenda.
Sus ojos, del color de la miel, observaban el mundo con una calma y una percepción que siempre me hizo sentir transparente.
Llevaba un jersey grande de lana y unos pantalones anchos, y movía con una gracia silenciosa.
—Para los nervios —dijo, colocando ante mí una taza de porcelana fina con un líquido oscuro que olía a raíces y a flores—.
No es solo café.
Nos sentamos a su mesa de madera maciza, llena de marcas y cicatrices, testigo de incontables conversaciones y lecturas de cartas.
Yo me aferré a la taza, buscando su calor para disipar el frío que aún llevaba dentro.
—Laila, esto… esto se está saliendo de control —comencé, sin preámbulos.
Ella me observó por encima del borde de su taza, sin decir nada, invitándome a continuar con su silencio.
—Ya no son solo… presencias.
Ya no son los susurros habituales, los fantasmas perdidos que pasan de largo.
—Tomé un sorbo, la bebida caliente me ayudó a encontrar las palabras—.
Ha habido una pesadilla.
Una tan vívida que desperté con el cuello dolorido, como si me hubieran estrangulado.
Y en ella, había una… una versión de mí.
Ahogada.
Podrida.
Que me culpaba.
Adelaila asintió lentamente, como si no le sorprendiera.
Sus ojos se perdieron un momento en la llama de la vela de la mesa.
—El doble —murmuró—.
Es un signo poderoso.
De culpa, de un destino bifurcado, o de una verdad que te ahoga y no quieres ver.
—Y hoy… —mi voz se quebró—.
Hoy un paciente murió en mis manos.
Un paro.
Lo declaré.
Y cuando ya estaba solo… su monitor volvió a latir.
Pero él no tenía pulso.
Y luego… luego me agarró, Laila.
Con una fuerza que no era humana.
Y me habló.
Ella puso la taza sobre la mesa con un golpe suave pero firme.
Su expresión era ahora de alerta total.
—¿Qué te dijo, Alana?
Exactamente.
Cerré los ojos, y las palabras grabadas a fuego en mi memoria salieron en un torrente, en un susurro que repetí lo mejor que pude, desde el “De estirpes divinas y abismal nacida” hasta el “abrirá de las Puertas Rojas el cerrojo”.
Cuando terminé, el silencio en la habitación era tan espeso como la oscuridad fuera.
Adelaila se había quedado pálida.
Se levantó y fue hacia una de sus estanterías, pasando los dedos por los lomos de libros encuadernados en piel hasta sacar uno pequeño y antiguo.
Lo abrió sobre la mesa, junto a las tazas.
—Desde que viniste a mí —dijo, su voz baja y grave—, siendo una niña asustada que veía “amigos imaginarios” en cada esquina, supe que tu don no era como el mío.
El mío son visiones, destellos del futuro o del pasado, como ver una película a través de un cristal empañado.
Pero tú… tú interactúas con un plano que está aquí, ahora, superpuesto.
Y la intensidad, la violencia con la que se te manifiesta ahora… —Hizo una pausa, buscando mis ojos—.
Recuerdas lo que te dije cuando eras adolescente, cuando el don se volvió tan fuerte que querías arrancarte los ojos?
Asentí.
Nunca lo había olvidado.
—Me dijiste que no todos los que ven son videntes —repetí—.
Que algunos son puertas.
Y que temías que yo no solo viera a través del velo, sino que el velo se estirara y se hiciera más fino a mi alrededor.
Que atraía las cosas.
—Exactamente —susurró ella, señalando ahora el libro abierto.
En la página había un dibujo tosco, antiguo, de dos ejércitos celestiales e infernales enfrentados, y entre ellos, unas figuras borrosas, como manchas de tinta—.
Lo que me has dicho, Alana… no es solo una profecía.
Es una geografía.
Habla de un lugar, de una guerra, de nombres… Arda, Macdal, Lili, las Puertas Rojas.
Esto no es el murmullo de un fantasma perdido.
Esto es un mensaje enviado a través de la muerte.
Y está dirigido a ti.
Por tu nombre.
—¿Pero qué significa?
—pregunté, desesperada—.
¿”Raíz del linaje impío”?
¿Qué soy?
Adelaila me miró con una mezcla de ternura y de un miedo que nunca antes le había visto.
—No lo sé con certeza —confesó—.
Pero el sueño del doble y esta profecía no son coincidencias.
Son dos lados de la misma moneda.
Uno te muestra el horror, el otro te da el mapa.
Y ambos te señalan, Alana.
Alguien, o algo, está tratando desesperadamente de contactarte.
O de advertirte.
Y si esas “Puertas Rojas” se abren… —Su voz se apagó, dejando el final de la frase, el más terrible, flotando en el aire entre nosotras.
El calor del café ya no alcanzaba.
Sentí un escalofrío que me recorrió de la cabeza a los pies.
No era solo una médium atormentada.
Era el centro de una tormenta que abarcaba reinos de los que ni siquiera conocía el nombre.
Y la única pista que tenía estaba en un libro antiguo y en los versos aterradores de un hombre muerto.
El silencio que siguió a sus palabras era pesado, cargado con el peso de lo imposible.
Yo miraba fijamente el dibujo borroso en el libro antiguo, esos ejércitos de luz y sombra, y sentía un vértigo que no tenía nada que ver con la altura.
—¿Un mapa?
—repetí, la voz ronca—.
Un mapa hacia ¿qué?
¿Una guerra?
¿Un sacrificio?
No entiendo nada de esto, Laila.
Son solo palabras.
Palabras de locos o de muertos.
—Las palabras de los muertos a menudo son las más veraces, Alana —dijo ella, cerrando el libro con cuidado, como si temiera que sus páginas pudieran morder—.
Y no son solo palabras sueltas.
Forman un patrón.
Hablan de una identidad, de un origen.
Tu origen.
Se levantó y comenzó a caminar lentamente alrededor de la mesa, su mirada perdida en los recuerdos que mis palabras habían desenterrado.
—Lo que me cuentas… la escala de ello, los reinos que menciona… no es propio de los espíritus atrapados en este mundo.
Esto es más grande.
Es cósmico.
Y eso me hace recordar algo —hizo una pausa, mirándome fijamente—.
Algo que escuché hace mucho, mucho tiempo, cuando era apenas una adolescente que empezaba a entender sus propias visiones.
Se sentó de nuevo, acercando su silla.
Su voz bajó a un susurro confidencial, como si las paredes mismas pudieran escuchar y juzgar.
—Mi madre, ya sabes, también tenía el don.
Menos claro que el mío, más intuición que visión.
Pero ella tenía… contactos.
Gente que, como nosotras, vivía con un pie en otro lado.
Una noche, no pude dormir.
Bajé a la cocina por un vaso de agua y las escuché hablar en el salón.
Estaba mi madre, mi abuela y un hombre que no había visto nunca.
Tenía una presencia… imponente.
No era alto, pero parecía llenar la habitación.
Hablaban en voz baja, casi reverente.
Adelaila tomó un sorbo de su té frío, sus ojos viendo esa escena pasada.
—No capté todo, pero las palabras que flotaban en el aire eran imposibles de olvidar.
Hablaban de “vigilancia”, de “equilibrios rotos”, de “sangre mezclada”.
Y el hombre, el extraño, decía que él era solo un “Guardador”.
Que su labor, la de su familia por generaciones, era recordar.
Recordar la verdadera historia, la que no está en los libros.
La historia de lo que ocurre entre el Cielo y el Infierno.
De las grietas entre ambos.
Y mencionó… —hizo una pausa dramática, asegurándose de que yo captaba cada palabra—, mencionó a los “hijos del pecado cósmico”, a los “rechazados por ambos bandos”.
Los llamó “los Olvidados”, y dijo que su sangre, aunque diluida, nunca dejaba de latir.
Que, en momentos de gran desequilibrio, despertaba.
Un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación me recorrió la espalda.
Hijos del pecado cósmico.
Rechazados por ambos bandos.
Eso resonaba demasiado cerca de la profecía del muerto.
“De estirpes divinas y abismal nacida”.
—¿Crees que…?
—no pude terminar la pregunta.
—No lo sé con certeza —interrumpió Adelaila, su expresión era de una preocupación profunda—.
Pero tus dones, Alana, nunca han sido los de una vidente común.
Ves lo que está aquí, de manera tangible, interactúas con ello.
Eres menos un oráculo y más… un imán.
O una antena.
Y ahora, este mensaje.
Habla de una guerra entre ángeles y demonios, de un linaje prohibido.
Todo lo que escuché de ese Guardador hablaba de lo mismo.
No creo en coincidencias, cariño.
Creo en los ecos.
Y el eco de aquella conversación y de la profecía en el hospital es el mismo.
Se inclinó hacia adelante, tomando mis manos entre las suyas.
Sus dedos estaban calientes, un ancla en el maremágnum de mi confusión.
—Si ese hombre, el Guardador, aún está vivo, o si su conocimiento fue transmitido… él podría tener respuestas.
Podría saber qué son esas “Puertas Rojas”, quién es Arda, o Macdal… o qué significa realmente ser la “raíz”.
—Su voz se tornó urgente—.
Pero Alana, si esto es verdad, si estás involucrada en algo que toca esos reinos… el peligro no es solo espiritual.
Es existencial.
La profecía habla de sacrificio.
La palabra cayó entre nosotras como una losa.
Sacrificio.
El final de la profecía.
“Solo quien entregue su último aliento…” Retiré mis manos lentamente, envuelta en una niebla de incredulidad y un miedo tan profundo que casi me paralizaba.
Había ido buscando consuelo, una explicación para mis pesadillas.
En su lugar, Adelaila me había dado una mitología y una sentencia.
—¿Dónde encuentro a un Guardador?
—pregunté al fin, mi voz no era más que un susurro.
Ella suspiró, una mezcla de tristeza y resignación.
—No lo sé.
Pero si el velo se está haciendo tan fino para ti, y si realmente eres parte de esto… es probable que él, o lo que representa, ya te esté buscando a ti.
O que los ecos que atraes lo alerten.
Miré por la ventana de su salón, a la ciudad iluminada por farolas que de repente parecía una cáscara frágil sobre un abismo de sombras y guerras antiguas.
Ya no era solo Alana, la doctora que veía fantasmas.
Era Alana, la llave.
La raíz.
El posible sacrificio.
Y necesitaba, más que nunca, encontrar al hombre que guardaba la verdad antes de que la verdad, o la guerra que anunciaba, me encontrara a mí.
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