NEPHELIM - Capítulo 5
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5: Capítulo 4 5: Capítulo 4 Mi cocina pequeña olía a pan tostado y a manzanilla.
Necesitaba esto, un ritual simple, algo que mis manos pudieran hacer sin pensar mientras mi cabeza seguía dando vueltas en un torbellino de sueños de ahogados y profecías de cadáveres.
Unté el aguacate sobre el pan, corté el tomate en rodajas finas.
Cada movimiento, un clavo para sujetar mi cordura a algo normal.
Herví el agua, dejé caer la bolsita de té en la taza y vi cómo el agua se teñía de un amarillo pálido.
Me senté en el sofá, hundiéndome en el cojín que tenía la forma exacta de mi espalda.
La bandeja de madera sobre mis piernas era un pequeño altar a la normalidad.
Al lado del plato, pesado y quieto, estaba el libro que Adelaila me había dado.
Lo había traído envuelto en una tela, con una mirada que decía más que cualquier advertencia.
Lo miré mientras mordía la tostada.
Su cubierta era de un cuero oscuro, casi negro, desgastado en las esquinas y suave como la piel de un animal viejo.
No tenía título.
Solo un símbolo hundido en el centro: un círculo partido por una grieta irregular, como una herida.
A un lado, un trazo que parecía un rayo de luz; al otro, algo que se asemejaba a una garra o una sombra profunda.
Era feo y hermoso a la vez.
Lo abrí con cuidado, como si pudiera morderme.
Un olor surgió de sus páginas, un aroma que me detuve a saborear: polvo viejo, sí, pero también a hierbas secas, a ruda y a algo dulzón y amaderado como la tinta de nuez.
Las hojas eran gruesas, amarillentas, llenas de una letra que cambiaba de una página a otra, a veces pulcra y angulosa, a veces apresurada y temblorosa, como si muchos lo hubieran escrito a lo largo de los siglos.
Había dibujos, algunos anatómicos y fríos, otros simbólicos y aterradores.
Dejé la tostada, que de repente sabía a nada, y me limpié los dedos en el pantalón.
El primer sorbo de té me quemó la lengua, pero el calor era un contraste bienvenido con el frío interno que ya era parte de mí.
Empecé a leer.
Y el mundo se ensanchó, o más bien, se rasgó.
No eran cuentos para dormir.
Era un catálogo.
Una lista de lo que realmente compartía el mundo con nosotros.
“DE LOS SERES DEL EMPÍREO: ÁNGELES” La letra era firme, casi tallada.
“No son hombres con alas.
Esa es la máscara que usan cuando descienden a nuestro barro.
En su verdadera forma, son geometría viviente y voluntad pura.
He visto el registro de un Guardador en las Cruzadas, 1191, que describió a uno sobre los muros de Acre: ‘Era como una rueda de zafiro incandescente, con ojos de fuego blanco en cada radio.
Donde giraba, el aire cantaba un único tono perfecto que hacía sangrar los oídos de los hombres, y la pólvora de los cañones se volvía inerte, como arena.’ Su piel, si se le puede llamar así, no refleja la luz; la descompone en armonías.
Huelen a tormenta eléctrica limpia y a metal al rojo blanco enfriándose.
No caminan; se desplazan.
Su sombra no es oscuridad, es una mancha de luz más intensa.
Poderes: Su voz es un mandato físico.
Una palabra suya puede sanar la lepra o hacer que tus propios huesos se vuelvan contra ti.
No sienten como nosotros.
Su ‘amor’ es la adhesión a un plan cósmico, su ‘ira’ es la corrección de una desviación.
Pueden otorgar visiones, fuerzas sobrehumanas, conocimiento…
pero siempre como una herramienta para su Diseño.
No les pidas compasión.
No la comprenden.
Se debilitan ante el caos puro, ante el libre albedrío que elige el desorden.
Un corazón humano genuinamente contradictorio y caótico los confunde.
El hierro forjado en frío (no el acero) interrumpe su resonancia.
Y se dice que una lágrima derramada por un amor completamente desinteresado puede quemar su forma como ácido.” Pasé la página.
La siguiente estaba manchada, como si algo húmedo y oscuro la hubiera tocado.
“DE LOS HABITANTES DEL ABISMO: DEMONIOS” La escritura aquí era más angulosa, urgente.
“La sombra que respira.
No tienen una forma fija; son deseo y hambre hechos sustancia.
Un informe del Guardador Alistair Finch, Londres 1666, durante el Gran Incendio, dice: ‘Entre las llamas, vi figuras danzando que no eran de carne.
Eran de humo negro y reflejos de brasas.
Tomaban la forma de lo que más temías o anhelabas: un amante perdido, una deuda pendiente, una ambición oscura.
Y susurraban.
Prometían que el fuego limpiaría tus culpas…
a cambio de un favor futuro.’ Cuando se materializan, es siempre con un defecto: un pie al revés, demasiados dedos, ojos sin pupila o con demasiadas.
Huelen a azufre, sí, pero también a monedas sudadas y a la dulzura podrida de una fruta olvidada.
Su tacto es frío y húmedo, como el mármol de una tumba.
Poderes: Son tentadores y corruptores.
No te darán riquezas; te mostrarán cómo robarlas.
No te darán amor; avivarán la obsesión en tu corazón.
Se alimentan de emociones fuertes, especialmente del miedo, la desesperación y el odio.
Pueden poseer cuerpos, torcer sueños, y en casos extremos, doblar la realidad local para crear ‘dominios’ de pesadilla.
Son mentirosos magistrales, pero están atados a la letra de sus pactos.
Romper una promesa hecha a un demonio es imposible; ellos nunca la romperán, pero la torcerán hasta destrozarte.
Su debilidad es la verdad absoluta, dicha sin miedo ni duda.
El nombre verdadero de las cosas los quema.
El agua bendita de un manantial virgen, la luz del amanecer directa (no filtrada), y el símbolo del círculo sin fin (el ouroboros) los mantienen a raya.” Un olor a sal y podredumbre pareció emanar del libro cuando giré la página.
“DE LAS CRIATURAS LIMINALES: SIRENAS” El dibujo aquí era particularmente espeluznante.
“Olvida los cuentos de marineros borrachos.
Las Sirenas no cantan para enamorar.
Cantan para borrar.
El ‘Manuscrito del Capitán Erebus’, hallado en un bote salvavidas vacío en el Triángulo de las Bermudas, 1945, describía su encuentro: ‘La niebla bajó y con ella, un canto…
era hermoso, pero detrás de la melodía escuchaba los sollozos de mi madre y los reproches de mi padre, mezclados.
En la neblina, vi formas pálidas y largas, como cadáveres hinchados por el agua.
Tenían bocas redondas y llenas de agujas.
No querían nuestro cuerpo.
Querían nuestra historia.’ Son delgadas hasta lo esquelético, con piel viscosa de color blanco mortuorio o azul pútrido.
Sus ojos son negros, completamente negros.
Debajo de la cintura, no tienen una cola, sino un manojo de tentáculos óseos cubiertos de ventosas afiladas o una aleta llena de púas como huesos.
Huelen a salmuera espesa, a marisco en descomposición y a amoníaco.
Poderes: Su canto es un arma psíquica.
No controla tu mente, la reescribe.
Puede insertar recuerdos falsos, ahogar tu personalidad bajo capas de deseo y melancolía, hasta que solo quieras sumergirte con ellas.
Atraen a sus víctimas a ‘El Abrazo’, un estado catatónico bajo el agua donde extraen, lentamente, la esencia de tu conciencia, dejando un cascarón vacío.
Son inmunes al frío y a la presión de las profundidades.
Son vulnerables al sonido del silencio absoluto (ciertos caracoles marinos emiten un ultrasonido que anula su canto), al hierro forjado en frío (símbolo de la tierra firme) y, curiosamente, a la risa genuina y alegre, un sonido tan ajeno a su naturaleza de lamento que las desintegra temporalmente.” La página siguiente estaba más gastada, con manchas que se parecían sospechosamente a vino tinto seco…
o a sangre.
“DE LOS PARÁSITOS POST-MORTEM: VAMPIROS” La prosa aquí era fría, clínica.
“No son muertos vivientes.
Son alquimias fallidas que han detenido su descomposición robando la chispa vital de otros.
El ‘Informe de Praga, 1606’, detalla la caza de un Nosferatu que se hacía pasar por un noble excéntrico: ‘Durante el día, era pálido y distante, con un encanto gélido.
Por las noches, sus ojos se volvían de un rojo oscuro.
Las víctimas eran encontradas sin una gota de sangre, pero con una expresión de éxtasis terrorífico en el rostro.
En su cripta, encontramos espejos de plata cubiertos, porque su reflejo mostraba solo el vacío donde él estaba.’ Pueden parecer humanos, pero hay signos: la palidez que no es enfermiza, sino cerosa; la ausencia de latido o aliento (si sabes escuchar); la fuerza descomunal contenida en un marco delgado.
Sus colmillos son retráctiles.
No proyectan sombra bajo la luna llena, o esta es tenue y temblorosa.
Huelen a tierra de cementerio, a rosas marchitas y, para los sentidos agudos, al dulce-metálico de la sangre antigua.
Poderes: Fuerza, velocidad y sentidos sobrehumanos.
Pueden controlar a los débiles de mente con una mirada (“glamour”).
Algunos pueden transformarse en niebla o en animales como murciélagos o lobos, pero es una ilusión costosa.
Su “maldición” les otorga una longevidad extrema y una resistencia fenomenal.
Curan rápidamente de heridas que serían mortales.
Sus debilidades son bien conocidas pero mal entendidas.
La luz solar no los quema por ser ‘malvados’, sino porque sus cuerpos, alimentados por energía vital robada (sangre), no pueden metabolizar la energía solar pura y creativa.
Se desintegran desde dentro.
La plata pura (especialmente bendecida) interfiere con su energía parasitaria.
Una estaca en el corazón no los mata por daño al órgano, sino porque el corazón es el centro simbólico de la vida que han corrompido; clavarlo los fija en un estado de parálisis eterna.
El fuego los consume por ser el gran purificador.
Y necesitan ser invitados a cruzar el umbral de un hogar; la santidad del hogar es una barrera poderosa.” La respiración se me había vuelto superficial.
Cada entrada era un mundo de horror específico y meticuloso.
Con el corazón golpeándome el pecho, pasé la última página de esta sección.
Y allí estaba.
El título que había estado esperando y temiendo, escrito con una tinta que parecía hecha de polvo de estrellas y sombra líquida.
Mi dedo tembló al señalar la primera línea.
“DE LA RAZA PROHIBIDA: LOS NEPHALIM.” Aquí, la letra no era de un solo Guardador.
Era un collage de urgencia, de distintas épocas, todas apuntando a la misma verdad prohibida.
Y era mi turno de leerla.
no había un solo dibujo, sino varios esbozos superpuestos, como si generaciones de Guardadores hubieran intentado capturar lo inasible.
Mi voz era un susurro ronco al leer las descripciones, traducidas de distintas épocas y manos.
“Apariencia Física en Estado Latente (Diluidos en Humanidad):” La letra era moderna, casi clínica.”En su estado dormido, son indistinguibles de un humano salvo por sutilezas que pasan por excentricidades.
Tienen una vitalidad subyacente notable, una resistencia a enfermedades que raya en lo sobrenatural.
Sus ojos pueden presentar heterocromía (colores distintos) o contener destellos de un color imposible —ámbar con vetas de plata, verde con motas de un azul profundo— bajo cierta luz o estrés extremo.
Sus cicatrices sanan dejando marcas tenues, casi bellas, como remolinos de piel nueva.
En momentos de gran emoción o peligro, puede haber un brillo tenue, un eco lumínico en la piel, o por el contrario, las sombras a su alrededor parecen adherírseles con más fuerza.
No huelen a nada sobrenatural, pero su presencia puede afectar el ambiente: las plantas florecen o se marchitan cerca de ellos sin razón aparente, los aparatos electrónicos sufren interferencias, y los animales los observan con una mezcla de fascinación y temor.” “Apariencia Física en Estado Despierto o Bajo Estrés Extremo:” Esta letra era más antigua, temblorosa, escrita por alguien que había visto algo.”Cuando el poder heredado se manifiesta, la máscara humana se agrieta.
Su estatura puede parecer incrementarse, no por crecimiento, sino por una presencia abrumadora que llena el espacio.
Los ojos son la mayor evidencia: el color humano se disuelve, dejando un iris que puede tornarse como oro fundido (herencia del Empíreo) o rojo carbunclo (herencia del Abismo), o una mezcla atormentada y cambiante de ambos.
A veces, de sus espaldas no surgen alas, sino manifestaciones de energía pura: limbos de luz que se fracturan como cristal, o sombras que se espesan formando capas como alas de murciélago hechas de humo y pesadilla.
No son alas reales, no pueden volar con ellas, pero son la proyección de su herencia dual.
Su fuerza física se multiplica de manera exponencial y grotesca; pueden destrozar acero con sus manos, pero el cuerpo humano que la alberga sufre, se agrieta, sangra.
Huelen entonces a ozono y tierra quemada mezclados, al aroma metálico de la sangre y al perfume embriagador de un campo de flores bajo una tormenta.” “Características Comportamentales y Poderes Latentes:” Varias anotaciones se agolpaban aquí, contradictorias y fascinantes.
· De un Guardador, 12th siglo: “Poseen una afinidad innata con los patrones del mundo.
Pueden entender lenguajes nunca aprendidos, desentrañar mecánicas complejas en segundos, percibir la verdadera naturaleza de las cosas con una mirada.
Es la mente del Cielo obrando en un cerebro mortal.” · De otro, 17th siglo, tachado con fuerza: “¡NO!
Es el caos lo que los impulsa.
Una furia primal que duerme en sus venas.
Cuando se desata, no razonan, solo destruyen.
Es el grito del Abismo.
Los que he visto…
se deleitaban en el desorden que causaban.” · Una tercera mano, más calmada, añadía: “Ambas son facetas de la misma moneda.
Su verdadero poder, y su maldición, es la polaridad.
Pueden ser el sanador más compasivo o el guerrero más despiadado, a menudo en el mismo día.
Su alma es un campo de batalla.
Poderes reportados incluyen: empatía amplificada hasta la telepatía, manipulación de la energía vital (curar o enfermar), fuerza y velocidad sobrehumanas, y en casos raros, influencia sobre los elementos donde se manifiestan ambos extremos (ej.: llamas que no queman, sino purifican y consumen; sombras que protegen y asfixian).” “La Marca y la Debilidad:” La última entrada era breve y fatalista.”No hay un símbolo único para todos.
Pero en algunos, cuando el poder fluye, aparece una marca nacarada en la piel, como una cicatriz vieja que brilla.
Suele tomar la forma del símbolo de la grieta (el círculo partido) o de runas de agonía.
Su mayor debilidad no es externa, sino interna: la disonancia.
Un Nephalim en conflicto consigo mismo, que niega una parte de su naturaleza, se envenena.
Puede derivar en locura, en autocastigo, o en una implosión de su propia energía.
También son increíblemente vulnerables a magias o artefactos puros: la luz celestial no bendecida los quema como a un demonio; la oscuridad infernal no corruptora los corroe como a un ángel.
No pertenecen a ningún lado, y todo los hiere.” Dejé el libro sobre la mesa.
Ya no temblaba.
Un vacío frío y claro me había invadido.
Miré mis propias manos.
Eran manos normales, de cirujana, con alguna que otra pequeña cicatriz.
Pero ahora, en el silencio de mi salón, juré que podía sentir algo más bajo la piel.
Un susurro de calor en un hueso, un latido de sombra en una vena.
Las descripciones encajaban como un guante espeluznante.
La vitalidad que siempre había tenido, la forma en que los animales me miraban, las interferencias en mi reloj digital cuando tenía pesadillas…
Era todo cierto.
No era humana.
Era un puente.
Un error cósmico.
Un arma olvidada.
Y alguien, o algo, acababa de quitar el seguro.
El libro se deslizó de mis manos y cayó sobre la alfombra con un golpe sordo que resonó en mis huesos.
No eran suposiciones de Adelaila.
No era el desvarío de un moribundo.
Era un registro histórico.
Una verdad escrita en pergamino y tinta de nuez.
Era mi historia.
El sabor a aguacate y tomate se convirtió en ceniza en mi boca.
El aroma a manzanilla ahora olía a polvo de tumba y hierbas funerarias.
Yo no era una médium con mala suerte.
No era una receptora sensible atormentada por fantasmas.
Era el último y confundido eco de una raza sentenciada a la aniquilación antes de que el tiempo tuviera nombre.
Y la profecía del hombre muerto en el hospital no era una advertencia para el mundo.
Era mi herencia.
Mi maldición.
Y, muy posiblemente, mi sentencia de muerte.
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