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NEPHELIM - Capítulo 6

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6: Capítulo 5 6: Capítulo 5 El aroma a granos tostados y leche vaporizada era la banda sonora olfativa de mi intento de normalidad.

Estaba en “La Canela”, una cafetería de esquina a tres calles del hospital, un lugar lo suficientemente lejos para no encontrarme con colegas, lo suficientemente anónimo para fundirme con el mobiliario de madera y los clientes con portátiles.

Necesitaba salir de las paredes blancas, y de todo lo que me estaba pasando.

En la cola, con el teléfono en la mano, intentaba concentrarme en un artículo médico sobre una nueva técnica de stent coronario.

Las palabras bailaban frente a mis ojos sin sentido.

Mi mente estaba en otra parte: en los versos del hombre muerto, en la sensación de aquella sangre antigua y prohibida latiendo bajo mi piel.

La cola avanzaba lentamente.

Una madre ordenaba un frapuccino elaborado para su hija adolescente.

Un hombre con audífonos tarareaba.

Todo era terrenal, ruidoso, seguro.

Hasta que no lo fue.

Fue primero una punzada de frío en la base del cráneo, como si alguien hubiera abierto una ventana a un invierno que no existía dentro del local abarrotado y cálido.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Era la sensación.

La vieja conocida.

Dejé el teléfono caer un poco, sin dejar de mirar la pantalla, y alcé la vista con disimulo, escudriñando el reflejo en el vidrio negro de una vitrina de pasteles.

Allí, de pie junto a la puerta del baño, había un hombre.

No parecía un fantasma de manual.

No estaba pálido ni translúcido de manera obvia.

Vestía un abrigo marrón pasado de moda, con los codos un poco gastados, y un sombrero fedora gris que ocultaba parte de su rostro.

Podría haber sido un profesor universitario retirado, un tipo excéntrico.

Pero había dos detalles que delataban la realidad: la luz que caía de la lámpara colgante no proyectaba sombra de él en el suelo de madera oscura.

Y nadie, absolutamente nadie en la cafetería, parecía notar su presencia, a pesar de que estaba parado justo en el camino hacia los azúcares y las servilletas.

Sus ojos, sin embargo, no vagaban sin rumbo.

Estaban fijos en mí.

Con una intensidad que atravesaba la distancia y el bullicio.

No era la mirada vacía de los perdidos.

Era una mirada deliberada, urgente.

Un nudo se formó en mi garganta.

No.

Por favor.

Déjame tener esto.

Solo un café en paz.

Desvié la mirada de inmediato, clavándola de nuevo en mi teléfono, fingiendo una concentración profunda en la estructura de un stent.

Avancé un paso en la cola.

El frío en mi nuca se intensificó, pasando de un escalofrío a una sensación de hielo derritiéndose directamente sobre mis vértebras.

Me arriesgué a otra mirada furtiva.

Él se había movido.

Sin caminar, simplemente estaba ahora más cerca, apoyado contra la pared donde estaban los periódicos gratuitos.

Y entonces, levantó una mano.

No una mano espectral y temblorosa, sino con un movimiento firme y claro.

Con el índice, hizo un gesto pequeño pero inconfundible: Ven.

Acércate.

Negué con la cabeza, un movimiento casi imperceptible, mientras fingía revisar una notificación.

Mi corazón martillaba contra mis costillas.

Ignóralo, Alana.

Sigue la regla.

Si no interactúas, se van.

La mayoría se frustraba y se desvanecía, buscando a alguien más receptivo, o a nadie.

Pero Kael —su nombre vino a mi mente de pronto, sin saber por qué— no era la mayoría.

El aire a mi lado derecho se volvió gélido de repente, como si me hubieran colocado un bloque de hielo invisible a centímetros de mi brazo.

No lo vi moverse, pero ahora estaba aquí, justo a mi lado en la cola, invadiendo ese espacio personal que ni los vivos respetan a veces.

Podía ver, en el reflejo cromado de la máquina de café detrás de la barra, su figura borrosa y sin sombra parada junto a mí.

Y entonces, su voz.

No un susurro caótico, ni un grito ahogado.

Era una voz baja, masculina, con un deje de cansancio infinito y una claridad espeluznante.

No salió del aire, sino que se formó directamente dentro de mi mente, como si alguien hubiera escrito las palabras con hielo en el interior de mi cráneo: —Disculpa la insistencia, Alana.

Pero no tengo mucho tiempo.

Mi nombre es Kael.

El sonido de mi nombre en esa voz fantasma me hizo dar un respingo visible.

La persona que estaba delante de mí en la cola, un hombre con una chaqueta de motociclista, me miró raro por encima del hombro.

Me forcé a relajar los músculos de la cara, a mirar hacia la barista que tomaba el pedido del motociclista, a actuar normal mientras una presencia de otro mundo me declaraba su nombre a dos centímetros de mi oído.

Kael.

El nombre resonó con un eco extraño, como si tocara una cuerda floja y olvidada en mi memoria.

No lo reconocía, pero sentí… una conexión.

Una punzada de algo que no era miedo, sino una profunda y antigua tristeza.

—¿Señorita?

—la voz de la barista, real y tangible, me sacó del estupor.

Había llegado mi turno.

Me miraba con una ceja ligeramente arqueada.

—Un… un café americano.

Grande.

Para llevar —tartamudeé, sintiendo el peso gélido de la presencia a mi lado, sabiendo que Kael no se iría.

Que esto solo estaba empezando.

Tomé el vaso de cartón caliente, casi quemándome los dedos.

La sensación, al menos, era real.

Un ancla.

Asentí con la cabeza a la barista, un gesto automático, y me di la vuelta, abriéndome paso entre las mesas hacia la puerta.

No corrí, pero mi ritmo era decidido, el de alguien que tiene prisa por llegar a ninguna parte en particular, solo por alejarse.

El frío, sin embargo, no se quedó atrás en la cola.

Era como caminar con mi propia burbuja de invierno.

Lo sentía a mi lado, manteniendo mi paso, esa presencia silenciosa y gélida que era Kael.

—Por favor, un momento.

Solo un momento de tu tiempo.

Su voz, de nuevo dentro de mi cabeza, era un susurro lúcido, pero teñido de una urgencia que cortaba como el viento.

No era la súplica desesperada de los fantasmas atrapados; era la insistencia clara de un mensajero.

Apreté los dientes, mirando fijamente la puerta de salida que se acercaba.

Empujé con el hombro, la campanilla tintineó, y el aire relativamente más fresco de la calle me golpeó el rostro.

Seguí caminando, doblando en la primera esquina, hacia un callejón más tranquilo que llevaba a un pequeño parque.

La gente pasaba a mi lado, ajena al fantasma que caminaba a mi par, su sombrero fedora gris invisible para todos excepto para mí.

—Es importante.

Créeme, no te molestaría si no lo fuera.

—Déjame en paz —murmuré entre dientes, bajando la cabeza como si hablara con el teléfono.

Un transeúnte me lanzó una mirada extraña.

—No puedo.

Él me envió.

Me envió a ti, Alana.

Esa palabra.

Él.

Resonó de una manera diferente.

Me hizo aminorar el paso, casi sin querer.

Seguí caminando, pero más despacio.

—Me prometió… paz.

A cambio de entregarte este mensaje.

Dijo que… que te interesaría.

Que es sobre tu origen.

Sobre la Grieta.

Mis pies se clavaron en la acera.

El mundo a mi alrededor —el rumor del tráfico, los pájaros en los árboles del parque, el sonido de mis propios latidos— se desvaneció en un zumbido lejano.

Todo lo que existía era el frío penetrante a mi lado y esa palabra, la Grieta, flotando en el aire helado entre nosotros.

Me giré lentamente.

Allí estaba, más definido ahora que estábamos en un lugar más tranquilo, apartados del flujo principal de gente.

Su figura tenía una consistencia ligeramente mayor, los detalles de su rostro cansado y serio se hacían más claros bajo el sombrero.

Sus ojos, de un color gris desvaído, me miraban sin pestañear.

—¿Quién te envió?

—pregunté en voz baja, mi propio sonido me sorprendió por lo ronco que era.

—El Guardador—, dijo Kael, y el título pareció pesar en el aire como plomo.

—El último que conoce la Verdad.

Él… te está buscando.

O más bien, sabe que te están buscando a ti.

Por ambos lados de la Grieta.

Un estremecimiento que no tenía nada que ver con el frío me recorrió.

El Guardador.

No era solo una leyenda en el libro de Adelaila.

Existía.

Y estaba usando a un fantasma como cartero.

Miré a mi alrededor, instintivamente, como si los ángeles y demonios de los que había leído pudieran estar observándonos desde las ventanas o las sombras de los árboles.

No vi nada, pero la sensación de exposición era brutal.

—¿Qué quieres decirme?

—dije, forzando la calma.

El café en mi mano ya no estaba caliente; el frío de Kael lo había enfriado en segundos.

Kael se ajustó el sombrero, un gesto fantasma que hablaba de un hábito de la vida.

—No es algo que pueda soltar así, en medio de la calle.

Y no es… algo pequeño.

Es el principio de todo.

O el final, dependiendo de lo que hagas.

Él tiene información.

Sobre tus padres.

Sobre por qué estás despertando.

Sobre la profecía que escuchaste.

Cada frase era un golpe directo.

Mis padres.

El despertar.

La profecía.

Este fantasma sabía.

El Guardador sabía.

Todo estaba conectado, y yo estaba en el centro de la telaraña.

—¿Dónde está él?

—pregunté, la decisión tomándose en mi voz antes de que mi mente consciente pudiera analizar los riesgos.

Kael pareció… aliviado.

Como si un peso se le hubiera quitado de sus hombros etéreos.

—Te llevaré.

Pero debemos ir ya.

El velo está delgado aquí, y tu luz… y tu sombra… son como un faro.

Nos han visto.

Tienen miedo de lo que puedes hacer, Alana.

O de lo que puedes deshacer.

Extendió una mano translúcida, no para tocarme, sino para indicar una dirección, alejándose del parque, hacia la parte más antigua de la ciudad.

—Vamos —dije, y mi voz sonó extrañamente firme.

Dejé el vaso de café frío en un bote de basura.

Ya no lo necesitaba.

Ahora tenía un guía.

Un guía muerto, enviado por un Guardador de secretos mortales, para llevarme a la verdad sobre lo que era.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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