NEPHELIM - Capítulo 7
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7: Capítulo 6 7: Capítulo 6 Kael no caminaba; flotaba a mi lado con una suavidad inquietante, su presencia un parche de frío en el aire de la tarde.
Me guió por calles que conocía, luego por otras que solo había visto de pasada, y finalmente hacia un barrio antiguo.
La desconfianza era un nudo en mi estómago, pero algo más, una curiosidad profunda y punzante, me obligaba a seguir.
—¿Cómo sabes mi nombre, Kael?
—pregunté al fin, rompiendo el silencio que solo sus pensamientos interrumpían.
Mi voz sonó más directa de lo que pretendía.
Él no se inmutó.
Su mirada, gris y lejana, seguía el camino por delante.
“El Guardador te nombra en sus registros.
Ha estado… observando.
Desde que tu luz empezó a atravesar el velo con más fuerza.” —¿Mi luz?
—repetí, el término me sonó extraño, incómodo—.
¿A qué te refieres con “mi luz”?
“Es… tu esencia.
Lo que eres en el nivel más fundamental.
Para algunos es un canto.
Para otros, un grito.
Para los que podemos ver… es una firma.
Y la tuya, Alana, se ha vuelto… brillante.” —¿Y tú?
¿Por qué tú?
—presioné, ignorando por un momento el escalofrío que sus palabras me causaron—.
¿Eres su… empleado fantasma?
Una sonrisa triste, casi imperceptible, curvó los labios de su rostro translúcido.
“Soy un deudor.
Él me ofreció una tarea, un propósito final, a cambio de… de terminar algo que quedó pendiente.
Algo que me ataba a este lado.” Su tono, ese dialecto educado y anticuado, me taladraba.
Cada palabra suya resonaba con un eco extraño en mi mente, como si intentara despertar una memoria enterrada bajo capas de olvido.
—Tu forma de hablar… —mencé, estudiándolo mientras caminábamos—.
No es de esta época.
Dijiste antes que “el tiempo para los que estamos atrapados en el Umbral no corre igual”.
¿Qué es el Umbral, exactamente?
¿Y qué quiere decir que el tiempo no corre igual?
Él pareció considerar la pregunta por un momento.
“El Umbral no es un lugar, sino un estado.
Es donde quedamos los que no podemos seguir adelante, ni volver atrás.
Con promesas sin cumplir, lazos sin cortar.
Y ahí… el tiempo no es una línea recta.
Es más bien… un remolino.
Un día puede sentirse como un siglo de agonía, o un siglo pasar como un suspiro de sueño.
Por eso parezco de otra época, pero no tan antiguo como otros espectros que habrás visto.
Mi ‘ahora’ está anclado a mi falta, no a un año del calendario.” —¿Y en ese “ahora” tuyo, atrapado en el Umbral…?
—dudé, la pregunta formándose antes de que pudiera detenerla—.
¿Nos conocimos?
Él se detuvo por un instante.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
El frío alrededor suyo fluctuó, como si una emoción poderosa lo hubiera agitado.
“¿Qué te hace pensar eso, Alana?”,preguntó, su voz mental era cuidadosamente neutra.
—No lo sé —admití, frotándome los brazos, no por el frío, sino por una inquietud interna—.
Es solo una sensación.
Cuando dijiste mi nombre en la cafetería… no me sorprendió solo que un fantasma lo supiera.
Me sorprendió cómo lo dijiste.
Como si… como si lo hubieras dicho antes.
Muchas veces.
Y eso de “mi luz”… siento que sabes más de lo que dices.
Kael reanudó la marcha, más rápido ahora.
“Los ecos en el Umbral a veces se confunden.
Los recuerdos de los vivos y las sombras de los muertos se superponen.
Tal vez percibes un eco de alguien más.
O tal vez… tu propia luz, al despertar, está reconociendo cosas que siempre estuvieron allí.” Era una explicación evasiva, pero dada con una sinceridad que la hacía creíble.
Aunque no del todo satisfactoria.
—¿Qué era lo que te ataba, Kael?
—insistí, cambiando de táctica—.
¿Esa tarea pendiente?
¿Esa promesa?
Esta vez, su reacción fue más clara.
Una sombra de dolor, nítida y desgarradora, cruzó su rostro fantasma.
“Una promesa”,susurró su voz en mi mente, y el susurro estuvo cargado de un peso milenario.
“Una promesa que hice a alguien con tu misma… determinación en la mirada.
De proteger algo.
Y fallé.” “¿Proteger a quién?”, quise gritar.
Pero sus ojos, de repente llenos de una tristeza tan densa que casi podía tocarla, me lo impidieron.
No me lo diría.
O no podía.
Llegamos al auto.
El viaje en silencio fue aún más cargado que la caminata.
Yo conduciendo, él como una estatua de hielo en el asiento del copiloto.
Pero ahora, cada mirada furtiva que le dirigía iba acompañada de esas nuevas preguntas: ¿Qué es mi luz?
¿Qué es realmente el Umbral?
¿Y por qué siento que tu pena me pertenece?
Finalmente, aparqué en el callejón sin salida.
La absurdez del muro de ladrillo devolvió la cruda realidad.
—¿Aquí?
—pregunté, el escepticismo coloreando cada sílaba—.
Kael, esto es un callejón sucio.
No hay nada.
Él se volvió hacia mí, y por primera vez, vi algo más que cortesía o urgencia en su mirada.
Vi… pena.
“La apariencia es un velo, Alana.
Como el que cubre los recuerdos que te arrancaron.” La frase me golpeó como un puño.
“¿Qué quieres decir con que me los arrancaron?” Pero él ya estaba en movimiento, caminando hacia el muro.
“Las respuestas no están aquí.
Están allá.
Con el que guarda las historias que otros quisieron borrar.” Y antes de que pudiera detenerlo, atravesó el muro.
Su desaparición no fue solo física; fue como si se llevara consigo todas mis preguntas sin responder, dejándome con la necesidad abrasadora de seguirlo.
Cuando regresó y extendió su mano, ya no lo vi solo como un fantasma mensajero.
Lo vi como Kael, el hombre del Umbral, el de la promesa rota, el que hablaba de luces y tiempos torcidos, y que me miraba con un conocimiento doloroso y familiar en los ojos.
Tomé su mano fría.
No era solo para cruzar un portal.
Era para cruzar hacia las respuestas que su tristeza y sus medias palabras me prometían.
El primer contacto no fue con solidez, sino con una resistencia gelatinosa y fría, como empujar a través de una membrana de agua densa y oscura.
Luego, una presión envolvente en todo mi cuerpo, una sensación de ser exprimida a través de un espacio demasiado estrecho y, al mismo tiempo, de expandirse hacia algo infinito.
No hubo dolor, pero sí una disonancia total de los sentidos: los sonidos del callejón se apagaron, reemplazados por un zumbido profundo que resonaba en mis huesos, un zumbido que era a la vez un canto lejano y un susurro de hojas secas.
Vi destellos de color imposible, patrones geométricos que se formaban y deshacían como ideas fugaces.
Y entonces, la sensación más fuerte: familiaridad.
No era que reconociera esto específicamente, sino la textura de la transición.
Era un eco de algo experimentado hace tanto tiempo que ya no era un recuerdo, sino una impronta en el alma.
Como si mi cuerpo, a un nivel celular, supiera exactamente cómo moverse entre estos pliegues de la realidad.
No era aterrador.
Era… como volver a casa después de un viaje tan largo que habías olvidado cómo era tu hogar.
La presión cedió de golpe.
El zumbido se transformó en sonido, y el vacío visual se llenó de un mundo.
Mis pies se posaron sobre un suelo firme, pero ya no eran adoquines sucios.
Eran losas grandes y pulidas de un material grisáceo que parecía piedra, pero con sutiles vetas luminosas que latían con un ritmo lento, como venas de energía.
Solté la mano de Kael, mi boca abierta en un asombro sin aliento.
Estábamos en una calle, pero era como ninguna calle que hubiera soñado o leído.
A mi izquierda, se alzaban estructuras que parecían sacadas de un cuadro medieval: altas torres de piedra gris y madera oscura, con techos cónicos de pizarra y ventanas estrechas con parteluces.
De algunas ventanas colgaban estandartes con símbolos intrincados que no reconocía, y en las puertas de roble macizo había aldabas de bronce con formas de criaturas mitológicas.
El aire olía a leña quemada, a hierro forjado y a humedad de piedra antigua.
Pero integrado a esa torre de piedra, como si hubiera crecido orgánicamente de ella, había un brazo de cristal esmerilado y acero pulido que se curvaba hacia el cielo, con paneles que captaban la luz de un sol que no veía directamente, filtrándola en haces de color que iluminaban la calle.
Junto a la torre, en un puesto callejero, una mujer con un vestido largo y sencillo de lana atendía un aparato silencioso y brillante que, con un leve zumbido, imprimía en el aire hologramas tridimensionales de frutas y panes, mostrando sus precios en una escritura fluida y elegante.
A mi derecha, un edificio era pura curva futurista: una fachada continua de un material similar al vidrio, pero opaco, que cambiaba lentamente de color, mostrando paisajes de bosques nevados y desiertos de cristal.
Sin embargo, en su base, había un establo.
Un establo real, con el olor a heno y animal, donde un hombre con un delantal de cuero ordeñaba tranquilamente a una criatura que parecía una cabra, pero con un pelaje iridiscente y pequeños cuernos espirales.
La leca caía en un cubo de madera, pero una serie de tubos translúcidos conectados al cubo llevaban el líquido hacia el interior del edificio de cristal.
Por la calle principal, adoquinada pero con las losas centrales reemplazadas por una cinta transportadora silenciosa para carga, se mezclaba el tráfico.
Un carro tirado por dos criaturas robustas y cubiertas de escamas, cargado de barriles, era adelantado por un vehículo bajo y aerodinámico que flotaba a un palmo del suelo sin emitir sonido, solo un suave halo de luz violeta bajo su casco.
La gente era la amalgama más fascinante: un hombre con una túnica de lino simple y sandalias caminaba absorto en una tableta de luz que sostenía en la mano, mientras una mujer con un traje ajustado de un material que parecía tejido con fibras de luz, y peinada con una elegancia severa, regateaba el precio de unas velas aromáticas en un puesto que parecía no haber cambiado en trescientos años.
El cielo no era ni diurno ni nocturno.
Tenía una luminosidad perpetua de atardecer, un naranja dorado y profundo, sin sol visible, salpicado por lo que parecían estrellas fijas pero que, al observarlas más de cerca, titilaban con los colores de las pantallas holográficas distantes que mostraban noticias, obras de arte abstractas o símbolos en constante cambio.
No era futurista.
No era medieval.
Era ambas cosas, fusionadas no como una contradicción, sino como las dos caras naturales de una misma moneda.
Era un lugar donde la tecnología no había reemplazado a la naturaleza ni a la artesanía, sino que se había entrelazado con ellas, donde lo antiguo y lo nuevo no luchaban, sino que se sostenían.
Kael se ajustó el sombrero, observando mi reacción.
“Bienvenida, Alana”,dijo, su voz sonando más sólida, más real aquí—.
“Bienvenida al Refugio.
A la última ciudad en la Grieta.
Donde el tiempo no es una línea, sino un tapiz.
Y donde todo, hasta la piedra más antigua, recuerda.” Yo no podía hablar.
Solo podía respirar ese aire cargado de pasado y futuro, y sentir, con una certeza abrumadora, que por fin estaba en un lugar que, de un modo que aún no comprendía, me pertenecía.
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