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NEPHELIM - Capítulo 8

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8: Capítulo 7 8: Capítulo 7 El aire era una mezcla imposible: a leña húmeda, a ozono, a pan de centeno recién horneado y a esa energía estática que precede a una tormenta.

Me quedé inmóvil, incapaz de procesar la composición de una carreta de madera chirriante pasando junto a un vehículo flotante que proyectaba un aura de luz silenciosa.

—Kael… —logré balbucear, arrancando mis ojos de una tienda donde colgaban hierbas secas junto a un escaparate que mostraba diagramas anatómicos de criaturas que nunca había visto—.

¿Esto… esto es el Umbral?

¿Es aquí donde están atrapados?

Él negó con la cabeza, una sombra de su antigua paciencia en su rostro translúcido, que aquí parecía ganar un poco más de definición, como si este lugar le diera fuerza.

“No, Alana.

El Umbral es el estado del que te hablé, el limbo de los que no pueden seguir.

Esto”,hizo un gesto amplio con la mano, abarcando la torre de piedra fusionada con cristal, el establo junto al edificio de luz— “es el Refugio.

Un lugar construido en la Grieta, el espacio entre mundos.

Y quienes lo construyeron, y quienes lo mantienen, son los que pueden caminar entre esos mundos sin perderse.” —¿Quiénes?

—pregunté, mis ojos siguiendo a una mujer que pasaba llevando un canasto de raíces brillantes.

Llevaba un vestido sencillo, pero sus ojos, al posarse en mí por un instante, brillaron con un destello de conocimiento profundo, como si pudiera verme más allá de la ropa y la piel.

“Los que tu mundo llama brujos, hechiceros, chamanes.

Los que trabajan con los hilos de la naturaleza, con la magia de lo vivo y lo muerto.

Ellos no solo ven los espíritus, Alana.

Ellos negocian con ellos.

Entienden que la muerte no es un final, sino un cambio de estado.

Y que ese cambio, si no se maneja, desestabiliza todo.” Una chispa de comprensión, amarga y esperanzadora a la vez, encendió en mi mente.

—¿Estabilizan…lo muerto con lo vivo?

¿Eso quiere decir que hay gente que puede ver espíritus porque… tienen algo de esto?

¿De este lugar?

¿De esa magia?

Kael asintió lentamente.

“Es una herencia diluida, un eco.

Un destello de la sangre que, en algún punto lejano del árbol familiar, tocó la Grieta.

Para la mayoría, es solo una sensación, un presentimiento, un ‘don’ confuso o aterrador.

Como fue para ti durante años.

Pero aquí…”,su mirada recorrió la ciudad imposible— “aquí esa herencia es la norma, no la excepción.

Es el fundamento.

Esta ciudad, Alana, no está ‘metida’ en el Umbral.

Está tejida con sus bordes.

Es un lugar para los que nacieron con un pie en cada lado de la línea, para que no se caigan al vacío intermedio.” Las piezas empezaban a encajar de una manera que me dejaba sin aliento.

Los médiums, los videntes, la gente “sensible”… no éramos simplemente aberraciones.

Éramos descendientes lejanos, restos dispersos de algo mucho más grande y organizado.

Y este lugar, este Refugio de torres de piedra y luz de neón, era la prueba viviente.

—Entonces… ¿los Nephalim?

—pregunté en un susurro, el nombre sagrado y prohibido saliendo de mis labios con cautela.

La expresión de Kael se volvió grave.

“Los Nephalim son otra cosa.

Una raíz más antigua y poderosa.

Pero muchos de los que llaman a este lugar hogar tienen gotas de esa sangre, mezclada durante milenios con la humana y con la de otros seres que encontraron refugio aquí.

Esa mezcla es lo que les da la afinidad para ser… estabilizadores.” Miré a mi alrededor con nuevos ojos.

La mujer del canasto no era solo una comerciante; era una paracientífica de la vida y la muerte.

El hombre que ordeñaba la criatura iridiscente no era un granjero anticuado; era un criador de bestias que quizás solo podían existir en este pliegue de la realidad.

Este no era un mundo de magia de cuento de hadas.

Era un ecosistema.

Un hábitat para lo que no encajaba en ningún otro sitio.

Y yo, con mi “luz” despertando, con mi sangre antigua clamando, acababa de llegar a casa.

“El Guardador te espera”, dijo Kael, interrumpiendo mis pensamientos.

“Él te explicará el resto.

Te explicará… tu lugar en este tapiz.” Y por primera vez, la idea de tener un “lugar” no me asustó.

Me aferré a ella, como me aferraba al suelo firme y a la vista de esta ciudad imposible y perfecta, mientras seguía a Kael calle adentro, adentrándome en el corazón del Refugio.

Caminamos por la calle principal, y cada esquina era una nueva sorpresa que competía por mi atención.

Pasamos frente a una plaza donde un grupo de niños, algunos con pequeñas protuberancias en la espalda que parecían brotes de alas y otros con ojos de colores cambiantes, jugaban a lanzarse esferas de energía controlada que cambiaban de forma en el aire.

El asombro era una presencia constante, un nudo en mi garganta que no se deshacía.

—Kael —dije, intentando ordenar mis pensamientos mientras evitaba tropezar con una raíz luminosa que crecía entre las losas—.

En el mundo de allá, tengo una amiga.

Adelaila.

Ella me dio un libro… un libro que hablaba de ángeles, demonios… y de los Nephalim.

Él me miró de reojo, su paso fantasmal sin alterarse.

“Adelaila… un nombre con peso.

Si posee ese libro y te lo confió, es más que una amiga.

Es probable que sea una Estabilizadora inconsciente, o que tenga sangre suficiente para percibir y custodiar fragmentos de la verdad.

Muchos de los llamados ‘ocultistas’ o ‘brujas’ en tu mundo son ramas distantes del árbol que tiene sus raíces aquí.” —Ella… ella también ve cosas —confesé, como si al decirlo en voz alta en este lugar, cobrara un nuevo significado—.

Nunca tan fuerte como yo últimamente, pero sí.

Guía a otros.

¿Eso significa que…?

“Significa que el velo es delgado para muchos, pero pocos tienen la fuerza o el destino para atravesarlo como tú, Alana.

Lo que has leído en ese libro son solo sombras.

Historias contadas por quienes espían desde el borde del abismo.” —¿Y tú?

—pregunté, deteniéndome un momento frente a un taller donde un hombre con brazos mecánicos adicionales trabajaba en el casco de una armadura de diseño orgánico, junto a un anciano que cantaba runas sobre el metal—.

¿Sabes más?

Del libro solo había fragmentos, descripciones… pero no el porqué.

¿Por qué nos cazaron?

¿Por qué el Olvido?

Kael suspiró, un sonido de viento a través de huesos.

“Esa historia no es la mía para contar.

Pertenece a los que la vivieron y a los que la guardan.

Yo solo soy un eco de una promesa relacionada con ella.

El Guardador te dará las respuestas.

Él es el único que puede.” —¿Y qué es exactamente un Guardador?

—insistí, reanudando la marcha, hambrienta de cualquier información que pudiera obtener—.

En el libro solo era un título.

Kael pareció considerar cómo explicarlo.

“Imagina un escriba que no solo registra la historia, sino que la protege físicamente.

Un erudito que también es un hechicero, porque el conocimiento que custodia tiene poder propio.

Un guerrero que defiende no un territorio, sino una verdad.

Eso es un Guardador.

No son una raza, son una vocación.

Un juramento.

Pueden ser ángeles caídos que rechazaron la cacería, demonios que despertaron a la piedad, brujos que trascendieron su magia, o… Nephalim que sobrevivieron.

Cualquier ser que, conociendo el precio, jura su vida a la causa de preservar la memoria de lo que fue, y vigilar el equilibrio de lo que es.” La descripción me sobrecogió.

Eran más que bibliotecarios; eran monasterios vivientes, fortalezas de conocimiento.

Y uno de ellos me esperaba.

Mientras absorbía esto, pasamos por un arco hecho de huesos de criatura petrificados y cables de fibra óptica.

Del otro lado, el paisaje cambió.

Los edificios se volvieron más antiguos, más orgánicos, como si hubieran crecido de la roca misma.

El aire olía a tierra húmeda y a algo metálico y dulce, como sangre y cobre.

Y fue entonces cuando lo sentí.

Un ardor.

No era en la piel.

Era dentro del pecho, justo detrás del esternón.

Un calor punzante, profundo, que no se parecía a nada que hubiera sentido.

No era un dolor cardíaco; era como si un trozo de carbón al rojo vivo se hubiera encendido en el centro de mi ser, donde esa “luz” de la que Kael hablaba debía residir.

Me detuve en seco, llevándome una mano al pecho.

—Kael…—jadeé—.

Algo… algo me pasa.

Él se volvió, alerta.

“¿Qué sientes?” —Calor.

Un ardor aquí —apreté el lugar, sintiendo el latido acelerado de mi corazón contra la palma—.

Como si… como si algo dentro de mí se estuviera encendiendo contra mi voluntad.

“Puede ser el ajuste.

Este lugar potencia lo que eres.

Tu esencia reacciona a la cercanía del Guardador, o a la densidad de la Grieta aquí…” Pero antes de que terminara, el ardor estalló.

Se transformó de un calor a una agonía abrasadora, como si me hubieran inyectado plomo fundido en las venas.

Un grito se ahogó en mi garganta.

Mis piernas cedieron y caí de rodillas sobre el suelo de piedra pulida, las manos ahora aferradas con desesperación a mi pecho, donde la sensación de combustión interna era insoportable.

—¡No!

—logré gritar, retorciéndome—.

¡No es normal!

¡Algo me está… jalando!

Kael se agachó a mi lado, su rostro una máscara de preocupación y horror.

Extendió una mano para tocarme, pero su forma pasó a través de mi hombro sin solidez.

“Alana, resiste.

Es una prueba, una…” No pudo terminar.

Porque no era una prueba.

Fue una fuerza externa, brutal y fría como el vacío del espacio.

No vi manos, pero sentí unas garras de energía pura, hechas de oscuridad y odio antiguo, cerrarse alrededor de mi cintura y mi alma con una ferocidad que me quebró el aliento.

No hubo portal elegante, ni membrana gelatinosa.

Fue un desgarrón.

Un grito desgarrador, que no sabía si era mío o del aire mismo, llenó la calle.

Vi la mirada de pánico de Kael desvaneciéndose, vi las torres de piedra y luz distorsionarse, estirarse como taffy.

Sentí una nausea cósmica, la sensación de ser desenraizada no solo del suelo, sino de la capa misma de la realidad en la que estaba.

El Refugio, la Grieta, la mano extendida de Kael… todo se desvaneció en un torbellino de sombras voraces y un frío que quemaba peor que el fuego.

El último pensamiento coherente que tuve antes de que la oscuridad me tragara por completo fue que el ardor en mi pecho no era mi luz despertando.

Era una alarma.

Y alguien, desde un lugar de pura maldad y ruina, había escuchado su campanada y había venido a apagarla para siempre.

La transición no fue un viaje.

Fue una caída.

Una caída sin fin hacia un lugar donde el aire olía a azufre, a desesperación cocida a fuego lento, y al eco de gritos que nunca cesaban.

Había sido arrancada del Refugio.

Y arrojada directo al Infierno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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