NEPHELIM - Capítulo 9
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9: Capítulo 8 9: Capítulo 8 No hubo transición.
No hubo ese momento de membrana gelatinosa y zumbido familiar que sentí al entrar al Refugio.
Fue una interrupción violenta del ser, como si el universo mismo hubiera tosido y yo hubiera sido expulsada de su garganta.
Mi primera conciencia fue de peso.
Un peso aplastante, omnipresente, que no solo empujaba mi cuerpo contra el suelo, sino que oprimía mis pulmones, abrumaba mis pensamientos y tensaba cada músculo hasta el punto del dolor.
En el Refugio, mi luz había sentido una especie de libertad flotante; aquí, estaba siendo enterrada viva bajo toneladas de oscuridad sólida.
El segundo fue el calor.
Pero no era el calor de un día de verano o de una chimenea.
Era un calor seco, abrasador y sin vida, que no emanaba de un sol, sino que parecía surgir de la mismísima piedra bajo mí y del aire inmóvil.
Quemaba la garganta al respirar, dejando un regusto a ceniza y metal oxidado en la lengua.
La piel de mis brazos expuestos se sintió tirante al instante, como si se estuviera deshidratando y agrietando en cuestión de segundos.
Gemí, un sonido áspero y débil, y forcejeé por levantarme del suelo donde había caído.
Mis miembros respondían con lentitud, como si me moviera bajo el agua, pero un agua densa y caliente.
Logré incorporarme sobre mis manos y rodillas, escupiendo el polvo grisáceo que se me había metido en la boca.
El simple hecho de levantar la cabeza requirió un esfuerzo hercúleo contra esa gravedad opresiva.
Y entonces, abrí los ojos.
No vi monstruos.
No vi llamas danzantes ni pozos de lava.
No vi al diablo con tridente.
Lo que vi fue infinitamente más aterrador en su permanencia y su intención.
Estaba en una especie de plaza, o lo que había sido una plaza, tallada no en roca, sino en lo que parecía ser una sustancia negra y vidriosa, como obsidiana bruñida hasta darle un brillo siniestro.
A mi alrededor se alzaban estructuras.
No eran edificios, no exactamente.
Eran torres retorcidas, como raíces enfermas de un árbol petrificado, o como intestinos de piedra enroscados hacia un cielo que no existía.
En su lugar, había un techo abovedado e inmensamente alto de la misma roca negra, del que colgaban estalactitas irregulares que goteaban un líquido espeso y brillante que al impactar en el suelo emitía un leve siseo y dejaba un pequeño hoyo humeante.
La arquitectura no seguía lógica alguna de ingeniería o belleza.
Seguía una lógica de agonía.
Los arcos no eran para sostener peso, sino para impedir el paso, curvándose en ángulos agresivos y cerrados.
Las ventanas (si se les podía llamar así) eran hendiduras estrechas y altas, como cicatrices en la roca, por las que no entraba luz, solo un tenue resplandor rojizo y pulsante que parecía emanar de las paredes mismas.
Todo estaba quieto, en un silencio absoluto y pesado, solo roto por el goteo constante y lejano del líquido corrosivo y por un zumbido de baja frecuencia que vibraba en mis molares.
No había señales de vida.
Ni de movimiento.
Solo esta ciudad muerta, esta catedral de desesperación tallada en la piedra negra del Infierno, esperando.
El aire, espeso y caliente, olía a azufre, sí, pero también a óxido, a polvo estéril y a algo dulzón y podrido, como carne quemada que se niega a consumirse del todo.
Me puse de pie, tambaleándome bajo el peso de la gravedad y el horror.
Mi pecho ya no ardía; ahora era un nudo helado de terror puro.
El ardor había sido la señal, la puerta que habían forzado.
Y ahora estaba aquí, en la antesala de la perdición, rodeada no por demonios que gritaban, sino por el testimonio silencioso y monumental de su eterno rencor.
Esta no era una zona de tormento activo.
Era la infraestructura del sufrimiento.
Y su mera existencia, su fría y opresiva geometría de dolor, era más aterradora que cualquier criatura.
Había caído en las entrañas mismas del abismo.
Y lo primero que el Infierno me mostraba no era su furia, sino su paciencia infinita.
Y eso era lo más aterrador de todo.
El eco del silencio era tan pesado como la piedra misma.
Me giré, el movimiento lento y forzado, escaneando la plaza de obsidiana desierta, buscando una salida, una sombra que se moviera, cualquier cosa que no fuera la opresiva permanencia de aquel lugar.
Y la encontré.
Apoyado con despreocupación contra el arco retorcido más cercano, como si hubiera estado esperándome todo el tiempo (y quizás lo había), había un hombre.
No, no un hombre.
Pero… era hermoso.
De una belleza perturbadora y fría.
Alto, esbelto, vestido con lo que parecía un traje de corte impecable, de un color gris perla tan pálido que casi se confundía con la penumbra.
Su cabello era negro azabache, liso y perfectamente peinado.
Sus facciones eran afiladas, nobles, con pómulos altos y una boca con una curva que no era del todo una sonrisa, sino la promesa de una.
Pero sus ojos… sus ojos eran de un amarillo brillante, como dos monedas de oro fundido, sin pupila ni blanco, y en ellos no había calidez, solo una curiosidad abismal y antigua.
No emanaba el calor abrasador del entorno.
A su alrededor, el aire parecía más frío, más quieto, como si su presencia absorbiera el poco calor que había.
—Ahí estás —dijo su voz.
No era un rugido, ni un siseo.
Era suave, educada, con una cadencia que hipnotizaba—.
La pequeña chispa que encendió la alarma.
Pensé que serías… más.
Pero la esencia no miente.
Intenté retroceder, pero mis pies parecían clavados.
El pánico, un pánico frío y claro, me inundó.
Este no era un demonio de bestialidad; este era uno de astucia, y eso lo hacía mil veces más peligroso.
—¿Quién… qué eres?
—logré articular, mi voz un hilito quebrado en el silencio.
—Un anfitrión —respondió, separándose del arco con un movimiento fluido y antinatural—.
Y tú, Alana, eres una invitada muy especial.
Alguien quiere conocerte.
Extendió una mano enguantada de cuero negro.
No se movió para agarrarme, pero de su mano surgió una sombra alargada, una fría extensión de oscuridad que se cerró alrededor de mi brazo como un grillete de hielo.
El contacto fue una descarga de náusea pura, una sensación de vacío que chupaba la fuerza vital.
Fue entonces, en el pico del terror y el asco, cuando algo cedió dentro de mí.
Como si una presa que contuviera un océano se hubiera quebrado bajo la presión, mis sentidos estallaron.
De repente, el silencio pesado se desgarró.
No en sonidos normales, sino en una cacofonía de agonías distantes: · Un grito desgarrador, tan lejano como si viniera de otra galaxia, pero tan claro que sentí el desespero rasgando mi propia alma.
· Un latido lento, pesado, pam… pam… pam… No era un corazón.
Era la piedra.
La torre retorcida a mi izquierda tenía un pulso sordo y enfermizo, y cada latido exudaba una oleada de frío desesperanza.
· Un susurro colectivo, millones de voces superpuestas, contando historias de traición, de pérdida, de miedo, todas entrelazadas en un zumbido que ahora llenaba mi cráneo.
· El goteo del líquido corrosivo ya no era un simple sonido; era el llanto ácido de la propia roca, cada gota una lágrima que quemaba el vacío.
Vi más allá de la superficie lisa de la obsidiana.
En las paredes, como fósiles en la piedra, se movían sombras atrapadas, formas humanoides y no humanas que se retorcían en silencio eterno, sus contornos apenas visibles en el flujo de energía oscura que ahora percibía como venas negras bajo la piel del Infierno.
Era demasiado.
La sobrecarga sensorial fue un golpe físico.
Me doblé por la cintura, un grito ahogado atrapado en mi garganta, mis manos apretadas contra mis oídos que no podían bloquear los sonidos que venían de dentro de todo.
El demonio con ojos de oro observó mi colapso, y su casi-sonrisa se ensanchó un milímetro, mostrando una hilera de dientes perfectos y demasiado blancos.
—Ah—musitó, con un deje de satisfacción—.
Así que empieza.
El don de los puentes.
Escuchar el dolor del mundo.
Qué fascinante.
Con un gesto despreocupado de su otra mano, la sombra que me sujetaba el brazo se contrajo, convirtiéndose en una cuerda de oscuridad sólida que me levantó del suelo sin esfuerzo.
Colgué allí, impotente, abrumada por el torrente de percepciones infernales, mientras el dolor en mi cabeza y el vacío en mi brazo luchaban por dominar mi conciencia.
—No te preocupes —dijo el demonio, su voz suave cortando a través del griterío en mi mente—.
Te llevaremos a un lugar más… íntimo.
Donde puedas escuchar con más claridad.
Arda está ansioso por conocerte, pequeña raíz.
Comenzó a caminar, y mi cuerpo, atado por la sombra, flotó tras él como un macabro globo.
Me llevaba hacia la base de una de las torres más altas y retorcidas, cuya entrada era una boca oscura y dentada de piedra.
El latido de esa torre, PAM… PAM… PAM…, resonaba ahora en mis huesos como un tambor fúnebre, llamándome, atrayéndome hacia sus entrañas.
Mis poderes habían despertado, sí.
Pero no para salvarme.
Para hacer del Infierno una experiencia mil veces más vívida, más personal y más inescapable.
Y ahora, me llevaban a conocer a alguien llamado Arda.
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