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Night Shift at the Konbini - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Noche 21 Hibiki Dog Part5
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21: Noche 21: Hibiki Dog Part.5 21: Noche 21: Hibiki Dog Part.5 3:02 AM — La Hora en que los Corazones se Rompen con Suavidad El Konbini olía a café rancio y a diálogos mal escritos Las luces fluorescentes bailaban como moscas atrapadas en el tiempo, iluminando los pasillos donde los clientes nocturnos -borrachos, solitarios, fantasmas con forma humana- deambulaban sin rumbo.

Aoi nos había obligado a Miyu y a mí a controlar a Hibiki, amenazándonos con subir videos de Hibiki disfrutando siendo humillada a sus redes sociales, si ella volvía a arrastrarme a sus juegos.

Como era de esperarse Hibiki dejó de venir después de eso.

Pero Hibiki tenía mi número de teléfono.

Y como dijo cierta persona, la guerra nunca cambia…

solo el terreno donde se desarrolla.

Veinticuatro mensajes la primera noche.

Hice lo que cualquier persona normal haría, intente negociar con ella como un agente anti bombas negociando con un grupo terrorista.

No funcionó.

Intente mantener una conversación normal, sin sarcasmos, evitando cualquier insulto como si fuera un campo minado, sin embargo, Hibiki tenía una habilidad sorprendente para distorsionar cada palabra convirtiéndola en un insulto.

Como cierto pintor austriaco acorralado, recurrí a mi última opción.

La bloquee.

Error.

Esa noche estaba contando monedas detrás del mostrador cuando el ding de la entrada sonó como un disparo con silenciador.

Hibiki estaba allí.

Su uniforme impecable, sus lentes empañados por el viento nocturno.

Pero lo más perturbador era su sonrisa: tensa, nerviosa, como si estuviera a punto de saltar de un acantilado y supiera que nadie la atraparía.

Aoi, que había estado reorganizando los pudines con una furia inusual, la miró por un segundo.

Luego, sin decir nada, arrojó el delantal al suelo y se marchó al depósito.

La puerta se cerró con un golpe que hizo temblar los estantes de Pocari Sweat.

Hibiki parpadeó, pero su sonrisa no se quebró.

—H-Hiroto-san…

—avanzó hacia el mostrador, balanceándose como un péndulo humano—.

¿Q-qué tal la noche?

¿Muchos clientes?

Continué contando las monedas.

—Lo usual.

Un borracho que compró tres paquetes de condones y una muñeca inflable.

Un otaku que lloró porque no tenía descuento en un Dakimakura de Rem.

Y ahora tú.

—¡Uf!

—Hibiki se río, un sonido agudo que me hizo apretar los puños—.

Suena divertido…

—No lo fue.

Ella asintió, jugueteando con el borde del mostrador.

Luego, como si estuviera siguiendo un guion basura escrito en su cabeza, se deslizó detrás del mostrador y se paró a mi lado.

Demasiado cerca.

—Hibiki.

—No levanté la vista—.

Vuelve al otro lado.

—¿P-por qué?

—susurró, rozando su hombro contra el mío—.

Aquí estamos más…

cerca.

Dejé las monedas.

—No.

Ella se congeló.

Por primera vez, su sonrisa vaciló.

—¿N-no?

—No.

Un silencio.

Luego, como si nada, su sonrisa regresó, más falsa que el colorante de los Fanta.

—¡Oh!

¿E-es un juego?

¿D-debo rogar?

¿O portarme mal?

—Su voz temblaba de excitación—.

¡P-puedo hacerlo!

¡Soy una m-mala chica, Hiroto-san!

¡Una— —No es un juego.

Mis palabras la dejaron quieta.

Sus pupilas se dilataron, pero no de placer, sino de algo más profundo.

Algo que ni siquiera ella parecía entender.

—¿P-pero…?

—murmuró, confundida—.

Quiero…

—No pienso terminar en una estación de policías por tu culpa.

—¡P-pero N-no estamos haciendo n-nada malo!

—protestó, agitando las manos—.

A-a…

Además ¡m-mi padre tiene muchos amigos en la policía!

¡Si algo sale mal…

él puede ayudarnos!

¡Además estamos solos!

—Aoi está en el depósito.

Se escuchó un estruendo en el depósito, como si Aoi apoyara mi objeción.

—¡A Aoi-san no importa!

—Hibiki se inclinó hacia mí, sus ojos brillando con lágrimas que no caían—.

¡Ella se fue para dejarnos solos!

—Se fue porque le das asco.

El golpe fue invisible, pero real.

Hibiki retrocedió como si la hubiera empujado.

Su sonrisa se desvaneció, dejando al descubierto algo frágil, algo que jamás había mostrado antes: dolor genuino.

Hubo un silencio solo roto por el sonido de las luces fluorescentes que parpadearon como si quisieran esconder el dolor de Hibiki en la oscuridad.

—¿Y tú…?

—su voz era un hilo—.

¿Tú también me ves así?

No.

Quise decirlo.

No podía.

En vez de eso, me quedé callado.

Hibiki respiró hondo, como si estuviera a punto de lanzarse de un edificio.

Luego, con movimientos torpes, tomó mi mano y la presionó contra su pecho.

—¿S-sientes?

—susurró.

Entonces, como una descarga eléctrica lo sentí.

Era imposible no sentirlo.

Bajo mi palma, su corazón latía como un terremoto.

Era imposible no notar la suavidad de su piel, el calor que emanaba de ella como un microondas.

—N-nunca había sentido esto —susurro, mirándome con ojos que brillaban como cuchillos—.

Hasta esa noche…

cuando me insultaste.

Fue la primera vez que…

que mi corazón latió así.

Como si…

como si existiera.

M-me sentí real.

El aire se espesó.

Las luces parpadearon de nuevo.

Y yo, como un idiota, por fin entendí algo que estuvo frente a mis ojos desde el comienzo.

Hibiki…

No era dolor lo que Hibiki buscaba, tampoco el ser humillada.

Buscaba algo simple, una prueba.

Una prueba de que estaba viva, una prueba de que era una persona real.

Mi cerebro dio un error de sistema.

—Solo esta noche —dije, retirando la mano—.

Solo esta noche juego contigo.

Después, buscas otra forma de sentirte viva.

Hibiki parpadeó, como si no creyera lo que escuchaba.

Luego, su sonrisa regresó, pero esta vez era diferente.

Menos falsa.

Más…

real.

—¿Q-qué debo hacer?

—preguntó, conteniendo la respiración.

—Siéntate en el mostrador.

Ella obedeció al instante, sentando en el mostrador de un salto haciendo que su falda se moviera como un edificio derrumbándose en la noche.

Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y anticipación.

—Eres una molestia —dije, mirándola a los ojos—.

Una niña con dinero que juega a ser una mascota porque su vida es tan aburrida como un onigiri sin relleno ¿No ves lo patético que es todo esto?

Hibiki gimió, apretando los puños contra su falda.

—P-perdón…

—Cállate.

Tu voz es molesta.

Tu actitud es molesta, Tu eres molesta, Ni siquiera deberías estar aquí, solo me haces perder el tiempo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

Sus labios temblaron, pero no dijo nada.

—¿Contenta?

—continúe, cruzando los brazos—.

Esto es lo que quieres ¿no?, que te traten como basura.

Que alguien te haga sentir algo, aunque sea asqueroso.

Pues felicidades.

Eres patética.

Eres peor que un perro que se persigue la cola.

Ella dejó escapar un sonido entre sollozo y risa.

Sus mejillas estaban rojas, sus pupilas dilatadas.

Pero lo más importante: su corazón seguía latiendo.

Fuerte.

Rápido.

Real.

—G-gracias…

—susurró, inclinando la cabeza.

—No me des las gracias.

—Me alejé del mostrador—.

Mañana, aprendes a ser normal.

O te hago pagar mis facturas para que veas lo que es sufrir de verdad.

—Puedo hacerlo si quieres…

—Dijo con una sonrisa que no mentía.

—En serio eres molesta.

—le dije sin poder evitar sonreír y le lancé un paquete de Pocky.

Hibiki asintió aun sonriendo, todavía sentada en el mostrador, mientras el Konbini seguía respirando a nuestro alrededor.

Las luces zumbaban, las máquinas refrigerantes tosían, y en algún lugar del depósito, sabía que Aoi estaba escuchando todo.

Pero por esa noche, solo existíamos nosotros dos: un idiota y una princesa rota, jugando a un juego que ninguno entendía del todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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