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Night Shift at the Konbini - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Noche 23 Hibiki Dog Part7 — Noche de Películas y Estupidez Humana
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23: Noche 23: Hibiki Dog Part.7 — Noche de Películas y Estupidez Humana 23: Noche 23: Hibiki Dog Part.7 — Noche de Películas y Estupidez Humana 2:44 AM — La Hora en que los Corazones Laten y el Dinero Huele a Basura Las luces del Konbini susurraban con su tono habitual de gusanos electrónicos agonizantes, pero el aire olía distinto.

No a café rancio o soledad metálica, sino a mantequilla artificial y azúcar quemada.

Miyu había llegado cargada como una camioneta a un festival escolar, con bolsas de palomitas de microondas que prometían “sabor extra-queso” y olían a pies embalsamados.

Detrás de ella, Hibiki, con la elegancia torpe de quien lleva una bomba.

una ojiva nuclear rosada… Su laptop.

Tan delgada que parecía una hoja de alta tecnología, y con un logo que gritaba “¡Soy más cara que tu vida entera, basura!”.

La colocó sobre el mostrador con una delicadeza casi teatral, como si estuviera depositando las joyas de la corona en un basurero.

Luego sacó unas cornetas portátiles, también rosadas, ridículamente pequeñas, que parecían juguetes para ratones de alta clase.

Las conectó con un cable dorado que probablemente costaba más que el Konbini.

—¡Todo listo para la función!

—anunció Miyu, desparramando bolsas de palomitas como si fueran granadas de humo calóricas.

Aoi, que había estado fingiendo reorganizar los condones con una intensidad exagerada cerca del pasillo de bebidas alcohólicas, lanzó un bufido audible.

Sus ojos, como dos chips de hielo azul, escanearon el dispositivo rosado con una mueca que podría derretir plástico.

—¿Esa cosa reproduce películas o solo atrae idiotas?

—preguntó, acercándose lo justo para que su voz helada llegara hasta nosotros.

—Reproduce en 8K, Aoi-san —respondió Hibiki con una sonrisa tensa, evitando su mirada.

Sus dedos temblaban levemente al ajustar las cornetas.

Aoi se detuvo a mi lado recostándose de la pared, cruzando los brazos.

Su hombro rozó el mío, una chispa de contacto en medio del frío que emanaba de ella.

—¿En serio crees que esto servirá de algo?

—susurró, bajo para que solo yo pudiera oírla.

Su aliento olía a chicle de fresa y escepticismo puro—.

¿Unas palomitas y una peli de miedo van a arreglarla?

Miré a Hibiki, que ahora intentaba conectar la laptop a una extensión con la concentración de una neurocirujana operando con guantes de boxeo.

Miyu charlaba animadamente sobre la selección de películas (“¡Empezamos con Ju-On!

¡Para que se sienta el terror tradicional!”).

—No —dije, igual de bajo.

La verdad era un puñetazo en el estómago, pero salió fácil—.

Ella necesita ayuda profesional, no dos idiotas en un Konbini viendo películas de terror en 8K.

Pero… —Hice una pausa, viendo cómo Hibiki se mordía el labio inferior al no encontrar el puerto correcto—.

No voy a dejarla sola.

Aoi soltó una risa.

No era su risa burlona habitual, ni la carcajada de tiburón.

Era una risa suave, casi… ¿Irónica?

Como si hubiera encontrado un chiste demasiado absurdo incluso para ella.

—Que patético, Hiroto-kun —murmuró, un destello de algo que no era ira brillando en sus ojos.

—Dices odiar todo, pero aquí estás… fingiendo ayudar a chicas con problemas mentales.

¿Cuánto cobras por hora?

—Descuento en ramen —respondí, y por un instante, una esquina de su boca se curvó hacia arriba.

Hibiki levantó la vista.

No hacía Miyu, no hacia la pantalla de alta definición que empezaba a mostrar el logo de la productora de Ju-On.

Hacia mí.

Sus ojos, tras los lentes empañados por el esfuerzo o la emoción, me encontraron.

Y sonrió.

No era la sonrisa tensa de antes, ni la sonrisa vacía de sus fotos.

Era una sonrisa pequeña, tímida, genuina.

Como la de un niño que acaba de terminar un castillo de arena y estaba orgulloso, sin importar que la marea se lo llevara en solo minutos como si nunca hubiera existido.

Algo en mi pecho sonó.

Como si una lata de café vacía hubiera rodado por una escalera metálica dentro de mi caja torácica.

Mierda… —¡Comienza!

—gritó Miyu, hundiéndose en una de las cuatro sillas de plástico que habían traído del comedor de empleados (violando al menos cinco normas de seguridad).

Hibiki se sentó a su lado, rígida como un palo de escoba.

Aoi y yo nos quedamos de pie, como guardaespaldas incómodos detrás de ellas.

La oscuridad del Konbini, solo rota por la luz fluorescente y el resplandor de la pantalla, creaba un ambiente surrealista.

Las cornetas, pese a su tamaño ridículo, emitieron un gemido fantasmal que hizo que Miyu chillara de emoción y se agarrara del brazo de Hibiki.

La película avanzó.

Malos actores gritando, escaleras crujiendo, niños pálidos arrastrándose.

Miyu fue una comentarista en tiempo real: “¡Mira allá!

¡En el espejo!

¡Ah, no, es solo un maniquí!

¡Ay, esa mujer se parece a Aoi-san!”.

Hibiki permanecía callada, inmóvil, sus ojos clavados en la pantalla.

Pero su espalda estaba tensa como un arco.

Durante una discusión particularmente estúpida entre Aoi y yo sobre la probabilidad estadística de que un fantasma usará exactamente el mismo corte de cabello que yo (yo argumentaba que era cero, ella que, en el cementerio de los estilistas, todo era posible), Hibiki se levantó.

Sin decir palabra, atravesó el pequeño espacio que nos separaba.

Sus dedos, fríos y ligeramente húmedos, se cerraron alrededor de mi muñeca con una fuerza sorprendente.

—¿Qué…?

—empecé, pero ya me estaba arrastrando.

Hacia su silla vacía Confundido, me dejé caer en el plástico duro.

¿Qué mierda…?

Entonces, paso.

Como si fuera un anime ecchi genérico, Hibiki se dio la vuelta y, con la naturalidad con la que alguien se sienta en un sofá, se sentó… en mis piernas.

Todo el aire salió de mis pulmones.

Miyu dejó de comentar la película, su boca abierta formando una perfecta “O”.

Pude sentir como Aoi se quedó completamente quieta detrás de nosotros.

Su mirada clavada en mi nuca, aguda como un cuchillo de carnicero.

Hibiki, sin embargo, no pareció notar nada.

Su espalda estaba recta, sus ojos fijos de nuevo en la pantalla donde Kayako hacía un ruido de garganta espeluznante.

Pero su mano… su mano derecha había buscado la mía y la había agarrado con fuerza.

No era un agarre lindo.

No era un juego de manos.

Era… desesperado.

Como agarrarse a un salvavidas en medio de una tormenta.

Y entonces lo sentí.

Todo.

Su palma estaba húmeda, pegajosa contra la mía.

No era el calor del cuerpo, era el sudor frío del miedo.

Sus dedos se apretaban alrededor de los míos con cada susto en la pantalla.

Cuando un fantasma apareció de repente en un armario, casi me rompió los huesos.

Su cuerpo se estremecía por reflejo.

Un salto, un encogimiento de hombros.

No eran movimientos calculados, eran respuestas animales al terror proyectado.

A través de nuestra piel unida, a través de los huesos de nuestras manos, podía sentirlo.

Acelerado, fuerte, desbocado.

Como un tambor de guerra golpeado por un psicópata.

Era el mismo ritmo frenético que había sentido contra su pecho esa otra noche, pero ahora transmitido a través de un punto de contacto íntimo y ajeno.

Ella no dijo nada.

Solo miraba la pantalla, respirando de forma entrecortada, su corazón gritando lo que su boca callaba.

Estaba sintiendo.

Intensamente.

Y mi mano era su ancla a la realidad, a la seguridad relativa del Konbini y de mi presencia (por muy estúpido que fuera).

Miyu, recuperándose de la sorpresa, volvió a la película con más emoción, como si ver a su amiga sentada en el regazo de un cajero de un Konbini fuera algo normal.

Aoi, detrás de nosotros, seguía inmóvil.

Podía sentir la energía que irradiaba: una mezcla de molestia, irritación y… ¿Miedo?

El resto de la película fue una experiencia extraña.

Kayako se arrastraba, la gente moría de formas absurdas, Miyu gritaba y reía, y yo tenía a una colegiala multimillonaria, con tendencias autodestructivas temblando de miedo en mis piernas, su corazón latiendo contra mi mano como un ratón atrapado.

El olor a palomitas quemadas se mezclaba con el perfume caro de Hibiki y el sudor frío del miedo.

Cuando los créditos finales rodaron (acompañados por el gemido final de Kayako), Miyu saltó de su silla.

—¡Fue increíble!

¿Verdad, Hibiki-chan?

¿Qué tal?

¿Sentiste el terror?

¿Los escalofríos?

¿Las ganas de revisar debajo de la cama?

Hibiki se ajustó los lentes y miró a Miyu, luego a la pantalla.

—Fue… raro —dijo, su voz un poco ronca—.

Pero…

Estaba asustada.

Mi corazón… latía muy fuerte.

—Tocó su pecho—.

Fue… cálido.

Aunque solo estuviera viendo una película.

Aoi soltó un resoplido desde la sombra donde se había refugiado.

—Felicidades —dijo, su voz cargada de un sarcasmo que podría cortar diamantes— Lograste sentir algo sin tener que ser una pervertida o intentaras estrangularte…

Ahora suelta a Hiroto-kun.

Hibiki se levantó rápidamente de mi regazo sonrojándose como un tomate.

Su mano se separó de la mía como si quemara, dejando una sensación húmeda y extrañamente vacía.

Hibiki bajó la mirada, pero no pareció herida.

Asintió levemente.

—Lo siento, Aoi-san.

—No importa.

—Aoi desvió la mirada hacia mí, viéndome a los ojos por unos segundos, luego se alejó hacia el pasillo de bebidas—.

Bueno, voy a ver si el fantasma del pasillo tres conoce a Kayako-chan.

Sentí un frio recorrerme la espalda.

¿Desde cuándo Aoi es amiga del fantasma del pasillo tres?

Miyu, eufórica con el “éxito” de la película ignoró el comentario de Aoi.

En vez de eso, ya estaba planeando su próximo plan.

—¡Ahora seguimos con una casa embrujada!

¡Una de verdad!

¡O un tour de lugares embrujados en Tokio!

¡O una sesión de espiritismo en el cementerio!

—Agarró a Hibiki del brazo, haciendo girar a su amiga como una muñeca.

—¡Podemos ir este fin de semana!

Hibiki miró a Miyu, luego, otra vez, hacia mí.

Una pregunta silenciosa en sus ojos, como si dudara de que fuera realmente capaz de hacerlo.

No pude evitarlo.

Una sonrisa minúscula, casi imperceptible, se escapó de mis labios.

Era estúpido, demasiado absurdo.

Demasiado patético.

Demasiado… humano.

Asentí, casi sin darme cuenta.

El brillo en los ojos de Hibiki fue respuesta suficiente.

Las dos recogieron su basura tecnológica (Hibiki guardando la laptop como si fuera de oro) y se marcharon entre los entusiastas planes de Miyu y los tímidos “sí” de Hibiki.

El ding de la puerta sonó como un final improvisado.

El Konbini volvió a su silencio habitual, ahora impregnado del olor dulzón y artificial de las palomitas.

Minutos después Aoi se acercó al mostrador, recogiendo una bolsa vacía con los dedos distraídos.

—Así que… —dijo, sin mirarme, su voz perdiendo el filo del sarcasmo, volviéndose… plana.

Peligrosamente plana, como si intentara sonar casual—.

¿Te gusta Hibiki?

La pregunta cayó como un ladrillo en el charco de grasa que Miyu había dejado al derramar sus palomitas.

—No —respondí de inmediato, limpiando el mostrador con más fuerza de la necesaria.

Aoi giró lentamente hacia mí.

Sus ojos azules me examinaron, buscando mentiras, buscando alguna grieta en mi respuesta.

—Bueno —dijo, y había un dejo de… ¿tristeza?

En su tono—.

Tú sí le estás comenzando a gustar a ella.

Mucho.

El trapo se detuvo en mi mano.

¿Que…?

Solo me quedé en silencio, la tensión del silencio fue más elocuente que cualquier palabra.

Aoi soltó un bufido corto, como si mi falta de respuesta confirmara algo dentro de ella.

Luego, se agachó detrás del mostrador, murmurando algo sobre “recoger esta basura”.

Y allí estaba.

Un sobre blanco de papel, sencillo, hecho a mano torpemente.

Debajo del mostrador, apoyado contra la patas de la caja registradora como si fuera un pedido de sushi olvidado.

Lo recogió y lo sostuvo entre sus dedos como si estuviera contaminado.

—¿Qué es esto?

¿Un regalo por ser buen ciudadano?

—Su sarcasmo regresó, pero débil, como una batería gastada.

Me lo lanzó.

El sobre cayó sobre el mostrador con un suave plop.

Lo abrí.

Dentro, había un fajo.

Billetes de 100 dólares.

Nuevos, crujientes, oliendo a tinta fresca y poder adquisitivo.

Conté rápidamente.

Cuatro mil dólares.

Más de lo que ganaba en ese basurero.

Y debajo del dinero, un trozo de papel, recortado con tijeras de punta redonda (¿quién hace eso?).

La letra de Hibiki, pulcra y escolar: Hiroto-san, recordé que mencionaste que tenías deudas, así que esto es para ti.

Si necesitas más, solo dime.

Gracias por todo… Hibiki Me quedé mirando los billetes.

Luego el papel.

Luego el lugar donde, minutos antes, ella había estado sentada, temblando de miedo genuino mientras agarraba mi mano como si fuera lo único real en su mundo.

Y entonces Aoi se río.

No fue su risa burlona, ni su risa de tiburón, ni la risa suave de antes.

Fue una carcajada.

Una carcajada profunda, que resonó en el Konbini vacío.

Se dobló por la cintura, agarrada al borde del mostrador, las lágrimas asomando en los bordes de sus ojos azules.

—¡Jajajaja!

—jadeó entre risas.

—¡Mierda!

¡Es… es demasiado!

¡Demasiado divertido!

—Se secó una lágrima inexistente—.

¡Cuatro mil dólares!

¡Por dejarla sentarse en tus piernas mientras veía una película de mierda!

¡Y una nota de “pide más si necesitas”!

¡Jajaja!

Su risa era contagiosa en su absurdo.

Un reflejo involuntario tiró de las comisuras de mis labios.

Era ridículo.

Era estúpido.

Era la definición de todo lo que estaba mal en Hibiki, en su mundo, en toda esta situación de mierda.

Aoi siguió riendo, su carcajada llenando el vacío que las palomitas y el miedo habían dejado.

La noche había terminado.

Como siempre.

Esta vez con un fajo de dólares en el bolsillo y el eco de una risa amarga sonando en mis oídos.

Pero mientras la escuchaba, mirando veía los billetes que olían a burla y desesperación disfrazada de lujo, entendí algo.

Odio mi vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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