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Night Shift at the Konbini - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Noche 24 Hibiki Dog Part8 — El Monstruo que Elegimos no Ser
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24: Noche 24: Hibiki Dog Part.8 — El Monstruo que Elegimos no Ser 24: Noche 24: Hibiki Dog Part.8 — El Monstruo que Elegimos no Ser 1:00 AM — La Hora en que los Monstruos Salen y las Victimas se Convierten en Criminales Las luces susurraban como siempre, con ese tono de mosca electrónica agonizante que ya era el latido de fondo de mi puta vida.

Miyu y Hibiki acababan de irse, después de su búsqueda de fantasmas en el Konbini que consistía en hablar con el fantasma del pasillo tres, dos chocolates calientes, un paquete de Pocky compartido (esta vez sin derramamientos ni incidentes), y quinientos yenes en monedas para el autobús nocturno.

Habían pasado varios días desde….

desde la noche de películas de terror.

Nada había cambiado, bueno, casi nada.

Hibiki seguía siendo Hibiki, sí.

Todavía me lanzaba miradas que pedían cosas cuestionables, y de vez en cuando soltaba un “Hiroto-san, ¿p-podrías…?” que Miyu cortaba con un “¡No, Hibiki-chan!

¡Recuerda las reglas!”.

Pero ya no se escondía en los baños.

No había más marcas en su cuello y Miyu se había convertido en su sombra para evitar que hiciera algo estúpido.

Supongo que eso se podría considerar un avance.

Aoi, como siempre, había observado su salida desde los pasillos del Konbini, una sombra silenciosa con coletas rubias.

Con el ding de la puerta aún resonando, Aoi se lanzó a una limpieza teatral de los estantes de DVDs JAV.

Trapo en mano, movimientos sincronizados, casi rítmicos, frotando envoltorios de DVDs como si estuvieran manchados de sangre.

Y tarareaba.

Un tono absurdo, juguetón, burlón, que se colaba entre el zumbido de las luces y el ronroneo de los frigoríficos.

Era una melodía absurda, sin sentido, pero cargada de una ironía que me raspaba los nervios.

—Na-la-lá~ El cajero gruñón y la niña adinerada~ Na-la-lá~ Dinero fácil, diversión sucia~ Boom!

El trapo chirrió contra un paquete de Kit Kats.

Aguanté un minuto.

Luego dos.

El tarareo subía y bajaba, punzante.

—¿Qué mierda te pasa?

—La pregunta salió más áspera de lo planeado, como un ladrillo lanzado al charco de silencio que ella fingía.

Ella no se volteo.

Siguió frotando.

—Nada~ —su voz era dulce como acido— Solo disfrutando de este ambiente laboral tan…

seguro —Deja de tararear como un psicópata.

Finalmente se giró, apoyando una mano en la cadera, el trapo colgando como un estandarte sucio.

Su sonrisa era la de un gato que acaba de encontrar un ratón con una pata rota.

—¿Te molesta mi alegría, Hiroto-kun?

Qué amargado.

¿Es porque Hibiki-chan no te trajo esta noche un sobrecito con tu pago?

El golpe fue bajo, calculado.

Respiré hondo, contando mentalmente las grietas del techo.

—No.

Y si lo hubiera hecho, se lo habría devuelto, con un golpe en la frente.

La carcajada de Aoi fue corta y afilada, como cristales rotos.

—¡Jajá!

¿En serio?

¿El gran Hiroto-kun, devolviendo dinero?

¡Qué ciudadano ejemplar!

¿Te dan una estrellita dorada en la policía por esas acciones?

—Se acercó al mostrador, dejando el trapo.

Sus ojos azules, tan falsamente brillantes, me observaban fijamente—.

Los cuatro mil dólares que te dio antes no se los devolviste.

—No me importa ser un buen ciudadano.

—La miré, manteniendo la voz fría, más plana de lo que quería.

El café recalentado olía a amargor en el aire—.

Pero tampoco voy a convertirme en un enfermo que se aprovecha de los problemas mentales de una idiota con más dinero que sentido común.

La sonrisa de Aoi se ensanchó, transformándose en algo peligroso, malicioso.

Los dientecitos de tiburón brillaron bajo la luz fluorescente.

—¿Y por qué no?

—La pregunta cayó como un guante.

Suave, pero cargada de un significado que me revolvió el estómago—.

Después de todo ella es la que te busca ¿no?

La que te pide que la trates como un juguete roto.

No estaba bromeando.

Su mirada fija, su sonrisa demasiado amplia, esos dientes afilados y cargados de una malicia calculada…

había algo distinto.

Un brillo demasiado frío en sus ojos.

Un tono en su voz que iba más allá del sarcasmo habitual.

Era…

serio.

Mortalmente serio.

Un sudor frío, ajeno al frío ártico del Konbini, empezó a gotear por mi nuca.

—Solo piénsalo un poco… —continuó Aoi, apoyando los codos en el mostrador, acercando su rostro al mío.

Su aliento olía a chicle de fresa y a algo más metálico— Al principio pensé que sería un problema, pero viendo bien, hubiera sido bastante fácil.

Solo tenías que abrir la boca, Hiroto-kun.

Un ‘sí’ cuando te pidiera sentarse en tu regazo otra vez.

Un ‘sí’ cuando te pidiera que la insultes más fuerte, que la tocaras ‘para ver si sentía algo’.

Un ‘sí’ cuando, entre lágrimas y sonrisas temblorosas, te ofreciera más dinero, y más cosas…

Hizo una pausa teatral, disfrutando del silencio que pesaba como plomo.

—Podrías haberle tocado esos…

impresionantes senos que tiene.

Jajaja, hasta hubieras podido grabarla mientras gemía con tus insultos y convertirla en tu juguetito sexual personal, seria lindo ver a Hibiki con un collar de perrito —toqueteo su collar haciendo que este tintineara—.

Vaya…

hubiéramos ganado mucho dinero vendiendo videos de ella, que lastima~ Cada palabra se sentía como un cuchillo.

No por lo que decía, sino por el frío tono juguetón con el que lo decía.

Por la facilidad con la que describía esa realidad distorsionada.

Y lo peor…

lo peor era que, en el fondo, en esa cloaca donde guardo los pensamientos que nunca admitiré, sabía que Aoi tenía razón.

Hibiki era fácil.

Era demasiado fácil, desesperada.

rota.

sumisa, infantil, inocente, cualquiera…

cualquier pervertido con un poco de malicia y la oportunidad…

Hubiera convertido a Hibiki en su sueño húmedo y ella hubiera accedido con una sonrisa.

Sentí un nudo de asco, mezclado con una rabia sorda, apretándose en mi estómago.

Aoi vio el destello en mis ojos, la tensión en mi mandíbula.

Su sonrisa se ensanchó como si mi expresión y silencio le confirmara algo dentro de su lógica retorcida, siguió, implacable, con su voz como un susurro seductor, peligroso y radiactivo.

—¿Ves?

hasta tú lo sabes, Hiroto-kun.

Cualquiera lo podría haber hecho.

Solo hacía falta verla, ¿no?

Esa carita de cachorrito perdido, ese cuerpo…

escondido detrás del uniforme de una estudiante de secundaria que gritaba ‘úsame’ jajaja.

—Su risa era obscena—.

Y lo peor es que ella habría dicho que sí a todo.

Con una sonrisa.

Con lágrimas de ‘felicidad’.

—¿Cualquier pervertido?

—La interrumpí, mi voz sonó más fría y cortante de lo que había sido en semanas.

El silencio se hizo absoluto.

Hasta el ruido de las luces pareció callarse.

La miré a los ojos, sin pestañear—.

¿Te refieres a cualquier pervertido, como tus compañeros de clase en Shinozaki?

Su sonrisa se congeló, no desapareció, no se molestó, no respondió con sarcasmo, ni miedo.

Simplemente…

se congelo en su rostro.

Como una máscara demasiado tensa.

Sus ojos, tan azules, tan falsos, se enfocaron en los míos.

Vacíos.

Como pozos sin fondo.

Sin expresión como una caja vacía.

Solo…

observando.

Observando fríamente, cada milímetro de mi rostro, de mis expresiones de mis movimientos, buscando…

algo.

¿Mentira?

¿Amenaza?

¿Engaño?

Los segundos se arrastraron como cadenas pesadas.

El aire olía a café, a plástico y a una tensión que podía cortarse con el cuchillo de los bentos.

—Sí.

—dijo finalmente.

Una sola palabra.

Plana.

Vacía.

Como un eco en una tumba, sin ninguna emoción.

—Tienes razón —confirmé—.

Lo sé.

El solo admitirlo en voz alta me daban ganas de vomitar.

—Cualquier enfermo, con más hormonas que cerebro, hubiera visto a Hibiki como un sueño húmedo.

Muchos lo hubieran hecho.

La hubieran usado, la hubieran roto un poco más, y luego tirado como un trapo sucio cuando se aburrieran.

—Hice una pausa, tragando la bilis que subía por mi garganta—.

Se que lo harían, pero yo no.

Podre ser un perdedor, un idiota, o un “cínico aburrido” como tú dices, pero no haría algo así.

—… La máscara de Aoi no se movió.

Sus ojos azules seguían analizando los míos, buscando la más mínima grieta, el más leve titubeo, el mínimo movimiento sospechoso.

Era como estar bajo una lupa fabricada para detectar cualquier intento de mentira.

Aguanté.

Respiré.

No aparté la mirada.

No por orgullo, sino porque era la única puta verdad que me quedaba en ese basurero.

por más estúpido que sintiera el hecho de tener que decirlo en voz alta.

Y entonces, ocurrió.

Como si su cerebro se hubiera reconectado con su cuerpo.

La rigidez de Aoi se desvaneció.

No de golpe, sino como un hielo derritiéndose lentamente al sol.

La sonrisa maliciosa, la máscara…

se desvaneció.

En su lugar, algo completamente distinto se asomó en sus labios.

Una sonrisa.

Pequeña.

Suave.

Increíblemente real.

No burlona, no sarcástica, no falsa.

Era una sonrisa frágil, real, sincera.

Un destello de algo cálido y humano en medio del frío neón del Konbini que parecía irreal.

Sin decir una palabra, sacó un Pocky de su bolsillo del delantal.

No con un gesto burlón.

No lo agitó, no lo lanzó.

Lo colocó con cuidado, sobre el mostrador.

El envoltorio rojo brillaba bajo las luces.

—Gracias, —dijo.

Su voz era suave.

Tranquila.

Como la calma después de una tormenta que nunca llegó a estallar del todo.

Parpadeé, confundido.

La sonrisa, el Pocky, el tono…

nada encajaba.

—¿Por qué?

—La pregunta salió ronca, desconfiada.

Ella no apartó la mirada.

Esa sonrisa suave, real, seguía allí.

—Gracias, —repitió, y esta vez había un peso en la palabra, una sinceridad que me dejó sin aire—.

por no convertir en el monstruo que pudiste ser.

—… Y antes de que pudiera articular un sonido, antes de que mi cerebro pudiera procesar sus palabras, se dio la vuelta.

Sus coletas rubias se balancearon mientras se alejaba, deslizándose entre los pasillos de bebidas, dejándome solo con el zumbido de las luces, el olor a café rancio, y un solitario Pocky rojo sobre el mostrador de plástico.

¿Qué…?

Me quedé mirándolo.

El envoltorio brillante, ridículamente alegre.

Las palabras de Aoi resonaban en mi cabeza, más fuertes que cualquier gemido de máquina, que cualquier tarareo burlón.

Gracias por no convertir en el monstruo que pudiste ser… No era un cumplido.

Era una prueba, una prueba de que, en medio de toda la mierda, de todo el cinismo, de toda la basura fluorescente que nos rodeaba, algo, por pequeño y frágil que fuera, existía algo.

Algo que ella, con su mirada de hielo y su pasado lleno de monstruos reales, había visto y necesitaba confirmar.

Extendí mis manos, no hacia el Pocky, sino hacia el vacío que su partida había dejado.

Y las observe, como si necesitara confirmar algo que ni siquiera yo entendía del todo.

Y sin darme cuenta una pequeña sonrisa por estúpido que fuera apareció en mi rostro.

El aire estaba quieto.

Pesado.

Cargado con el eco de algo que nunca había esperado escuchar, y menos de su boca.

El Konbini seguía oliendo a derrota y a café recalentado.

Pero esa noche, por primera vez, el sabor en mi boca no era solo amargura.

Era algo más complejo.

Algo que se parecía sospechosamente a un rastro de…

¿humanidad?

No.

Simplemente…

a no haber caído tan bajo como podría haberlo hecho.

Agarre el Pocky.

El plástico crujió bajo mis dedos.

No lo abrí.

No pude.

Solo lo sostuve, un pequeño testigo rojo en la palma de mi mano, mientras el zumbido de las luces llenaba el silencio que las palabras de Aoi habían dejado atrás.

Odio mi vida.

Pero en ese momento, mirando el Pocky solitario, odié un poco menos a la persona que tenía que vivirla.

Mierda…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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