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Night Shift at the Konbini - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Noche 25 La Teoría de los Paraguas Fantasmas
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25: Noche 25: La Teoría de los Paraguas Fantasmas 25: Noche 25: La Teoría de los Paraguas Fantasmas 4:07 AM — La Hora en que la Lluvia Borra los Sueños Olvidados  Una lluvia persistente, la clase que no es lo suficientemente importante como para cancelar un partido de béisbol, pero sí para convertir a Tokio en un gigantesco parque acuático, caía sobre la ciudad.

Desde el Konbini, el mundo era un cuadro deprimente hecho con gris, neón y el reflejo de las luces de los semáforos en el asfalto mojado.

Yo, Hiroto, estaba observando el fenómeno desde la puerta de vidrio.

Afuera, apoyado contra la pared junto a la máquina de hielo, había acumulado un triste cementerio de paraguas.

Algunos elegantes, que parecían hombres de negocios en trajes negros, otros, baratos y desgastados, comprados probablemente en un momento de desesperación, y uno particularmente patético, con la tela rosa y el mango en forma de cabeza de gato, que parecía llorar de vergüenza.

—Nyaaa~ Hiroto-kun —la voz de Aoi surgió de debajo del mostrador, donde supuestamente estaba contando las monedas de la caja registradora por cuarta vez en la noche—.

¿Alguna vez te has preguntado por qué los paraguas son las cucarachas de los objetos?

—No.

—Porque sobreviven a todo, pero nadie los quiere realmente.

—Son herramientas.

Cumplen su función y se desechan —dije, sin apartar la vista del paisaje húmedo—.

Como los empleados públicos o la batería de un teléfono.

—¡Qué visión tan materialista!

—apareció de un salto, agitando un fajo de billetes como abanico—.

Mira allí afuera, no son herramientas.

Son fantasmas olvidados.

Parpadee.

Ella señaló los paraguas con un gesto teatral que habría envidiado cualquier director de películas de bajo presupuesto.

—Cada uno de ellos un pedazo de memoria abandonada.

Una promesa de “volveré en un minuto” que se pudre bajo la lluvia.

Son las cáscaras vacías de las intenciones humanas.

—¿De qué estás hablando?

Alguien los olvido, y alguien los roba o el gerente los tira.

Es así de simple, deja de tomar el café en el que se bañan las ratas del depósito.

—¡Casi!

—Grito, saltando para sentarse en el mostrador, mojando el uniforme con sus coletas aún húmedas—.

Pero piensa: ¿por qué nadie vuelve por ellos?

¿No es extraño?

Gastas 500 yenes en un paraguas, este te salva de morir de hipotermia estética, y al llegar a tu casa…

Nada, solo deja de existir.

Como esos amigos del colegio con los que prometiste mantenerte en contacto, pero ahora no recuerdas sus nombres.

Un hombre empapado hasta los huesos entró en ese momento, dejando un charco de dignidad perdida en la entrada.

Compró una cerveza fría y un paquete de mentas.

Al salir, miró el montón de paraguas, titubeó, y agarró uno de color negro y funcional que claramente no era suyo.

—¡Hasta luego Oji-san~!

—cantó Aoi, con una sonrisa de tiburón—.

¡Y gracias por adoptar un fantasma abandonado!

Espero que le dé un buen hogar…

o al menos que no lo deje en el siguiente Konbini.

El hombre se ruborizó y salió tropezando.

—Acabas de felicitar a alguien por robar —señalé.

—¡Facilité una redención!

—corrigió ella, balanceando las piernas—.

Ese paraguas negro era un “padre de familia responsable” que fue abandonado cuando su dueño se fue en un taxi apresurado.

Ahora tiene una segunda oportunidad con un tipo que huele a desilusión y cerveza barata.

Es hermoso.

—Es un ciclo de abuso y negligencia.

—¡Como las relaciones modernas!

—aplaudió, entusiasmada—.

Nadie quiere cargar con el paraguas feo o el que se le rompió un hueso.

Todos quieren el nuevo, el brillante, el que no da problemas.

Pero al final, todos acaban igual, olvidados en un rincón, esperando que alguien se los lleve por lástima o conveniencia.

Se deslizó del mostrador y se acercó a la puerta de vidrio, apoyando la frente contra el cristal frío.

—Mira el de color rosa con cabeza de gato —susurró, como si hablara de un paciente terminal—.

Ese fue comprado con amor.

Alguien pensó “¡Qué kawaii!”.

Lo usó una vez, se dio cuenta de que en la vida real no era la protagonista de un anime, y lo abandonó aquí por vergüenza.

Es el paraguas de los sueños rotos.

—O alguien simplemente tenía prisa.

—No importa cuánto niegues la verdad, Hiroto-kun.

—Se volvió, con los brazos cruzados—.

Esta siempre estará allí.

Los paraguas son el símbolo perfecto de nuestra incapacidad para comprometernos.

Son relaciones desechables.

Los usas mientras la tormenta dura, y cuando esta acaba, ya no los necesitas.

Los dejas atrás sin importar lo mucho que te ayudaron.

—Como las personas.

—Exactamente Hiroto-kun.

—Y, aun así —dije, señalando la nevera de bebidas—.

las personas siguen comprándolos.

Cómo aún siguen creyendo en el amor, emborrachándose o viendo el siguiente anime de temporada pensando que este sí será mejor que el anterior.

—Aunque solo sea otra comedia romántica del montón.

—O un shonen genérico.

—Es un ciclo sin fin.

—¡Porque es más fácil comprar uno nuevo que reparar uno viejo!

—su voz tenía un dejo de amargura inusual—.

¿Ves ese, el azul con el mango torcido?

Alguien intentó arreglarlo con cinta adhesiva.

—Falló.

—Si, y en vez de llevarlo a un especialista o insistir, lo dejó aquí para que se enfrente solo a su destino.

Es la tragedia del “casi”.

La lluvia arreció, golpeando el techo como una ovación siniestra.

Un par de chicas universitarias entraron, riéndose empapadas por la lluvia.

Compraron dos cafés calientes y un paquete de galletas.

Al salir, vieron el paraguas rosa con cabeza de gato.

—¡Mira, es tan lindo!

—dijo una de ellas.

—Espera, ¿ese no es parecido al que llevaba Rin-chan el otro día?

—dijo la otra, riéndose.

—¡Tienes razón!

Creo que es el mismo.

Lo tomaron y se fueron, riéndose juntas, llevándose en manos el “paraguas de los sueños rotos” a un nuevo acto de su tragedia.

Aoi observó la escena con una sonrisa melancólica.

—Y así, el ciclo continúa.

Fue adoptado por lástima o tal vez por burla.

Pero al menos…

ya no está solo.

Eso es más de lo que pueden decir muchos.

Me acerqué a ella, cruzando los brazos.

El frío del aire acondicionado se mezclaba con el calor húmedo que emanaba de la puerta.

—Entonces, ¿Cuál es el punto de todo esto?

¿Deberíamos abrir una tienda de paraguas perdidos?

—Claro que no —respondió, girando para enfrentarme.

Sus ojos azules brillaban con la luz reflejada de la calle—.

La solución es ser un paraguas que no se deja olvidar.

El que golpea cuando lo tocas.

El que tiene un patrón tan lindo que es inolvidable.

O…

—su sonrisa se ensanchó, mostrando sus dientecitos—.

ser una tormenta tan fuerte que las personas los lleven a todas partes, por miedo a mojarse.

—Eso suena agotador.

—¡Es vivir!

—exclamó, dando un salto—.

Es mejor ser el paraguas roto y memorable que el negro, funcional y olvidable en la entrada de cualquier Konbini.

Se acercó a mí, hasta que su aliento a chicle de fresa nubló momentáneamente mi visión.

—Dime, Hiroto-kun…

¿Qué tipo de paraguas eres tú?

La pregunta quedó flotando en el aire, mezclada con el zumbido de las luces y el sonido de la lluvia.

Mi cerebro dio error.

Miré hacia fuera.

El charco donde había estado el paraguas rosa ya se estaba disipando.

—Yo —dije al fin, con una voz más suave de lo que querría— No soy un paraguas, soy el tipo que prefiere mojarse antes que cargar con un paraguas problemático.

Aoi soltó una risa, no burlona, sino genuina.

—Mentira.

Tú eres el paraguas plegable que alguien guardó en el fondo de su mochila y se olvidó de que existía.

Crees que estás a salvo, pero en algún momento alguien te sacará y verás que el mundo sigue girando, y que la lluvia sigue cayendo.

No pude refutar eso.

—Y tú —repliqué— eres el que viene con un botón que lo abre de golpe y golpea en la cara a quien esté enfrente.

—¡Nyaa~!

¡Exacto!

—gritó, girando sobre sí misma—.

Les doy un moretón que nunca olvidaran.

La lluvia empezó a ceder.

El amanecer teñía el cielo de un gris perlado.

Aoi bostezó, estirándose como un gato.

—Bueno, es hora de que alguien le haga compañía a nuestros pequeños amigos olvidados —dijo, señalando los paraguas restantes—.

A ver qué fantasmas sobreviven hasta la próxima tormenta.

Mientras ella empezaba a contar los paraguas, murmurando historias inventadas para cada uno, yo me quedé mirando el charco vacío.

Y por primera vez, me pregunté si, alguien me estaría guardando a mí en un rincón, esperando a que volviera a llover para recordar que existo.

O si, como la mayoría, ya me habían dado por perdido.

Aoi me lanzó una sonrisa desde la puerta, un destello de color en un mundo gris.

Y supe la respuesta.

—Oye, idiota —dije—.

Cierra la puerta.

Está entrando el frío.

—Sí, sí, Hiroto-paraguas-kun.

Y así, entre fantasmas de tela, y las promesas rotas que dejaba la lluvia, otra noche en el Konbini terminó.

No con un estruendo, sino con el sonido de un paraguas siendo olvidado, una vez más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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