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Night Shift at the Konbini - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Noche 27 La Chica del Impermeable Negro
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27: Noche 27: La Chica del Impermeable Negro 27: Noche 27: La Chica del Impermeable Negro 2:17 AM — La Hora en que las Ilusiones se Hacen Realidad El Konbini zumbaba con su ruido de siempre.

Las luces fluorescentes bailaban una canción que hablaba sobre el aburrimiento, los compresores de la neveras parecían toser flemas de hielo, y el olor a café rancio y resignación impregna todo el lugar.

Yo, Hiroto, estaba inmerso en la importante tarea de contar los palitos de Pocky que Aoi se había comido en la semana, asegurandome así de que no estuviéramos en un universo paralelo y que ella usara eso como una excusa para comerse uno de más.

Aoi, sentada como siempre sobre el mostrador como si fuera un Maneki-neko de bajo presupuesto decidió iniciar otra conversación estúpida.

—Nyaaa~ Hiroto-kun —dijo, balanceando las piernas y haciendo que su falda prometiera revelar secretos que yo ya había prometido ignorar—.

¿Crees que los fantasmas también tienen que pagar impuestos?

¿O el más allá es una zona económica especial libre de IVA?

—Los fantasmas son más listos que nosotros.

—respondí sin levantar la vista—.

Se mueren y se libran de esta mierda.

Es el sueño húmedo de todo oficinista.

—¡Qué aburrido!

—se rió, lanzando un envoltorio de chicle a mi cabeza—.

Yo creo que deben pagar impuestos sobre las apariciones.

A más sustos, mayor tasa.

Sería un sistema justo.

—Que bien, deberías lanzarte a gobernadora del mundo fantasmal con esas ideas.

El ding de la entrada sonó.

No fue el clic metálico y cansado de siempre, fue un sonido húmedo, como si la puerta hubiera sido abierta desde el fondo de un lago.

Y entonces, entró.

Una silueta alta y delgada, envuelta en un impermeable negro demasiado grande, que le cubría desde el cuello hasta los tobillos.

La tela, pesada y brillante, goteaba sobre el suelo limpio, formando pequeños charcos oscuros a su paso.

No había llovido en una semana.

Llevaba la capucha calada tan profundamente que su rostro era solo un pozo de sombras del que no escapaba ni un reflejo.

Caminaba con pasos lentos, deliberados, como si arrastrara el peso de algo más que solo la tela mojada.

Aoi se callo.

Eso, por sí solo, fue más alarmante que la entrada de la chica.

La figura se deslizó por los pasillos, sus dedos, enfundados en guantes negros, acariciaron las latas de café y paquetes de fideos como si estuviera estudiando artefactos de una civilización extinta.

—Vaya…

—murmuró Aoi por fin, saltando del mostrador con una suavidad felina—.

Parece que el fin del mundo empezó y nadie nos avisó.

¿Crees que nos pagará con chapas o munición?

No respondí.

Una sensación extraña se apoderó de mí.

No era miedo, era una sensación extraña que resonaba en algún lugar entre mis costillas, pero no podía ponerle nombre.

Era como oler un perfume viejo o escuchar una canción que creías haber soñado.

La chica, se acercó al mostrador.

En sus manos llevaba una botella de agua, un paquete de analgésicos, curitas y una bolsita de esos caramelos duros de café que son mi secreta y patética debilidad.

Colocó todo sobre el mostrador con un cuidado exagerado.

Aoi se recostó contra la estantería de revistas detrás de mí, cruzando los brazos.

Su mirada era un escáner, analizando cada movimiento, cada gota que caía del impermeable.

Pero permaneció en silencio.

Empecé a pasar los artículos.

Beep.

Beep.

Beep.

—Una noche tranquila —dijo una voz desde dentro de la capucha.

Era suave, clara, pero sin ningún tipo de emoción, como si fuera completamente artificial.

Como un audio digitalizado de un sintetizador de voz.

—Como siempre —respondí, concentrándome en el escáner.

—El trabajo…

¿Ha estado pesado?

—preguntó de nuevo.

Algo en su tono me erizó la piel.

No era la curiosidad vacía de un cliente solitario.

Sonaba a…

genuino interés, a alguien que torpemente intentaba iniciar una conversación casual con un viejo amigo.

—Lo normal.

Borrachos, otakus, y ahora, cosplayers de películas de serie B.

—Intente fingir actuar con normalidad.

Ella no se inmutó.

Ni siquiera parecía respirar.

—Tú…

¿Siempre estás aquí?

¿En las noches?

—continuó—.

¿Nunca has pensado en hacer algo más…?

¿En trabajar en otro lugar?

Sentí como el aire alrededor de Aoi comenzó a oler a agua salada.

Observaba fijamente a la chica y grababa en su cabeza cada palabra.

Algo estaba mal.

Esas no eran preguntas casuales.

Eran preguntas que le hacías a alguien que conoces.

—El horario tiene sus ventajas.

Menos jefes, menos clientes…

menos gente.

—Intente esquivar la pregunta, pasando los caramelos.

Beep.

—Menos gente…

—repitió, como saboreando las palabras—.

Pero la soledad…

puede ser un ruido más fuerte que cualquier multitud, ¿no es así?

Mis dedos se congelaron sobre el teclado.

Esa frase…

era demasiado conocida, demasiado precisa.

Demasiado yo.

Coloque el escáner sobre el mostrador con más fuerza necesaria —Mira, no sé qué buscas, pero no tengo tiempo para que una rarita me haga una sesión psicológica improvisada.

Son 480 yenes —dije, cortante.

Ella levantó la cabeza, como si mis palabras la hubieran golpeado dentro del impermeable.

Y el mundo se detuvo.

La capucha se movió, revelando su rostro, lo que hizo que mi cerebro diera un error de sistema completo.

Su cabello negro era liso, cortado a la altura de la barbilla.

Su piel era pálida, casi translúcida.

Y sus ojos…

sus ojos eran azules.

No como los de Aoi, brillantes y burlones.

Eran como los míos, cansados y cínicos.

No.

No eran como los míos, eran los mismos.

El mismo tono, la misma forma, la misma profundidad vacía.

Era como mirarme a un espejo, una versión femenina de mi, con una expresión que no había visto en toda la vida en mi propio rostro: una mezcla de resignación y una curiosidad fría y distante.

El sudor se enfrió instantáneamente en mi espalda.

Mis dedos se congelaron, sentí como mi corazón parecía latir más lentamente como si quisiera apagarse por completo para no hacer ruido.

Nos quedamos mirándonos fijamente, atrapados en un silencio que gritaba que estaba ocurriendo algo imposible.

Yo no tengo una hermana gemela.

Pero al mirarla, una parte primitiva de mi cerebro insistía en que estaba viendo a mi propio reflejo frente a mi.

Un ruido parecido a estática, comenzó a nublar mi mente haciéndome perder los sentidos.

Hasta que la voz de Aoi me trajo de vuelta a la realidad.

—Bueno…

miren la hora… —dijo, anormalmente tranquila—.

Ya son las 4:24.

Qué rápido pasa el tiempo, ¿no?

La chica parpadeó, desviando su mirada de mí hacia Aoi.

Y asintió.

Agachó la mirada de nuevo, pagó en efectivo.

Sus dedos, al rozar mi mano, estaban fríos.

No el frío de la noche, sino el frío del agua de las profundidades.

Recogió su bolsa, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

Pero se detuvo en el umbral, su silueta recortada contra la oscuridad de la noche.

—Hiroto…

—dijo, sin voltear.

Era la primera vez que decía mi nombre—.

¿Eres feliz aquí?

El zumbido de las luces se convirtió en un rugido.

¿Feliz?

¿En este basurero fluorescente?

¿Con una compañera que era un terremoto con coletas y un futuro más negro que el café de la máquina?

Iba a soltar una de mis respuestas automáticas, un “¿a ti qué te importa?” o un “la felicidad es una mentira que venden con los cereales”.

—A… Pero las palabras se atascaron en mi garganta, quemándome como ácido.

Por un instante, no hubo máscara, no hubo nada.

Solo el vacío, la pregunta resonando en el silencio de mi propio pecho.

No pude responder.

—Ya veo…

—susurró ella, como si hubiera escuchado el estruendoso silencio de mi respuesta—.

Me alegra eso…

Y entonces, se desvaneció en la oscuridad de la noche que pareció absorberla, tragándosela junto con los charcos que había dejado atrás.

Desapareció sin dejar rastro, como un sueño al despertar.

Me quedé allí, con la mano aún sosteniendo el dinero con el que había pagado, con la sensación de su frío persistente en mi piel.

—Oye, Hiroto-kun… Aoi habló.

Su voz era extrañamente suave.

—¿La conoces?

La miré, buscando en sus ojos azules alguna pista, pero no había ninguna.

—No —dije, y fue la verdad más absoluta que había dicho en semanas.

Aoi asintió lentamente, como si eso confirmara algo, estirándose con completa normalidad como un gato.

—Bueno..

—dijo, y empezó a caminar hacia el pasillo de bebidas—.

Porque ella sí te conoce a ti.

Y con eso, se fue, deslizándose entre los estantes y dejándome solo con el zumbido de las luces, el olor a café y caramelo, y la abrumadora sensación de que algo importante había pasado, y que no tenía ni la más remota idea de lo que era.

Mierda.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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