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Night Shift at the Konbini - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Noche 28 La Chica del Otro Lado de la Caja
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28: Noche 28: La Chica del Otro Lado de la Caja 28: Noche 28: La Chica del Otro Lado de la Caja 2:22 AM — La Hora en que las Máquinas Sufren más que las Personas El Konbini olía a debate filosófico caducado y café de tercera categoría.

Aoi, balanceándose en el mostrador como un péndulo de energía radiactiva, lideraba la discusión.

—¡Es la ecuación perfecta del capitalismo, Hiroto-kun!

—exclamó, señalando un paquete de Pocky como si fuera un gráfico de bolsa—.

De un lado tenemos chicas jóvenes e “inocentes” con uniformes de colegialas y del otro lado tenemos hombres solitarios cuyo horizonte romántico es una funda de almohada.

¡Si los juntamos el resultado es uno de los negocios que mas monetiza con la miseria ajena!

—¿Y tuviste que tardar dos horas arreglando los Pocky del mostrador para llegar a esa conclusión?

—refunfuñe, reorganizando las latas de café que nadie en su sano juicio compraría—.

El JK es la versión anime de la prostitución para cobardes.

Pagan por la ilusión de intimidad sin el riesgo del rechazo real.

Simple, pero rentable.

—¡Exacto!

—Aoi saltó del mostrador, aterrizando con una suavidad que desafiaba la lógica y las normas de seguridad laboral—.

Venden la idea de que alguien se preocupa por ti, aunque sea por 3,000 yenes la hora.

Es como siempre, un negocio de fabricar interacciones para los perdedores hambrientos de afecto femenino.

¿No es hermosamente deprimente?

El ding de la entrada cortó su monólogo pretencioso.

Pero no fue el sonido habitual de un cliente humano.

Fue un zumbido mecánico, bajo y constante.

Ambos volteamos sincronizadamente, esperando de nuevo un cliente del espacio o de un universo alterno.

Pero no era una persona.

Tampoco el fantasma del pasillo tres buscando descuentos.

Y mucho menos, era una Aoi del futuro que viajó al pasado para salvarnos de la revolución de las máquinas.

Era una caja de zapatos.

No.

Un pequeño robot cuadro parecido a una caja de zapatos con ruedas, de color blanco y azul, del tamaño de una tostadora, que llevaba una pequeña camara y empujaba una pequeña carretilla de juguete con una bandeja.

Parecía salido de una película de ciencia ficción hecha por niños de primaria.

—Nyaaa~ —murmuró Aoi, con los ojos brillando como los de un gato que ve un nuevo juguete para despedazar—.

No sabía que también le vendemos ramen caducado a Skynet ¡Que lindo!

El robot se detuvo frente al mostrador.

De algún altavoz escondido dentro de la caja de zapatos con ruedas surgió una voz femenina, tan temblorosa que parecía a punto de descomponerse entre la estática.

—U-um…

p-perdón…

¿P-podría…

un p-paquete de M-Mr.

Donuts, una Coca-Cola y…

u-un cup ramen de cerdo?

Aoi se mordió el labio para contener una risa.

Su cuerpo vibraba de curiosidad y emoción maliciosa.

—Claro, Sarah-chan —dijo con una voz sarcásticamente formal—.

La esperanza de la humanidad será atendida de inmediato.

Mientras escaneaba los productos, la voz volvió a escucharse, aún más nerviosa.

—H-hay una t-tarjeta…

en un c-compartimiento… en K4-chan.

—¿K4-chan?

—E-e e-e es el robot, ese es su n-nombre… Antes de que yo pudiera moverme, Aoi ya estaba junto a K4-chan.

Con dedos ágiles, encontró una pequeña ranura, extrajo la tarjeta de crédito y me la pasó con una sonrisa de triunfo.

Terminé de escanear los productos, pasé la tarjeta y se la devolví.

Aoi la colocó de nuevo en el compartimiento como un agente secreto en una misión de alto riesgo.

—G-gracias…

—susurró la voz—.

A-adios…

El robot giró sobre sus rueditas y se dirigió a la puerta.

Por fin terminó, pensé.

Pero como siempre, el mundo tiene una forma patética de demostrarme que la noche siempre se puede volver mas absurda.

K4-chan se acercó a la puerta automática…

y como si hubiera sufrido una crisis existencial o hubiera tomado conciencia momentáneamente aceleró estrellándose contra el marco de metal con un clunk metálico y patético.

Una de sus ruedas, que parecía haber estado floja, salió volando y rodó hasta perderse bajo un estante de revistas.

—¡Ay, no!

—gritó la voz a través del altavoz, ahora con un tono de pánico absoluto—.

N-no, no, no…

K4-chan, ¿estás bien?

¿Q-qué ocurrió?

El robot, ahora sin una rueda, intentó girar mientras la voz de la chica sonaba cada vez más desesperada, solo para chocar contra la pared y luego contra el mostrador.

Un sonido agonizante como el de un gato con dolor de estomago salió de su interior antes de que se apagara por completo, quedando inmóvil como una rata electrocutada.

Lo que siguió fue una exposición sobre la ansiedad transmitida en vivo con ejemplos prácticos.

—¿Q-qué hago?

¿Qué hago?

¡Idiota, debiste revisar las ruedas!…

No puedo dejarlo ahí…

¿P-pedirles ayuda?

No, no, no pueden…

son extraños…

pero…

es K4-chan…

—La voz parecía estar derrumbándose junto a sus pensamientos—.

O-oye…

¿p-podrían…?

No, es una mala idea…

pero… K4-chan… Aoi miraba la escena con una sonrisa de oreja a oreja, disfrutando cada segundo de la escena.

—K4-chan…

K-K4-chan…

vamos…

r-responde…

—La voz de la chica se quebró—.

N-no puedo dejarlo allí…

N-necesito…

Después de segundos que parecieron minutos, finalmente, se decidió.

—¿P-perdón?

¿P-podrían…

llevar a K4-chan y las cosas a mi departamento?

Es…

es bastante cerca, justo al lado después de la esquina.

L-les pagaré por eso.

Aoi abrió la boca, seguramente para soltar alguna broma cruel, pero la interrumpí.

—No —dije, con mi tono más plano—.

No tenemos servicio de entregas a domicilio.

Si quieres tus cosas, ven por ellas.

Como una persona normal.

El silencio del otro lado fue ensordecedor.

—P-pero-…

N-no puedo… —protestó la voz, casi susurrando las palabras al borde de las lágrimas, como si tuviera miedo de insistir—.

E-so es imposible… —¿Imposible?

—preguntó Aoi, recostándose sobre el mostrador, viendo fijamente al robot como si pudiera ver a la chica a través de la mini-cámara—.

¿Estás en silla de ruedas?

¿Estás secuestrada?

¿Tu departamento está en una realidad alternativa donde nos gobiernan los robots?

—N-no puedo salir… N-no e-e salido en años —susurro la chica, desesperada como si estuviera apunto de colapsar—.

N-no puedo Es…

es demasiado n-no puedo n-no puedo…  —Entonces vas a tener que enviar otro robot a buscar a este robot.

—N-no tengo más… K4-chan es mi amigo, e-es lo único que tengo… —…

No supe qué responder a eso.

La sonrisa de Aoi desapareció por un segundo, pero volvió rápidamente con más fuerza.

—Si lo quieres tanto —dijo Aoi con una tranquilidad inamovible—.

ven a buscarlo tú misma.

Tu amiguito te espera, no pensaras en abandonarlo ¿verdad?.

La duda era palpable incluso a través de la estática.

Se podía escuchar su respiración agitada y lo que parecían ser murmullos sin sentido.

—N-no puedo abandonarlo…

P-pero…

P-pero…

Los segundos pasaron mientras la chica murmuraba sus pensamientos en voz alta buscando una solución a su problema.

Aoi aburrida de esperar decido actuar.

Se acercó al robot roto, lo agarró y comenzó examinarlo como si fuera una experta en robótica y no alguien que ni siquiera había terminado la preparatoria.

—Mmm…

se ve bastante caro —dijo en voz alta—.

Con lo que cuesta, podría comprarme unos zapatos nuevos o un teléfono.

O venderlo por piezas.

La cámara solo debe valer algo… ¿Qué dices Hiroto-kun?

—Paso, ya tengo suficientes problemas como para perder mi tiempo desarmando esa cosa, a demás ¿Siquiera sabes usar un destornillador?

—¿D-desarmar?

¿V-vender?

E-esperen no hagan eso…

—La voz comenzó a entrar en pánico—.

K-K4-chan no es un juguete.

—Aburrido~ —Aoi ignoró por completo la voz de la chica—.

Además, no creo que sea tan difícil, tal vez podría desarmarlo en unos minutos.

En el depósito había una caja de herramientas para uso del personal ¿No?

La chica colapsó.

—¡¡NO!!

—un grito desgarrador llenó el Konbini—.

¡¡Esperen, no hagan eso!!

Del otro lado se escuchó un alboroto de sillas cayendo, pasos apresurados y luego…

silencio.

La conexión se cortó.

Miré a Aoi quien aún sostenía el robot con una sonrisa.

—¿Era necesario amenazarla con desmantelar a su amigo?

Ella se encogió de hombros, colocando el robot sobre el mostrador con un cuidado irónico.

—Es su culpa, ya me estaba comenzando y aburrirme un poco.

Los minutos pasaron.

El aburrimiento habitual empezaba a asentarse de nuevo, más pesado lo absurdo de la situación.

Me preguntaba si la chica llamaría a la policía, si aceptaría la pérdida de su amigo mecánico o si colapsaría en mitad de la calle debido a un ataque de pánico.

Entonces, el ding sonó de nuevo.

Y allí estaba.

Una chica con un pijama de conejo ridículamente grande, con las orejas caídas.

Pantuflas con forma de gato en los pies.

Un cabello blanco como la nieve, largo y tan alborotado que parecía un nido de pájaros en invierno que luchaba contra la nieve en su cabeza.

Su piel era pálida, casi translúcida, y sus ojos azules, enormes y asustadizos, miraban todo con el terror de un mono en una autopista.

Jadeaba, temblaba, y se agarraba al marco de la puerta como si fuera lo único que la mantenía en pie en este universo.

Al verme a mí y luego a Aoi, su respiración se aceleró.

Su mirada escapaba por todos lados, incapaz de posarse en nada por más de un segundo.

Aoi, desde su trono en el mostrador, no se le presto atención.

—Hiroto-kun te dije que la puerta estaba fallando.

—canturreó ignorándola, como si la chica en la puerta al borde de un ataque de pánico solo fuera un fantasma.

—Aoi, llevamos desde el primer volumen con las cámaras de seguridad rotas, no esperes mucho del gerente.

La chica, vio su robot y sus bolsas en el mostrador.

Con movimientos espasmódicos, comenzó a acercar lentamente y en silencio, tratando a Aoi como si fuera un depredador dormido.

Extendió una mano temblorosa para agarrar a K4-chan.

Aoi, puso su mano sobre K4-chan, evitando que pudiera agarrarlo.

La chica emitió un gemido ahogado.

—E-es…

mío…

—logró decir, con la voz aún más quebrada que por el altavoz.

—¿Mmm?

—Aoi jugueteaba con K4-chan en las manos—.

¿Hiroto-kun escuchaste algo?

—Aoi… —No entendía que esta intentando hacer.

—¿Ummm?

¿Qué pasa Hiroto-kun?

—Me respondió con su sonrisa, como si la chica temblando a su lado no existiera.

La chica respiró hondo, apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron, y después de una lucha interna visible, habló con una voz que, aunque débil, era firme.

—¡Por favor, devuélvame mi robot!

Aoi entonces volteo hacia ella, y la vio.

—A, aquí estas…

—Le sonrió, una sonrisa genuina, no de tiburón, y le entregó a K4-chan en manos con delicadeza, como si fueran las joyas de la corona y no los restos de una caja de zapatos con ruedas—.

Por fin, ya me estaba comenzando a aburrir un poco de esperar, es un gusto conocerla en persona Sarah-chan~.

En ese momento entendí todo.

—Al final, no era tan difícil salir, ¿no?

Ella me miró, y por un segundo, su miedo se mezcló con el asombro.

—N-no es eso…

—susurró—.

Es que…

no puedo tratar con personas.

El mundo es…

es muy difícil para mí.

Demasiado ruido, demasiadas miradas…

—Y sin embargo —dijo Aoi suavemente—.

aquí estás.

La chica la miró entonces.

Realmente la miró a los ojos.

Y pude ver como sus pupilas se dilataron, como si algo hubiera hecho clic en su cerebro.

La tensión en sus hombros se disipó un poco, y una sonrisa pequeña, incrédula, asomó a sus labios.

—Ustedes…

—tartamudeó—.

Lo hicieron a propósito…

Recogió sus cosas y a K4-chan, abrazando al robot como si fuera la cosa mas valiosa del mundo.

Lo que probablemente fuera para ella.

—Vuelva pronto señorita —dijo Aoi, con un guiño—.

Pero deja a K4-chan para que no pierda sus ruedas de nuevo.

—L-lo…

intentaré —respondió, y antes de que su valentía la abandonara, salió casi corriendo del Konbini.

El silencio volvió.

Me recosté contra la nevera de bebidas, mirando a Aoi, quien aún observaba la puerta con una sonrisa en su rostro como si esperara que la chica volviera de nuevo.

—No ibas a desmantelar ni vender el robot, ¿verdad?

Aoi no respondió.

Solo me miro con esos dientecitos de tiburón que, por primera vez, no parecían querer morder nada.

Al ver esa sonrisa, no pude evitar esbozar una sonrisa irónica yo mismo.

Fue algo estúpido.

Cruel, insensible, extremadamente peligroso y, lo peor es que en el fondo, con un motivo que no tenía ninguna lógica.

Le lancé un Pocky.

Ella lo atrapó en el aire con la boca con un chasquido perfecto.

—Eres una molestia —dije, sin ninguna convicción.

—Corrección, Soy tu molestia personal~ —respondió ella, masticándolo.

Y por alguna razón, en medio del Konbini iluminado por luces de hospital, con el olor a fritura y soledad, eso no sonó tan mal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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