Niñera para el multimillonario - Capítulo 14
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14: Capítulo 14: Noah 14: Capítulo 14: Noah Nunca pensé que la búsqueda de alguien para cubrir un puesto tan simple como el de niñera fuera tan difícil.
Era fácil que la gente se presentara en la oficina afirmando estar cualificada y ser idónea para el trabajo, pero cuando les hacía ciertas preguntas, no daban la talla en absoluto.
Incluso me enviaron candidatas potenciales de varias agencias de prestigio, pero ninguna me parecía…
la correcta.
No podía explicarlo, pero sabía que la persona que eligiera debía ser más que una simple niñera.
Esa persona cuidaría de Chris prácticamente veinticuatro horas al día, siete días a la semana, y era crucial que encontrara a alguien que pudiera forjar una buena relación con él.
Quienquiera que fuese a cuidar de mi hijo y a vivir en mi casa con nosotros, necesitaba transmitirme la sensación de que era la persona adecuada; muy parecida a la impresión que me había causado la chica de la primera entrevista para el puesto.
La pelirroja pecosa.
Madison.
Simplemente había algo en ella…
era casi como si fuese la candidata perfecta.
Supongo que, después de ella, comparaba con ella a todas las candidatas que entraban en mi despacho.
Había sido abierta y sincera sobre su pasado, que no era precisamente ideal, en lugar de limitarse a comportarse de la manera que creía que yo esperaba.
Y entonces, sin más, se había marchado.
Llamé a Joe y le pedí que la alcanzara y la trajera de vuelta, pero él regresó con esa sonrisita estúpida en la cara mientras me contaba lo que ella le había dicho.
¡Qué descaro el de esa chica!
Exigir que yo fuera tras ella y, para colmo, llamarme mentiroso.
De acuerdo, mentí sobre para quién era la entrevista, pero ¿acaso era para tanto?
Tenía que entender que alguien en mi posición debe ser discreto con asuntos personales como este.
¿De verdad quería que alguien tan ignorante y engreída cuidara de mi hijo?
Y, sin embargo, algo, una corazonada, me decía que ella sería capaz de conectar con Chris de una forma que nadie más podría.
Me aflojé el nudo de la corbata mientras caminaba de un lado a otro de mi despacho.
Se suponía que esto iba a ser fácil.
Contratar a una niñera y dejar de preocuparme tanto por Chris.
Tendría a alguien que lo cuidara durante el día y con quien pudiera crear un vínculo, como una figura materna…
¿Por qué es tan jodidamente difícil?
Había estado pensando que debería ir a hablar de todo con Brianne, o al menos con su fantasma.
Quizá era el momento de desahogarme un poco, aunque fuera hablándole a su lápida.
Había oído que a veces ayudaba y, como me había quedado sin opciones, estaba dispuesto a intentar una locura así.
Pero dudé.
Era como si visitar su tumba lo hiciera definitivo.
Como si entonces su muerte se volviera real.
Llamaron a la puerta.
Era Joe otra vez.
Vio mi aspecto desaliñado y abatido y dio en el clavo, como siempre.
—Todavía sin suerte, ¿eh?
—No —dije, suspirando—.
Nadie que encaje…
Mis pensamientos volvieron a desviarse hacia la única persona que sí encajaba.
Un cabello como la crin de un zorro y unos ojos como el alabastro verde bosque.
¿Por qué coño no puedo quitármela de la cabeza?
—Ni se te ocurra empezar —dijo Joe al ver la expresión que debió de delatar mis pensamientos—.
Ya he aguantado tus quejas y lamentos sobre ella para toda una vida.
—No me he estado quejando —mascullé.
—¿Entonces solo te lamentas?
—rio Joe mientras empezaba a juguetear con el móvil y luego me enseñaba la pantalla—.
Por lo visto, justo después de marcharse la otra mañana, esa pelirrojita tuya estuvo en una sesión de fotos con ese famoso fotógrafo callejero del que te hablé.
—Le quité el móvil de las manos y empecé a pasar las fotos, con un nudo en la garganta y la boca seca.
En efecto, en las fotos del tren, del metro, de la calle y del parque, llevaba la misma ropa y el mismo peinado con los que había acudido a la entrevista aquel día.
—¿Ves qué feliz se la ve por no haber conseguido el trabajo contigo?
—dijo Joe con una sonrisilla inocente.
Le hice una peineta sin apartar la vista de la pantalla y empecé a deslizar las imágenes en la otra dirección para volver a verlas todas.
Me di cuenta de que, entre los momentos en los que parecía feliz, había otros en los que se la veía más seria y reflexiva.
Casi sombría.
Había algo en sus ojos, un brillo en su interior que muy pocos serían capaces de discernir, que reflejaba responsabilidad, dolor y agotamiento.
Todo aquello con lo que yo estaba más que familiarizado.
De repente, sentí el deseo de volver a verla en persona.
Reprimí el impulso.
Era demasiado tarde y no servía de nada llorar sobre la leche derramada.
Le devolví el móvil.
—En fin, seguro que la persona adecuada no tardará en aparecer —dije con displicencia mientras recogía mis cosas para marcharme.
—¿Adónde vas ahora?
—preguntó Joe, mirándome con curiosidad.
—Tengo algo que hacer —fue todo lo que dije.
No me apetecía contarle que iba a la tumba de Brianne—.
Por cierto, me ha encantado cómo has manejado a tu equipo durante la reunión del consejo de esta mañana.
Me ha demostrado una vez más que tomé la decisión correcta al nombrarte mi Director Financiero.
—¿Es este el momento en el que dices que he logrado ablandar tu corazón de piedra y que me vas a recompensar con más acciones de la empresa?
—bromeó.
Me eché a reír.
—No, este es el momento en el que digo que tienes que seguir picando piedra.
Gestiona unas cuantas reuniones más como esa y entonces podremos hablarlo.
***
De camino al cementerio de St.
John, me detuve en una floristería para comprar un ramo de crisantemos blancos, los favoritos de Brianne.
En el cementerio reinaba un silencio sepulcral.
Pasé junto a una mujer que lloraba, tumbada sobre la tumba de un ser querido, y procuré no quedarme mirando.
Una de las lápidas tenía incluso un plato de comida lleno delante, y no pude evitar preguntarme cómo era posible que la gente creyera que los muertos iban a comer.
Pero sabía que cada persona tiene una forma distinta de sobrellevar el duelo.
Yo le llevaba flores a alguien que ya no podía disfrutar de su aroma ni de su belleza, así que ¿quién era yo para juzgar a nadie?
Localicé la tumba de Brianne y, por lo limpia que estaba, era evidente que alguien venía a menudo.
¿Quizá Judy?
La inscripción rezaba:
EN MEMORIA DE NUESTRA QUERIDA BRIANNE CARIGNAN HUDSON
HIJA, HERMANA, MADRE
1980 – 2018
Reseguí las letras grabadas con los dedos y sentí que se me encogía el corazón.
«Se ha ido para siempre…»
¿Cómo era posible que no hubiera sentido nada cuando falleció?
Hubo un tiempo en que pensé que éramos almas gemelas y que acabaríamos volviendo.
De haber sido así, debería haber sabido que algo había ido terriblemente mal hacía casi seis años, ¿no?
Ella era la única persona que me conocía de verdad y me quería por quien yo era.
Sin embargo, yo había estado tan obsesionado con alcanzar el éxito, hacer crecer la empresa y construir una vida mejor para nosotros, que me había olvidado por completo de sus necesidades.
Recordé lo furioso y cabreado que me puse con ella cuando descubrí que me había engañado y que había decidido dejarme en lugar de reconstruir la confianza perdida.
Me sentí agraviado y se me metió en la cabeza que era ella quien tenía que disculparse primero.
Me negué incluso a llamarla o a mandarle un mensaje, o a intentar ir a buscarla de alguna forma.
En aquel entonces, me convencí de que me había abandonado cuando más necesitaba su apoyo, y fui demasiado egoísta para darme cuenta de que, en realidad, era ella quien necesitaba el mío.
Es posible que ya estuviera embarazada en ese momento.
—Lo siento mucho —susurré, con la voz temblorosa—.
Lo siento, Brianne.
Nunca debí dejarte marchar.
Dejé que te enfrentaras a todo tú sola.
Te descuidé…
No me di cuenta de que tenía que comprometerme contigo, en lugar de solo con mi trabajo…
El pecho me dolía y se me oprimía de pena.
Y durante uno o dos minutos, el cementerio resonó con sollozos ahogados y gemidos.
Tenía la vista nublada, pero clavé la mirada en su nombre grabado en la lápida, como si esperara que me respondiera.
Sonreí con tristeza.
—Chris es increíble.
Me recuerda a ti.
—Me reí, mientras me secaba una lágrima solitaria que me corría por la mejilla—.
Es tan patoso como tú y tiene muchos de tus gestos al hablar, pero es clavadito a mí.
Una brisa fresca y agradable me acarició el rostro, acentuando el calor de mis lágrimas, que al instante se volvieron heladas sobre mi piel.
—Seré el mejor padre que pueda para él, te lo prometo.
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