Niñera para el multimillonario - Capítulo 16
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16: Capítulo 16: Madison 16: Capítulo 16: Madison Se acercó a mí lentamente, sin apartar su mirada depredadora de mi rostro mientras se aproximaba más y más.
Retrocedí por instinto.
Pero, demasiado pronto, una dura pared chocó contra mi espalda y me dejó atrapada.
Tragué saliva mientras se detenía a apenas treinta centímetros de mí.
Me sentí más pequeña que nunca con su ancho pecho bloqueándome la vista de todo lo demás, pero me negué a encogerme.
En lugar de eso, levanté la vista y sostuve su intensa mirada.
Su aliento cálido y mentolado me rozó el rostro, y su colonia de sándalo danzaba con mi fragancia de verbena y limón en el espacio que nos separaba.
—¿Quién te dijo su nombre, Madison?
—preguntó con voz baja, casi amenazante.
De todas las cosas que pensé que diría o me haría a continuación, no me esperaba eso.
Tardé unos momentos más de lo que debería en asimilar sus palabras y formular una respuesta.
—Un amigo tuyo muy persistente…, eh…, me contactó.
Aclaró algunos malentendidos, y ahora estoy aquí.
Yo te ayudo y no le digo nada a nadie sobre tu situación, y tú me ayudas a mí.
Me había costado mucho tragarme el orgullo, hacer la maleta y presentarme aquí para pedirle que me reconsiderara para el puesto de niñera.
Bueno, quizá me estaba imponiendo en el puesto en lugar de pedirlo de verdad, pero, aun así, esto no era fácil para mí; y como el tipo que seguía escrutándome había señalado acertadamente hace un momento, estaba desesperada.
Sin poder evitarlo, mis ojos se desviaron hacia sus labios esculpidos.
A pesar de que estaban apretados en una línea de desagrado, me di cuenta de que tenían el equilibrio perfecto entre carnosos y masculinos.
Como si se hubiera dado cuenta de hacia dónde se había desviado mi atención, frunció el ceño, retrocedió un paso y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—Supongo que el siguiente paso es establecer los términos del contrato, ¿no le parece, señorita Carter?
—dijo con naturalidad, aunque sus ojos azules de otro mundo permanecieron clavados en los míos, estudiándome.
Como no confiaba en que mi voz saliera sin un tartamudeo o dos, me limité a asentir rápidamente con la cabeza.
—Sígame —dijo, haciéndose a un lado para guiarme a su enorme despacho, que conectaba con el vestíbulo.
Dejé que mi mirada vagara por la estancia y me di cuenta de que su despacho en casa era muy parecido a su oficina.
Todo resplandecía con clase y dinero…, mucho dinero.
El miedo me atenazó tanto que no me atreví a sentarme en uno de los caros sillones blancos cuando me indicó que tomara asiento.
Caminó hasta el otro lado de su escritorio, sacó una carpeta gris de uno de los cajones y regresó.
—Le aseguro que no muerde —dijo con una risa ahogada al ver que seguía de pie, indecisa, frente al sillón que él quería que ocupara.
Le lancé una mirada desafiante, esperando que ocultara el rubor que me subía a la cara.
Me senté con delicadeza en el sillón, temerosa de que pudiera rasgarse o romperse si me sentaba en él como lo haría en cualquier otro sillón normal.
Finalmente acomodada y segura de no haberlo dañado de ninguna manera, levanté la vista de nuevo y lo encontré observándome con una sonrisa divertida.
Me hizo sentir como si fuera un mono de zoológico cuyo extraño comportamiento le pareciera curioso.
—Léase esto hoy —dijo, entregándome la carpeta.
Cuando la abrí, dentro había un contrato de trabajo—.
Es un contrato básico y un ANL que exijo que firme cualquier empleado mío, aunque este tiene una sección añadida sobre el cuidado de mi hijo y, especialmente, la discreción que se requiere.
Si le cuenta a alguien, incluso a un familiar, sobre su trabajo aquí, o cualquier cosa que suceda en esta casa, habrá graves consecuencias.
¿Ha quedado claro?
Asentí de nuevo, pero pareció no gustarle.
—No le diré a nadie que tiene un hijo y que trabajo para usted como su niñera —prometí—.
Ni siquiera el Padre Stan oirá ni pío de esto en mis largas confesiones del domingo.
No pareció pillar la broma que intentaba hacer, pues miró su reloj y frunció el ceño.
—Solo tengo unos minutos.
Trabajo muchas horas y espero informes diarios por correo electrónico encriptado.
Haré que mi secretaria le cree una cuenta.
—Se puso de pie, así que yo hice lo mismo—.
Venga.
Le enseñaré su habitación.
—Estaba a punto de darse la vuelta después de que yo asintiera, pero se detuvo y clavó su mirada gélida en la carpeta que yo sostenía—.
Hay algo que el contrato no estipula, algo que, no obstante, necesito que acepte.
—¿Sí?
—pregunté, sintiéndome incapaz de pensar con claridad al tenerlo de nuevo tan cerca.
—Hay una cosa prohibida en esta casa —dijo, mientras su mirada recorría mi cuerpo.
—¿Qué es?
—musité, de repente incapaz de controlar el martilleo de mi corazón en el pecho.
—Yo —dijo simplemente.
¿Hablaba en serio?
—¿Usted?
—pregunté, frunciendo el ceño con incredulidad.
—Como quizá sepa o no, soy un hombre soltero, pero bajo ningún concepto se le permite tocarme ni hacerme ninguna insinuación de tipo sexual.
El día que eso ocurra será su último día en esta casa, ¿queda claro?
—Clarísimo, señor —respondí, conmocionada y perturbada de que de verdad me hubiera dicho eso.
¡Era absurdo!
¿Quién iba por ahí asumiendo que cualquier mujer sería incapaz de quitarle las manos de encima?
Sí, era atractivo como el demonio, pero eso no significaba que yo no pudiera controlarme.
¿Se puede ser más vanidoso y egocéntrico?
—Nunca tendrá que preocuparse por eso viniendo de mí.
No con usted —dije, entre seria y risueña—.
De todos modos, no es mi tipo.
—Aunque la sangre me hervía, de alguna manera logré que sonara más tranquilizador que insultante.
Pareció sorprendido, como si no se esperara esa reacción por mi parte.
—¿Ah, sí, señorita Carter?
—Su tono y su mirada estaban teñidos de irritación y de algo parecido a la intriga mientras continuaba—: Supongo que es un alivio.
Luego se giró para marcharse, no sin antes lanzarme una mirada calculadora; parecía de todo menos aliviado mientras se alejaba a grandes zancadas, y yo tuve que apresurarme para seguirle el ritmo.
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