Niñera para el multimillonario - Capítulo 27
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27: Capítulo 27: Madison 27: Capítulo 27: Madison Ojalá todo esté bien.
—¿Mads?
—la voz de mi mamá me devolvió al presente.
—¿Te estás acordando de tomarte todas tus medicinas, mamá?
—Claro que sí, aunque ya casi se me acaban —respondió con voz débil—.
Hoy no me apetece salir de casa, así que le he dado a Nigel el dinero que me enviaste.
Acaba de ir a la farmacia a comprarme más.
Sentí que se me partía el corazón.
—Ay, mamá.
Sigo sin entender por qué insistes en confiarle tu dinero a Nigel.
Seguro que ya sabes que solo volverá con excusas sobre en qué se lo gastó —aunque todos sabemos en qué se gasta de verdad todo tu dinero— ¡y acabará pidiéndote más!
«De ahí las llamadas y el acoso», pensé mientras un torbellino de ardor e ira me golpeaba en las entrañas.
No podía respirar.
¿Cambiarán las cosas alguna vez?
—¿Qué quieres decir?
Nigel es de mi propia sangre —dijo a la defensiva, con la voz entrecortada—.
Por supuesto que confío en él.
—¡Mamá, cuántas veces tengo que decirte que vives en negación!
—grité, deseando que entrara en razón de una vez por todas—.
A Nigel no le importas.
¿Cuántas veces vas a tener que pasar por esto antes de que te des cuenta de la verdad?
Está ahí fuera comprando pastillas, sí, pero no para ti, y desde luego no en una jodida farmacia.
—Pe-pero él me dijo…
—¡Es un ladrón y un drogadicto, mamá!
¡Ojalá despertaras de una puta vez!
Dejó de permitir que lo ayudara hace años, y si sigues permitiéndoselo, en lugar de obligarlo a buscar ayuda, nunca se recuperará.
Ella lloraba al otro lado del teléfono, y no pude evitar unirme a ella.
Durante mucho tiempo me había sentido responsable de cómo había acabado Nigel, ya que fui yo quien lo crio, pero la verdad era que se había juntado con la gente equivocada en el instituto, y no había vuelto a ser el mismo chico desde entonces.
—Oh, mi pobre hijo.
Solo quiero que sea feliz —dijo mi mamá, mientras le daba un ataque de hipo que no la dejaba articular palabra.
Mi llanto se intensificó ante la absoluta desesperanza de su voz.
—Ya encontraremos una solución.
Yo también quiero que mejore, mamá.
Quiero a mi hermano.
Lo que no quiero es al hombre en el que se ha convertido —solté a duras penas, intentando no sonar tan abatida como me sentía—.
Te recargaré la cuenta de la tienda online y podrás pedir que te envíen directamente a casa lo que necesites.
Tras colgar la llamada, me acurruqué hecha un ovillo en la cama.
Sabía que tenía que volver abajo con Chris, pero no quería que me viera así.
Todavía estaba en la cama, llorando a moco tendido, cuando la puerta se abrió con un chirrido.
—¿Qué pasa, Maddie?
—oí susurrar a Chris, con su carita asomándose por la puerta.
Me incorporé e intenté sonreírle mientras me secaba las mejillas.
Le tendí una mano a modo de invitación, y al instante se abalanzó a mis brazos, abrazándome con todas sus fuerzas.
—No estés triste, Maddie.
Por favor.
—Sus ojos me lo suplicaban, casi como si pudiera sentir lo que yo sentía y estuviera a punto de llorar también.
Tenía que recomponerme y darle la vuelta a este día por los dos.
—Estoy bien, campeón.
A veces mi familia me pone triste, eso es todo.
—¿Yo te pongo triste?
—preguntó, pareciendo confundido por mi afirmación.
—Para nada.
Haces que sea la persona más feliz del mundo.
—La repentina sonrisa que se dibujó en su rostro era tan radiante y alegre que me mejoró el humor al instante.
Pero entonces, se desvaneció con la misma rapidez.
—Pero yo también soy tu familia —murmuró Chris, confuso.
¿Cómo se las apañaba este niño para saber siempre qué decir?
El simple hecho de oírle llamarme familia me hizo darme cuenta de lo ciega que había estado a la verdad.
La familia no era solo la gente a la que te unía el ADN.
También era este niño increíble que tenía delante, por el que habría hecho cualquier cosa en el mundo.
Incluso Noah estaba empezando a sentirse como verdadera familia para mí, y ese solo pensamiento fue suficiente para arrastrarme a una espiral de sentimientos.
Necesitaba una distracción.
—Oh, campeón, claro que lo eres.
La mejor parte de todas.
Y ahora, ¿qué tal si me alegras el día y nos vamos los dos a por un helado?
—¡Yupi!
—La alegría instantánea que volvió al rostro de Chris fue toda la confirmación que necesitaba.
***
No fue hasta que volvíamos a casa de la heladería, cantando canciones infantiles, que me di cuenta de que la había fastidiado.
No le había dicho a Noah que íbamos a salir, y sabía lo sobreprotector y reservado que era con Chris, sobre todo en lo que respecta a mantenerlo alejado de la atención pública.
Con un poco de suerte, al no estar él con nosotros, Noah se daría cuenta de que nadie nos reconocería a los dos solos.
Pero la pequeña burbuja de duda en mi estómago se convirtió en un revuelo de mariposas nerviosas cuando entré con el coche en el camino de entrada y vi a Silvia salir corriendo a desearme buena suerte.
Sí, estaba en problemas.
Respiré hondo, me agaché y le di a Chris un abrazo enorme.
—Gracias por un día increíble, campeón.
Me lo he pasado genial tomando un helado contigo.
Ahora se está haciendo tarde, así que, por favor, en cuanto entremos, sube corriendo, lávate los dientes y ponte el pijama.
Tu papi o yo subiremos pronto a arroparte.
—Vale, Maddie —asintió Chris—.
Yo también me lo he pasado muy bien.
Al entrar en la casa, supe al instante que Noah estaba furioso.
Había algo en el ambiente que me dejó tensa e inquieta.
Por suerte, Chris subió corriendo las escaleras.
Erguí la espalda y me dirigí a la cocina.
—¿Dónde coño te habías metido?
—el vozarrón de Noah me dejó helada en el umbral.
Sabía que estaría molesto, pero no estaba preparada para los gritos.
Solo mi hermano me había gritado así, y siempre lo había odiado.
La ansiedad que me provocaba era casi instantánea.
—Lo…
lo siento —tartamudeé—.
He tenido un día muy malo y nosotros solo…
—¿Crees que me importa una mierda qué tal día hayas tenido?
Te di instrucciones explícitas de que quería mantener a mi hijo alejado de la prensa sensacionalista.
Eso incluye no sacarlo en público.
—Tienes razón.
Yo…
—No podía ni articular palabra.
Tenía la cara roja como un tomate, los puños y la mandíbula apretados, y la roca que tenía sobre el pecho me dificultaba la respiración.
Necesitaba salir de allí.
—¿Tienes idea de lo preocupado que he estado?
—Noah estaba temblando ahora.
Solo nos habíamos ido media hora.
Todo esto no podía ser por un simple viaje a por un helado, ¿o sí?
Apenas podía hablar.
El hormigueo empezó en mi cabeza y bajó lentamente por mi columna.
La vista se me nubló, mi respiración se entrecortó y, de repente, sentí mucho frío.
Iba a desmayarme.
—No…
no volverá a pasar.
—Me di la vuelta y salí corriendo.
Sabía que me había equivocado, pero la furia que emanaba de Noah era demasiado.
Demasiado detonante.
No podía seguir enfrentándome a él.
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