Niñera para el multimillonario - Capítulo 29
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29: Capítulo 29: Noah 29: Capítulo 29: Noah De camino a casa, me di cuenta de que no llevaba el móvil encima y que probablemente me lo había dejado en el despacho, así que di un giro en U.
Ya era fuera del horario de oficina, pero el de seguridad del vestíbulo me dejó entrar después de enseñarle mi ID.
Como era de esperar, con todas las luces de la planta apagadas, la oscuridad me recibió al salir del ascensor.
Pero lo que no me esperaba eran los sonidos de un forcejeo que venían de mi despacho.
Metí la mano en el bolsillo interior de mi traje…
¡Mierda!
Tenía que olvidarme el móvil precisamente ahora.
Al pasar por el escritorio de Candice, cogí sigilosamente su teclado y me lo eché al hombro con ambas manos, listo para estrellárselo en la cabeza a quienquiera que estuviera ocupado robándome.
Me detuve justo cuando estaba a punto de llegar a la entrada de mi despacho.
No porque necesitara armarme de valor, necesariamente, sino porque oí gemir a una mujer.
Mientras me asomaba con vacilación a mi despacho, la luna llena de fuera iluminaba lo suficiente a través de los ventanales como para que pudiera verlo todo con detalle.
Demasiado detalle.
Supe que el daño ya estaba hecho.
Nunca podría borrar la imagen de mi amigo desnudo dentro de su mujer, por mucho que quisiera.
Al darme la vuelta a toda prisa para salir, no me di cuenta de que la puerta se había abierto un poco más con un crujido.
Me estampé la nariz y la frente directamente contra el canto al intentar escapar.
—Mierda —refunfuñé, mientras sentía el calor de la sangre que empezaba a gotearme de la nariz.
Mi maldición detuvo al instante los gemidos a mi espalda.
—¿Noah?
Al darme la vuelta para encararme con mi mejor amigo, me encontré a Joe poniéndose los pantalones a toda prisa, mientras tapaba a Felicity de mi vista mientras ella se apresuraba a vestirse.
—Joder, tío, casi nos matas del susto —dijo él.
—¿Que yo os he asustado?
¿Qué coño hacéis los dos en mi despacho…, follando?
—Mi voz sonó completamente nasal mientras seguía apretándome la nariz para detener la hemorragia.
—Solo un jueguecito de rol para darle vidilla a nuestra vida amorosa —sonrió Joe con picardía.
Era un descarado.
—Joe.
—El susurro avergonzado de Felicity de fondo era una clara señal de que no quería que yo supiera eso.
—Claro…
bueno…
seguid con lo vuestro.
Y quiero mi despacho impecable antes de que llegue mañana —dije, y me marché.
En lugar de aliviar el horror de ver a mi mejor amigo y a su mujer practicando sexo, mi mente transformó la imagen en algo mucho más peligroso.
Durante todo el trayecto a casa, lo único que podía imaginar era a Madison.
Los gemidos de Madison llenando mi despacho, su pelo esparcido sobre mi escritorio, los muslos bien abiertos, mientras yo la embestía desde arriba.
***
Para cuando llegué a casa, estaba duro como una roca, con el cuerpo rogando por liberarse.
¿Qué me está haciendo esta mujer?
No importaba que tuviera prácticamente la mitad de mi edad o que fuera la niñera de mi hijo, simplemente no podía sacármela de la cabeza.
Pero en el instante en que pensé en la noche anterior, y en cómo le grité, fue como si me hubieran tirado un cubo de agua helada por encima.
Tenía que arreglar esto.
Otra vez.
Solo me di cuenta de que mi camisa estaba manchada de sangre cuando entré en la cocina y la atención de Madison se desvió hacia mi pecho.
Maldita puerta.
Joe tenía mucho por lo que responder, y lo de haberme partido la nariz no era lo de menos.
Sus ojos verdes volvieron a mi cara con la angustia escrita en ellos.
—¿Qué demonios ha pasado?
—espetó, corriendo a mi lado y sujetándome la barbilla para inspeccionar la hinchazón que ya sentía en la frente y alrededor de la nariz.
Su rostro estaba lleno de preocupación, como si no le hubiera gritado la noche anterior.
Es tan hermosa.
E intocable.
Como un vino de edición limitada que pertenece a una colección, guardado para saborear y disfrutar solo en ocasiones especiales, cuando uno realmente se lo merece.
Y, sin embargo, no podía reprimir esta necesidad de emborracharme con su sabor.
Esta noche llevaba una camiseta de tirantes fina y unos pantalones cortos, y como todos los demás pijamas que le había visto, también este atrajo mi atención al instante hacia la delicada curva de su cuello y la turgencia de sus pechos.
Me obligué a apartar la mirada de ella.
—Vamos a limpiar eso —dijo, y se fue corriendo antes de que pudiera detenerla.
Arrastré los pies hasta mi dormitorio, me desabroché y me quité la camisa salpicada de sangre mientras estudiaba mi moratón en el espejo.
Poco después, llamaron a la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió y Madison irrumpió con un botiquín de primeros auxilios.
Me pareció tierno que se preocupara tanto por un simple golpe.
Pero se detuvo de repente, mirándome —o más bien, a mi pecho— como si estuviera perdida.
Me di cuenta de que era la primera vez que me veía sin camisa sin que la oscuridad de la noche le ocultara la vista.
Cuando nos cruzamos en el pasillo todos aquellos días atrás, no habría tenido una visión tan clara.
—Tengo la cara aquí arriba —reí, y ella sonrió con timidez.
Se acercó a mí con el botiquín y lo dejó en la cómoda a mi lado.
Su aroma era embriagador, y su cercanía hizo que apretara los puños en un intento de reprimir el impulso de agarrarla y atraerla hacia mí.
—Emm, ¿puedes sentarte?
—preguntó, moviéndose nerviosamente de un pie a otro.
Hice lo que me pidió y me senté en la cama mientras ella abría el botiquín.
Empezó a limpiarme la frente y alrededor de la nariz.
—¿Qué ha pasado?
—Su suave susurro me envolvió como una cálida caricia.
Aquellas delicadas manos aplicaban tan poca presión que ni siquiera podía sentir lo que estaba haciendo.
—Pillé a Joe y a su mujer follando en mi despacho.
Me sorprendió tanto que me di la vuelta y me di de bruces contra la puerta con las prisas por irme.
La risa que se le escapó fue tan despreocupada que al instante quise volver a oírla.
Aunque fuera a mi costa.
Dios, qué vergüenza.
Levanté lentamente la mano y le rodeé la muñeca, bajándola para poder mirarla a esos profundos ojos esmeralda.
—Madison, lo siento.
Otra vez.
Reaccioné de forma exagerada y no debería haberte gritado —lo dije lo más rápido posible, intentando soltarlo todo antes de perder el valor.
Nunca me disculpaba con nadie, y aquí estaba, disculpándome con ella por segunda vez.
¿Por qué me importaba tanto?
—No debería haber sacado a Chris, tenías todo el derecho a enfadarte.
Pero si vuelves a gritarme así, no podré quedarme.
Un pavor helado se apoderó de mí al instante ante sus palabras, y sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
—Madison…, no puedo perderte.
No lo haré.
—Me encontré suplicando antes de que mi cerebro pudiera alcanzar a mi boca.
Aquellos exuberantes labios rosados se separaron en un «oh», y luego se cerraron antes de que se mordiera el labio inferior.
Joder, quería ser yo quien mordiera ese labio.
—¿No quieres perder a la niñera de tu hijo, o no quieres perderme a mí, Noah?
La última palabra quedó suspendida en el aire como un desafío y, de repente, no se me ocurrió ni una sola razón por la que me había estado conteniendo.
Cada nervio de mi cuerpo me exigía que la pusiera en su sitio.
Castigarla por cuestionarme, aunque sabía que no era ese tipo de chica.
Sin embargo, era inevitable preguntárselo…
Alcé la mano y fingí ser delicado, rozando el costado de su cara con el dorso de mis nudillos antes de echarla hacia atrás y agarrar las suaves ondas de su coleta.
La envolví en mi puño y di un tirón hacia delante, mirándola fijamente a los ojos.
Por un momento me pregunté si se asustaría.
Si se apartaría y se encogería de miedo, pero no lo hizo.
En lugar de eso, sus pupilas se dilataron rápidamente mientras su lengua salía para rozar su labio inferior.
Su respiración se entrecortó muy levemente.
—Te gusta esto, ¿a que sí?
—susurré, a centímetros de su cara, mientras un pequeño gemido se escapaba de su garganta.
Su cuerpo la traicionaba cada segundo que estábamos juntos.
Sabía que me deseaba, aunque no lo admitiera.
Demonios, yo la deseaba con la misma puta intensidad.
—Contéstame —gruñí contra sus labios.
Un suave gemido se le escapó de nuevo mientras asentía.
—La pregunta más bien es…
¿y a ti?
—preguntó ella, con un desafío inconfundible en la mirada.
Cuando nuestros labios se encontraron, sentí como si me hubieran arrancado todo el aire de los pulmones.
Me devolvió el beso con tal intensidad y hambre que no pude evitar que mis manos avariciosas recorrieran todo su cuerpo.
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