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Niñera para el multimillonario - Capítulo 5

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5: Capítulo 5: Noah 5: Capítulo 5: Noah Bastó con eso.

Unas pocas palabras en un trozo de papel, al parecer, fue todo lo que necesité para que la realidad me golpeara.

Era padre…

un padre de verdad.

«Para nada abrumador», pensé mientras me desplomaba en la silla, haciendo que los mecanismos de debajo gimieran en señal de protesta por mi peso repentino.

Me hundí más en los mullidos cojines de cuero.

La realidad, desde luego, no tuvo piedad y me soltó un derechazo en plena cara.

Ahora tenía nuevas responsabilidades.

Y de las grandes.

Cuidar de un niño no era ninguna broma.

Tenía capacidad de sobra en el aspecto económico; lo que me asustaba eran todas las demás facetas de cuidar a un crío.

¿Qué iba a decirle al llegar a casa?

¿Qué se supone que hacen los padres con sus hijos de cinco años a los que acaban de conocer?

La puerta de mi despacho se abrió con un crujido y casi me puse de pie de un salto, aunque no sabía por qué.

Probablemente era el exceso de cavilaciones y preocupaciones lo que me tenía tan alterado.

Cuando vi que solo era Joe, me relajé.

Como siempre, entró en mi despacho con total naturalidad, como si el sitio fuera suyo.

Era una de las razones por las que me caía bien ese tipo.

Era un hombre corpulento y alto, con una barba poblada y bien cuidada que, por alguna razón, a muchas mujeres les resultaba atractiva.

Era mi Director Financiero y lo conocía desde el instituto; solíamos estar juntos en el equipo de baloncesto.

Ya de adolescentes éramos más altos que la mayoría de los chicos de nuestra edad.

También acabamos jugando unos años en el equipo de la universidad.

Sin embargo, hoy por hoy, lo más parecido a jugar al baloncesto era cuando organizábamos alguna competición amistosa con otros chicos de la universidad algún que otro fin de semana.

Seguramente había venido a ver cómo estaba otra vez, por enésima vez esta semana.

Hizo una pausa, me miró unos segundos como si se hubiera equivocado de despacho y, de repente, soltó una carcajada.

Lo miré, confuso.

No entendía qué era tan gracioso.

Me inspeccioné para asegurarme de que llevaba la corbata bien anudada y de que no me había derramado café en la camisa, pero no encontré nada raro ni fuera de lugar.

Volví a mirarlo, frunciendo el ceño.

—¿Hay algo en mi aspecto que te resulte divertido, Joe?

—pregunté.

Eso solo hizo que se riera aún más mientras se dirigía a uno de los sofás y, sin más, se dejaba caer en él, poniéndose cómodo sin invitación.

Típico de Joe.

Sonreí, a pesar de un ligero cosquilleo de irritación bajo la piel, y me acerqué a la vinoteca.

Llevé dos copas en una mano y una botella de vino en la otra hasta la mesa de centro y me senté frente a él.

Mientras me disponía en silencio a servirnos una copa a cada uno, podía sentir su mirada sobre mí.

—¿No es un poco pronto para empezar a beber?

—preguntó en tono de broma, pero se notaba que no las tenía todas consigo.

—Nunca es demasiado pronto para un buen vino —dije mientras inclinaba su copa, llenando una cuarta parte con aquel líquido carmesí, intenso y fragante.

Se encogió de hombros, la aceptó y, después de que chocáramos las copas, empezó a beber.

Lo observé mientras la bebida llegaba a sus labios.

Esperé a que apartara la copa de la boca y saboreara el contenido.

No perdí detalle de ninguno de sus movimientos.

—¡Guau, colega!

¡Esto es otro nivel!

—exclamó después de tragar el vino, señalando la copa con sorpresa.

No detecté ni exageración ni falsedad en su tono o su expresión.

Relajé los hombros, crucé las piernas y me encogí levemente de hombros.

—Es la nueva edición especial que voy a añadir a nuestra línea.

En realidad, quería comentarlo contigo después de mi reunión de esta mañana para estimar cuánto debería invertir la empresa en promocionarlo, pero ya que estás aquí, puedes darme tu opinión ahora.

—Yo diría que apuestes por un lanzamiento a lo grande.

—Joe le dio otro trago a la copa, chasqueó los labios con satisfacción y prosiguió con voz melosa—: Nunca he probado nada igual.

Todo el mundo se va a obsesionar, no me cabe duda.

—Lo sé, ¿a que sí?

Brindemos por estar a años luz de nuestros rivales.

—El silencio se apoderó de la sala cuando pronuncié esas palabras.

Probablemente porque sonaron más apáticas de lo que pretendía.

Joe tenía esa expresión que me indicaba que estaba a punto de preguntarme si me encontraba bien.

Se me había olvidado lo perspicaz que podía llegar a ser.

Siempre era capaz de ver más allá de cualquier fachada o pretexto.

Ni siquiera tuvo que preguntarme; sus grandes ojos verdes, compasivos y que todo lo veían, fueron suficientes para que me entraran ganas de confesárselo todo.

Parpadeé y le di otro sorbo a mi vino, evitando su mirada.

La bebida era una auténtica delicia.

—¿Cómo está Felicity?

—Tú y yo sabemos que hace falta algo más que eso para distraerme, Noah —dijo arrastrando las palabras.

Dejó la copa sobre la mesa, se recostó de nuevo en el sofá y se cruzó de brazos, dedicándome una sonrisita de complicidad—.

Es por Chris, ¿a que sí?

Me levanté de un impulso, con la copa todavía en la mano, y empecé a pasearme por el despacho.

—Mi vida se está desmoronando, Joe.

Tengo un hijo, y los resultados de las pruebas acaban de confirmarlo.

¿Te lo puedes creer?

Aunque ya lleva una semana viviendo conmigo, supongo que mi subconsciente se aferraba a la esperanza de que todo fuera una broma o un error…

Apenas sé qué debo hacer con él.

Joe permaneció en silencio; sus comprensivos asentimientos con la cabeza eran la única señal de que me estaba escuchando.

Solté una risa carente de humor.

—Sigo pensando en Brianne y la echo de menos cada puto día, arrepintiéndome de cómo terminaron las cosas entre nosotros.

¿Pero esto?

Ahora tengo un hijo suyo y ella ya no está para compartirlo conmigo.

No puedo negar que me está trastocando un poco.

Me pasé una mano por el pelo, frustrado.

De repente, sentí tanto calor que me quité la chaqueta del traje y la arrojé de cualquier manera sobre el respaldo de la silla del despacho.

Joe miró hacia la puerta del despacho.

Se levantó también y se acercó a las persianas para bajarlas, impidiendo que nadie viera a su CEO sufriendo algo parecido a un colapso mental.

O quizá no quería que mis empleados vieran a mi amigo —que, técnicamente, también era un empleado— posando sus manos, que parecían dos zarpas de oso, sobre mis hombros y atrayéndome hacia él para darme un abrazo.

—Tómate un tiempo para aclarar tus ideas, colega —dijo en voz baja, con un tono cargado de preocupación—.

Conoce un poco mejor a tu hijo y ve a ver a tu terapeuta.

Ella te ayudará a procesar todo esto y te dará algunos mecanismos para afrontar este giro inesperado de tu vida.

Yo puedo ocuparme de tus reuniones el resto de la semana.

—Vale —asentí, para mi propia sorpresa.

Hasta Joe dio un respingo, sorprendido—.

Mañana pasaré el día con mi hijo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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