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No era amor - Capítulo 10

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10: CAPÍTULO 10 10: CAPÍTULO 10 Yo no sabía cómo ser amada.

Para mí, el amor siempre había sido una transacción de poder, un juego de suma cero donde uno mandaba y el otro obedecía.

Como no sabía manejar la ternura de Ángel, como no entendía esa paciencia que no me pedía nada a cambio, intentaba destruirla.

Necesitaba golpearla una y otra vez para ver si era real o si, al final, se rompería revelando el mismo monstruo que yo conocía tan bien.

Sucedió una tarde en la que el mundo parecía estar cayéndoseme encima.

Se me había olvidado entregar un proyecto importante de historia, el estrés me subía por la garganta como bilis y mi habitación se había convertido en un reflejo de mi mente: un caos absoluto de ropa sucia, papeles arrugados y libros abiertos.

Ángel entró y, en lugar de juzgarme, empezó a recoger discretamente una pila de carpetas que bloqueaban el paso.

—No toques eso —siseé.

Mis nervios estaban a punto de estallar.

—Solo estoy ayudándote a encontrar espacio, Livie.

Si te organizas un poco, verás que el proyecto no es tan difícil como parece.

—¡No me digas qué hacer!

—le grité, levantándome de la cama de un salto—.

No eres mi padre, no eres mi jefe y ni siquiera eres mi novio.

¡Deja de intentar arreglarme la vida!

Ángel se detuvo en seco con una de mis camisas en la mano.

Lo vi cerrar los ojos un segundo y respirar hondo, manteniendo esa paciencia sobrehumana que me irritaba profundamente porque me hacía sentir como una niña inmadura.

—No intento arreglarte —respondió él, con la voz perfectamente calmada—.

Intento que no te hundas.

—¡Pues déjame hundirme!

No te confundas, Ángel.

Si sigues aquí todavía, aguantándome los desplantes, no es porque me ames.

Solo estás enamorado de la idea de ganarme.

Pero cuando me tengas, me desecharás.

Soy un reto para ti, y solo quieres la satisfacción de obtener algo que crees que no puedes tener.

El silencio que siguió fue gélido.

Ángel dejó la ropa sobre mi cama lentamente.

Me miró con una tristeza tan profunda que me caló hasta los huesos y, sin decir una sola palabra, se dio la vuelta y salió de la habitación.

El sonido de la puerta al cerrarse no fue un estruendo, fue un clic suave, definitivo.

Me quedé de pie en medio del desorden, con los puños apretados y el corazón martilleando contra mis costillas.

Esperaba sentirme liberada, triunfante por haberle “dicho la verdad”, pero lo único que sentí fue cómo el aire se volvía pesado y difícil de tragar.

Pasaron las horas.

El sol empezó a caer, tiñendo el desastre de mi habitación con sombras alargadas y anaranjadas.

Intenté sentarme a terminar el proyecto de historia, pero las palabras en la pantalla bailaban sin sentido.

Cada vez que miraba la camisa que él había soltado sobre la cama, sentía una punzada de náuseas.

A las siete de la tarde, Maya entró tarareando una canción, pero se detuvo en seco al verme sentada en el suelo, rodeada de libros y con la mirada perdida en la pared.

—¿Livie?

¿Qué pasó?

—preguntó, dejando su mochila—.

Me crucé con Ángel en el pasillo hace rato.

Me saludó, pero…

no sé, parecía un fantasma.

Ni siquiera me sonrió.

—Le dije que se fuera —respondí con la voz seca.

Maya se sentó frente a mí, estudiándome.

—Livie, entiendo que tengas miedo.

Pero Ángel no es tu padre.

No puedes castigarlo a él por los crímenes de otro hombre.

Estás tan acostumbrada a pelear que, cuando alguien te ofrece una tregua, le disparas porque no sabes qué hacer con las manos vacías.

No respondí.

No podía.

Salí de la habitación para evitar el interrogatorio de Maya.

Caminé por los pasillos de la academia, que a esa hora estaban casi vacíos.

Terminé en la cafetería, esperando verlo allí por inercia, pero su mesa habitual estaba ocupada por unos chicos de primer año que reían ruidosamente.

El vacío en mi pecho creció.

Fui a la biblioteca, nuestro lugar.

Allí estaba su mochila, sobre una silla, pero él no estaba.

Me acerqué y vi que había dejado un libro abierto con un separador en la página que yo necesitaba para mi ensayo de historia.

Incluso después de mis gritos, incluso después de que lo llamara narcisista y lo acusara de usarme como un trofeo, él había ido allí a dejarme la respuesta que me faltaba.

Sentí que las lágrimas, que había estado conteniendo toda la tarde, finalmente ganaban la batalla.

Me senté en la silla, aspirando el aroma a papel viejo y el rastro casi imperceptible de su colonia.

Ángel no era un reto.

No era un cazador.

Era simplemente un chico que me quería, y yo acababa de hacer lo que mejor sabía hacer: prenderle fuego a lo único bueno que tenía.

Esa noche, el dormitorio fue un sepulcro.

Chloe no dijo nada, pero sus silencios eran juicios.

Me acosté y cerré los ojos, tratando de encontrar al niño del recuerdo, buscando ese refugio de mi infancia.

Pero no había nada.

Solo el eco de mis propios gritos y la imagen de Ángel dejando la ropa sobre la cama con una tristeza que, ahora lo sabía, me iba a perseguir durante mucho tiempo.

Me di cuenta de que Ángel me había dado exactamente lo que le pedí: me había dejado hundirme.

Y el fondo del océano era un lugar mucho más frío de lo que yo recordaba.

Pero Ángel también se estaba rompiendo.

Yo no lo veía, cegada por mi propio drama, pero su rechazo constante y mi negativa a ser su novia formal —a pesar de que él movía el cielo y la tierra por mí— estaban acumulando un rencor que él guardaba bajo llave.

Hasta que explotó.

Al día siguiente, nos encontramos en el jardín.

El aire estaba cargado.

Yo me sentía miserable y culpable, pero como no sabía pedir perdón de forma madura, mi mecanismo de defensa volvió a activarse: el ataque.

—Si vas a estar resentido por lo que dije ayer, mejor vete —solté con sarcasmo, cruzando los brazos.

—No estoy resentido, Livie.

Estoy cansado —respondió él.

Y por primera vez, su voz no era dulce.

No había rastro del “Chico de Oro” en su tono.

La discusión escaló en segundos.

Yo estaba fuera de control, lanzando dardos envenenados, hasta que cometí el error definitivo: volví a compararlo con mi padre, llamándolo controlador, diciéndole que solo quería dominarme como el monstruo de mi pasado.

Eso fue el límite.

—¡Yo no soy él!

—estalló Ángel.

Su grito fue tan potente que retrocedí por puro instinto, con el corazón en la garganta—.

¡Te he dado todo!

Mi tiempo, mi paciencia, he dejado de beber, he aguantado tus desplantes…

¡Y tú solo sabes escupirme en la cara!

Se acercó a mí.

No me tocó, pero su presencia era abrumadora, una tormenta que finalmente había tocado tierra.

Sus palabras fueron como golpes físicos: —Tú no sabes querer, Livie.

No tienes corazón y jamás lo vas a entender porque no sabes qué es el amor.

Y si no dejas que nadie entre a tu vida a demostrártelo, te quedarás sola.

Porque nadie más va a aguantar este vacío que tienes por dentro.

Me quedé muda.

El mundo pareció detenerse.

Esas palabras me dolieron más que cualquier grito que mi padre me hubiera lanzado en toda mi vida, porque en el fondo, en ese rincón oscuro que intentaba ocultar de todos, temía que Ángel tuviera razón.

Temía que yo fuera, efectivamente, un pozo sin fondo que nadie podría llenar jamás.

Lo vi darse la vuelta y alejarse, y esta vez no se sentía como una tregua.

Se sentía como un abandono definitivo.

Me quedé sola en medio del jardín, con el frío calándome los huesos y la terrible sospecha de que acababa de destruir la única mano que estaba dispuesta a sacarme del fango.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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