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No era amor - Capítulo 11

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11: CAPÍTULO 11 11: CAPÍTULO 11 Tras la explosión en el jardín, vino el vacío, y luego la necesidad desesperada de recuperarse.

Pasé dos días encerrada, llorando en una mezcla extraña de alivio y terror.

Alivio porque, por fin, Ángel había mostrado una grieta; al gritarme, al perder los papeles, se había vuelto humano.

Ya no era ese “santo” inalcanzable que me hacía sentir inferior, sino alguien capaz de romperse.

Pero el terror era mucho más fuerte: pensé que, al ver el abismo que soy, se había marchado para siempre.

Ángel regresó al tercer día.

Nos cruzamos en el pasillo y me detuve en seco.

Se veía demacrado, con sombras bajo los ojos que no estaban allí antes.

No necesité pensar.

No necesité orgullo.

Crucé el espacio que nos separaba y me lancé a sus brazos con una fuerza que casi nos hace caer.

Lloré en su pecho, empapando su camisa, pidiendo perdón en un lenguaje de sollozos que él entendió de inmediato.

Me rodeó con sus brazos, apretándome como si temiera que me deshiciera entre sus dedos, y besó mi cabeza repetidamente.

—Perdón —susurró él, con la voz rota—.

Perdóname, Livie.

No debí decirte esas cosas.

Me dolió que me rechazaras de nuevo y perdí la cabeza.

No quise decir que no tienes corazón.

—Tenías razón —dije entre hipos, aferrándome a su espalda—.

Soy un desastre, Ángel.

Soy un desastre.

Esa tarde fue, paradójicamente, una de las más hermosas que recordaba.

Fuimos por helado a la ciudad, caminamos de la mano y reímos por tonterías como si los gritos del jardín nunca hubieran existido.

Él volvió a ser mi caballero, prometiéndome una y otra vez que no tenía prisa, que me esperaría el tiempo que fuera necesario para que yo me sintiera segura.

Pero la paz en mi mundo siempre tiene fecha de caducidad.

Al llegar la noche, nos refugiamos en el rincón sombreado cerca de los dormitorios.

La atmósfera cambió; el aire se volvió más denso, más íntimo.

Cuando Ángel se inclinó para darme un beso, uno que empezó dulce pero que rápidamente se volvió más intenso, más exigente, algo dentro de mí se disparó.

Fue como una alarma de incendio.

El miedo a la intimidad, ese pánico visceral a entregarme por completo, a ser “suya” y luego ser desechada como un juguete roto, volvió a golpearme.

Me tensé tanto que mis músculos parecieron de piedra.

Lo aparté bruscamente, casi de un empujón.

—¿Qué pasa?

—preguntó él, confundido, con los labios aún entreabiertos.

En ese momento, mi teléfono vibró en mi bolsillo.

Era un mensaje de texto.

No era nada importante, solo una notificación de un grupo de la clase, pero mi cerebro buscó desesperadamente una salida, una excusa para alejarlo.

—Me están escribiendo —dije, sacando el teléfono con movimientos torpes.

—Livie, ¿en serio?

¿Vas a revisar un mensaje ahora?

—Ángel soltó una risa amarga, pero esta vez había un filo de irritación que no pudo ocultar—.

Estábamos en medio de algo.

—¡Es importante!

—mentí, sintiendo cómo el sarcasmo volvía a subirme por la garganta como un escudo—.

No todo el mundo gira alrededor de ti y de tus ganas de besarme, Ángel.

—No se trata de eso y lo sabes.

Se trata de que siempre que nos acercamos un poco, buscas cualquier estúpida distracción para huir —él dio un paso atrás, pasándose la mano por el pelo, frustrado—.

¿Quién te escribe a estas horas?

¿Es alguien que te importa más que yo?

—¿Ahora vas a ser el novio celoso que ni siquiera tengo?

—le espeté, guardando el teléfono con un golpe—.

¡Ves!

¡Esto es lo que haces!

Quieres controlar hasta quién me manda un mensaje.

Eres igual que todos, Ángel.

Solo quieres poseerme.

En ese momento, el haz de una linterna cortó la oscuridad, cegándonos a ambos.

—¿Qué está pasando aquí?

¿Saben qué hora es?

Nos quedamos congelados.

Era el Sr.

Harrison, el decano de disciplina, el hombre que más respetaba a Ángel y que más sospechaba de mí.

Su expresión, bajo la luz amarillenta de la linterna, era de absoluta decepción.

—Ángel…

¿eres tú?

—preguntó Harrison, bajando un poco la luz, pero sin ocultar su asombro—.

No esperaba encontrarte en medio de un altercado…

y mucho menos a estas horas.

Y con la señorita Olivia.

El silencio que siguió fue denso como el plomo.

Ángel bajó la cabeza, recuperando su máscara de “chico perfecto” en un segundo, aunque su respiración seguía siendo agitada.

Yo, en cambio, sentía que la tierra se abría bajo mis pies.

Había arrastrado a Ángel a mi lodo, y ahora el decano lo estaba viendo.

—Fue mi culpa, señor —dijo Ángel con voz apagada, sin mirarme—.

Perdí los papeles.

No volverá a ocurrir.

—Eso espero —respondió Harrison con severidad—.

Señorita, a su dormitorio.

Ahora.

Ángel, mañana a primera hora en mi oficina.

Esto va a ir directo a tu expediente, y me temo que tus padres recibirán una llamada.

Un comportamiento así es inaceptable en un becario de honor.

Caminé hacia el edificio en un trance, sintiendo la mirada de Ángel clavada en mi espalda, pero no me atreví a girarme.

Al llegar al pasillo de los dormitorios, me encontré con Maya y Chloe asomadas a la puerta, con caras de espanto.

No eran las únicas; varios estudiantes habían salido de sus cuartos al escuchar los gritos.

—Livie…

—susurró Maya, acercándose—.

Se escuchó todo.

Hasta el final del pasillo.

—Lo arruiné —dije, dejándome caer contra la pared—.

Lo arrastré conmigo y ahora lo va a perder todo por mi culpa.

Entré en la habitación y me cubrí la cara con las manos.

Había logrado lo que quería: había probado que Ángel podía romperse.

Había destruido su perfección frente a toda la escuela.

Pero el sabor de la victoria era amargo, metálico, y por primera vez comprendí que herir a Ángel me dolía mucho más que cualquier golpe que mi padre me hubiera dado.

Había destrozado su futuro solo porque tenía miedo de que él fuera mi presente.

Esa noche no dormí.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la linterna del decano Harrison y la expresión de derrota en el rostro de Ángel.

Lo había arrastrado a mi oscuridad.

Para él, esto era una mancha en un historial impecable que sus padres limpiarían con influencias; para mí, esto era el fin.

Si perdía la beca, tendría que volver a casa.

Tendría que volver a los gritos, al olor a whisky y a las manos de mi padre sacudiéndome los hombros.

A primera hora de la mañana, me presenté en el edificio de administración.

No esperé a que me llamaran.

Cuando llegué a la puerta de la oficina del decano, Ángel ya estaba saliendo.

Se veía impecable, pero sus ojos estaban inyectados en sangre.

Al verme, se detuvo.

No hubo odio en su mirada, solo una fatiga infinita.

—¿Qué haces aquí, Livie?

—susurró.

—Voy a decirles que fue mi culpa.

Que yo te provoqué.

No puedes perder tus privilegios por mi culpa, Ángel.

Él soltó una risa seca, desprovista de humor.

—Mis “privilegios” son una jaula de oro, Livie.

Mis padres ya hablaron con Harrison.

Han hecho un donativo para el nuevo ala de la biblioteca y, mágicamente, mi grito se ha convertido en un “episodio de estrés académico”.

A mí no me va a pasar nada.

Me quedé helada.

La diferencia entre nosotros nunca había sido tan evidente.

—¿Y yo?

—pregunté en un hilo de voz.

Ángel bajó la vista al suelo.

—Harrison dice que tú eres la “influencia perturbadora”.

Tu beca está bajo revisión disciplinaria.

Mis padres han exigido que me mantenga alejado de ti si quiero que sigan pagando mi fideicomiso.

Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago.

El mundo de Ángel se había cerrado para protegerlo, y me había dejado a mí afuera, bajo la lluvia.

—¿Y vas a hacerlo?

—mi voz tembló—.

¿Vas a alejarte?

Ángel se acercó a mí, ignorando que estábamos en el pasillo principal.

Me tomó de los hombros, pero esta vez su toque no era suave; era desesperado.

—No quiero.

Pero si no lo hago, no podré ayudarte desde dentro.

Mis padres quieren quitarme el acceso a todo si sigo viéndote.

Livie, ellos creen que me estás destruyendo.

—Tal vez tengan razón —dije, soltándome de su agarre—.

Mira lo que te hice hacer.

Te hice gritar, te hice perder los papeles…

te hice ser como yo.

—¡Yo elegí estar ahí!

—siseó él—.

Pero ahora Harrison me ha dado un ultimátum: o te mantienes en silencio y te portas como una estudiante modelo para salvar tu beca, o nos expulsan a los dos.

Y si a ti te expulsan, vuelves con tu padre.

No puedo permitir eso.

En ese momento apareció el decano en la puerta.

Su mirada pasó de Ángel a mí con un desprecio mal oculto.

—Señorita, pase.

Señor Ángel, creo que ya hemos dejado clara su posición.

Vuelva a clase.

Ángel me lanzó una última mirada, una que decía “perdón”, y se dio la vuelta.

Entré en la oficina sintiendo que el aire se acababa.

El decano Harrison se sentó tras su escritorio de roble y entrelazó sus dedos.

—Olivia, vamos a ser francos.

Ángel es un activo valioso para esta institución y su familia es…

generosa.

Usted, en cambio, está aquí por mérito, un mérito que está pisoteando con su conducta.

Se le concede una última oportunidad: un mes de prueba.

Sin salidas, sin alcohol, sin escándalos.

Y lo más importante: distancia absoluta con el joven Ángel.

Si los veo a menos de cinco metros, su maleta estará en la puerta antes de que termine el día.

Salí de la oficina sintiéndome como una prisionera.

No solo estaba bajo vigilancia, sino que el único refugio que tenía, el único chico que me había mirado sin juzgarme, ahora era terreno prohibido por orden superior.

Ángel no era un becado, él era el dueño del tablero.

Y yo solo era la pieza que el sistema estaba a punto de comerse para mantenerlo a él a salvo de mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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