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No era amor - Capítulo 12

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12: CAPÍTULO 12 12: CAPÍTULO 12 La semana de aislamiento fue un infierno de silencio.

No podía hablar con él, no podía sentarme a su lado en el comedor y, sobre todo, no podía permitir que Harrison nos viera juntos si quería conservar mi beca.

Ángel, sin embargo, no estaba dispuesto a dejarme ir.

Empezaron a aparecer las notas.

Maya y Chloe se convirtieron en sus correos humanos.

Pequeños papeles doblados en cuatro que encontraba dentro de mis libros o bajo mi almohada.

> “Cuento los metros que nos separan en el pasillo, Livie.

No te rindas.

Falta poco.” > “Te vi hoy en la biblioteca.

Ese suéter azul te queda perfecto.

No dejes que Harrison te quite la sonrisa.” Eran dulces, sí.

Pero también me recordaban que él siempre estaba mirando.

Que, aunque no pudiéramos tocarnos, sus ojos nunca se apartaban de mí.

Esa sensación de ser observada empezó a mutar de refugio a vigilancia.

El ultimátum se rompió el jueves por la tarde, y no fue por un beso apasionado bajo la lluvia, sino por algo mucho más oscuro.

Estaba en la cafetería terminando un trabajo con Julián, un chico de mi clase de Historia que siempre había sido amable y un poco tímido.

Solo estábamos intercambiando apuntes y riendo de una broma tonta sobre el profesor de economía.

Por primera vez en días, me sentía ligera, como una estudiante normal.

Entonces, el aire cambió.

No necesité levantar la vista para saber que él estaba ahí.

Ángel apareció de la nada, con esa elegancia natural que lo hacía destacar incluso en una cafetería ruidosa.

Dejó un café frente a mí —exactamente como me gustaba— y, rompiendo todas las reglas del decano, se inclinó y me dio un beso lento y deliberado en la sien.

—Hola, cielo.

¿Quién es tu amigo?

—preguntó.

Su voz era seda pura, pero sus ojos estaban fijos en Julián como un depredador observa a su presa antes de atacar.

La calidez de su beso se congeló en mi piel.

—Es Julián, de mi clase de Historia —respondí, sintiendo una repentina punzada de nerviosismo en el estómago.

Ángel le sonrió a Julián.

Fue una sonrisa perfecta, blanca y gélida que no llegó a sus ojos miel.

—Un placer, Julián.

Livie me habla mucho de sus clases —mintió Ángel con una fluidez asombrosa—.

Quédate tranquilo, yo la ayudaré a terminar esto más tarde.

Puedes irte.

Julián, intimidado por la presencia física de Ángel y por la autoridad implícita en su tono, recogió sus cosas a toda prisa.

Murmuró una despedida torpe y salió casi corriendo.

En cuanto se fue, mi alivio se transformó en pura rabia.

—¿Por qué lo echas así?

—exploté, bajando la voz para no llamar la atención de los supervisores—.

Solo estábamos estudiando.

Estás arriesgando mi beca, Ángel.

¡Si Harrison nos ve…!

—No lo eché, Livie.

Solo le ahorré tiempo —respondió él, barriendo las migas de la mesa con una calma que me ponía los pelos de punta.

—Estás actuando como un loco —susurré, mirando a mi alrededor con pánico.

—No te preocupes por Julián —continuó él, ignorando mi insulto—.

Luego me lo toparé para darle una pequeña charla.

Solo para explicarle por qué debe mirarte con respeto y sin ninguna otra intención.

No querría que él se confundiera y saliera lastimado emocionalmente, ¿verdad?

El tono amenazante detrás de su cortesía me dejó sin aliento.

—Estás loco —repetí, esta vez con miedo real.

Ángel dejó de limpiar la mesa y se inclinó hacia mí.

Sus ojos ya no eran el refugio que conocía; eran espejos de una voluntad inquebrantable.

—No, solo te cuido.

Porque aunque no me hayas dado el “sí”, ambos sabemos que me perteneces, Livie.

No dejes que otros pierdan el tiempo intentando entrar donde ya no hay espacio.

Se levantó y se alejó con la misma tranquilidad con la que llegó, dejándome allí, con el café enfriándose y la aterradora certeza de que Ángel no quería un amor, quería un dominio absoluto.

El decano Harrison pensaba que yo era la mala influencia, pero no se daba cuenta de que Ángel era el que estaba reescribiendo las reglas de mi libertad para que siempre terminaran en él.

Después de lo que pasó en la cafetería, pasé el resto de la tarde con el corazón en la garganta.

Estaba segura de que el decano Harrison aparecería en cualquier momento con mi carta de expulsión.

Había visto a Ángel besarme, había visto cómo marcaba su territorio frente a Julián rompiendo el ultimátum.

Estaba acabada.

Pero Ángel no parecía preocupado.

Al contrario, caminaba por los pasillos con una seguridad que rayaba en la arrogancia.

—No te preocupes por Harrison, Livie —me había susurrado antes de desaparecer por el pasillo de administración—.

No voy a permitir que otra situación así se repita.

Voy a arreglarlo ahora mismo.

Lo vi entrar en el despacho del decano sin pedir cita, con la cabeza alta.

No era el estudiante pidiendo perdón; era el heredero de los patrocinadores más grandes de la Stirling Academy entrando en su propiedad.

Pasaron horas.

El sol se ocultó y las sombras del campus empezaron a alargarse.

Yo estaba en el jardín de la parte trasera, sentada en el mismo banco donde días antes nos habíamos gritado, esperando lo peor.

Entonces, lo vi aparecer.

Ángel caminaba hacia mí con una expresión relajada, casi triunfal.

Se sentó a mi lado y me ofreció una pequeña sonrisa, como si acabara de ganar un partido de tenis sin sudar una gota.

—Está hecho —dijo simplemente, entrelazando sus dedos detrás de su nuca.

—¿Qué está hecho, Ángel?

¿Me han expulsado?

—pregunté, con la voz temblorosa.

—Al contrario.

El decano ha entendido que hubo un…

malentendido.

El incidente de la cafetería ha sido borrado de cualquier registro, y tu mes de prueba ha sido cancelado.

Eres libre de circular por donde quieras, conmigo o sin mí.

Aunque preferiría que fuera conmigo.

Me quedé de piedra.

—¿Cómo?

Harrison te odiaba hace tres horas.

Estaba dispuesto a hundirnos.

¿Qué le dijiste?

Ángel se encogió de hombros, restándole importancia, pero había un brillo de suficiencia en sus ojos que me dio escalofríos.

—Solo tuve que recordarle quién paga las becas de excelencia de este lugar.

Le dije que mi familia no vería con buenos ojos que se persiguiera a una estudiante brillante por…

asuntos sentimentales privados.

Y le sugerí que, si quería seguir contando con el apoyo financiero de mi padre para el nuevo auditorio, lo mejor sería que dejara de jugar a ser el guardián de la moral con nosotros.

—Lo chantajeaste —susurré, procesando la magnitud de lo que acababa de hacer.

—Lo “orienté”, Livie —corrigió él, acercándose más a mí, su tono volviéndose más bajo y posesivo—.

No voy a permitir que nadie te toque, ni que nadie te eche de aquí.

Ni siquiera el decano.

He puesto el nombre de mi familia sobre la mesa para que tú puedas estar tranquila.

Se inclinó hacia mí, atrapando mi mirada.

—Le dije que a partir de ahora, cualquier problema que tenga contigo, lo trate directamente conmigo.

Eres mi responsabilidad, Livie.

Mi prioridad.

Harrison no volverá a molestarte, porque sabe que si lo hace, se las verá con los abogados de mi padre.

Me sentí mareada.

Por un lado, el alivio de no ser expulsada era como una bocanada de aire fresco; por otro, sentía que acababa de pasar de una celda compartida a una jaula privada donde Ángel tenía la única llave.

Él no solo me había salvado, me había comprado.

—¿Y Julián?

—pregunté, recordando al chico de la cafetería.

La expresión de Ángel se endureció un milímetro.

—Hablé con él también.

Le expliqué que eres una chica muy ocupada y que no es buena idea que te distraiga con bromas irrelevantes.

Fue muy comprensivo.

Creo que a partir de ahora preferirá estudiar solo en la biblioteca.

Ángel me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo.

Su cercanía ya no se sentía como un refugio, sino como una frontera.

—Ya no tienes que tener miedo de nada, Livie.

Ni de Harrison, ni de tu padre, ni de chicos que pierden el tiempo.

Yo me encargo de todo.

Solo necesito que confíes en mí.

Que seas mía sin reservas.

Porque ahora, después de lo que he movido por ti, ya no hay marcha atrás.

En el silencio de la noche, rodeada por el lujo de la academia que él acababa de domar para mí, me di cuenta de la trampa.

Me había librado de la tiranía del decano solo para quedar bajo la protección absoluta de Ángel.

Y en su mundo, la protección era solo otra palabra para el control.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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