No era amor - Capítulo 13
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13: CAPÍTULO 13 13: CAPÍTULO 13 Necesitaba un espacio donde Ángel no fuera el aire que respiro.
Por eso, decidí unirme al taller de fotografía analógica de la facultad.
Era algo solo mío; ni Maya ni Chloe estaban interesadas, y Ángel no sabía nada de cámaras antiguas.
O eso creía yo.
La primera sesión era el miércoles.
Me sentía emocionada, casi libre.
Pero al llegar a la puerta del laboratorio, me encontré con Ángel hablando animadamente con el profesor.
—…y por eso creo que las lentes Leica que tiene mi padre en su colección privada serían una donación increíble para el taller —decía Ángel con esa sonrisa que compraba voluntades—.
Ah, hola, Livie.
Qué coincidencia.
El profesor estaba radiante.
—¡Livie!
Ángel me contaba que te interesa la fotografía.
Es una suerte, porque él se ha ofrecido como asistente voluntario para organizar el inventario y las salidas de campo.
Conoce el equipo mejor que nadie.
Sentí que el estómago se me caía al suelo.
Ángel se acercó y me puso una mano en el hombro, un gesto protector que frente al profesor parecía adorable.
—Pensé que sería un bonito proyecto para hacer juntos, cielo —susurró—.
Además, el cuarto oscuro puede ser un lugar…
solitario si no conoces a nadie.
Durante las dos horas de clase, no pude dar un paso sin que él estuviera allí.
Si intentaba revelar un carrete, él me corregía la temperatura del químico con una “ayuda” que me hacía sentir inútil.
Si hablaba con otro estudiante, él aparecía con un café para interrumpir la charla.
No me prohibía nada, simplemente lo ocupaba todo.
Al salir, estaba temblando de rabia contenida.
—¿Por qué has hecho esto?
—le solté en el pasillo.
—¿Hacer qué, Livie?
¿Ayudar a tu club para que tengan mejores materiales?
Solo quería apoyarte en tu hobby.
Me duele que veas segundas intenciones en un gesto de amor.
Esa noche no pude dormir.
No era amor.
Era una invasión.
Esa tarde, la presión acumulada durante semanas finalmente estalló.
No podía más con su omnipresencia, con sus notas secretas, con su “ayuda” que me cortaba las alas.
Irrumpí en su dormitorio decidida a provocar el incendio, a obligarlo a ser el villano que yo sabía que se escondía tras su suéter de cachemira.
Empecé a tirar sus libros al suelo, esos tomos de leyes perfectamente ordenados.
Tiré su lámpara, sus apuntes, buscando una reacción violenta, un insulto, algo que justificara mi odio.
—¡Eres un hipócrita!
—le grité, con la cara roja de rabia—.
¡Dime que me odias de una vez!
¡Grítame como lo hace mi padre!
¡Sé el monstruo que sé que eres!
Ángel se quedó de pie en el centro de la habitación, con las manos en los bolsillos.
No se inmutó cuando un libro pesado le rozó el brazo.
Me observaba con una calma gélida, como un adulto que observa el berrinche de un niño.
—¿Ya terminaste?
—preguntó él, con una voz tan dulce que me dolió.
—¡No!
¡No he terminado!
—Las lágrimas de frustración empezaron a nublarme la vista—.
¡Pégame un grito, Ángel!
¡Reacciona!
Me sentía ridícula.
Él dio un paso hacia mí y, aunque intenté golpearlo, me rodeó con sus brazos con una fuerza tranquila que me inmovilizó.
—No voy a gritarte, Livie.
No soy como él —susurró contra mi oído—.
Me duele que intentes convertirme en el villano solo porque no sabes manejar que alguien te ame de verdad.
Pero no importa.
Te perdono.
Sé que es tu inmadurez hablando, no tú.
Sé que es el trauma el que tira los libros, no la Livie que yo conozco.
Esa frase, “Te perdono”, fue como un látigo.
En un segundo, mi rabia se transformó en una vergüenza corrosiva.
Me sentí pequeña, malvada e ingrata.
Él era tan “perfecto” que cada vez que yo intentaba defender mi espacio, terminaba pareciendo una loca.
—Lo siento…
—sollocé contra su pecho, con el orgullo hecho trizas—.
No sé por qué soy así.
—Lo sé, pequeña.
Es tu pasado —susurró Ángel, sonriendo para sí mismo sobre mi cabeza mientras me acariciaba el pelo—.
Por eso necesitas que yo esté a cargo.
Por eso necesitas darme el “sí” pronto, para que este caos se detenga.
Para que yo pueda protegerte de ti misma.
Me aferré a él, hundida en la culpa.
El círculo se cerraba: yo creía que era una persona rota que solo él podía aguantar, sin darme cuenta de que Ángel estaba usando su “bondad” para que yo misma construyera las paredes de mi propia cárcel.
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