No era amor - Capítulo 15
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15: CAPÍTULO 15 15: CAPÍTULO 15 Días antes de las vacaciones, una semilla de duda se había plantado en mi mente.
Las palabras de Julián sobre el chantaje de Ángel no dejaban de darme vueltas.
Había quedado de acuerdo con Maya y Chloe en que, al regresar del puente, investigaríamos a fondo el pasado de Ángel.
Queríamos saber si había otros “Julianes”, si esa paciencia infinita era una máscara o un hábito.
Estaba decidida a descubrir si Ángel era mi salvador o mi dueño.
Las vacaciones empezaron con un mal presentimiento que me pesaba en el estómago como plomo.
Nada más cruzar el umbral de mi casa, el olor me lo confirmó: ginebra barata, sudor y ese aroma rancio a abandono.
No hubo “bienvenida”, solo el silencio tenso que precede a los desastres.
Mi padre estaba sentado en la mesa de la cocina, con una botella a medio vaciar frente a él.
Al verme entrar, sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en mí con un odio que no parecía humano.
—Miren quién volvió —escupió, arrastrando las palabras—.
La princesita de la universidad.
La que se cree mejor que nosotros porque estudia en un lugar con nombre elegante.
—Solo vengo a pasar las vacaciones, papá —dije, intentando mantener la voz firme mientras dejaba mi mochila en el suelo.
—¡No me hables con ese tono de superioridad!
—gritó, golpeando la mesa con el puño—.
¿Crees que no sé lo que haces allá?
Gastando mi dinero, zorreando con niños ricos…
¡Me dijeron que te vieron con un tipo en un coche de lujo!
—Es un amigo, y tú no pagas mi universidad, la paga mi beca —el error fue responderle.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, supe que había cruzado la línea.
Él se levantó tan rápido que la silla salió volando hacia atrás.
Mi madre apareció en el umbral, pálida, con las manos temblando.
—Arturo, por favor, deja a la niña…
—susurró ella.
—¡Cállate!
—le rugió él, y luego volvió toda su furia hacia mí—.
¿Tu beca?
¡Esa beca es porque llevas mi apellido!
Y si yo digo que te largas, te largas.
¡Eres una carga, Livie!
¡Un error que me cuesta dinero y paciencia!
En un movimiento brusco, barrió todo lo que había sobre la mesa: platos, cubiertos y el vaso de cristal, que estalló contra la pared justo al lado de mi cabeza.
Los pedazos me salpicaron la cara.
—¡Fuera de mi vista!
—se acercó a mí, oliendo a alcohol y a furia pura.
Me agarró del brazo con una fuerza que me dejó marcas instantáneas—.
¡No quiero a una malagradecida bajo mi techo!
¡Lárgate con tu “amiguito” rico si tanto te gusta!
Me empujó hacia el pasillo con tal violencia que tropecé con mis propias maletas.
Mi madre intentó interponerse, pero él la apartó de un manotazo, no un golpe seco, sino uno de esos empujones que te quitan la dignidad.
—¡Papá, basta!
—grité, pero eso solo lo enfureció más.
Me agarró por los hombros y me sacudió con una saña que me hizo castañear los dientes.
En sus ojos no vi a mi padre, vi el vacío.
Me arrastró hasta la puerta principal, la abrió de un golpe y me lanzó hacia la acera.
—¡Y no vuelvas hasta que aprendas a quién le debes lo que comes!
—rugió antes de dar un portazo que hizo vibrar los vidrios de la entrada.
Escuché el sonido de la cerradura al cerrarse.
Click.
El sonido del final.
Me quedé allí, sentada en el cemento frío de la acera a las tres de la mañana.
Solo tenía mi bolso y el teléfono.
Empezó a lloviznar, una lluvia fina y helada que se mezclaba con las lágrimas que finalmente empezaron a brotar.
Me sentía pequeña, desechable, como si todo lo que había construido en la universidad fuera una mentira y esta, la calle fría, fuera mi única realidad.
Mis dedos temblaban tanto que casi no podía desbloquear la pantalla.
No pensé en Maya, ni en Chloe.
En ese momento, en el fondo del abismo, solo había una voz que me hacía sentir que no iba a morir allí mismo.
—¿Livie?
¿Qué pasa?
—la voz de Ángel sonó al primer tono, tan nítida y segura que sentí que podía respirar de nuevo.
—Ángel…
—mi voz se quebró en un sollozo desgarrador—.
Me corrió.
Estoy en la calle…
no tengo nada.
Por favor…
—Cálmate, respira.
No voy a colgar —su voz se volvió un ancla—.
Dime la dirección.
Ahora mismo.
Pasé cuarenta minutos en el suelo, abrazada a mis rodillas, escuchando su respiración al otro lado del teléfono.
Me hablaba constantemente, diciéndome que ya casi llegaba, que no tuviera miedo, que él se encargaría de todo.
Cuando los faros de su coche iluminaron la calle, sentí que la luz me devolvía la vida.
Ángel bajó antes de que el motor se apagara.
Cruzó la calle corriendo y me levantó del suelo como si yo no pesara nada.
No me preguntó qué había pasado, ni me pidió explicaciones.
Me envolvió en su abrigo, que olía a él, a seguridad, a un mundo donde las botellas no se rompen contra las paredes.
—Ya pasó, Livie.
Estás conmigo —susurró, besando mi frente empapada por la lluvia—.
Vámonos de aquí.
Al subir al coche y sentir la calefacción, el contraste me golpeó.
Mi padre me había echado como a un perro; Ángel me trataba como a un tesoro de cristal.
En ese momento, mientras veía la casa de mi infancia hacerse pequeña por el retrovisor, decidí que no quería volver nunca.
No importaba el precio, no importaba el control.
Si Ángel era el que me salvaba del monstruo, yo sería suya para siempre.
Al llegar a su casa, la atmósfera cambió por completo.
El caos de mi hogar fue reemplazado por un orden lleno de paz.
—Vas a dormir en mi cama, yo me quedaré en el sofá —susurró mientras me ayudaba a quitarme los zapatos empapados.
—No me dejes sola, por favor —supliqué, aferrándome a su mano.
Él no se fue.
Se sentó en el borde de la cama y, con una delicadeza que me hizo llorar de nuevo, empezó a secar mi cabello con una toalla tibia.
Sus movimientos eran lentos, rítmicos.
No había rastro del chico intimidante que Julián describió; solo había un hombre que parecía vivir para cuidarme.
—Shh, ya pasó, pequeña —susurró, besando mis nudillos—.
Aquí nadie va a gritarte.
Aquí estás a salvo.
Me preparó un té con miel y se quedó allí, hablándome en voz baja sobre los viajes que haríamos en verano, sobre libros que quería leerme, sobre un futuro donde mi padre era solo un recuerdo borroso.
Me acarició el cabello hasta que mis ojos pesaron.
Se quedó dormido sentado, apoyado contra el cabecero, sujetando mi mano como si fuera el tesoro más preciado del mundo.
Al verlo allí, renunciando a su comodidad por mi paz, sentí una oleada de culpa.
¿Cómo pude dudar de él?
¿Cómo pude pensar en investigarlo con mis amigas?
Julián debía de estar mintiendo, o quizás solo estaba celoso.
Nadie que fuera un “monstruo” podría dormir así, cuidando el sueño de una chica rota sin pedir nada a cambio.
En la penumbra de la habitación, Ángel era perfecto.
Era mi milagro.
Esa noche, el plan de investigarlo murió en el olvido.
Ya no quería la verdad; quería la seguridad de sus brazos.
No importaba si el escudo era una pared; prefería vivir dentro de sus muros que morir de frío allá afuera.
La luz de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas de seda del cuarto de Ángel.
No hubo gritos, ni olor a alcohol, ni el miedo de no saber qué humor tendría mi padre al despertar.
Solo había silencio y el calor de la mano de Ángel, que seguía sujetando la mía.
Se había quedado dormido sentado, con la cabeza ligeramente inclinada, velando mi sueño durante toda la madrugada.
Al verlo allí, con la luz del sol resaltando sus facciones perfectas y su ropa arrugada por mi culpa, sentí una punzada de remordimiento tan fuerte que me dolió el pecho.
¿Cómo pude ser tan injusta?, pensé.
Recordé mis planes con Maya y Chloe, nuestras sospechas, la idea de “investigarlo” como si fuera un criminal.
Me sentí una traidora.
Con cuidado para no despertarlo, tomé mi teléfono.
Tenía varios mensajes de las chicas preguntando si había llegado bien a casa.
Mis dedos volaron sobre el teclado, impulsados por una necesidad desesperada de redimirme ante él.
Livie: “Olviden el plan.
Olviden todo lo que hablamos de Ángel.
Mi padre me echó de casa anoche y Ángel fue el único que vino a rescatarme.
No quiero volver a escuchar una sola duda sobre él.
Es un santo, es lo único bueno que tengo.
No hablen más del tema, por favor.” Ángel se movió lentamente y abrió los ojos.
Al verme despierta, su primera reacción fue una sonrisa de alivio.
—Buenos días, pequeña —dijo con la voz ronca—.
¿Dormiste algo?
—Mejor que nunca —susurré, acercándome a él—.
Perdón por haberte hecho dormir así.
Él me estrechó contra su pecho y, tras un momento de silencio, se separó un poco para mirarme a los ojos.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una llave plateada con un pequeño llavero de cuero.
—No quiero que vuelvas a sentir que no tienes a dónde ir —dijo con una seriedad que me conmovió—.
Esta es la llave de mi casa, Livie.
Mi hogar es tu hogar.
Me quedé mirando la llave en la palma de su mano.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Era un gesto hermoso, pero se sentía…
demasiado.
Demasiado rápido, demasiado definitivo.
—Ángel, no puedo aceptarla —dije, bajando la vista—.
Es demasiado.
Apenas estamos…
ni siquiera somos novios oficialmente.
No quiero invadir tu espacio así.
La sonrisa de Ángel no desapareció, pero sus ojos se volvieron más intensos, más suplicantes.
—No es una invasión, Livie.
Es paz mental para mí.
¿Cómo esperas que me quede tranquilo sabiendo que estás a merced de los ataques de tu padre?
—Me tomó de las manos, apretándolas con suavidad—.
Si no quieres ser mi novia todavía, lo respeto.
No te estoy presionando para eso.
Pero déjame ser tu refugio.
Acepta la llave solo como una garantía de que nunca más dormirás en una acera.
Por favor.
Hazlo por mí, para que yo pueda dormir por las noches.
Su voz sonaba tan cargada de preocupación genuina que me sentí egoísta por dudar.
Parecía que, al negarme, lo estaba lastimando a él.
—Está bien —susurré, cerrando la mano sobre el metal frío—.
La aceptaré.
Gracias, de verdad.
Él suspiró, como si le hubiera quitado un peso de encima, y me besó la frente.
—Gracias a ti por confiar en mí.
Ahora desayuna, que hoy vamos a comprarte ropa nueva.
No quiero que uses nada que te recuerde a esa casa ni a esa noche.
Vamos a empezar de cero.
Tú y yo.
Esa mañana, mientras desayunábamos, sentí que por fin era libre del terror de mi padre.
No me daba cuenta de que, al aceptar esa llave “solo como refugio” y silenciar a mis amigas, le había entregado a Ángel las llaves de mi voluntad.
Él no necesitaba el título de “novio” para empezar a reconstruir mi vida a su imagen y semejanza.
La tarde de compras comenzó con una suave lluvia golpeando el cristal del coche de Ángel mientras nos deteníamos frente a una de las avenidas más exclusivas de la ciudad.
Yo me sentía fuera de lugar, todavía vistiendo la sudadera prestada de Ángel y mis viejos jeans, pero él me tomó de la mano con una naturalidad que me dio fuerzas.
—Hoy no estamos aquí para disfrazarte, Livie —me dijo, mirándome a los ojos antes de bajar—.
Estamos aquí para que tu ropa diga quién eres ahora: una mujer libre que puede elegir.
Entramos en la primera boutique.
El aroma a sándalo y cuero nuevo inundaba el lugar.
Las dependientas se acercaron de inmediato, pero Ángel, con un gesto elegante, les pidió espacio.
—Busca algo que te haga sentir que puedes conquistar el mundo —me animó, sentándose en un sofá de terciopelo.
Me acerqué a los estantes con timidez, hasta que mis ojos se detuvieron en un vestido rojo cereza, de seda italiana, con un corte atrevido que dejaba los hombros al descubierto.
Lo tomé con miedo, pensando que quizá era “demasiado”.
—Pruébatelo —instó Ángel desde el sofá, con una chispa de entusiasmo en los ojos.
Cuando salí del probador, me miré al espejo y no me reconocí.
El vestido se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel; el color encendía mi piel y me hacía ver poderosa, no solo bonita.
Ángel se levantó lentamente.
Caminó hacia mí y se detuvo justo detrás, nuestras miradas encontrándose en el reflejo.
—Mírate —susurró, poniendo sus manos sobre mis hombros—.
Ese vestido no te hace hermosa, Livie.
Tú haces que ese vestido valga la pena.
Tienes una luz que has intentado apagar por mucho tiempo para no molestar a los demás.
Hoy no.
Hoy deja que todos se encandilen.
No intentó cambiar mi elección ni sugerir algo más “recatado”.
Al contrario, celebró mi audacia.
Compramos abrigos, zapatos de tacón que me hacían caminar con la espalda recta y conjuntos que yo misma elegí bajo su mirada llena de admiración.
Ángel no solo pagaba; él validaba cada rincón de mi personalidad que yo había ocultado por miedo al juicio.
Esa noche, el restaurante era una joya escondida de luces tenues y música de piano en directo.
Julianne y Stefan, amigos de toda la vida de Ángel, nos esperaban en una mesa apartada.
Julianne vestía de diseñador y Stefan desprendía ese aire de quien nunca ha tenido que preocuparse por el precio de nada.
Al principio, me sentí pequeña.
El menú estaba en francés y la vajilla parecía costar más que mi antigua beca.
Pero Ángel no me dejó caer.
—Stefan, Livie estaba analizando el otro día el impacto de las reformas agrarias en la Europa del siglo XIX —lanzó Ángel a mitad de la cena, dándome el pie perfecto para entrar en la conversación—.
Tienes que escuchar su teoría sobre por qué las revoluciones fallaron en el este.
Es fascinante.
Me quedé helada un segundo, pero luego vi la mirada de interés genuino de Stefan.
Empecé a hablar, primero con cautela y luego con la pasión que solía guardar para mis diarios.
Ángel me escuchaba como si fuera la primera vez que oía algo tan inteligente, asintiendo, reforzando mis puntos y mirándome con un orgullo que me hacía sentir invencible.
—Tienes una joya aquí, Ángel —dijo Julianne, sonriéndome con calidez—.
No solo es hermosa, es…
refrescante.
Tienes una opinión propia, Olivia.
Eso es raro en este círculo.
Durante la cena, Ángel no pidió por mí.
Me preguntaba qué quería, me explicaba los ingredientes de los platos con paciencia si yo dudaba, y se aseguraba de que mi copa nunca estuviera vacía.
No era un control de “dueño”, era el cuidado de alguien que quiere que su pareja disfrute cada segundo.
Al salir, el frío me hizo tiritar y Ángel me rodeó con su brazo de inmediato, pegándome a su costado.
—Estuviste increíble —me susurró al oído mientras caminábamos al coche—.
Los dejaste mudos.
Sabía que solo necesitabas el escenario adecuado para brillar.
—Gracias por no dejarme sola —dije, apoyando la cabeza en su hombro—.
Y por dejarme ser yo.
Pensé que querrías que fuera…
no sé, más como ellos.
—¿Por qué querría una copia cuando tengo el original más valioso?
—respondió él, deteniéndose para besar mi frente—.
Nunca vuelvas a dudar de tu valor, Livie.
Yo estoy aquí para recordártelo cada vez que se te olvide.
En ese momento, mientras el coche avanzaba por la ciudad iluminada, sentí que todas mis defensas caían.
Ángel era la perfección hecha persona, el hombre que no solo me había salvado de la calle, sino que me estaba enseñando a amarme a mí misma.
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