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No era amor - Capítulo 16

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16: CAPÍTULO 16 16: CAPÍTULO 16 Las vacaciones se convirtieron en un curso intensivo de asombro.

Ángel no se limitó a comprarme cosas; se dedicó a enseñarme el mundo a través de sus ojos.

Salieron a comer a lugares que yo ni siquiera sabía que existían: pequeños bistrós escondidos con recetas centenarias y restaurantes donde la comida era tratada como una forma de arte.

Una tarde, mientras caminábamos por un parque cubierto por una fina capa de escarcha, nos detuvimos frente a un antiguo quiosco de música de hierro forjado.

Yo lo vi como algo bonito, pero Ángel se detuvo a observar los detalles de las uniones del metal con una fascinación casi infantil.

—¿Ves estas curvas, Livie?

—preguntó, señalando los arabescos—.

Es Art Nouveau.

Intentaban imitar las formas de la naturaleza para rebelarse contra la frialdad de la Revolución Industrial.

Es un grito de libertad disfrazado de decoración.

Me quedé mirándolo, hipnotizada.

No era solo que supiera de lo que hablaba; era la pasión en su voz.

Me hablaba de cómo la arquitectura reflejaba los miedos y las esperanzas de la gente de esa época.

Caminar con él era como leer un libro que cobraba vida.

Cada paso que dábamos, cada estatua frente a la que nos deteníamos, cobraba un significado nuevo bajo su explicación.

—Nunca nadie me había hablado así —admití, mientras nos sentábamos en un café de techos altos y molduras doradas—.

En mi casa, el silencio era para ocultarse y los gritos para herir.

Pero tú…

tú usas las palabras para construir mundos.

Ángel me tomó la mano sobre la mesa de mármol y me miró con una intensidad que me hizo olvidar el frío.

—Las palabras son lo único que realmente poseemos, Livie.

El dinero va y viene, el estatus es frágil, pero lo que sabes y cómo interpretas la belleza…

eso no te lo puede quitar nadie.

Ni siquiera tu padre.

Salimos de allí para visitar una librería de antigüedades que Ángel frecuentaba.

En cuanto cruzamos el umbral, el dueño nos saludó con una inclinación de cabeza.

Esa librería de antigüedades que parecía sacada de otro siglo.

El aire olía a cuero viejo, tabaco de pipa y sabiduría acumulada.

Mientras yo recorría las estanterías con las manos entrelazadas tras mi espalda, temerosa de tocar algo demasiado valioso, Ángel se movía con una confianza absoluta.

Se detuvo frente a una vitrina de cristal y llamó al dueño, un hombre de cabellos blancos que lo reconoció de inmediato.

—¿Es la edición de 1890 que mencionaste, Arthur?

—preguntó Ángel.

Cuando el hombre sacó el libro, Ángel no lo tomó para él.

Me hizo un gesto para que me acercara y rodeó mi cintura con su brazo, pegándome a su costado en un gesto que se sentía tan natural como respirar.

—Mi novia es una experta en este periodo —le dijo al dueño, mirándome con una chispa de orgullo en los ojos que me hizo enderezar la espalda—.

Dile lo que piensas de esta edición, Livie.

Sé que tienes una teoría sobre las ilustraciones de esta década.

Me quedé muda un segundo, sorprendida de que recordara un comentario que le hice hace días en la cafetería de la escuela.

Pero al ver su mirada de aliento, mi timidez se esfumó.

Empecé a hablar sobre el simbolismo de los grabados, y por primera vez, no sentí que estaba dando una lección, sino que estaba compartiendo un tesoro.

El dueño asentía impresionado y Ángel no me quitaba la vista de encima.

Escuchar a Ángel llamarme “su novia” frente a extraños tenía un efecto hipnótico.

Una parte de mi cerebro, la más lógica, me recordaba que técnicamente aún no le había dado el “sí” definitivo, que no habíamos puesto etiquetas oficiales.

Pero el título se sentía como una armadura de seda: era suave, pero me protegía de todo.

Ser “la novia de Ángel” significaba que ya no era la chica invisible con problemas familiares; ahora era alguien digna de ser presumida por un hombre como él.

—Me gusta cómo suena —admití más tarde, mientras tomábamos un chocolate caliente en un pequeño café con ventanales que daban a la calle nevada.

—¿Qué cosa, cielo?

—preguntó él, quitando con el pulgar una mancha de espuma de mi labio.

—”Tu novia” —confesé, sintiendo un calorcito en el pecho—.

Aunque te saltaste un par de pasos, Vandermir.

No recuerdo haber aceptado formalmente.

Ángel soltó una carcajada rica y profunda que hizo que un par de personas en las mesas cercanas se giraran a vernos con envidia.

Me apretó la mano sobre la mesa, sus dedos entrelazándose con los míos con una firmeza reconfortante.

—A veces el destino no tiene paciencia, Livie.

Y yo tengo muy poca cuando se trata de asegurar las cosas que amo —sus ojos se volvieron serios, aunque mantenían esa dulzura que me desarmaba—.

Pero si necesitas que te lo pida de rodillas en medio de la nieve, con un anillo y un discurso, lo haré.

Solo dime cuándo y dónde.

No pude evitar sonreír.

Me di cuenta de que no era solo un “chico rico” con buenos modales; era un hombre cuya curiosidad insaciable por el mundo lo hacía parecer más vivo que nadie que hubiera conocido.

Ángel no solo tenía dinero; tenía un cerebro que funcionaba como un motor de búsqueda de belleza.

Cada vez que me presentaba ante un camarero, un conocido o un librero, mi corazón ya no protestaba por la etiqueta.

Se hinchaba de un orgullo nuevo.

Ser su novia significaba tener el pase VIP a su mente; significaba ser la persona elegida para escuchar sus teorías a medianoche y sus planes al amanecer.

En ese café, rodeada de extraños, sentí que finalmente pertenecía a un lugar donde nadie podía lastimarme, porque Ángel era el dueño de ese mundo, y él me había invitado a entrar.

Después de la librería y el café, la tarde empezó a ceder ante un crepúsculo violeta.

Caminamos de regreso al departamento, pero Ángel decidió alargar el camino rodeando el río.

El reflejo de las luces de la ciudad sobre el agua helada creaba un espectáculo de diamantes líquidos.

—¿Sabes qué es lo que más me atrae de todo esto?

—le pregunté, rompiendo el silencio mientras veía cómo nuestras respiraciones formaban pequeñas nubes blancas en el aire.

—¿El frío?

—bromeó él, acercándome más a su costado.

—No.

Tu cerebro —admití, y sentí un calorcito subir por mis mejillas que no tenía nada que ver con el clima—.

Nunca había visto algo más atractivo en un hombre que la forma en que entiendes el mundo.

Me haces sentir que estoy despertando de un sueño muy largo y gris.

Ángel se detuvo en seco bajo la luz mortecina de una farola.

Me miró con una profundidad que me cortó el aliento; no era la mirada de alguien que quiere poseerte, sino la de alguien que se siente finalmente comprendido.

—No es que yo te enseñe el mundo, Livie —dijo en voz baja—.

Es que tú eres la primera persona que sabe qué preguntas hacerle.

Llegamos al departamento agotados pero con el espíritu encendido.

El calor del hogar nos recibió como un abrazo.

Mientras me quitaba el abrigo, Ángel fue a la cocina y regresó con dos copas de vino, aunque terminó dejándolas sobre la mesa de centro.

Se sentó en el sofá y me hizo una señal para que me acomodara a su lado.

—Mañana —comenzó, pasando un brazo sobre mis hombros y atrayéndome hacia él— vamos a ir a la Ópera.

Pero antes, quiero llevarte a ver la puesta de sol desde el observatorio privado de un amigo.

Quiero que veas cómo las luces de la ciudad se encienden una a una, como si alguien estuviera despertando a la civilización.

Me acurruqué contra su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón.

El olor a sándalo y a ropa limpia me inundó.

En ese momento, rodeada de sus libros, de su música y de su paz, sentí una punzada de pánico, el miedo irracional de quien encuentra algo demasiado bueno para ser verdad.

—Ángel…

—susurré, cerrando los ojos—.

Quisiera que esto nunca se acabara.

Que estas vacaciones fueran eternas.

Tengo miedo de que, cuando volvamos a la rutina, este mundo se desvanezca.

Él se inclinó y besó la coronilla de mi cabeza, un beso largo y protector.

—No pasará, Livie.

Te lo prometo —su voz vibró en su pecho, dándome una seguridad absoluta—.

Esto no es un paréntesis en tu vida.

Esto es tu vida ahora.

Yo soy tu realidad, y no voy a dejar que nadie, ni el tiempo ni los problemas, nos quiten este orden que hemos construido.

Esa noche, no hubo necesidad de nada más.

Nos acostamos juntos en su cama inmensa y fresca.

Él me rodeó con sus brazos desde atrás, una “cuchara” perfecta que me hacía sentir invulnerable.

No hubo besos urgentes ni presiones.

Solo el sonido de nuestras respiraciones sincronizándose.

Dormir con él era como estar en el ojo de un huracán: afuera el mundo podía ser un caos, pero en ese metro cuadrado de sábanas, Ángel era el dueño de la calma.

Me quedé dormida pensando que, si él era el mapa, yo estaba feliz de haberme perdido en su territorio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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