No era amor - Capítulo 17
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17: CAPÍTULO 17 17: CAPÍTULO 17 La mañana siguiente se sintió como el inicio de una nueva era, un amanecer que parecía haber sido diseñado en una realidad distinta.
Despertar en esa cama inmensa, envuelta en sábanas de hilo que desprendían su aroma a sándalo y elegancia, me hizo cuestionar por un segundo si la Livie que corría por los pasillos de la academia con el corazón en un puño era solo una invención de mi imaginación.
Ángel ya estaba despierto, bañado por la luz suave que entraba por el ventanal mientras leía un libro de historia del arte; al verme abrir los ojos, cerró el tomo con una lentitud deliberada y me dedicó esa sonrisa que parecía tener el poder de reconstruir todo lo que estaba roto en mí.
—Hoy es el gran día —dijo, acercándose para sentarse al borde de la colchón, invadiendo mi espacio con esa calidez tan suya—.
He reservado un palco privado.
No quiero que nada ni nadie interrumpa tu primera vez en la Ópera.
Pasamos el resto del día sumergidos en una burbuja de asombro.
Me llevó a almorzar a un pequeño jardín de invierno donde las paredes eran de cristal y el techo estaba cubierto de hiedra, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido.
Durante el almuerzo, no dejó de enseñarme; se dedicó a explicarme la estructura de las arias, el porqué la voz humana era el instrumento más difícil de domar y cómo la música era capaz de narrar las verdades que las palabras no alcanzaban a rozar.
Yo lo escuchaba apoyando la barbilla en mi mano, totalmente cautivada por su voz.
—Es fascinante —admití, perdida en su mirada—.
¿Cómo puedes saber tanto de todo?
—Porque siempre busqué algo que valiera la pena admirar, Livie —respondió él, fijando sus ojos en los míos con una intensidad que me hizo olvidar el mundo exterior—.
Hasta que te encontré a ti, y entendí que todo el arte que había estudiado durante años era solo un ensayo para aprender a apreciarte a ti.
Esa frase me dejó sin aliento, suspendida en un hilo de emoción pura.
Ángel tenía esa capacidad única de decir cosas profundas sin que sonaran pretenciosas; era su cerebro, esa mezcla perfecta de sabiduría técnica y sensibilidad humana, lo que me tenía fascinada.
Al regresar al departamento para arreglarnos, la atmósfera se volvió aún más íntima, transformándose en un ritual de cuidado que nunca antes había experimentado.
Ángel no solo quería que fuera a la función, quería que me sintiera como la protagonista absoluta de la historia.
Me ayudó a elegir un vestido de seda azul profundo que parecía capturar la luz de la luna en cada pliegue, y sentí un escalofrío recorrer mi columna cuando sus dedos rozaron mi espalda con una delicadeza extrema al subirme la cremallera.
Él mismo terminó de arreglarme poniéndome un collar sencillo pero elegante que brillaba sobre mi piel.
—Estás radiante, Livie —susurró frente al espejo, mirándome desde atrás—.
Hoy no solo vas a escuchar música; vas a entender por qué el arte es el único lenguaje que no miente.
Pero recuerda, si en algún momento te sientes abrumada por el lugar o la gente, solo mírame a mí.
Yo soy tu ancla.
Llegamos al teatro, un edificio majestuoso de mármol y oro que en otro momento me habría intimidado hasta hacerme querer desaparecer.
Sin embargo, en cuanto Ángel puso su mano en la pequeña de mi espalda, toda mi inseguridad se disipó como el humo.
Caminamos por la alfombra roja con una seguridad que yo no sabía que poseía.
Al entrar, el portero nos saludó con una reverencia impecable y nos preguntó si deseábamos el champán en ese momento o durante el intermedio.
—Ahora, por favor —respondió Ángel, y luego, con esa naturalidad que siempre me dejaba helada y con el corazón latiendo a mil por hora, añadió—: Mi novia quiere disfrutar de la vista antes de que empiece la función.
El término “mi novia” volvió a flotar en el aire, pesado y dulce a la vez.
No lo corregí.
No pude.
Me gustaba demasiado la forma en que esas palabras me hacían sentir frente al resto del mundo: respetada, intocable, valiosa.
Subimos hacia el palco privado, un pequeño cubículo forrado de terciopelo rojo que olía a madera antigua y a perfume caro.
Era un rincón de historia donde, según él, se habían llorado las penas más grandes y celebrado los amores más puros.
Mientras nos sentábamos en las butacas, Ángel me tomó la mano y entrelazó sus dedos con los míos.
—Sé que aún no me has dado una respuesta formal —dijo en un susurro casi imperceptible sobre el murmullo de la orquesta afinando abajo—.
Y no quiero que te sientas presionada.
Solo quiero que hoy te permitas sentir lo que es estar en mi mundo.
Disfruta de la música, Livie.
Olvida el resto.
Escucha ese caos inicial…
solo están buscando el tono perfecto.
Es como la vida: un montón de ruidos desordenados hasta que alguien decide llevar la batuta y convertirlos en armonía.
La música es el orden que le damos al caos del alma.
Me explicó la trama del primer acto, hablándome del compositor y de cómo había volcado su dolor de la pobreza y la enfermedad en cada nota.
Me hablaba de los motivos musicales, de cómo la orquesta preparaba el terreno para la heroína que debía elegir entre su deber y su corazón.
Cuando las luces se apagaron y el director levantó la batuta, el primer acorde de los violines me atravesó el pecho como una presencia física.
Miré a Ángel de reojo; tenía los ojos cerrados y una expresión de paz absoluta.
En ese momento, lo vi con total claridad: él era mi director de orquesta.
Él estaba tomando mi vida, que hasta entonces había sido un ruido insoportable de platos rotos y gritos, y la estaba convirtiendo en algo bello y significativo.
Su cerebro era como un faro que iluminaba cada rincón oscuro de la obra, haciéndome ver matices que sola jamás habría percibido.
Nunca me había sentido tan intelectualmente estimulada.
Al salir, la plaza frente a la Ópera estaba bañada por la luz blanca de la luna y el aire gélido de la noche.
Caminamos en un silencio cómodo, procesando la belleza de lo que habíamos vivido.
Me detuve bajo una farola y lo miré, todavía envuelta en la magia de la música.
—Ángel —dije, casi sin voz—.
El otro día dijiste que este mundo era maravilloso y que querías enseñármelo.
Él se detuvo en seco y me envolvió en su abrigo, protegiéndome del viento invernal con su propio cuerpo, manteniéndome pegada a su calor.
—Y lo es.
Pero solo es maravilloso porque tú estás en él para verlo conmigo —respondió con esa honestidad brutal que me desarmaba por completo.
Ya no pude más.
El agradecimiento, la admiración profunda por su inteligencia y ese sentimiento de seguridad absoluta que me brindaba desbordaron mi corazón.
Me puse de puntillas, rodeé su cuello con mis brazos y lo miré con toda la verdad de la que era capaz, sabiendo que, aunque el “sí” oficial aún no había sido pronunciado, mi mente y mi voluntad ya estaban totalmente cautivadas por él.
El regreso a la universidad fue como un balde de agua fría que me obligó a despertar del ensueño de seda y música clásica en el que Ángel me había mantenido.
La burbuja, perfecta y silenciosa, se rompió al encontrarme de nuevo con el estrés de las entregas finales, el bullicio de los pasillos y la mirada inquisidora de mis compañeros.
Yo ya no quería pelear.
Después de lo que él había hecho por mí —sacarme de la calle, darme un hogar, enseñarme a ver la belleza en el caos—, sentía que le debía una paz infinita.
Quería ser esa mujer serena y brillante que él veía en mí, pero mi verdadera naturaleza no se borraba con vestidos de seda.
Mi personalidad era fuego, impulsiva y desordenada; la de Ángel, en cambio, era un orden inamovible, una estructura arquitectónica donde cada pieza debía encajar en su lugar exacto.
—Livie, no puedes dejar el proyecto de Historiografía para última hora otra vez —dijo él un martes por la tarde.
Estábamos en la biblioteca, en nuestra mesa habitual, rodeados de tomos que parecían juzgar mi falta de método.
Él ya había terminado su parte, sus notas estaban perfectamente organizadas por colores.
—Ángel, no me presiones.
Tengo mi ritmo —respondí, intentando morderse la lengua para no soltar un sarcasmo hiriente.
Me dolía la cabeza y las fechas de entrega me asfixiaban.
—Tu ritmo te llevó al colapso la semana pasada, pequeña.
No dormiste, no comiste y terminaste llorando sobre los apuntes —su voz era suave, cargada de esa lógica aplastante que me hacía sentir como una niña—.
Solo trato de que no sufras.
Intento ayudarte a construir una disciplina que te haga libre, no esclava de tus descuidos.
—¡Y yo trato de no sentir que tengo otro padre controlando mis horarios!
—solté antes de poder frenarme.
El silencio que siguió fue atronador.
Ángel no se alteró; simplemente dejó su pluma sobre la mesa y me miró con una calma que me dolió más que un grito.
En sus ojos no había ira, solo una especie de decepción paciente que me hacía sentir pequeña, inmadura y profundamente ingrata.
—No soy tu padre, Livie —dijo con una frialdad elegante—.
Soy el hombre que no quiere verte rompiéndote en mil pedazos por falta de previsión.
Pero si mi ayuda te parece una imposición, entonces te dejaré con tus métodos.
Se levantó con la gracia de quien no necesita ganar una discusión para tener la razón.
El choque de caracteres era inevitable: yo era un huracán y él era la pared de concreto que intentaba contenerme para que no me destruyera.
Esa sensación de “insuficiencia” me carcomía.
Me sentía tan inmadura a su lado que mi única defensa era el sarcasmo, una máscara para ocultar que, en realidad, me aterraba no estar a su altura.
Cerré mi libro de golpe, sintiendo las miradas de otros estudiantes que susurraban sobre “la novia de Ángel”.
Odiaba que él siempre tuviera la razón.
Odiaba que su perfección me hiciera notar mis grietas.
Minutos después, caminé hacia el pasillo donde él me esperaba junto a su coche, con el semblante serio pero impecable.
—Perdón —susurré, bajando la cabeza.
Las lágrimas de frustración ya empezaban a nublarme la vista—.
Es que…
no sé cómo ser lo que tú esperas.
No sé cómo ser “buena” en esto.
Él suspiró y me atrajo hacia su pecho, envolviéndome en ese abrigo que siempre olía a seguridad.
—No tienes que ser buena para mí, Livie.
Tienes que ser buena para ti misma.
Pero no me pidas que me siente a ver cómo te hundes cuando tengo la mano extendida para sacarte.
Subimos al coche en silencio.
Todavía no le había dicho que sí a la pregunta que flotaba entre nosotros, todavía no éramos novios oficiales ante la ley de mi corazón, pero la dinámica de poder ya estaba establecida.
Yo dependía de su orden para no volver al caos de mi pasado, y él parecía disfrutar de ser el arquitecto de mi nueva vida.
Al llegar al departamento, me senté en la cama y lloré, no de tristeza, sino de la impotencia de amar a alguien que me hacía darme cuenta de todo lo que me faltaba por aprender y eso era la mejor parte por que esta sacando la mejor versión de mi.
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