Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

No era amor - Capítulo 18

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. No era amor
  4. Capítulo 18 - 18 CAPÍTULO 18
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

18: CAPÍTULO 18 18: CAPÍTULO 18 El eco del pasado y el refugio del presente Ese día, el campus se sentía diferente, como si el aire mismo hubiera decidido darnos un respiro.

Ángel tenía un examen final de tres horas, un desafío de esos que lo mantenían en un silencio absoluto y concentrado, y por primera vez en mucho tiempo, yo tenía una tarde entera para mí y para mis amigas.

No había horarios perfectos, ni lecciones de arte, ni la presión de intentar encajar en un mundo de cristal; solo estaba el caos vibrante de la amistad.

Maya y Chloe me esperaban en las escaleras de la facultad de Historia, recortadas contra la piedra antigua del edificio.

Cuando me vieron llegar, con ese aire de seguridad que había ganado en las últimas semanas pero todavía con mi mochila a reventar de papeles desordenados y apuntes mal doblados, me recibieron con un grito de alegría que hizo que varios estudiantes se giraran a vernos.

—¡Hoy eres nuestra!

—exclamó Maya, lanzándose sobre mí y enganchando su brazo con el mío con una fuerza que me hizo tambalear—.

Nada de museos, nada de bibliotecas silenciosas ni de protocolos.

Queremos a la Livie que se ríe hasta que le duele la panza y que no tiene que pedir permiso para ser un desastre.

Nos instalamos en el pasto del jardín central, justo en el corazón de la universidad.

El sol suave de la tarde nos envolvía mientras nos rodeaba el murmullo de otros estudiantes, pero para nosotras, el resto del mundo no existía.

Pedimos una caja gigante de pizza, de esas que chorrean grasa y que jamás verías en la mesa de Ángel, y varios refrescos, olvidándonos por completo de las dietas o de la etiqueta de los restaurantes de lujo.

La charla fluyó como un río desbordado.

Les conté anécdotas de la ópera, pero no desde el lado solemne que Ángel me había enseñado, sino riéndome de cómo casi me tropiezo con el vestido al bajar del palco porque no estoy acostumbrada a los tacones de aguja.

—Es que, chicas, es otro mundo —decía yo, gesticulando con un trozo de pizza en la mano, sintiéndome libre—.

A veces siento que vivo en una película, de verdad.

Pero lo más loco no es el dinero, ni el coche, es cómo me habla.

Siento que mi cerebro se expande cuando estoy con él.

Aunque a veces sea un intenso con el orden y me saque de quicio con sus horarios, no puedo negar que me hace sentir capaz de todo.

—Se nota en tu cara, Livie —dijo Chloe, mirándome con una ternura genuina mientras estiraba la mano para arreglarme un mechón de pelo que el viento me había echado a la cara—.

Tienes un brillo que antes no estaba.

Nos preocupaba que te perdieras en su mundo, pero te vemos más “tú” que nunca.

Estás más despierta.

—¿Y qué tal con Leo, Maya?

—pregunté de repente, dándole un codazo y cambiando el foco—.

Supe que lo vieron saliendo de tu dormitorio a las seis de la mañana el viernes pasado.

¡No te hagas la loca!

Maya se puso roja como un tomate de inmediato, pero no pudo ocultar la sonrisa traviesa que le iluminaba el rostro.

—¡Ay, Livie!

Es un desastre —admitió, tapándose la cara con las manos—.

Es músico, ya sabes, vive en las nubes.

No tiene el orden de tu “Príncipe Ángel”, para nada.

El otro día intentó escribirme una canción y terminó rimando mi nombre con “papaya”.

¡Fue horrible y perfecto a la vez!

No tiene un peso en la cuenta del banco, pero me hace reír tanto que me olvido de todo lo demás.

—Pues a mí me encanta —intervino Chloe, soltando una carcajada—.

Al menos no te aburres.

Livie, cuéntanos la verdad…

¿no te cansa a veces que Ángel sea tan…

impecable?

Tan perfecto en todo.

Me recosté sobre el pasto, mirando las nubes que se deslizaban perezosas sobre nosotras.

—A veces —admití con honestidad—.

Chocamos.

Él quiere que sea organizada y yo…

bueno, ya me conocen, yo soy un incendio andante.

Pero no pueden imaginar lo que es que alguien crea en ti de esa manera.

El otro día en la ópera me sentí como si realmente perteneciera a ese lugar.

No por el lujo, sino porque él me miraba como si yo fuera la obra de arte más importante de la sala, por encima de cualquier cuadro o música.

Pasamos las horas saltando de un tema a otro: desde los chismes más jugosos de la facultad hasta nuestros miedos más profundos por el futuro profesional.

Hablamos de sueños que no incluían a nadie más que a nosotras mismas, de viajar con mochilas y de graduarnos con honores.

Hicieron una guerra de servilletas cuando Maya intentó robarme el último trozo de pizza, y terminamos tomando selfies ridículas con filtros extraños, haciendo muecas que nos hacían estallar de risa.

Me sentí ligera, como si el fuego de mi personalidad finalmente encontrara un espacio para arder libremente sin miedo a quemar nada.

Fue una tarde épica, de esas que se guardan bajo llave en el corazón: risas escandalosas, confidencias a media voz y esa seguridad absoluta de que, pase lo que pase, ellas siempre estarían ahí para recogerme.

Fue entonces cuando Leo, el novio de Maya, se acercó a nosotras junto con el novio de Chloe y un grupo de chicos de ingeniería.

—Chicas, miren a quién traemos —dijo Leo con su energía de siempre—.

Él es Ethan.

Se acaba de transferir este semestre, es amigo mío de la infancia.

Señaló a un chico alto y rubio que caminaba a su lado.

El nombre me sonó de algún lado, un eco lejano de la adolescencia, pero no lo conocía de nada.

Él nos saludó con una sonrisa amable, aunque se veía algo distraído, mirando constantemente hacia el edificio de administración.

—Está esperando a que su novia salga de su examen —explicó Leo, dándole una palmada en la espalda—.

Creo que va en el mismo grupo que Ángel, ¿no, Livie?

—Sí, probablemente —respondí, sonriendo de vuelta a Ethan—.

Es un examen de tres horas, así que prepárate para esperar, porque esos profesores no sueltan a nadie antes de tiempo.

Charlamos un poco más con ellos, integrándolos a la tarde.

Ethan resultó ser un chico muy tranquilo que solo hablaba maravillas de su novia, lo que me hizo sonreír; parecía que el amor estaba en el aire ese día.

Pero a medida que el sol empezaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y violetas, sentí ese pequeño tirón en el pecho que me avisaba que mi tiempo en la burbuja de las amigas estaba terminando.

Saqué mi teléfono y vi el mensaje que estaba esperando.

Ángel: “Terminé.

Estoy en la biblioteca…

siento que el cerebro me va a explotar.

Me falta algo.

Me faltas tú.

¿Puedes venir?

Me despedí de Maya, Chloe y los chicos con abrazos apretados y promesas de vernos pronto.

Caminé hacia la biblioteca central.

El silencio del edificio era solemne.

Al fondo, en la mesa más apartada, estaba él.

Ángel tenía la vista fija en sus apuntes, pero sus hombros delataban el cansancio de un día de exámenes agotador.

No era el hombre impecable que siempre tenía una respuesta; en ese momento, parecía simplemente un hombre que necesitaba un respiro.

Me acerqué por detrás y deslicé mis manos sobre sus hombros, presionando suavemente.

Sentí cómo se tensaba por instinto, pero en cuanto mis dedos rozaron su cuello, soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones de todo el estrés del día.

Se giró en la silla y me rodeó la cintura con los brazos, apoyando la frente en mi vientre.

—Llegaste —susurró, y su voz sonaba cansada pero aliviada—.

Solo un abrazo, Livie.

Por favor.

Fue un día eterno, y me di cuenta de que mi motor no es la disciplina, ni el éxito…

eres tú.

Tú eres la que hace que todo este orden valga la pena.

Le acaricié el cabello, sintiendo una ternura inmensa.

En ese momento, Ethan y el pasado quedaron a kilómetros de distancia.

Ángel era mi presente, mi fuerza, y verlo así, buscando refugio en mí, me hizo entender que nuestra conexión iba mucho más allá de lo intelectual.

—Aquí estoy, Ángel —susurré, besando la parte superior de su cabeza—.

Eres el hombre más brillante que conozco, pero incluso los mejores necesitan descansar un poco.

Él levantó la vista, me miró con una devoción que me hizo temblar y se puso de pie para caminar de la mano conmigo hacia la salida.

Bajo las primeras estrellas, el silencio entre nosotros era una melodía perfecta.

No hacían falta palabras oficiales; en ese abrazo en la biblioteca, habíamos sellado algo mucho más profundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo