No era amor - Capítulo 19
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19: CAPÍTULO 19 19: CAPÍTULO 19 La mañana de aquel martes comenzó con un silencio que me resultó irritante.
Desperté sola en la inmensa cama, y por primera vez en meses, no había una nota sobre la mesilla ni el aroma del café flotando por el pasillo.
Ángel no estaba.
No me había despertado, no me había deseado suerte para mi examen final de Historia Contemporánea, ni siquiera había enviado un mensaje de “buenos días”.
Pasé toda la mañana con un nudo de frustración en la garganta.
El examen fue una tortura de tres horas donde las fechas y los nombres se mezclaban con mi irritación.
«¿Dónde está?», me preguntaba mientras entregaba las hojas con las manos temblorosas por el café frío de la máquina de la facultad.
Al salir, agotada y con la mente hecha un puré, revisé el teléfono por décima vez.
Nada.
Ni un rastro de su habitual atención asfixiante.
Justo cuando estaba a punto de enviarle un mensaje cargado de sarcasmo, el teléfono vibró.
> Ángel: “Terminé con unos asuntos pendientes.
Estoy en el jardín botánico de la universidad.
Preparé algo sencillo, pero me gustaría que vinieras.
Te espero.” > Guardé el celular con un gruñido.
¿Algo sencillo?
¿En el jardín botánico después de ignorarme toda la mañana?
Caminé hacia allá con paso firme, ensayando mentalmente el reclamo que le iba a soltar en cuanto lo tuviera enfrente.
Estaba cansada, tenía hambre y mi paciencia estaba bajo mínimos.
Entré al jardín botánico cuando el sol ya empezaba a caer, tiñendo los árboles de un naranja encendido, casi sangriento.
El aire cortaba con un frío metálico, oliendo a hojas húmedas y a jazmines nocturnos que empezaban a despertar.
El lugar estaba sumido en un silencio profundo, casi eclesiástico, interrumpido solo por el crujido de la grava bajo mis pies.
Lo vi de espaldas, frente al estanque central.
El agua estaba tan quieta que parecía un espejo de obsidiana donde la luna, que ya asomaba, se reflejaba con una perfección irreal.
Ángel vestía un abrigo largo y oscuro; su figura recortada contra la luz plateada parecía una fortaleza infranqueable.
—¡Vandermir!
—exclamé, acercándome con fuego en los ojos—.
¿Se puede saber qué te pasa?
Ni un mensaje, ni un…
Me detuve en seco cuando él se giró.
No había rastro de su usual arrogancia.
Sus ojos brillaban con una mezcla de esperanza cruda y ese miedo contenido que solo yo lograba provocarle.
Se veía…
vulnerable.
En el suelo, sobre el césped perfectamente cortado, había una manta pequeña con una cesta y una hilera de velas protegidas por el cristal que apenas empezaban a parpadear.
—Livie —comenzó él, y su voz sonó más baja de lo normal, vibrando en el aire quieto—.
Perdona el silencio.
Necesitaba que este momento fuera perfecto, fuera de la rutina de los pasillos y los libros.
Se acercó a mí y me tomó las manos.
Estaban calientes, un contraste violento con el frío de las mías.
—Ha pasado mucho tiempo desde aquel primer choque en los pasillos de Stirling —dijo, mirándome como si fuera lo único sólido en su mundo—.
Hemos pasado por tormentas que habrían hundido a cualquiera, y aquí seguimos.
He respetado cada uno de tus silencios y he esperado en el umbral de tu vida sin forzar la puerta.
Mientras él hablaba, la rabia que yo traía se evaporó, reemplazada por una presión extraña en el pecho.
Miré su rostro perfecto, su mirada devota, y recordé las manos que me habían rescatado de la calle a las tres de la mañana.
«Te quiero», pensé con una lucidez dolorosa.
«Eres mi salvador».
Pero en el fondo, en ese rincón oscuro de mi alma que nadie visitaba, sabía que no lo amaba con el fuego que él merecía.
Era gratitud, era paz, era cansancio de pelear contra el mundo.
«El amor real debe ser esto.
Estabilidad.
Me conformo con esta paz», me mentí a mí misma.
—No quiero presionarte —continuó Ángel, apretando mis dedos con delicadeza—.
Pero ya no puedo guardármelo más.
Quiero que seas mi novia, Livie.
Quiero que cuando el mundo nos mire, sepa que te pertenezco y que tú tienes un lugar seguro a mi lado.
¿Qué dices?
Él bajó la vista, encogiendo los hombros como si esperara el golpe del “aún no es tiempo”.
—Sí —dije en un susurro firme.
Ángel no reaccionó de inmediato.
Siguió mirando nuestras manos, asintiendo levemente como si su cerebro ya estuviera procesando el rechazo que esperaba.
—Yo sé que necesitas tiempo, Livie, de verdad lo entiendo y no quiero que…
—se detuvo en seco, levantando la vista con los ojos muy abiertos—.
Espera…
¿dijiste que sí?
Sonreí con una melancolía que él no supo interpretar.
—Sí, Ángel.
Dije que sí.
Quiero ser tu novia.
La transformación en su rostro fue algo que nunca olvidaría.
Fue como si una luz se encendiera dentro de él.
Me levantó en peso, girando conmigo bajo la luz de la luna, riendo con una felicidad tan pura que me hizo sentir, por un momento, que había tomado la decisión correcta.
—Te prometo que no te vas a arrepentir —me dijo al bajarme, acunando mi rostro—.
Te daré la luna, el cielo y todas las estrellas.
Voy a hacerte la mujer más feliz del mundo, Livie.
Te lo juro.
Él me besó con una pasión que no pude igualar, pero me dejé llevar.
Mientras me susurraba promesas de un futuro brillante, cerré los ojos y miré hacia mi pasado por última vez, despidiéndome de la chica que alguna vez fue libre.
Ángel me rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en el hueco de mi cuello mientras exhalaba un suspiro que parecía haber contenido durante meses.
El frío de la noche empezaba a calar, pero el calor que desprendía su cuerpo era como una hoguera privada en medio del jardín desierto.
—Perdóname por lo de esta mañana, Livie —susurró, y su voz tenía una vibración de absoluta honestidad—.
No tienes idea de lo difícil que fue para mí no buscarte.
Me desperté tres veces antes de que saliera el sol con ganas de prepararte el café, de dejarte una nota, de llevarte hasta la puerta de tu examen y decirte que eres la mujer más brillante que ha pisado esta universidad.
Se apartó apenas unos centímetros para mirarme a los ojos, y bajo la luz de la luna, su mirada era líquida, cargada de una devoción que me hacía sentir casi indigna.
—Tuve que obligarme a mantenerme lejos.
Estuve mentalizándome todo el día, ensayando lo que quería decirte, porque sabía que si te veía en los pasillos, si sentía tu olor o si me mirabas con ese fuego que tienes, te lo habría soltado ahí mismo, entre el ruido de los estudiantes y el estrés de las clases.
Y tú no mereces una propuesta en un pasillo gris, Livie.
Mereces el silencio, la luna y toda mi atención.
Fue la mañana más larga de mi vida; moría de ganas de escribirte para desearte suerte, de saber si estabas nerviosa, de ser tu apoyo…
pero quería que este momento fuera sagrado.
Él se rió suavemente, una risa autocrítica que lo hacía ver más humano, menos como el “niño de oro” perfecto que el mundo creía conocer.
—Supongo que es el problema de querer que todo sea impecable para ti —continuó, acariciando mi mejilla con el dorso de su mano—.
A veces el orden es mi única forma de demostrarte cuánto me importas.
Soy un hombre de estructuras, ya lo sabes, pero tú eres la única que tiene el poder de desmoronarlas todas con un solo “sí”.
Hoy, por fin, siento que el mundo está en su sitio.
Caminamos de la mano hacia la pequeña manta que había preparado.
Ángel sacó de la cesta unas fresas y un vino que sabía a flores silvestres.
Nos sentamos allí, en el corazón del jardín botánico, mientras la noche se cerraba sobre nosotros.
Me hablaba de sus planes, de cómo quería que pasáramos el próximo fin de semana, de los libros que quería leerme antes de dormir.
Su mente, siempre tan ágil y culta, ahora solo giraba en torno a nosotros.
—Eres mi centro, Livie —dijo, sirviendo el vino con esa elegancia innata que lo hacía parecer un príncipe de otra época—.
El mundo puede ser caótico, mi familia puede ser una carga de expectativas, pero cuando estoy contigo, todo ese ruido se apaga.
Eres la única verdad que me interesa proteger.
Prometo que, de ahora en adelante, no habrá mañanas en silencio si eso te hace dudar.
Mi vida es tuya, y cada pensamiento que tenga empezará y terminará contigo.
Lo miraba y, por un instante, la culpa de no amarlo con la misma intensidad se disipó ante la calidez de su protección.
Ángel Vandermir, el heredero perfecto, el alumno estrella, el hombre que lo tenía todo, estaba allí, sentado en la grava, mirándome como si yo fuera el mayor tesoro que sus manos hubieran tocado jamás.
La tarde se estiró entre risas suaves y promesas que colgaban en el aire como estrellas.
Me dejé envolver por su abrigo y por su mundo, aceptando que, aunque mi corazón no ardiera, mi alma estaba finalmente a salvo en su jaula de oro.
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