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No era amor - Capítulo 2

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2: CAPÍTULO 2 2: CAPÍTULO 2 Las primeras semanas en Stirling Academy no fueron el infierno de celdas frías que yo había imaginado.

Al contrario, este lugar se sentía como una obra de teatro de muy alto presupuesto donde todos tenían un guion perfectamente encuadernado, menos yo.

Todos caminaban con una postura impecable, como si tuvieran una vara de metal cosida a la espalda.

Y luego estaba Ángel.

Él parecía haber decidido que su papel principal en esta obra era convertirse en mi satélite personal.

Ángel no era un mal chico; ese era el verdadero problema.

Era…

omnipresente.

Una fuerza de la naturaleza vestida de etiqueta que no aceptaba un “no” por respuesta.

La primera semana fue una emboscada de amabilidad.

Si yo llegaba a la cafetería con el pelo hecho un desastre por el viento, Ángel ya estaba allí, ocupando una mesa estratégica y guardándome un sitio con una sonrisa que brillaba más que las malditas luces del techo.

—¿Otra vez tú?

—le pregunté una mañana de miércoles.

Me detuve en seco al encontrarlo apoyado en el marco de la puerta de los dormitorios, luciendo impecable incluso a las siete de la mañana.

Incluso el uniforme de la Stirling Academy, que para mí era una armadura de conformidad asfixiante, a él le sentaba como si hubiera nacido usándolo.

El atuendo consistía en un blazer azul marino con el escudo de la academia bordado en hilo de oro sobre el corazón, una camisa blanca de cuello rígido que parecía querer cortarme la respiración y una corbata de seda con rayas plateadas.

Yo me sentía ridícula.

Había intentado rebelarme dejando la camisa un poco fuera de la falda gris marengo y me negaba a apretarme la corbata; la llevaba floja, como un pañuelo descuidado.

Mis mocasines negros estaban opacos, a diferencia de los de Ángel, que brillaban tanto que podía ver mi reflejo de mala gana en ellos.

—No es un GPS, Livie.

Es que nuestras clases están cerca —mintió él con una naturalidad que casi me hacía creerle—.

Además, pensé que querrías esto.

Me extendió un vaso térmico.

El aroma a café recién hecho me golpeó la cara.

—Es un americano, sin azúcar.

Como te gusta —añadió con un guiño.

Tomé el vaso, sintiendo el calor a través del cartón.

Lo probé.

Estaba irritantemente perfecto.

—Eres persistente, Ángel.

Rayando en lo acosador.

—Soy dedicado —me corrigió, empezando a caminar a mi lado hacia el edificio de clases—.

Hay una diferencia.

La persistencia es insistir; la dedicación es saber exactamente cómo te gusta el café antes de que tú misma lo sepas.

La clase de Historia de la Civilización fue mi mayor tortura.

El aula era un anfiteatro de madera oscura que olía a polvo y a libros viejos.

Busqué un asiento en la última fila, esperando camuflarme, pero Maya ya estaba allí, agitando una mano con tanto entusiasmo que casi le pega a alguien.

Maya había logrado que su uniforme pareciera un disfraz de festival; tenía las solapas del blazer llenas de pines de gatitos y alienígenas, y usaba unas calcetas fucsias que gritaban “detención” a kilómetros.

Chloe, a su lado, leía un libro grueso oculto bajo su cuaderno de notas, con el blazer perfectamente abotonado como si fuera un escudo de invisibilidad.

Justo cuando iba a sentarme con ellas, Ángel apareció de la nada y ocupó el asiento vacío justo detrás de mí.

—¿Es en serio?

—susurré, girándome apenas.

—Es el único lugar con buena acústica —respondió él con una sonrisa de “yo no rompí el plato”, inclinándose hacia adelante—.

Por cierto, tienes una mancha de tinta en el puño de la camisa.

Es…

adorable.

Apreté los dientes y miré hacia el frente.

Durante toda la clase, sentí su mirada en mi nuca.

No era una mirada pesada, sino una que se sentía como un foco de luz cálida que no me dejaba esconderme en las sombras como yo quería.

—Señorita…

¿Livie?

—La voz del profesor Sterling cortó mis pensamientos—.

Ya que parece tan absorta en su conversación silenciosa con el señor Ángel, ¿podría decirnos cuál fue el factor determinante en la caída del sistema feudal?

Me tensé.

No había abierto el libro en toda la mañana.

De repente, sentí un roce suave en mi espalda.

Ángel estaba deslizando discretamente un trozo de papel sobre mi mesa.

En él, con una caligrafía elegante y perfecta, estaba escrita la respuesta: “El surgimiento de la burguesía y la peste negra”.

Miré el papel, luego miré al profesor y, finalmente, arrugué la nota en mi puño.

No iba a ser su damisela en apuros.

—Fue la falta de movilidad social y el agotamiento de un sistema que ignoraba la voluntad de la gente, señor —respondí por mi cuenta, con la voz más firme que pude.

Hubo un silencio.

El profesor asintió lentamente.

—Una interpretación…

poco académica, pero correcta en esencia.

Continúe.

Ángel soltó una risita ahogada detrás de mí.

—Te gusta hacer las cosas de la manera difícil, ¿verdad?

—me susurró al oído.

Su aliento rozó mi cuello y sentí un escalofrío que me molestó porque no supe qué significaba.

—Me gusta hacer las cosas a mi manera —repliqué sin mirarlo.

Esa noche, entré a la habitación 302 y me lancé sobre mi cama, desatando la corbata con un tirón violento.

—El “Chico de Oro” ha vuelto a atacar, ¿verdad?

—dijo Chloe desde su escritorio, ajustándose las gafas.

No necesitaba mirarme para saber que estaba echando humo—.

Te he visto en clase.

Si Ángel se inclina un poco más hacia ti, va a terminar sentado en tu regazo.

—Es insoportable —bufé, hundiendo la cara en la almohada—.

Intentó “salvarme” de una pregunta de Sterling pasándome una nota.

¡Como si no tuviera cerebro!

Maya, que estaba sentada en el suelo rodeada de toallas viejas mientras se retocaba sus puntas rosas, soltó una carcajada.

—¡Ay, por favor!

Es un bombón, Livie.

Es atento, es guapo y ese uniforme le queda como si lo hubieran esculpido sobre él.

Además, te trajo un sándwich de pavo esta tarde porque dijo que “te vio pálida”.

—Exacto —repliqué, sentándome de golpe—.

Es un comercial de seguros de vida.

Yo no quiero un seguro de vida, Maya.

No quiero algo que se sienta como una cita programada cada cinco minutos.

Me siento observada.

Me siento asfixiada.

Maya dejó el frasco de tinte y se acercó a mi cama.

—Lo que pasa es que eres alérgica a la perfección, Livie.

Y Stirling es el templo de la perfección.

Nosotras somos las únicas grietas en este edificio.

Pero ten cuidado, porque Ángel parece tener una vista excelente para encontrar grietas interesantes.

Chloe cerró su libro con un golpe seco.

—Maya tiene razón.

Ángel no ve tu sarcasmo como un rechazo, lo ve como una personalidad “interesante” que tiene que conquistar.

Estás atrapada en el Ciclo del Chico Bueno.

No puedes odiarlo porque es amable, pero tampoco puedes quererlo porque no te deja ser una extraña en paz.

Miré a mis dos compañeras.

Maya, con su optimismo ruidoso, y Chloe, con su cinismo protector.

Eran las únicas que no me miraban como si fuera un trofeo.

—Acepto el diagnóstico —dije con una sonrisa pequeña—.

Estoy atrapada.

Pero si mañana vuelve a decirme que tengo “tinta adorable” en el puño, juro que le mancharé el blazer de oro con todo mi tintero.

……… A la mañana siguiente, el comedor de la Stirling Academy estaba inusualmente alborotado.

El director Blackwood, un hombre que parecía haber sido tallado en un bloque de mármol frío, se puso de pie frente al podio de roble.

El silencio cayó sobre nosotros como una pesada manta de lana.

—Como es tradición —comenzó su voz profunda, resonando en las vigas del techo—, mañana por la noche celebraremos el Baile de Bienvenida.

Es una oportunidad para que los nuevos ingresos se integren a nuestra comunidad y demuestren que pueden comportarse con la elegancia que este nombre exige.

La asistencia es obligatoria.

Un murmullo recorrió las mesas.

A mi lado, Maya casi derrama su jugo de naranja.

—¡Un baile!

—chilló en un susurro, agarrándome del brazo con una fuerza sorprendente—.

¡Livie, tenemos que ir espectaculares!

He estado esperando una excusa para usar mis botas de plataforma con purpurina.

—Dijo “elegancia”, Maya.

No creo que tus botas espaciales estén en el código de vestimenta —comentó Chloe, aunque vi cómo sus ojos brillaban detrás de sus gafas.

A ella también le gustaba el caos, solo que lo disimulaba mejor.

Yo, en cambio, sentí un hueco en el estómago.

Un baile significaba vestidos incómodos, etiqueta social y, sobre todo…

—Livie.

Esa voz.

Ni siquiera tuve que girarme para saber que Ángel estaba justo detrás de mi silla.

Me di la vuelta lentamente y me lo encontré allí, luciendo su uniforme perfecto, pero con una chispa de anticipación en los ojos miel que me puso en alerta.

—Dime que no vas a pedirme lo que creo que vas a pedirme —dije antes de que pudiera abrir la boca.

Él soltó una risa suave y se apoyó en el respaldo de mi silla, invadiendo mi espacio personal con su habitual aroma a colonia cara y confianza.

—Solo quería saber si la chica más interesante de la academia me concedería el honor de ser su pareja mañana —dijo, bajando la voz lo justo para que Maya soltara un gritito ahogado—.

Prometo no pisarte los pies y, si te aburres, podemos escaparnos a robar comida de la cocina.

—Ángel, te lo dije ayer.

No soy una chica de “eventos” —respondí, intentando mantener mi muro de sarcasmo intacto—.

Además, ya tengo planes de ir con mis compañeras de cuarto.

Somos un pack.

Ángel miró a Maya y a Chloe.

Maya asintió frenéticamente, como si le estuviera dando permiso silencioso, mientras Chloe simplemente arqueaba una ceja.

—Puedo ser parte del pack —insistió él, dándome esa mirada de cachorrito que sabía que me irritaba porque empezaba a funcionar—.

Por favor, Livie.

Solo una noche.

Si después de mañana sigues pensando que soy un “comercial de seguros”, te dejaré en paz toda una semana.

Lo prometo.

Lo miré fijamente.

Una semana de paz sonaba a gloria, pero ir con él significaba rendirme un poco ante su persistencia.

—Trato hecho —dije finalmente, suspirando—.

Pero si intentas traerme un café durante el baile, te lo tiraré encima del blazer.

Ángel sonrió, una sonrisa triunfal que iluminó todo su rostro.

—No habrá café.

Solo música y, con suerte, una oportunidad para que veas que no soy tan predecible como crees.

El resto del día fue un torbellino de tul y encaje.

Maya nos arrastró a su habitación, que ahora parecía una zona de guerra de cosméticos y ropa.

—¡Livie, no puedes ir de cuero!

—exclamó Maya, lanzando un vestido negro sobre mi cama—.

Bueno, tal vez sí, pero bajo este vestido.

Es un diseño vintage de mi tía.

Te quedará increíble con tu pelo azabache.

Me miré al espejo mientras Maya intentaba convencerme de usar un labial rojo intenso.

Por fuera, parecía que me estaba integrando.

Tenía un pretendiente perfecto, unas amigas increíbles y un lugar en la mejor academia del país.

Pero por dentro, el vacío seguía ahí.

—¿Estás bien?

—preguntó Chloe, acercándose a mí mientras Maya buscaba sus zapatos.

—Sí —mentí, forzando una sonrisa—.

Solo es…

mucha gente.

Mucho ruido.

—Es el sistema, Livie.

Intenta absorbernos —dijo Chloe en voz baja, poniéndome una mano en el hombro—.

No dejes que el brillo de Ángel te ciegue.

Él es bueno, pero tú eres…

otra cosa.

Asentí, agradecida por su perspicacia.

Mientras Maya seguía parloteando sobre peinados, mi mente voló de nuevo hacia aquel porche viejo y el niño sin nombre.

Mañana sería una noche de luces y música, pero en algún lugar de mi memoria, la lluvia seguía cayendo y alguien seguía esperando a que yo lo recordara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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