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No era amor - Capítulo 20

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20: CAPÍTULO 20 20: CAPÍTULO 20 A la mañana siguiente, el aire en el dormitorio de la academia se sentía cargado de una electricidad diferente.

Maya estaba sentada en el borde de mi cama, con los ojos como platos y una brocha de maquillaje a medio camino de su rostro, mientras yo terminaba de contarle lo que había pasado bajo la luna del jardín botánico.

—¡Lo sabía!

—chilló Maya, lanzándome una almohada—.

Sabía que el Príncipe no se iba a quedar quieto después de ese abrazo en la biblioteca.

Livie, ¡eres oficialmente la mujer de la cual todo Stirling va a hablar hoy!

—No es para tanto, Maya —reí, aunque sentía un cosquilleo de nervios en el estómago—.

Solo…

dijimos que sí.

Bueno, yo dije que sí.

Él ya lo daba por hecho desde hace semanas.

El almuerzo fue la verdadera prueba de fuego.

El comedor de la universidad estaba en su hora pico, un hervidero de uniformes impecables y bandejas de plata.

Caminé al lado de Ángel, y esta vez, él no solo me escoltaba; su mano estaba firmemente entrelazada con la mía, con los dedos unidos como si fuéramos una sola pieza.

La noticia se dio por sí sola sin que tuviéramos que pronunciar una palabra.

El silencio que se abría a nuestro paso era más ruidoso que cualquier anuncio.

Llegamos a la mesa donde Maya estaba con Leo, Chloe y el nuevo grupo de amigos.

Ethan estaba allí, sentado en una esquina.

Tenía esa aura de chico malo que no rompe un plato pero que, si lo miras a los ojos, te das cuenta de que es un caos total.

Era serio, con una postura egocéntrica, limitado a escuchar mientras jugaba con un encendedor en sus manos, manteniendo una distancia segura del resto del grupo.

—Vaya, vaya…

—soltó Leo con una sonrisa de oreja a oreja—.

El Vandermir finalmente ha asegurado el territorio.

Ángel sonrió con esa elegancia superior que le era tan natural y nos sentamos.

Al lado de Ethan estaba su novia, una chica de aspecto impecable llamada Isabella.

En cuanto vio a Ángel, sus ojos se iluminaron de una forma que me hizo arquear las cejas.

—¡Ángel!

—exclamó ella, levantándose para darle un beso en la mejilla—.

¿Es verdad lo que veo?

¿El soltero más inalcanzable de la facultad de Derecho finalmente tiene dueña?

—Livie no es una “dueña”, Bella —respondió Ángel con un tono suave pero firme, rodeando mi cintura—.

Es mi novia.

Livie, ella es Isabella, una vieja amiga de la familia.

Crecimos básicamente en los mismos clubes de campo.

—Mucho gusto, Livie —dijo ella, escaneándome con una mirada experta pero no hostil—.

Me sorprende, de verdad.

Ángel siempre ha sido tan…

selectivo.

Tienes que contarme cómo lograste domesticarlo.

La charla fluyó entre risas y bromas.

Maya, siempre tan ocurrente, miró a Chloe y luego a mí.

—Bueno, ahora que Livie ya cayó y yo estoy lidiando con este músico loco de Leo…

—Maya me guiñó un ojo—, solo falta Chloe del grupo para tener a alguien.

No queremos que te sientas sola en nuestras citas dobles, amiga.

—¡Déjenme en paz!

—protestó Chloe roja de risa—.

Yo estoy muy bien siendo el tercer, quinto y séptimo bicho raro del grupo.

La tarde transcurrió de maravilla.

Me agradó Isabella; hablaba el mismo idioma culto de Ángel, pero era refrescante ver a alguien de su círculo social dentro del colegio que no me mirara por encima del hombro.

Ethan seguía ahí, como una sombra silenciosa y observadora, pero la tensión era mínima comparada con la felicidad que irradiaba Ángel.

Al caer la noche, Ángel me acompañó hasta la puerta de mi dormitorio.

El pasillo estaba en penumbra y el frío del exterior todavía se sentía en nuestras ropas.

—Este fin de semana nos toca ir a casa —le recordé, sintiendo un poco de tristeza por tener que separarnos del ambiente protegido del colegio.

Ángel tomó mis manos y me miró con una seriedad que me hizo enderezar la espalda.

—Precisamente por eso quería hablar contigo antes de que te vayas —dijo, bajando la voz—.

Mi familia organiza una gala benéfica este sábado.

Es un evento importante, Livie.

Estará toda la alta sociedad, los socios de mi padre, la prensa…

Quiero que vengas conmigo.

Quiero presentarte oficialmente ante ellos como mi novia.

Sentí un vuelco en el corazón.

Ir a su casa era una cosa, pero entrar en una gala benéfica de los Vandermir era saltar directamente a la fosa de los leones.

—¿Estás seguro, Ángel?

—susurré—.

Tu familia…

ellos esperan a alguien diferente.

—Ellos esperan lo que yo decida —respondió él con esa seguridad de hierro, besando mis nudillos—.

Y yo he decidido que tú eres la única mujer que quiero a mi lado esa noche.

Te enviaré un vestido y el coche pasará por ti.

No tengas miedo, pequeña.

Vas conmigo.

Se despidió con un beso largo y protector que me dejó sin aliento.

Al entrar a mi habitación, cerré la puerta y me apoyé en ella.

Había aceptado ser su novia, pero la gala era el verdadero contrato.

Estaba a punto de entrar al corazón de la jaula de oro.

El sábado por la tarde, el dormitorio de la academia se había transformado en un cuartel general de nervios y fragancia a laca para el cabello.

Maya y Chloe corrían de un lado a otro, probándose sus propios vestidos; al ser hijas de familias influyentes, la gala benéfica de los Vandermir era una cita obligatoria en sus calendarios sociales.

Sin embargo, el ambiente era distinto para mí.

Ellas irían con sus familias, pero yo… yo estaba esperando el coche que Ángel enviaría.

—¡Livie, por Dios, abre la caja ya!

—chilló Maya, señalando el enorme paquete con el sello de una de las casas de alta costura más exclusivas de París que había llegado hacía una hora.

Con las manos temblorosas, tiré del lazo de seda.

Al retirar el papel, un suspiro colectivo llenó la habitación.

Era un vestido de seda líquida en un tono azul medianoche tan profundo que por momentos parecía negro, pero que al contacto con la luz revelaba destellos eléctricos.

El color era una elección magistral: contrastaba de forma violenta y hermosa con mi tez blanca y hacía que mis ojos verdes resplandecieran como dos esmeraldas bajo el agua.

Junto al vestido, una caja más pequeña contenía unas zapatillas de tacón de aguja en cristal ahumado y un conjunto de joyas: un collar de diamantes finos que terminaba en una sola piedra de zafiro y unos pendientes a juego.

—Ángel no solo tiene buen gusto —susurró Chloe, acariciando la tela con reverencia—, tiene una obsesión contigo.

Este vestido está diseñado para resaltar ese pelo negro azabache tuyo.

Vas a parecer una reina de otra época, Livie.

Es criminal lo bien que te va a quedar.

Dos horas después, me encontraba frente al espejo de cuerpo entero.

No me reconocía.

El maquillaje, suave pero con un toque ahumado en los ojos, resaltaba mi mirada felina; mi cabello caía en ondas perfectas y oscuras sobre mis hombros, y las joyas brillaban contra mi piel pálida como pequeñas estrellas cautivas.

Por fuera, parecía una princesa de la alta sociedad; por dentro, seguía siendo la chica que sentía que estaba cometiendo un fraude.

—Estás… épica —dijo Maya, ya lista en su vestido verde esmeralda—.

Nosotras nos vamos ya con los chóferes de nuestros padres.

Te vemos allí, ¿vale?

No te pongas nerviosa, recuerda que tienes al “Niño de Oro” comiendo de tu mano.

Me quedé sola en la habitación por unos minutos, escuchando el silencio.

El sonido de mi propia respiración me recordaba que el “sí” de la otra noche ahora tenía un precio: el escrutinio de los Vandermir.

El teléfono vibró en mi bolso.

Ángel: “El coche está en la puerta principal.

Estoy contando los segundos para que el mundo vea lo que yo veo cada vez que te miro.

No tengas miedo, mi vida.

Eres la reina de esta noche.” Bajé las escaleras de la academia sintiendo el peso de los diamantes en mi cuello.

En la entrada, un sedán negro de vidrios polarizados me esperaba.

El chófer bajó y me abrió la puerta con una inclinación de cabeza.

Durante el trayecto, vi las luces de la ciudad pasar como ráfagas.

Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de terror y una extraña euforia.

Al llegar a la mansión Vandermir, la opulencia me golpeó de frente.

Cientos de luces iluminaban los jardines, y una hilera de coches de lujo dejaba a invitados vestidos de etiqueta.

Al bajar del coche, los flashes de algunos fotógrafos de eventos sociales me cegaron por un instante.

Y entonces lo vi.

Ángel estaba de pie en lo alto de la escalinata de mármol, vistiendo un esmoquin hecho a medida que lo hacía parecer una deidad del orden y el poder.

Isabella estaba a unos metros hablando con unos señores, y pude ver a Ethan a lo lejos, apoyado en una columna con su habitual aire de desgana y ese aura de “caos silencioso” que lo caracterizaba, pero la mirada de Ángel estaba clavada únicamente en mí.

Bajó los escalones con una seguridad que intimidaba.

Cuando llegó a mi lado, no se limitó a un saludo formal.

Me tomó de la cintura, acercándome a él, y me besó la frente antes de susurrarme al oído: —Estás más hermosa de lo que mis sueños pudieron inventar, Livie.

Ese negro de tu pelo contra el azul…

me dejas sin aliento.

Prepárate, porque después de esta noche, nadie volverá a preguntar quién eres.

Me ofreció su brazo, y mientras subíamos las escaleras para entrar al gran salón, supe que ya no había vuelta atrás.

La jaula de oro acababa de cerrar su puerta, y yo estaba entrando por mi propio pie, deslumbrante y aterrada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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