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No era amor - Capítulo 21

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21: CAPÍTULO 21 21: CAPÍTULO 21 Apenas pusimos un pie en el vestíbulo principal, donde el aroma a lirios frescos y perfume de diseñador era casi embriagador, una figura plateada se desprendió de la multitud.

Isabella se acercó con una elegancia que parecía coreografiada, sosteniendo una copa de champán con una delicadeza envidiable.

Detrás de ella, con las manos en los bolsillos de su esmoquin y una expresión que gritaba que preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo, caminaba Ethan.

—Ángel, querido —dijo Isabella, depositando un beso etéreo en la mejilla de mi novio—.

Estaba apostando con Ethan cuánto tardarías en aparecer.

Pero ahora veo por qué la demora.

Isabella me recorrió con la mirada, deteniéndose en el contraste de mi piel pálida con el vestido.

Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.

—Livie, estás…

imponente.

Sabía que tenías potencial el otro día en el almuerzo, pero este azul contra tu pelo negro es una declaración de intenciones.

Te ves como una verdadera Vandermir.

—Gracias, Isabella.

Tú también te ves radiante —respondí, tratando de que mi voz sonara tan firme como la de ella.

Ethan, por su parte, solo asintió con la cabeza.

Sus ojos, oscuros y cargados de ese egocentrismo silencioso, se posaron en mí un segundo antes de volver a perderse en el techo tallado del salón.

No dijo nada, pero su presencia era como un ancla de realidad entre tanta hipocresía dorada.

En ese momento, un hombre de mediana edad con un traje que costaba más que mi educación se acercó con prisa.

—Señor Vandermir, Isabella —dijo el hombre, ignorándome por completo a mí y a Ethan—.

Perdónenme la interrupción, pero el comité de la fundación necesita revisar los detalles del último lote de la subasta antes del brindis inicial.

Es un asunto de suma importancia para su padre, Ángel.

Ángel se tensó.

Noté cómo su mandíbula se apretaba por el conflicto de dejarme sola, pero Isabella ya estaba dejando su copa en una bandeja, lista para el deber social.

—Debemos ir, Ángel.

Sabes cómo se pone tu padre con los detalles técnicos —presionó Isabella con una sonrisa profesional.

Ángel me miró, dudando.

Sus dedos apretaron suavemente mi cintura una última vez.

—No me tardo nada, pequeña.

Ni diez minutos —me susurró al oído, su aliento cálido dándome un segundo de paz—.

Ethan, quédate con ella.

No permitas que nadie la moleste.

Ethan soltó una risa seca, casi inaudible, pero no se movió de su sitio.

Ángel e Isabella se alejaron rápidamente con el hombre, perdiéndose entre la marea de vestidos largos y joyas.

Me quedé allí, de pie en medio de la opulencia, escoltada únicamente por el chico más caótico y extraño del círculo de amigos de Chloe.

El silencio entre nosotros se volvió denso.

Ethan sacó un encendedor de plata de su bolsillo y lo hizo girar entre sus dedos con una agilidad hipnótica, mirando hacia la orquesta que empezaba a tocar una pieza dramática.

—Bonito disfraz —soltó de repente, sin mirarme.

Su voz era fría, con ese tono de superioridad que parecía ser su marca registrada—.

Casi pareces una de ellos.

Me giré hacia él, sorprendida por su falta de filtro.

—No es un disfraz, Ethan.

Es una gala.

Él dejó de jugar con el encendedor y me miró de frente por primera vez.

Sus ojos eran como dos pozos de escepticismo.

—Lo que tú digas.

Pero este lugar tiene un olor especial, ¿no crees?

—Inhaló profundamente de forma sarcástica—.

Huele a dinero viejo y a secretos enterrados bajo el mármol.

Ángel cree que puede protegerte de esto, pero nadie sale limpio de una fiesta de los Vandermir.

Me crucé de brazos, sintiendo que el aire se enfriaba.

—¿Siempre eres así de agradable o es solo porque hoy no tienes a tu novia cerca para que te controle?

Ethan sonrió de lado, una expresión que no tenía nada de amable.

—Ella no me controla, Livie.

Solo me tolera.

Al igual que tú estás tolerando que ese collar te asfixie solo para que él sea feliz.

Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal con una confianza irritante.

—Dime la verdad…

entre tú y yo, que no pertenecemos a este circo: ¿ya sentiste cómo la jaula se cerró en cuanto te puso ese anillo de diamantes en el dedo?

Me mantuve firme, elevando la barbilla para que los diamantes de mi cuello captaran la luz de las arañas de cristal.

No iba a permitir que un chico que apenas conocía, por muy amigo de mis amigos que fuera, desmantelara mi seguridad con un par de frases cínicas.

—Te equivocas, Ethan —respondí con una voz gélida y educada, esa que estaba aprendiendo a usar en los pasillos de Stirling—.

No es un disfraz, ni me estoy asfixiando.

Ángel me ha dado un lugar que nadie más se molestó en ofrecerme.

Si tú ves una jaula, es porque quizás estás proyectando tu propia falta de libertad.

Yo solo veo a un hombre que me valora.

Ethan no se inmutó.

Al contrario, soltó una risa baja, casi privada, y dio un paso más hacia mí, ignorando las normas de etiqueta que dictaban mantener la distancia.

El olor a tabaco caro y a algo oscuro emanaba de él, rompiendo la burbuja de perfume de la gala.

—Bonito discurso.

Casi me lo creo —susurró, inclinándose ligeramente hacia mi oído—.

Pero he visto esa mirada antes, Livie.

La veo cada mañana en el espejo.

Estás defendiendo tu refugio, no tu corazón.

Agradecer no es lo mismo que amar, y ambos sabemos que si mañana este lugar ardiera, no llorarías por las joyas, sino por el alivio de volver a respirar.

Sus palabras cayeron como ácido sobre una herida que yo ni siquiera sabía que tenía abierta.

El aire se volvió pesado, difícil de tragar.

Quise replicar, quise decirle que estaba loco, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.

Mi silencio se prolongó un segundo de más, un segundo que Ethan aprovechó para dedicarme una mirada cargada de una comprensión aterradora.

Había tocado la fibra sensible: mi duda interna, ese rincón oscuro donde sabía que mi “sí” era más una rendición que un deseo.

La tensión entre nosotros se volvió algo físico, una corriente eléctrica que me dejó paralizada en medio del salón.

—Livie.

La voz de Ángel cortó el momento como una cuchilla.

Apareció a mi lado con la respiración levemente agitada, como si hubiera corrido para volver conmigo.

Su mano se posesionó de inmediato en la pequeña de mi espalda, un gesto de propiedad absoluta que nunca antes me había parecido tan evidente.

Sus ojos recorrieron mi rostro, detectando mi palidez, y luego se clavaron en Ethan con una frialdad gélida que prometía consecuencias.

—¿Algún problema, Ethan?

—preguntó Ángel, y su tono era el de un depredador marcando su territorio.

—Ninguno, Vandermir —respondió Ethan, recuperando su postura relajada y ese aire de desgana—.

Solo le comentaba a tu novia lo bien que le sienta el azul.

Un color muy…

frío.

Ángel no le respondió a Ethan.

Simplemente apretó el agarre en mi cintura, dándome un calor protector que contrastaba con el frío que las palabras del rubio habían dejado en mi piel, y me guio con decisión hacia el centro del salón.

—Ven, pequeña.

Mis padres están en el estrado principal.

Han estado preguntando por ti y no quiero que esperen más.

Es el momento de la presentación oficial.

Caminé junto a él, sintiendo el roce de la seda azul medianoche contra mis piernas y el peso de su brazo rodeándome como un escudo.

Pero antes de alejarnos del todo, no pude evitarlo: giré la cabeza hacia atrás por encima del hombro.

Ethan seguía allí, apoyado en la columna, viéndome marchar entre la multitud dorada.

No sonreía, no se burlaba; solo me observaba con una seriedad absoluta, como quien mira a alguien que acaba de entrar en una habitación de la que no hay salida.

Ángel me condujo lejos del bullicio, hacia una pequeña sala contigua al gran salón de baile.

Era un despacho privado con paredes de madera oscura y un aroma denso a cuero viejo y tabaco de alta gama.

Allí, aislados del ruido de los cubiertos y la orquesta, estaban sus padres.

La atmósfera cambió de inmediato.

El aire se sentía pesado, difícil de tragar.

Su padre, el señor Vandermir, estaba de pie junto al ventanal.

Se giró con una lentitud calculada y me analizó de arriba abajo.

Su mirada era como un escáner que evaluaba el precio de cada detalle: mi tez blanca, el brillo de mi pelo negro azabache y la profundidad de mis ojos verdes.

Por un momento, su rostro serio se relajó y una chispa de fascinación cruzó sus ojos.

—Ángel tiene buen ojo —dijo con una voz profunda que llenó la habitación—.

Tienes un porte que no se compra, Olivia.

Una belleza que parece sacada de un cuadro antiguo.

Me acerqué para saludarlo con la elegancia que Ángel me había enseñado, pero antes de que pudiera decir palabra, él se inclinó levemente hacia mí, aprovechando que Ángel se había girado un segundo para hablar con su madre.

—Disfruta de la luz, muchacha —susurró cerca de mi oído, con un tono gélido bajo la apariencia de un cumplido—.

Pero recuerda: un apellido como el nuestro no es solo un adorno.

Requiere sacrificios que la mayoría de la gente no está dispuesta a hacer.

No te pierdas en el brillo.

El frío me recorrió la espalda.

Antes de que pudiera procesar la advertencia, mi mirada se cruzó con la de la madre de Ángel.

Ella era la personificación de la rigidez.

Su postura era tan perfecta que resultaba dolorosa; sus labios formaban una línea recta y sus ojos me hacían sentir como una intrusa en su reino impecable.

El miedo empezó a trepar por mis piernas, haciéndome desear que el suelo se abriera.

Pero entonces, la pesada puerta doble se abrió de par en par.

—¡Ya basta de secretos familiares!

—exclamó una voz juvenil que rompió el cristal de la tensión.

Una chica de unos quince años entró saltando a la habitación.

Era la viva imagen de Ángel: tenía el mismo pelo color miel peinado en una coleta alta y desenfadada, y unos ojos de un miel cálido que brillaban con una honestidad refrescante.

Sus mejillas estaban salpicadas de pequeñas pecas que la hacían parecer un rayo de sol en esa sala tan oscura.

—¡Oh, por Dios!

¡Eres tú!

—dijo Sophie, corriendo hacia mí y tomándome de las manos—.

Ángel no deja de hablar de ti.

Decía que eras increíble, pero se quedó corto.

¡Ese vestido azul te queda genial con tus ojos!

Soy Sophie, la única persona normal en esta familia.

Por favor, dime que me vas a ayudar a sobrevivir a esta gala aburrida.

La rigidez de la madre de Ángel pareció flaquear ante la espontaneidad de su hija, y el nudo en mi estómago se deshizo.

La calidez de Sophie fue el bálsamo que necesitaba.

Ángel me miró con una sonrisa de alivio, agradecido de que su hermana hubiera derribado los muros de sus padres.

—Bueno —dijo Ángel, recuperando el control y ofreciéndome su brazo de nuevo—.

Ya que todos se conocen, es momento de que el resto del mundo sepa lo que nosotros ya sabemos.

Salimos del despacho al salón principal.

El murmullo cesó cuando Ángel subió al estrado y tomó el micrófono.

Me mantuvo a su lado, apretando mi mano con fuerza.

Ángel subió al pequeño estrado de mármol, pero no soltó mi mano ni un solo segundo.

Su agarre era firme, cálido, la única ancla real en ese océano de seda, perfumes caros y diamantes.

Pidió silencio con un gesto de una elegancia innata, y el murmullo de cientos de personas se extinguió de golpe, dejando solo el eco lejano de la fuente del jardín.

—Buenas noches a todos —comenzó Ángel, y su voz, profunda y cargada de una seguridad aristocrática, llenó cada rincón del salón—.

Como saben, la familia Vandermir siempre ha valorado la excelencia y la integridad.

Pero hoy, más allá del motivo benéfico que nos reúne, es para mí un honor personal presentarles a la mujer que ha transformado mi visión de todo lo que me rodea.

Me atrajo un poco más hacia él, obligándome a quedar bajo el foco de la enorme araña de cristal de bohemia.

—Les presento oficialmente a mi novia, la señorita Olivia Sterling.

El uso de mi nombre completo, pronunciado con esa reverencia casi religiosa, hizo que mi corazón diera un vuelco.

Escuchar mi nombre, Olivia Sterling, resonar en las paredes de aquella mansión fue como ver mi pasado y mi presente colisionar.

Un aplauso educado y unánime rompió el silencio, y sentí cientos de miradas evaluándome.

Sabía lo que buscaban: una grieta, un error, algo que probara que no pertenecía allí.

Pero con Ángel a mi lado, me sentía intocable.

Bajamos del estrado y, antes de que la multitud pudiera abalanzarse sobre nosotros con felicitaciones vacías, Sophie volvió a aparecer, moviéndose entre los invitados con una gracia mucho más relajada y traviesa que la de sus padres.

Sophie era la viva imagen de Ángel, pero en una versión bañada por la luz del sol.

Tenía el mismo pelo color miel que brillaba bajo las luces doradas, y sus ojos no eran verdes como los míos, sino de un miel cálido y profundo.

Sus mejillas estaban salpicadas de pequeñas pecas que le daban un aire juvenil y honesto, rompiendo con la frialdad estética de su madre.

—¡Por fin!

—dijo Sophie, enganchándose a mi brazo con total confianza—.

Ahora que ya eres oficialmente la elegida de mi hermano, puedo sacarte de aquí un segundo antes de que las tías aburridas empiecen a preguntarte por tu árbol genealógico.

¡Corre, Olivia!

Ángel se rió, relajando los hombros por primera vez en toda la noche.

—Ve con ella, Olivia.

Confío en que Sophie te protegerá de los buitres mejor que yo en este momento.

Tengo que saludar al embajador, pero te buscaré en diez minutos.

No te pierdas.

Sophie me arrastró hacia un balcón apartado que daba a los jardines traseros, donde el aire gélido de la noche nos golpeó con una frescura necesaria para mis pulmones oprimidos por el corsé.

—No dejes que mi madre te asuste —me dijo Sophie de repente, apoyándose en la barandilla de mármol.

Sus ojos miel me miraron con una perspicacia que me recordó muchísimo a la inteligencia de su hermano—.

Ella tiene miedo porque tú no eres como las chicas que suelen andar por aquí.

Eres real, Olivia, y en esta casa, la realidad es una amenaza para el orden que ella tanto cuida.

Ángel ha cambiado desde que te conoció; antes era como una estatua de mármol, hermosa pero fría.

Tú le has devuelto la sangre a las venas.

—Gracias, Sophie —susurré, sintiendo que por primera vez en toda la noche podía respirar de verdad—.

Tu familia es…

imponente.

Da un poco de miedo.

—Mi familia es un tablero de ajedrez, Olivia —respondió ella con una madurez que me sorprendió, mientras jugueteaba con uno de sus rizos color miel—.

Pero tú no eres una pieza.

Eres la jugadora que Ángel eligió para cambiar las reglas del juego.

Solo ten cuidado con mi padre; él cree que todo, absolutamente todo, tiene un precio.

Y mi madre…

bueno, ella solo quiere que el tablero no se mueva.

Miré hacia el salón a través del ventanal.

Vi a Ángel moviéndose entre la élite, siempre impecable, pero sus ojos buscaban constantemente la puerta del balcón.

En una esquina, Ethan seguía observando, una sombra cínica que parecía ser el único que entendía mi vértigo.

Sophie me dio un apretón cariñoso en el brazo, y sus pecas se acentuaron cuando sonrió.

—Vuelve adentro, Olivia Sterling.

Tu príncipe está empezando a entrar en pánico porque no te ve.

Pero recuerda: si alguna vez necesitas escapar de tanta perfección, mi habitación es el refugio oficial.

Allí no hay protocolos, solo pijamas y planes para dominar el mundo.

Volví al salón con una sonrisa genuina, sintiendo que en medio de esa jaula de oro, al menos había encontrado una aliada que compartía la sangre del hombre que me había salvado.

El vals comenzó a sonar, una melodía clásica y envolvente que parecía elevarse desde el suelo de mármol.

Ángel me tomó de la mano y me condujo al centro de la pista, donde el resto de los invitados se apartó para dejarnos el espacio que, por derecho de linaje y ahora por presentación oficial, nos pertenecía.

Fue un momento de una paz inesperada.

Su mano en mi cintura era firme y segura, y la otra sostenía la mía con una delicadeza que me hacía olvidar que estábamos siendo observados por cientos de personas.

Al empezar a movernos, el mundo exterior —las advertencias de su padre, la rigidez de su madre y la mirada cínica de Ethan— se desvaneció, dejando solo el roce de la seda de mi vestido y el calor que emanaba de él.

—Estás en las nubes, Olivia —susurró Ángel, inclinándose hacia mí mientras girábamos bajo las enormes arañas de cristal.

Sus ojos verdes buscaban los míos con una ternura que me desarmaba—.

Sé que lo de mi padre fue…

intenso.

Él no sabe decir las cosas de otra manera.

Pero quiero que me mires y me escuches.

Apoyé mi mano en su hombro, sintiendo la textura perfecta de su esmoquin.

Él notó el rastro de duda en mi mirada y, antes de que yo pudiera decir algo, negó suavemente con la cabeza.

—No pienses en sacrificios ni en obligaciones esta noche —continuó, guiándome con una maestría que hacía que bailar pareciera tan natural como respirar—.

Esta noche es nuestra.

Nadie va a pedirte nada que no quieras dar, y nadie va a tocarte mientras yo esté aquí.

Solo disfruta de la música, del brillo y de que, por fin, todo el mundo sabe que eres mía.

Me permití relajar los hombros y apoyar ligeramente la frente contra su barbilla mientras seguíamos el ritmo.

Por primera vez desde que llegué a la mansión, la tensión abandonó mi cuerpo.

Ángel no buscaba un reclamo ni una explicación; solo quería ofrecerme un refugio en medio de la opulencia.

La velada transcurrió como un sueño de terciopelo.

Después del baile, nos reunimos de nuevo con Sophie, quien no dejó de hacerme reír con comentarios ingeniosos sobre los peinados de las señoras más ancianas de la gala.

Incluso Isabella se acercó de nuevo, esta vez con una actitud mucho más relajada, hablando de arte y de los próximos eventos de la temporada, integrándome en las conversaciones como si mi apellido Sterling hubiera estado allí siempre.

No hubo más roces con Ethan, ni miradas gélidas de los señores Vandermir.

Fue una tregua perfecta.

Ángel se aseguró de que nunca me faltara una copa de champán o una palabra de aliento al oído.

Me sentía protegida, cuidada y, por un momento, me permití creer que la “jaula de oro” era, en realidad, el palacio que siempre había necesitado.

Al final de la noche, mientras caminábamos hacia el coche bajo el cielo estrellado de los jardines, me sentía ligera.

La presentación había sido un éxito y la tormenta que yo esperaba nunca llegó a estallar.

Ángel me rodeó con su abrigo para protegerme del frío nocturno y me besó la sien con una devoción que me hizo cerrar los ojos.

—Ha sido una noche perfecta, Olivia —susurró contra mi piel.

—Lo ha sido, Vandermir —respondí, y por esa noche, no hubo mentira en mis palabras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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