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No era amor - Capítulo 22

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22: CAPÍTULO 22 22: CAPÍTULO 22 El regreso a Stirling Academy no fue, ni de lejos, una vuelta a la normalidad.

Desde el momento en que el coche negro de Ángel cruzó las puertas de hierro forjado de la institución, el ambiente se sentía cargado.

Ya no era solo livie, la chica de la beca o la amiga de Maya y Chloe; ahora era Olivia Sterling, la mujer que había paralizado la gala de los Vandermir.

Las revistas de sociedad y los portales digitales habían hecho su trabajo.

En las portadas de Vogue Social y The Stirling Chronicle, la foto principal era la de Ángel y yo bajando la escalinata: él, impecable y posesivo, y yo, con mi pelo negro azabache resaltando contra la tez blanca y el vestido azul medianoche, con una mirada verde que la cámara había captado como un relámpago.

Entramos en el edificio para un seminario, y el silencio que se produjo no fue el habitual de respeto a los libros, sino uno de pura expectación.

—Buenos días, señorita Sterling —dijo el profesor de leyes al verme pasar, dándome una inclinación de cabeza que nunca antes me había dedicado—.

Señor Vandermir.

Ángel no decía nada, pero su mano en mi espalda baja lo decía todo.

Él disfrutaba de este cambio; había esculpido mi nueva identidad y ahora el mundo finalmente la reconocía.

Maya y Chloe llegaron poco después, irrumpiendo en el invernadero con la energía de un torbellino.

—¡Es oficial!

—exclamó Maya, dejando caer una pila de revistas sobre la mesa—.

En el comedor no se habla de otra cosa.

Dicen que el vestido fue un regalo directo de París y que la madre de Ángel te dio un anillo familiar.

¡Los rumores están volando, Livie!

—No hubo anillo —aclaré riendo, aunque sentía el calor subir a mis mejillas al ver mi propio rostro en las fotos.

—No importa —intervino Chloe, mirándome con admiración—.

El brillo que tienes hoy no es por las joyas.

Es como si Stirling finalmente hubiera entendido quién eres.

Ya nadie te mira por encima del hombro, Olivia.

Ahora todos están tratando de ver cómo llegar a ti.

—Es increíble, livie —susurró Maya, sentándose frente a nosotros—.

He escuchado a tres chicas de último año preguntando quién es tu estilista.

Ya no eres la pequeña protegida de nadie.

Ahora eres…

bueno, eres la mujer que paralizó la gala de los Vandermir.

Tienes a toda la élite de la ciudad analizando tu linaje.

—Me gusta cómo suena —dijo Ángel, entrelazando sus dedos con los míos sobre la mesa de madera—.

Olivia Sterling.

Tiene la fuerza de lo que eres y la elegancia de lo que siempre debiste ser.

—Sigo siendo la misma, Maya —intenté decir, pero mi voz sonó diferente, más calmada, más segura.

—No, ya no —intervino Chloe con una sonrisa suave—.

Ahora caminas diferente.

El mundo te trata como te ve, y lo que ven ahora es a alguien inalcanzable.

Ángel permanecía en silencio, observando la escena con una sonrisa de satisfacción.

Él había logrado lo que quería: sacarme de las sombras y ponerme en un pedestal donde nadie pudiera tocarme.

A mitad de la mañana, decidimos tomar un descanso en el jardín de las estatuas, un rincón bellísimo lleno de mármol blanco y flores de invierno.

Mientras Ángel se alejaba un momento para atender una llamada de su padre, me quedé sola observando una de las figuras.

Fue entonces cuando sentí esa presencia familiar.

Ethan pasó por mi lado, caminando con su habitual desgana, pero esta vez se detuvo a un par de metros.

No me miró con la adoración de los demás, ni con la envidia de las chicas de Stirling.

Se limitó a observar mi perfil con esa seriedad egocéntrica que lo caracterizaba.

—¿Te gusta tu nuevo nombre, Sterling?

—preguntó con voz ronca, sin dejar de mirar hacia el horizonte—.

Suena caro.

Suena a algo que se guarda en una vitrina para que no se raye.

—Es quien soy ahora, Ethan —respondí, girándome hacia él.

Mis ojos verdes chocaron con los suyos—.

Y no estoy en ninguna vitrina.

—Eso es lo que él te hace creer —soltó él con una media sonrisa cínica antes de seguir su camino—.

Disfruta de la fama.

Pero recuerda que las estatuas son hermosas porque no se mueven.

Si intentas correr, el mármol se rompe.

Lo vi marcharse justo cuando Ángel regresaba.

Ángel me rodeó con su brazo, borrando cualquier rastro de la duda que Ethan intentaba sembrar.

—¿Todo bien, livie?

—me preguntó, besando mi sien.

—Todo perfecto —respondí.

El resto de la tarde fue un despliegue de lo que significa ser la prioridad de un Vandermir.

Ángel no permitió que el ambiente se viera afectado.

Después de esa tarde, me llevó a dar un paseo por la zona más privada del lago, un lugar donde los sauces llorones creaban cortinas naturales de color plata y verde.

Allí, lejos de los flashes, de los susurros y de los “amigos” que solo buscaban un favor, Ángel se detuvo y me tomó de las manos.

—Sé que todo esto es abrumador —dijo, mirándome con una intensidad que me hizo vibrar—.

Sé que pasar de ser Livie a ser Olivia Sterling ante el mundo es un peso enorme.

Pero quiero que sepas que este nombre no es una jaula, es un escudo.

Lo hice para que nadie vuelva a cuestionar tu derecho a estar aquí, a mi lado.

Sacó una pequeña caja de terciopelo del bolsillo de su chaqueta.

Al abrirla, no había un anillo —como decían los rumores— sino una delicada pulsera de platino con una sola esmeralda que coincidía exactamente con el verde de mis ojos.

—Esto no es por compromiso ni por deber —me dijo mientras la cerraba en mi muñeca—.

Es para que, cada vez que la mires, recuerdes que tú eres la dueña de este mundo ahora.

No tienes que pedir permiso para brillar, Olivia.

Esa tarde, la relación entre nosotros alcanzó un nivel de perfección que me asustaba.

Ángel era el novio ideal: atento, protector, sumamente inteligente y profundamente enamorado.

No había grietas, no había discusiones.

Me hacía sentir que Stirling no era una escuela, sino nuestro reino personal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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