No era amor - Capítulo 24
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24: CAPÍTULO 24 24: CAPÍTULO 24 La vida en Stirling se había convertido en una coreografía de lujo y atención constante.
Ángel no dejaba de adorarme; cada mañana encontraba un detalle nuevo, una flor exótica en mi pupitre o una reserva en el lugar más exclusivo.
El mundo nos veía como la pareja definitiva, la perfección encarnada.
Pero dentro de las paredes de nuestra intimidad, el aire empezaba a volverse pesado.
Era martes por la noche.
Estábamos en la sala común de su suite, un espacio elegante con chimenea y estanterías llenas de tomos de cuero.
Yo estaba concentrada en mis apuntes de historia del derecho, subrayando párrafos en silencio.
Ángel estaba sentado frente a mí, pero no leía.
Me observaba.
—¿Qué pasa?
—pregunté sin levantar la vista.
—Nada —respondió él, pero su tono era tenso—.
Solo esperaba que quizás, después de la cena que organicé para ti hoy, te acercaras a decirme algo.
Dejé el bolígrafo y lo miré, confundida.
—Te di las gracias en el restaurante, Ángel.
Fue una cena hermosa.
—No hablo de modales, Olivia.
Hablo de…
—se levantó, caminando inquieto por la habitación— acciones.
En todo el día no has tomado mi mano primero.
No me has dado un beso si yo no me acerco antes.
Ni siquiera me has dicho una palabra cariñosa que no sea una respuesta a algo que yo dije.
—Ángel, no empieces —suspiré, sintiendo que el cansancio me ganaba—.
Sabes que no soy así.
No soy de las que escriben notitas de “suerte en tus clases” ni de las que ponen apodos cursis.
Te amo, te lo dije anoche.
¿No es suficiente?
—¡No, no lo es!
—exclamó, y por primera vez vi una grieta de desesperación en su fachada impecable—.
Siempre soy yo el que da el primer paso.
Yo construyo el pedestal, yo te pongo la corona, yo te busco, yo te reclamo.
¿Y tú?
Tú solo te dejas querer.
Parece que estoy haciendo todo el trabajo solo.
Y no hablo de dinero, Olivia, lo sabes bien.
Hablo de que quiero sentir que me necesitas tanto como yo a ti.
Me levanté de la silla, sintiendo que la sangre me hervía.
Mi frialdad era mi defensa, y que él la cuestionara me hacía sentir expuesta.
—Es increíble, Ángel —dije, elevando la voz—.
Que a estas alturas me reclames esto.
Te he dado mi libertad, he aceptado tu mundo, tu apellido, tus reglas.
¿Y me preguntas si te quiero porque no te dejé una nota en el libro?
¡Madura!
—¿Qué quieres que piense?
—me gritó él, acercándose—.
Si no lo haces, es porque no te nace.
Y si no te nace, ¿es porque realmente estás conmigo o solo estás con la seguridad que te doy?
Esa fue la gota que colmó el vaso.
Mi carácter, ese que mantenía bajo llave, estalló.
Lo empujé con fuerza, haciéndolo retroceder un paso.
—¡Vete al diablo!
—le espeté, con los ojos verdes echando chispas—.
Estás mal de la cabeza si crees que estoy aquí por interés.
Eres tú el que inició esta pelea por una tontería emocional.
Me reclamas todo, me exiges que sea una persona que no soy, ¡y ahora quieres que yo me tranquilice porque tú decidiste que ya gritaste suficiente!
Ángel se quedó callado, sorprendido por mi reacción física y la violencia de mis palabras.
Respiró hondo, tratando de recuperar esa compostura de Vandermir que tanto lo caracterizaba.
—Está bien…
—dijo, bajando la voz y levantando las manos en señal de paz—.
Tienes razón.
Me tranquilicé.
No quiero pelear contigo, Olivia.
Te amo.
Pensemos bien las cosas, no quiero que terminemos así la noche.
—Ah, ¿ahora sí?
—me reí con amargura, recogiendo mis cosas con movimientos bruscos—.
Tú provocas el incendio y luego esperas que yo sea la que traiga el agua.
Pues quédate con tu tranquilidad, Ángel.
Caminé hacia la puerta, ignorando el nudo en mi garganta.
—¡Olivia, espera!
—llamó él, pero ya estaba fuera.
Cerré la puerta de la suite con un golpe seco que resonó en todo el pasillo.
Empecé a caminar rápido, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Escuché la puerta abrirse de nuevo y sus pasos apresurados detrás de mí.
—¡Olivia!
¡Por favor, detente!
—Ángel me rogaba, olvidando por completo su orgullo ante los pocos estudiantes que pasaban por el corredor—.
¡Lo siento, no debí decir eso!
¡Vuelve conmigo!
No me detuve.
Necesitaba aire, necesitaba distancia de esa perfección asfixiante que él exigía y que yo, con mi alma de hielo, no sabía cómo darle.
Entré en mi habitación y cerré la cerradura con un doble giro que retumbó en mis oídos como una sentencia.
Tiré el bolso sobre la cama y, con las manos temblorosas, busqué el teléfono.
Mis dedos se deslizaron por la pantalla para presionar el botón de apagado.
El silencio que siguió fue absoluto, frío y, por un momento, terriblemente necesario.
No pasaron ni tres minutos cuando los primeros golpes sonaron al otro lado de la madera.
—Olivia…
abre, por favor.
Sé que estás ahí.
Era él.
Su voz llegaba amortiguada, pero cargada de esa angustia que me revolvía el estómago.
No respondí.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta, sintiendo las vibraciones de sus nudillos golpeando rítmicamente.
—Olivia, lo siento —su voz bajó de volumen, ahora estaba apoyado del otro lado, casi como si estuviéramos espalda contra espalda separados por unos centímetros de madera—.
Fui un idiota.
No quería que te sintieras presionada, es solo que…
a veces siento que te me escapas.
Siento que estás conmigo pero que tu mente está a kilómetros de distancia.
Por favor, solo abre.
Solo quiero saber que estás bien.
Me abracé las rodillas, ocultando el rostro en ellas.
Mi orgullo era una coraza demasiado pesada.
Sabía que si abría la puerta, vería su rostro destrozado y terminaría cediendo, y yo no estaba lista para ceder.
No sabía cómo darle lo que pedía.
No sabía cómo ser esa persona cálida y detallista que él imaginaba.
Pasó una hora.
Luego dos.
A veces el silencio era total, y yo llegaba a pensar que se había ido.
Pero entonces escuchaba el roce de su ropa contra el marco de la puerta o un suspiro pesado que delataba su presencia.
Ángel Vandermir, el heredero del imperio, el chico que tenía a toda la academia a sus pies, estaba sentado en el pasillo, en el suelo, rogando por un perdón que yo me negaba a pronunciar.
—No me voy a ir, Olivia —dijo de pronto, con la voz ya ronca—.
Puedes apagar las luces, puedes ignorarme toda la noche, pero aquí voy a estar cuando amanezca.
Porque prefiero estar del otro lado de esta puerta que en cualquier otro lugar donde tú no estés.
Escuchar su desesperación me dolía más de lo que quería admitir.
Una parte de mí quería abrir, abrazarlo y decirle que yo también lo amaba a mi manera, aunque fuera una manera torpe y fría.
Pero mi otra parte, la que se sentía agredida por sus reclamos, se mantenía firme.
Me levanté del suelo y me metí en la cama, cubriéndome hasta la cabeza.
Las sombras de la habitación parecían alargarse.
Afuera, en el pasillo, el silencio volvió a reinar, roto solo por el sonido lejano de algún estudiante pasando y la presencia constante de Ángel, que cumplía su promesa de no moverse.
Esa noche, la “pareja perfecta” de Stirling dormía separada por una puerta: uno rogando por amor y la otra protegiendo lo poco que quedaba de su independencia en un silencio sepulcral.
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