No era amor - Capítulo 25
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25: CAPÍTULO 25 25: CAPÍTULO 25 A la mañana siguiente, el despertador sonó con una crueldad metálica.
Me levanté con los ojos pesados y el alma todavía en guardia.
Me arreglé con una precisión casi mecánica: el cabello negro perfectamente peinado, el uniforme de Stirling impecable y mi rostro transformado en esa máscara de frialdad que ahora todos conocían como Olivia Sterling.
Al abrir la puerta, me lo encontré.
Ángel estaba sentado contra la pared opuesta, con la camisa del esmoquin de ayer arrugada y el cabello desordenado.
Tenía las ojeras marcadas, pero en cuanto escuchó la cerradura, se puso en pie de un salto.
Parecía agotado, roto, pero sus ojos se iluminaron con una esperanza desesperada que yo decidí ignorar.
Ajusté la correa de mi bolso en el hombro y caminé hacia el ascensor sin dedicarle ni una mirada.
—¿Olivia?
¿En serio vas a hacer esto?
—su voz sonó ronca, herida por el frío de la noche en el pasillo—.
¡Olivia, mírame!
Seguí caminando.
El eco de mis tacones era lo único que respondía.
Ángel me alcanzó en un par de zancadas y me tomó del brazo, obligándome a detenerme en medio del corredor vacío.
—¡Basta ya!
—estalló él, y esta vez su tono no era de ruego, sino de pura frustración—.
El inmaduro soy yo, ¿verdad?
Eso dijiste anoche.
Pero tú te estás portando como una niña desde ayer por una simple pelea.
Ya te pedí perdón mil veces, pasé la maldita noche en el suelo de un pasillo por ti.
¿Qué más quieres?
Me giré hacia él, con los ojos verdes encendidos por la indignación.
—Sí, Ángel, pero las cosas no se arreglan así de simple —le solté, liberando mi brazo con un movimiento brusco—.
Heriste mis sentimientos.
Me reclamaste cosas que sabes que me cuestan, me hiciste sentir que no soy suficiente para tu estándar de “novia perfecta” y ahora esperas que con un “lo siento” me derrita en tus brazos.
¿Así de fácil crees que soy?
—¡No es que seas fácil, es que somos nosotros!
—exclamó él, dando un paso hacia mi espacio personal—.
Si no me dejas excusarme, Livie, ¿cómo quieres que lo arreglemos?
Yo no quiero estar así y lo sabes perfectamente.
Esto nos está matando a los dos.
Antes de que pudiera replicar, él acortó la distancia.
No me dejó retroceder.
Me tomó de la mano con firmeza y, en un movimiento rápido pero cargado de una ternura que me desarmó, me rodeó con sus brazos por la espalda baja, pegando mi cuerpo al suyo.
Enterró su rostro en el hueco de mi cuello y aspiró mi perfume, un suspiro tembloroso escapando de sus labios.
—Discúlpame —susurró contra mi piel, y sentí su corazón latiendo desbocado contra mi espalda—.
Te lo ruego, perdóname.
No era mi intención hacerte sentir así, no volverá a pasar.
No puedo estar un minuto más sintiendo que me odias.
Te necesito.
Sentí cómo mi propia muralla empezaba a desmoronarse.
Su calor, el ritmo acelerado de su corazón y esa vulnerabilidad tan impropia de un Vandermir terminaron por vencerme.
La verdad era que yo también lo había extrañado.
Había extrañado sus atenciones, su presencia constante, incluso esa forma posesiva de molestarme.
La noche sin él había sido un vacío demasiado oscuro.
Me rendí.
Dejé caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro, y solté un suspiro de derrota.
Me giré en sus brazos y lo miré a los ojos.
Ángel no esperó; acunó mi rostro con ambas manos y me besó con una intensidad que mezclaba el perdón, el hambre y la promesa de no volver a soltarme.
El conflicto se disolvió en ese beso, aunque en el fondo de mi mente, la advertencia seguía ahí: éramos fuego y hielo, y tarde o temprano, uno de los dos terminaría quemando al otro.
Después de la reconciliación en el pasillo, una idea se quedó grabada en mi mente como una brasa encendida.
Las palabras de Ángel habían dolido porque eran ciertas.
Durante años, yo había consumido el amor a través de páginas de papel y pantallas de cine; había leído sobre corazones desbocados y promesas eternas, pero en la vida real, mi pecho siempre se sentía como un lago congelado.
Quería amar a Ángel con esa misma intensidad literaria, pero no sabía cómo.
Esa noche, mientras Maya y Chloe dormían profundamente, yo me planté frente a mi escritorio.
La luz de la lámpara de noche era mi única aliada.
Arrugué una hoja, luego otra.
El bote de basura se llenaba de intentos fallidos de ser alguien que no era.
Me levanté, caminé en círculos y me volví a sentar.
No podía escribir mentiras.
Así que decidí escribir la verdad.
Plasmé que no era buena con las palabras verbales, que el romance me asustaba y que, aunque había leído mil historias, la nuestra era la primera que me obligaba a sentir de verdad.
Escribí que quería que nuestra historia fuera única, grandiosa, y que aunque no supiera ser cariñosa, iba a intentarlo por él.
Por nosotros.
Al terminar, sentí que había dejado una parte de mi alma en ese papel.
A la mañana siguiente, me preparé con un entusiasmo que no conocía.
Armé una caja roja en forma de corazón.
Metí sus chocolates favoritos y un pequeño frasco lleno de notas enrolladas para que leyera una cada día.
Debajo de todo, oculta por el papel picado y el jarrón de cristal, estaba la carta.
La estrella de mi confesión.
Salí del edificio con el uniforme impecable, pero con las manos temblando tanto que tuve que apretar la caja contra mi pecho.
Allí estaba él, apoyado en su coche, esperándome como cada mañana.
Al verme, su expresión se suavizó, pero se detuvo al notar el objeto en mis manos.
—Ángel…
—mi voz flaqueó—.
Te tengo un obsequio.
Estoy muy nerviosa, no sé si te va a gustar…
tengo miedo.
Ángel se enderezó, y por un segundo, el heredero imponente desapareció para dejar paso al chico que simplemente me adoraba.
Sus ojos brillaron con una emoción que me cortó el aliento.
—Créeme, Olivia —dijo con voz suave—, sea lo que sea, me va a encantar porque viene de ti.
Eso lo hace lo más hermoso del mundo.
Sentía el corazón a mil por hora.
El miedo a ser rechazada o a que el detalle fuera “poco” me asfixiaba, pero respiré hondo.
—Está bien.
Cierra los ojos y extiende tus manos.
Él obedeció de inmediato, con una sonrisa expectante.
Antes de depositar el peso de la caja sobre sus palmas, hablé con la mayor honestidad que había tenido en mi vida: —Te estoy entregando mi corazón, Ángel.
Decidí abrir mis sentimientos y expresarte lo que siento aquí, en esto.
Espero de verdad que te guste, porque me costó mucho hacerlo.
Dejé la caja en sus manos.
—Puedes abrirlos.
Ángel abrió los ojos y miró la caja.
Sus manos, siempre tan seguras, temblaron un poco al acariciar la tapa.
Al ver el interior —los chocolates, el frasco con notas y, finalmente, la carta—, su rostro se transformó.
No fue una sonrisa triunfal; fue una mezcla de asombro y una alegría tan inmensa que sus ojos se humedecieron.
Se quedó sin palabras, mirando el papel que contenía mi letra, dándose cuenta de que finalmente había logrado entrar en la parte más resguardada de mi ser.
Estaba conforme.
Estaba más que conforme: estaba radiante.
El momento fue de una pureza tal que el tiempo pareció detenerse, pero en una academia como Stirling, las paredes siempre tienen ojos…
y cámaras.
Mientras nosotros estábamos sumergidos en nuestra propia burbuja, un grupo de chicas a pocos metros, ocultas tras los pilares del edificio, no habían perdido detalle.
Grabaron todo: mis manos temblorosas entregando la caja, el brillo de triunfo en los ojos de Ángel al recibirla y, finalmente, ese beso.
Un beso que no fue solo un roce, sino una explosión de alivio y pasión que selló nuestra reconciliación.
Para cuando nos separamos, el video ya estaba en la red social de la academia.
—Lo leeré con calma más tarde, Olivia.
Quiero saborear cada palabra —me susurró Ángel, guardando la caja con un cuidado casi religioso en el asiento trasero del coche—.
Tenemos clase ahora, pero no voy a soltar tu mano en todo el camino.
Caminamos hacia el edificio principal, y sentí que la atmósfera era diferente.
Las miradas ya no eran solo de respeto, eran de fascinación absoluta.
Los teléfonos brillaban por todas partes.
Las redes estaban estallando.
—¡Muéstranos, Ángel!
—gritó Maya, apareciendo de la nada junto a Chloe—.
¡Olivia jamás ha hecho algo así!
Necesitamos saber qué hay en esa caja.
Son demasiado lindos, voy a morir de amor.
Ángel se limitó a sonreír, rodeando mis hombros con su brazo, luciendo más radiante que nunca.
Llegamos al área de descanso donde estaban Leo, Isabella e Ethan.
—Vaya, vaya…
¿dónde estuvieron esta mañana?
—preguntó Leo con una sonrisa burlona—.
Un poco de privacidad para decirse sus cursilerías, ¿cierto?
Isabella frunció el ceño, confundida.
—¿De qué estás hablando, Leo?
En respuesta, Leo sacó su teléfono y reprodujo el video que ya tenía miles de “likes”.
—Mira esto, Isabella.
Alguien estuvo escondido grabando el momento del año.
Ethan, que estaba sentado un poco más alejado, se mantuvo en un silencio sepulcral, casi invisible tras el humo de su cigarrillo, pero sus ojos estaban fijos en la pantalla del móvil de Leo.
Ángel, lejos de molestarse, se acercó a mirar el video con una satisfacción inmensa.
—En realidad, estoy agradecido de que alguien lo grabara —comentó Ángel con voz profunda—.
Ahora tendré ese momento registrado para siempre.
Es lo más hermoso que he presenciado en mi vida.
—¡Y espera a ver los comentarios!
—exclamó Maya, quitándole el teléfono a Leo para enseñárnoslo—.
“La pareja perfecta”, “Se ven increíbles”, “Es como una película de época”.
Empezamos a deslizar los dedos por la pantalla.
Todo eran halagos, corazones y bendiciones para los “reyes de Stirling”.
Pero de repente, mis ojos se detuvieron en una frase que me heló la sangre.
El comentario tenía muchos “likes” y decía: “¿Soy la única que nota que a ella le costó?
Miren cómo le temblaban las manos.
Alguien que lea los labios: ella dice que tiene miedo.
Se nota forzado por parte de ella, él es quien la tiene en un pedestal, ella solo intenta encajar Me quedé helada.
Lo leí por accidente y sentí un vacío en el estómago.
La seguridad que había construido con mi carta se tambaleó por un segundo.
El mundo estaba diseccionando mi esfuerzo, exponiendo mi mayor miedo: que mi amor nunca fuera suficiente o que se viera como una actuación.
Ángel notó que me había quedado rígida y me quitó el teléfono de la mano, fulminando la pantalla con la mirada.
Pero antes de que pudiera decir nada, mi vista se cruzó con la de Ethan.
Él no estaba mirando el video; me estaba mirando a mí, con una expresión ilegible que me hizo sentir que él, mejor que nadie, sabía exactamente lo que yo estaba sintiendo detrás de esa máscara de perfección.
Sentí un escalofrío al leer aquellas palabras en la pantalla.
“Se nota forzado”, “ella solo intenta encajar”.
Era como si alguien hubiera metido la mano en mi pecho y hubiera expuesto mis dudas más profundas ante toda la academia.
Bajé la mirada, sintiendo que el peso de la caja de corazón se volvía de plomo.
Ángel, que siempre parecía tener un radar para mis cambios de ánimo, me quitó el teléfono suavemente.
Sus ojos recorrieron el comentario y vi cómo su mandíbula se tensaba, no de tristeza, sino de una determinación feroz.
No dejó que el silencio se prolongara.
Frente a Maya, Chloe, Leo e incluso bajo la mirada gélida de Ethan e Isabella, Ángel me rodeó la cintura con su brazo y me atrajo hacia él con una fuerza que me devolvió el aliento.
—¿Saben qué es lo que pasa con la gente que comenta estas cosas?
—dijo Ángel, alzando la voz lo suficiente para que las mesas cercanas también escucharan—.
Que nunca han tenido a alguien que se esfuerce por ellos.
Me miró a los ojos, ignorando por completo el teléfono de Leo.
—Olivia, me da igual si te temblaban las manos o si tenías miedo.
De hecho, eso lo hace mil veces más valioso para mí.
Cualquiera puede comprar un regalo caro, pero solo alguien que te ama de verdad se atreve a enfrentar sus propios miedos para darte un pedazo de su alma.
Lo que hiciste hoy es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Te amo, y me importa un bledo lo que un extraño detrás de una pantalla piense sobre nosotros.
Sus palabras cayeron como un bálsamo sobre mi inseguridad.
Vi a Maya y Chloe suspirar conmovidas, mientras que Isabella asintió con una sonrisa suave.
Ethan, por su parte, desvió la mirada hacia el lago, apretando el cigarrillo entre sus dedos hasta que la ceniza cayó sobre su bota.
Pero Ángel no se detuvo ahí.
Sacó su propio teléfono, ese que rara vez usaba para cosas personales en público, y buscó el video que ya era tendencia.
Frente a todos nosotros, escribió un comentario que selló cualquier debate.
@AngelVandermir: “Para los que analizan gestos: lo que ven es a la mujer más valiente y auténtica que conozco entregándome su corazón.
No necesito que sea perfecto para el mundo, porque para mí ya lo es todo.
Te amo, Olivia Sterling.
Gracias por escribir nuestra historia conmigo.” Bloqueó el teléfono y lo guardó, dedicándome una sonrisa que borró cualquier rastro de dolor.
—Ahora —dijo, tomando mi mano—, vamos a clase.
Tengo un tesoro que guardar y una novia que presumir.
Caminamos juntos, dejando atrás el murmullo y las redes sociales.
Por primera vez, no me importó ser el centro de atención.
Mientras avanzábamos por el pasillo, sentí que la carta que había escrito anoche no era solo un papel, era el inicio de algo que ninguna crítica podría destruir.
Habíamos ganado, y Ángel se había encargado de que el mundo supiera que mi “frialdad” era, en realidad, el fuego más puro que él jamás había encendido.
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