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No era amor - Capítulo 26

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26: CAPÍTULO 26 26: CAPÍTULO 26 Ángel El ruido de la academia se convirtió en un eco lejano en cuanto cerré la puerta de mi despacho privado en el ala este.

Necesitaba silencio.

Necesitaba que el aire dejara de vibrar con las voces de los demás para poder escuchar la única voz que me importaba.

Dejé la caja de corazón sobre el escritorio de caoba.

Mis manos, que suelen ser firmes incluso cuando negocio acuerdos de millones de dólares, temblaban ligeramente.

Era una sensación ridícula y maravillosa a la vez.

Yo, Ángel Vandermir, el hombre entrenado para no mostrar debilidad, estaba siendo derrotado por una caja de cartón roja y el aroma a vainilla que desprendía.

Saqué los chocolates y el frasco de las notas con una reverencia casi religiosa, pero mi objetivo era el papel que descansaba en el fondo.

La carta.

Me senté en el sillón de cuero y desdoblé la hoja.

Al ver su caligrafía —una letra elegante, pero con trazos que denotaban la prisa y el nervio de quien escribe a las tres de la mañana—, sentí un vuelco en el pecho.

Suspiré hondo y empecé a leer.

“Ángel…

Sé que esperas de mí palabras que fluyan como en las películas que tanto he visto, pero mi realidad es más silenciosa.

Siempre he vivido el amor a través de otros, oculta tras las páginas de libros donde el romance es perfecto y los sentimientos son claros.

Cuando llegaste tú, intenté comparar lo que sentía con lo que había leído, y me asusté al darme cuenta de que no había libro que pudiera explicarte…” Cerré los ojos un segundo, tragando saliva.

Ella creía que su silencio era un vacío, cuando para mí era el misterio más fascinante del mundo.

Continué leyendo, devorando cada palabra como si fuera agua en un desierto.

“No soy buena con los besos inesperados ni con las notas de buenos días.

Mi corazón es torpe, Ángel.

Es frío porque nunca supo cómo arder sin quemarse.

Pero anoche, mientras me reclamabas ese afecto, entendí que mi mayor miedo no es no saber amarte, sino que tú te canses de esperar a que aprenda.

Perdóname por ser de hielo cuando tú eres fuego.

Pero quiero que sepas esto: si hoy soy Olivia Sterling ante el mundo, es porque tú me diste el valor de serlo.

Y aunque no sepa cómo decir ‘te amo’ sin que me tiemble la voz, lo estoy intentando.

Quiero escribir mi historia contigo, porque eres el único capítulo de mi vida que no quiero que termine nunca…” Me quedé mirando el papel, incapaz de moverme.

Sentí un calor intenso subiendo por mi cuello, una humedad traicionera en los ojos que me negaba a dejar salir.

La adoración que sentía por ella en ese momento era algo que rozaba lo sagrado.

Ella pensaba que era “torpe”, que su amor no era suficiente porque no se parecía a un guion de cine.

No entendía que esa vulnerabilidad, ese esfuerzo casi agónico por abrirme una rendija de su alma, valía más que todas las joyas que mi familia pudiera comprar.

—Mi pequeña Olivia —susurré al vacío de la habitación, acariciando su firma con la yema del pulgar—.

No tienes idea de que ya eres mi historia completa.

Me levanté y caminé hacia el ventanal que daba a los jardines.

La vi a lo lejos, caminando con Maya hacia los dormitorios.

Se veía tan pulcra, tan inalcanzable, tan “Sterling”.

Nadie de los que la miraban con envidia o curiosidad sabía que esa mujer de hielo había pasado la noche en vela arrugando papeles solo para decirme que quería intentarlo.

Estaba enganchado.

No era solo amor; era una devoción absoluta, una obsesión bendita.

Si ella quería aprender a amar, yo sería su maestro, su alumno y su refugio.

Si ella se sentía un lago congelado, yo pasaría el resto de mi vida caminando sobre ese hielo hasta que mis pies sangraran, solo para estar a su lado.

Doblé la carta con una delicadeza extrema y la guardé en el bolsillo interior de mi saco, justo sobre mi corazón.

No podía esperar a mañana.

El papel de la carta quemaba contra mi pecho, recordándome en cada latido que Olivia se había desnudado emocionalmente para mí.

Cada palabra suya era un hilo de seda que me amarraba más fuerte a su existencia.

Salí de mi despacho con una energía renovada, una que no venía del poder ni del apellido, sino de la certeza de ser amado por la mujer más difícil y fascinante que Stirling había visto jamás.

Conduje hacia el edificio de dormitorios femeninos.

Eran casi las once de la noche, una hora en la que las reglas de la academia dictaban silencio y retiro, pero las reglas de los Vandermir siempre habían sido…

flexibles.

Subí las escaleras de dos en dos, evitando a la supervisora de pasillo con la facilidad que me otorgaba conocer cada rincón de este lugar.

Cuando llegué a la puerta de Olivia, me detuve un segundo para recuperar el aliento.

Mi corazón golpeaba mis costillas con una fuerza que me hizo sonreír; ella decía que su corazón era torpe, pero el mío se sentía como el de un adolescente en su primer amor.

Llamé a la puerta.

Tres toques suaves, pero rítmicos.

La puerta se abrió apenas una rendija.

Vi su ojo verde asomarse, cauteloso, hasta que me reconoció.

Olivia abrió del todo, envuelta en una bata de seda blanca, con el cabello azabache cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros.

Se veía etérea, vulnerable.

—¿Ángel?

—susurró, mirando nerviosa hacia el pasillo—.

¿Qué haces aquí?

Es tarde, si alguien te ve…

No la dejé terminar.

Entré en la habitación y cerré la puerta tras de mí, atrapándola entre la madera y mi cuerpo.

No era una invasión, era una necesidad.

La miré a los ojos, buscando rastros de esa chica que anoche lloraba de frustración y que hoy me había entregado su alma en tinta.

—Leí la carta —dije, mi voz saliendo más profunda de lo que esperaba.

Ella bajó la mirada, un rubor subiendo por sus mejillas.

—Ángel, yo…

te dije que no soy buena con esto.

Quizás fue demasiado, quizás sonó patético…

—Fue perfecto —la interrumpí, tomando su mentón para obligarla a mirarme—.

Olivia, mírame.

Dijiste que tu corazón es de hielo porque no sabe cómo arder sin quemarse.

Pues quémame.

No me importa quedar reducido a cenizas si es por ti.

La atraje hacia mí, rodeando su cintura con mis brazos.

Sentí cómo se tensaba un segundo antes de relajarse por completo contra mi pecho.

Estaba temblando otra vez, y esa vulnerabilidad me volvía loco de adoración.

—Me pediste perdón por ser fría —continué, susurrando contra su frente—.

Pero no entiendes que yo no quiero una llama que se apague rápido.

Quiero tu hielo, quiero tu silencio, quiero cada parte de ti que crees que está mal.

Porque esa “frialdad” es lo que te hace ser tú, y es lo que me mantiene de rodillas ante ti.

Me incliné y la besé.

No fue un beso para las cámaras, ni para presumir en redes sociales.

Fue un beso lento, cargado de una gratitud desesperada.

Ella me rodeó el cuello con sus brazos, y por primera vez, no sentí que ella se dejaba querer; sentí que me estaba devolviendo el amor con la misma intensidad que yo le entregaba.

—No tienes que ser como en los libros, Livie —le dije entre besos, usando el nombre que ella creía perdido—.

No busques más historias fuera.

Vamos a escribir la nuestra, y te prometo que el final será mucho mejor que cualquier cosa que hayas leído.

Esa noche, en la penumbra de su habitación, me di cuenta de que mi misión en la vida había cambiado.

Ya no se trataba de heredar un imperio o mantener un estatus.

Mi única misión era ser el hombre que mantuviera a salvo a Olivia Sterling, el dueño de su hielo y el guardián de cada uno de sus miedos.

Ella se quedó dormida en mis brazos poco después, agotada por la tensión del día.

Yo me quedé despierto, velando su sueño, con su carta aún guardada en mi saco, sintiéndome el hombre más poderoso del mundo no por lo que tenía en el banco, sino por lo que tenía entre mis brazos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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