No era amor - Capítulo 27
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
27: CAPÍTULO 27 27: CAPÍTULO 27 Ethan —¿Viste cómo la miraba?
Es que Ángel es demasiado bueno, de verdad.
Yo no sé si esa chica, Olivia o como se llame, se merece tanto despliegue.
La voz de Isabella me taladraba los oídos mientras caminábamos hacia el estacionamiento.
Habíamos salido de la cafetería después del numerito del video viral, y ella no había cerrado la boca ni un segundo.
Para el resto de la academia, éramos la pareja rebelde y atractiva; para mí, Isabella era un ruido blanco que cada vez soportaba menos.
—Ya la oíste, Isabella.
Se esforzó.
Hizo una caja, escribió una carta…
—dije, tratando de sonar indiferente mientras encendía un cigarrillo.
—Ay, por favor, Ethan.
Esa caja la pudo haber hecho cualquiera.
Ángel es mi mejor amigo, lo conozco desde que usábamos pañales, y sé que él lo que necesita es alguien a su nivel, no una chica que parece que está haciendo un casting para una película muda —soltó ella con una risita falsa, acomodándose el cabello—.
Pero bueno, si mi Ángel es feliz con esa “reina de hielo”, yo lo apoyo.
Soy la única que realmente lo entiende.
Me detuve en seco, soltando el humo con violencia.
Me irritaba su tono, me irritaba que se refiriera a él como “su” Ángel y, sobre todo, me irritaba que hablara de Olivia con esa superioridad barata.
—¿Puedes hablar de otra cosa que no sea Ángel Vandermir por cinco minutos?
—le solté, clavando mis ojos en ella—.
Llevas media hora analizando su relación.
Me importa una mierda lo que Ángel haga con su vida o con quién se acueste.
Isabella se puso a la defensiva de inmediato, cruzándose de brazos.
—¡No seas grosero!
Me preocupo por él porque es mi amigo.
Además, deberías aprender un poco de él.
Mira cómo la trata, mira los detalles que tiene…
En cambio tú, siempre estás en tu mundo, con tus sustancias y tu silencio.
Nuestra relación es increíble ante los demás, pero a veces parece que solo me usas para que no te echen de Stirling.
—Nuestra relación es una fachada, Isabella.
Y lo sabes —le recordé, acercándome a ella con una frialdad que la hizo retroceder—.
Tú estás obsesionada con la vida de tu amigo porque tu propia vida te aburre.
Y yo…
yo solo intento que el día pase rápido.
—¡Eres un imbécil!
—me gritó, aunque bajó el tono cuando un grupo de primer año pasó cerca.
Rápidamente, cambió su expresión a una sonrisa radiante y me tomó del brazo con fuerza, fingiendo que estábamos bromeando—.
No nos están viendo, sonríe —susurró entre dientes.
Esa era Isabella.
Una experta en pintar cuadros perfectos sobre lienzos podridos.
En público, éramos los mejores; en privado, no podíamos estar en la misma habitación sin que ella mencionara a Ángel o yo terminara buscando una excusa para irme.
—Me asfixias, Isabella.
Stirling me asfixia —dije, soltándome de su agarre—.
Me voy a los dormitorios.
—¡Oh, claro!
¡Huye como siempre!
—me espetó ella, con los ojos llenos de una envidia que no podía ocultar—.
¡Vete a tu cueva!
Al menos Ángel se queda con Olivia.
Él sí sabe lo que es el compromiso.
Caminé sin mirar atrás.
Sus palabras sobre Ángel y Olivia eran como sal en una herida abierta.
Isabella no tenía idea de que, cada vez que criticaba a Olivia, me daban ganas de gritarle que esa chica era mil veces más real que ella.
Pero me callé.
Me callé porque en este juego de máscaras, yo era el que más tenía que perder si la verdad salía a la luz.
Nuestra relación era sexo, gritos y silencios incómodos.
Y mientras ella siguiera usando a Ángel como estándar de oro, yo seguiría usándola a ella para intentar olvidar que el amor de mi vida estaba a unos metros, olvidándose de mí en brazos del hombre que más odiaba.
No llegué a los dormitorios.
Me detuve a mitad del pasillo, con los puños apretados y el sabor amargo del tabaco quemándome la garganta.
Escuché el eco de sus tacones apresurados detrás de mí; el ritmo era constante, decidido.
Isabella no iba a dejar que me fuera así.
—Ethan, espera —su voz bajó varias octavas, perdiendo el filo de la pelea—.
No quiero que terminemos así.
Me giré lentamente.
Allí estaba ella, retocándose un mechón rubio con una elegancia mecánica, como si nada hubiera pasado.
Me puso las manos en el pecho, justo sobre mi corazón, que latía con una furia sorda que ella siempre confundía con pasión.
—Hagámoslo bien esta vez —susurró, inclinando la cabeza con esa vulnerabilidad ensayada—.
Olvida lo que dije.
Mañana tenemos que estar en nuestro mejor momento, ¿lo sabes, no?
Asentí sin decir nada.
Subimos a su habitación.
En cuanto la puerta se cerró y el seguro hizo click, la tregua comenzó.
No hubo palabras dulces.
Ella se deshizo de su chaqueta con movimientos rápidos, buscándome con una urgencia que me asfixiaba.
La atraje hacia mí y la besé con una intensidad que ella confundió con deseo, pero que para mí era pura rabia contenida.
Cerré los ojos con fuerza.
Quería que la oscuridad me ayudara a engañar a mis sentidos.
Quería que su cuerpo fuera suficiente para silenciar el ruido de mi cabeza.
Pero era inútil.
Incluso con ella aferrada a mi cuello, mi mente era una pantalla que proyectaba una y otra vez la imagen del video.
Imaginaba a Ángel leyendo esa carta, imaginaba sus dedos recorriendo la piel de Olivia, esa piel que yo había jurado proteger hace una vida.
Cada vez que Isabella se acercaba más, el eco de mi propia mente gritaba un nombre que no era el suyo.
Fue un acto mecánico.
Un simulacro que solo servía para recordarnos lo solos que estábamos a pesar de estar juntos.
Cuando terminó, nos quedamos allí, en la penumbra de su habitación llena de perfumes caros y revistas de moda.
Isabella se acurrucó contra mi hombro, ya recuperada, con esa sonrisa satisfecha de quien ha vuelto a poner todo bajo control.
Hasta que se quedó dormida con la mano aún sobre mi pecho, como reclamando su propiedad.
Me quedé allí, mirando las sombras del techo.
El silencio de la habitación era una burla.
Sentía un vacío gélido en el estómago que ni mil noches con Isabella podrían llenar.
Los celos me quemaban por dentro; no eran solo celos de hombre, era una envidia corrosiva.La pura envidia de ver a Ángel teniendo lo único que yo siempre quise.
Ángel no solo tenía el dinero y el poder; tenía a Liv.
Tenía el derecho de entrar en su habitación, de besar sus miedos, de leer sus secretos en un papel arrugado.
Y lo que más me dolía, lo que me hacía querer romperme los nudillos contra la pared, era que Olivia lo estaba dejando entrar.
Ella estaba intentando amar a ese tipo.
Estaba esforzándose por un hombre que no conocía su pasado, que no sabía nada de la niña de las rodillas raspadas.
Pero él tenía la realidad, y yo solo tenía el recuerdo.
Odiaba a Ángel.
Lo odiaba por tener el derecho de tocarla, de protegerla y de recibir esas cartas que ella nunca me escribiría a mí.
Odiaba que él fuera el “héroe” de la historia mientras yo era el que se escondía en una habitación que olía a perfume que no soportaba, fingiendo una vida que despreciaba.
Me solté de su agarre con cuidado y me senté al borde de la cama, frotándome el rostro con las manos.
En la oscuridad, la imagen de Olivia entregando esa caja roja volvió a aparecer tras mis párpados.
Mañana tendría que verlos de nuevo.
Tendría que sonreír mientras Isabella marcaba territorio sobre Ángel y yo tendría que tragarme las ganas de gritarle a Olivia que el niño de las rodillas raspadas seguía aquí, muriéndose de hambre en medio de tanta opulencia.
Estábamos rotos.
Todos.
Pero en Stirling, mientras el simulacro continuara, nadie vendría a salvarnos
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com