No era amor - Capítulo 29
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29: CAPÍTULO 29 29: CAPÍTULO 29 Olivia Me quedé mirando la puerta de la cafetería mucho después de que ellos se fueran.
El calor del beso de Ángel todavía se sentía en mi mejilla, pero el frío que dejó su ausencia al seguir a Isabella era mucho más real.
Me senté lentamente frente a Maya, que evitaba mirarme mientras removía su café con una intensidad innecesaria.
—Solo es un proyecto, Maya —dije, más para mí que para ella—.
Economía es difícil.
—Claro, Liv.
Un proyecto de vida, parece —murmuró ella sin levantar la vista.
Antes de que pudiera defenderme, una sombra se proyectó sobre nuestra mesa.
Levanté la vista y me encontré con Chloe.
Llevaba su chaqueta de la facultad de Negocios al hombro y una expresión que no supe descifrar: ¿lástima o advertencia?
—¿Dónde está Ángel?
—preguntó Chloe, mirando el espacio vacío a mi lado.
—Se acaba de ir a la biblioteca con Isabella —respondí, tratando de que mi voz sonara firme—.
Tienen que terminar el adelanto del proyecto.
Chloe se quedó pensativa un segundo, apretando la correa de su bolso.
Luego, arrastró una silla y se sentó con nosotros sin pedir permiso.
Me miró fijamente a los ojos.
—¿Y tú cómo te sientes con eso, Olivia?
—¿Con que estudie?
—solté una risa seca—.
Bien.
No soy una novia celosa, Chloe.
Confío en Ángel.
Él sabe lo que hace.
Chloe soltó un suspiro largo, casi exasperado.
—Confiar en Ángel es una cosa, Olivia.
Pero ser una ilusa pensando que Isabella no va a dar el paso es otra muy distinta.
Y tú lo sabes.
Estuve en esa clase, los vi.
—¿Viste qué?
—preguntó Maya, inclinándose hacia adelante.
—Vi a una chica que no dejó de tocarlo ni un segundo.
Vi a una chica usando el suéter de tu novio porque “tenía frío”.
Vi a Ángel dejándose hacer de todo como si fuera lo más normal del mundo —Chloe negó con la cabeza—.
Isabella no está haciendo un proyecto de economía, está marcando su territorio frente a todo el salón.
—Él le pondrá un límite si esto escala a algo más —insistí, aunque sentí una punzada en el estómago al imaginarla con su suéter—.
Ella es como su hermana, él mismo lo dijo.
—No lo creas tanto, Livie —intervino Maya con voz suave—.
Esa etiqueta de “hermanitos” es el escondite perfecto para las personas que no quieren soltar lo que creen que les pertenece.
—Aparte…
ya están empezando a hablar —añadió Chloe, sacando su teléfono del bolsillo—.
Esto acaba de salir en el Spotted de la escuela.
Me pasó el teléfono.
Era una foto de hace apenas diez minutos.
Salían Ángel e Isabella caminando por el pasillo hacia la biblioteca.
Ella iba colgada de su brazo, riendo, y él la miraba con una expresión relajada, casi íntima.
El pie de foto era una estocada directa al corazón: > “Parece que la pareja del momento tiene los días contados.
Al final, uno siempre regresa a sus raíces.
¿Será que el oro de los Vandermir pesa más que el cristal de los Sterling?
#TeamVandermir #StirlingSecrets” Sentí un vacío en el pecho.
No era solo la foto, era que la gente ya nos estaba desintegrando en sus mentes.
Para el resto del internado, yo era solo una distracción temporal, una rama que Ángel cortaría para volver a la raíz que compartía con Isabella.
—Es solo un rumor —susurré, devolviéndole el teléfono a Chloe con las manos temblorosas—.
Ángel no es así.
—Ángel no sabe decir que no, Olivia —sentenció Chloe, levantándose de la mesa—.
Y mientras él no sepa decir “no”, ella siempre va a ganar por cansancio.
Suerte con eso.
Me quedé mirando la pantalla de mi propio teléfono, esperando un mensaje de él que me dijera que me quería, que me extrañaba, algo.
Pero no llegó nada.
En ese momento, en la biblioteca, Ángel no era mío.
Era de sus raíces.
El silencio de mi teléfono dolía más que cualquier grito.
Estaba ahí, sobre la mesa de la cafetería, una pantalla negra que se negaba a iluminarse con el nombre de Ángel.
—Liv, no quiero ser la que te lo diga, pero mira esto —Maya giró su teléfono hacia mí.
Isabella acababa de subir una historia.
Era un boomerang desde la biblioteca.
Se veía la mesa llena de libros de macroeconomía, dos tazas de café y, en primer plano, la mano de Isabella revolviendo el cabello de Ángel mientras él escribía algo concentrado.
El texto decía: “Noches de café y estrategias.
Nadie dijo que construir un imperio fuera fácil, pero con el socio adecuado, es divertido.
☕✨ #VandermirPower”.
—Es en serio, ¿Liv?
—Maya soltó un bufido de indignación—.
¿Tú crees que están trabajando?
Yo los veo muy distraídos.
Isabella tuvo tiempo para posar, editar y subir una historia etiquetándolo, pero Ángel no ha tenido ni cinco segundos para mandarte un mensaje y decirte que llegó bien.
—Está concentrado, Maya.
El proyecto es importante —repetí, pero mis propias palabras me sonaban a ceniza.
—O tal vez le gusta que ella lo distraiga —sentenció Chloe, quien seguía ahí observando el desastre—.
No te engañes, Olivia.
El silencio también es una respuesta.
Me levanté de la mesa de golpe.
Necesitaba aire, necesitaba salir de ese edificio donde el apellido Vandermir parecía estar escrito en cada pared.
Salí al patio central, ignorando los susurros de otros estudiantes que seguramente ya habían visto la foto en Spotted.
Me senté en un banco cerca de la fuente del área de Artes, tratando de controlar mi respiración.
De repente, alguien se detuvo frente a mí.
—Esa cara me resulta familiar.
Es la misma que pusiste cuando el profesor de Estética nos dejó leer a Kant en una sola noche.
Levanté la vista.
Era Julián.
Llevaba su mochila de cuero desgastado y un cuaderno de bocetos bajo el brazo.
Hacía semanas que no hablábamos, no desde que Ángel lo enfrentó en el pasillo de forma tan agresiva que Julián decidió que su seguridad personal era más importante que nuestra amistad.
—Hola, Julián —dije, tratando de forzar una sonrisa—.
Perdón, estoy un poco distraída.
Julián se sentó a una distancia prudente, mirándome con curiosidad.
—He visto las redes —admitió con una honestidad brutal que me desarmó—.
Y también vi cómo salieron del edificio de Negocios hace rato.
No parece que estés teniendo un buen día, Sterling.
—Son cosas de la carrera —respondí automáticamente—.
Tienen un proyecto pesado.
Julián soltó una risita suave y empezó a juguetear con un lápiz.
—¿Sabes qué es lo que me gusta del arte?
Que no miente.
La gente intenta ocultar cosas con palabras de negocios o “lealtades familiares”, pero la mirada no miente.
Te ves agotada de esperar, Olivia.
Me quedé callada.
Julián no me juzgaba como Chloe, ni me compadecía como Maya.
Solo estaba ahí, siendo una presencia tranquila en medio del caos que Isabella había desatado.
—¿Tu novio no se va a aparecer por aquí a decirme que me aleje otra vez?
—preguntó él con una pizca de ironía, pero sin malicia.
—No —dije, sintiendo un nudo en la garganta—.
Ángel está…
ocupado.
—Bueno —Julián abrió su cuaderno y empezó a trazar líneas rápidas—.
Entonces, si no te molesta, me voy a quedar aquí un rato.
Tengo que terminar unos bocetos y parece que tú necesitas a alguien cerca que no hable de balances económicos ni de apellidos antiguos.
¿Te parece bien?
Asentí, sintiendo un alivio extraño.
Por primera vez en el día, alguien no me exigía nada, ni me recordaba que yo no era una Vandermir.
Julián se quedó ahí, dibujando en silencio, mientras yo miraba mi teléfono una última vez.
Ángel no había escrito.
Isabella había ganado la tarde, pero Julián me estaba dando algo que Ángel me había quitado sin darse cuenta: un espacio donde podía ser simplemente Olivia, sin sombras de otras personas acechando.
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