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No era amor - Capítulo 3

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3: CAPÍTULO 3 3: CAPÍTULO 3 El espejo me devolvía la imagen de una desconocida.

Maya había cumplido su amenaza: el vestido negro vintage que me había prestado se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel de seda.

Era sencillo, de tirantes finos y con una caída que me llegaba a los tobillos, pero el contraste con mi piel blanca y el negro azabache de mi pelo —que Maya se había empeñado en dejar liso y brillante como el cristal— era casi agresivo.

—Estás…

—Maya se quedó sin palabras, sosteniendo una brocha de maquillaje como si fuera una varita mágica—.

Livie, si Ángel no se desmaya cuando te vea, es que definitivamente es un robot programado por la academia.

—Solo espero no tropezar con el dobladillo y terminar en el suelo frente a toda la escuela —murmuré, intentando colocarme un pequeño dije de plata que era lo único mío que sobrevivía al disfraz.

—No vas a tropezar —sentenció Chloe desde su cama.

Ella llevaba un traje de chaqueta azul oscuro que la hacía parecer una joven profesora de Oxford, elegante y letal—.

Y si lo haces, levántate con la cabeza alta.

Eres la única persona en este edificio que no parece un catálogo de muebles caros.

Un golpe suave en la puerta hizo que mi corazón diera un vuelco innecesario.

—Es él —susurró Maya con una sonrisa de oreja a oreja.

Al abrir, me encontré con Ángel.

Si antes pensaba que el uniforme le quedaba bien, el esmoquin negro que llevaba ahora era directamente un crimen.

Se había peinado el cabello miel hacia atrás, dejando al descubierto sus pecas y esa mirada que siempre parecía estar analizando algo valioso.

Se quedó paralizado, con la mano aún levantada para volver a tocar la puerta.

—Hola —dije, tratando de romper el silencio.

—Livie…

—Su voz bajó un octava.

Se aclaró la garganta, visiblemente nervioso—.

Estás increíble.

No…

increíble es poco.

Parece que has salido de un sueño.

—Menos poesía y más movimiento, Ángel —le respondí, aunque sentí el calor subir por mi cuello—.

Recuerda el trato: una semana de paz si sobrevivo a esto.

Ángel se rió, recuperando su confianza habitual, y me ofreció el brazo.

—Valdrá la pena, te lo aseguro.

El gran salón de la Stirling Academy estaba transformado.

Miles de luces blancas colgaban del techo simulando estrellas, y una orquesta en vivo tocaba algo que sonaba a Mozart mezclado con modernidad.

El olor a perfume caro, flores frescas y cera de piso era casi embriagador.

Durante la primera hora, Ángel fue el caballero perfecto.

Me presentó a personas cuyos nombres olvidé al segundo, me trajo una copa de ponche (sin intentar salvarme de nada esta vez) y me mantuvo entretenida con chistes ácidos sobre los profesores.

—¿Ves a esa mujer de vestido verde?

Es la decana de ética —me susurró al oído mientras bailábamos un paso lento—.

Dicen que una vez expulsó a un alumno solo porque su perro no sabía sentarse correctamente.

Solté una risotada real.

—No me sorprende.

Este lugar huele a reglas incluso cuando hay fiesta.

—Por eso me gustas tú, Livie —dijo él, deteniéndose un momento.

Sus ojos miel se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo querer retroceder—.

Porque no hueles a reglas.

Hueles a algo que no puedo descifrar.

La cercanía empezó a asfixiarme.

No era él, era la situación.

El calor de sus manos en mi cintura, las luces, el murmullo constante de la gente…

Sentí que las paredes del salón se cerraban sobre mí.

—Necesito aire —solté, soltándome de su agarre de forma un poco brusca.

—¿Estás bien?

¿Te traigo algo?

—Ángel dio un paso hacia mí, preocupado.

—No, solo…

solo cinco minutos sola.

Quédate aquí, volveré pronto.

Caminé rápido, esquivando parejas, hasta que encontré una de las salidas laterales que daban a las gradas del campo de deportes.

El aire frío de la noche me golpeó la cara como una bendición.

Me senté en la madera oscura, lejos de la música que ahora sonaba como un eco lejano.

Cerré los ojos y suspiré profundamente.

Y entonces, ocurrió.

No fue una imagen, fue un olor.

Un aroma crudo y penetrante que no pertenecía a este internado de lujo: tabaco viejo y lluvia.

El recuerdo me golpeó con la fuerza de un camión.

Me vi a los cinco años, sentada en un porche cuya madera se astillaba bajo mis dedos.

El cielo estaba gris, pesado, a punto de romperse en tormenta.

Un niño, con las manos sucias y las rodillas raspadas, estaba frente a mí.

Me entregaba algo: un pequeño soldado de madera al que le faltaba un brazo.

“No llores, Livie”, decía su voz, una voz que no era la de Ángel.

“Te lo arreglo luego”.

Sentí una punzada de dolor en el pecho, un hambre de algo que no podía nombrar.

Aquel niño no olía a colonia cara ni a sábanas limpias.

Olía a realidad, a pérdida y a una lealtad que no necesitaba esmóquines.

—¡Livie!

Te encontré.

Pensé que te habías ido sin avisar.

La voz de Ángel rompió el hilo de mi memoria.

Apareció frente a mí sosteniendo dos vasos rojos, con esa mirada de satisfacción por haberme “rescatado” otra vez.

—Solo quería estar sola un momento, Ángel —dije, y mi propia voz me sonó extraña, como si viniera de muy lejos.

Él notó mi tono.

Se sentó a mi lado, dejando los vasos en el suelo.

—Lo siento.

Tienes razón.

A veces me emociono demasiado.

Es que…

me gusta estar cerca de ti, Livie.

Siento que si me descuido un segundo, vas a desaparecer o te vas a dar cuenta de que este lugar no es para ti.

Lo miré bajo la luz tenue de los faroles.

Ángel era perfecto.

Era el chico que cualquier persona querría tener.

Y sin embargo, mientras él buscaba mi mano en la oscuridad, yo solo podía pensar en el niño del juguete roto.

Sentí una oleada de culpa.

Él me miraba como si yo fuera su mundo entero, y yo solo estaba usándolo como un escudo para no sentirme sola en una habitación llena de gente.

—No voy a desaparecer, Ángel —mentí, aceptando el vaso de ponche.

Pero mientras bebía, sabía que la mentira era para mí.

Porque mi corazón no estaba en ese baile, ni en la Stirling Academy.

Estaba atrapado en un porche viejo, esperando a un niño cuyo rostro seguía siendo un borrón, pero cuya ausencia dolía más que cualquier realidad.

Nos quedamos en silencio un largo rato, sentados en las gradas mientras el frío de la noche empezaba a colarse por la seda de mi vestido.

Ángel no insistió en volver adentro, y se lo agradecí en silencio.

Se limitó a quedarse ahí, a mi lado, como un guardián silencioso que no terminaba de entender qué es lo que custodiaba.

—¿Sabes?

—dijo de pronto, rompiendo el hechizo del recuerdo—.

He pasado tres años en esta academia tratando de encontrar a alguien que no pareciera estar actuando.

Y luego llegas tú, con tu cazadora de cuero y esa mirada de querer prenderle fuego al edificio de administración.

—No quiero quemarlo todo, Ángel —respondí con una sonrisa amarga, mirando el horizonte oscuro—.

Solo quiero saber qué hay debajo de tanta ceniza.

Él se giró hacia mí.

Sus dedos rozaron la punta de mi mano, pero esta vez no se alejó.

—Si me dejas, yo te ayudo a buscar.

Lo miré.

Por un segundo, la calidez de sus ojos miel fue tan tentadora que casi me permití creerle.

Ángel era la salida fácil, el camino iluminado, la vida que mis padres querían para mí.

Pero la culpa volvió a instalarse en mi pecho.

No podía arrastrarlo a él a mis sombras cuando apenas yo misma sabía qué había en ellas.

—Vamos adentro —dije, poniéndome de pie y sacudiendo el vestido—.

Si no aparecemos pronto, Maya enviará a un equipo de búsqueda y rescate.

El resto de la noche pasó como un borrón de luces y música alta.

Bailamos una canción más, una rápida donde él me hizo girar hasta que me sentí mareada y, por un instante, dejé de pensar.

Al terminar la velada, me acompañó hasta la puerta de la habitación 302.

El pasillo estaba en silencio, iluminado solo por las lámparas de pared que daban una luz amarillenta y soñolienta.

—Promesa es promesa, Livie —dijo él, apoyándose contra la pared con las manos en los bolsillos del pantalón del esmoquin.

Se veía relajado, pero había una pizca de tristeza en su sonrisa—.

Una semana de paz.

No más cafés sorpresa, no más esperas en la puerta, no más…

“dedicación”.

—¿Crees que puedas cumplirlo?

—le pregunté, arqueando una ceja.

—Va a ser la semana más difícil de mi vida —admitió con una risa suave—.

Pero quiero que sepas que no lo hago porque me rinda, sino porque te respeto.

Y porque quiero que me extrañes un poquito.

—No cuentes con eso, “Chico de Oro” —repliqué, aunque sentí un pinchazo de algo que no quise admitir.

Él se inclinó y, antes de que pudiera reaccionar, me dio un beso casto en la mejilla.

Olía a esa colonia cara que ahora empezaba a resultarme familiar.

—Buenas noches, Livie.

Disfruta de tu soledad.

Entré en la habitación y cerré la puerta con cuidado.

Maya y Chloe ya estaban dormidas, o al menos lo fingían muy bien.

Me quité los mocasines y caminé descalza hasta la ventana.

Afuera, la luna iluminaba los jardines perfectos de Stirling.

Había sobrevivido a mi primera prueba social, tenía a un chico increíble comiendo de mi mano y dos amigas que cubrían mi espalda.

Tenía todo lo que se supone que debería hacerme feliz.

Entonces, ¿por qué sentía que me faltaba el aire?

Me toqué el cuello, buscando el collar de plata.

En mi mente, el niño del porche volvió a aparecer, desvaneciéndose en la niebla.

“No me olvides”, había dicho.

Y mientras me deshacía del vestido de seda negra, me di cuenta de que la “semana de paz” que Ángel me había prometido no era para descansar de él.

Era el tiempo que necesitaba para descubrir quién era el niño que me estaba llamando desde mis pesadillas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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