No era amor - Capítulo 31
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31: CAPÍTULO 31 31: CAPÍTULO 31 Habían pasado dos semanas desde que Julián regresó a mi vida, y mentiría si dijera que su presencia no era el único aire fresco en Stirling.
Mientras Ángel se hundía más y más en “reuniones de negocios” interminables con Isabella, Julián y yo habíamos construido un refugio.
Entre pinceles, bocetos y cafés en la parte trasera del campus de artes, encontré a alguien que me escuchaba sin juzgarme y que no intentaba moldearme para que encajara en un imperio familiar.
Pero hoy quería intentar ser la “buena novia”.
Ángel me había dicho que estarían terminando la fase técnica del proyecto en una de las salas de estudio privadas del dormitorio de chicos.
Compré un par de sándwiches y caminé hacia allá, esperando darle una sorpresa.
La que se llevó la sorpresa fui yo.
Al empujar la puerta, que estaba entreabierta, el aire se me escapó de los pulmones.
Isabella estaba sentada directamente sobre las piernas de Ángel, con un brazo rodeando su cuello mientras señalaba algo en la laptop de él.
Sus rostros estaban a milímetros de distancia.
No estaban estudiando; estaban compartiendo un espacio que solo me pertenecía a mí.
Ángel levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron.
Vi el pánico instantáneo en sus ojos, pero también una extraña sombra de desafío, como si esperara que yo gritara o hiciera una escena.
No le di el gusto.
Cerré la puerta de un golpe que resonó en todo el pasillo y me di la vuelta.
Escuché mi nombre, pero mis piernas se movían más rápido.
No me detuve a ver quiénes estaban en el pasillo con sus teléfonos en alto, grabando la escena de mi huida.
Solo quería desaparecer.
Minutos después, llegué al mirador del jardín botánico, con la cara roja de furia y humillación.
Julián ya estaba ahí, como si supiera que lo necesitaba.
—¿Olivia?
—Se levantó de la banca de inmediato, dejando su cuaderno a un lado—.
Estás temblando.
¿Qué pasó?
—Es un imbécil, Julián —solté, dejando caer la bolsa de comida al suelo—.
Me reclama por hablar contigo, me hace escenas de celos ridículas, y él…
él permite que ella se le siente encima como si fuera su dueña.
Delante de todos.
Julián se acercó y me puso una mano en el hombro, con esa calidez que Ángel ya no me daba.
—No tienes que aguantar eso, Liv.
Tú vales mucho más que el drama de esos dos.
—Es que no lo entiendo —continué, con la voz quebrada por la rabia—.
Ella lo manipula y él se deja.
Dice que es su “hermana”, pero ninguna hermana se sienta así en las piernas de…
—¡Olivia!
—El grito de Ángel cortó el aire como un látigo.
Me giré bruscamente.
Ángel estaba a unos metros, respirando con dificultad, con la mirada clavada en la mano de Julián sobre mi hombro.
El ambiente se volvió denso, eléctrico.
La tensión era tan inmensa que sentí que el oxígeno se acababa.
Ángel no miraba mi cara de dolor; miraba a Julián con un odio que rayaba en lo violento.
—Suéltala —ordenó Ángel, dando un paso adelante.
Su voz era un gruñido bajo—.
Ahora mismo.
—Ella está mal, Ángel —respondió Julián, sin amedrentarse, aunque noté cómo apretaba la mandíbula En cuanto Ángel dio el primer paso hacia nosotros, Julián se movió con un instinto protector que me dejó sin aliento.
Se colocó frente a mí, usándose como un escudo humano, ocultándome de la mirada gélida y posesiva de Ángel.
—Se puede saber qué es lo que está pasando aquí entre ustedes dos —sentenció Ángel.
Su voz no era una pregunta, era una acusación—.
No puedo creer que apenas tengamos un malentendido, vengas corriendo a los brazos de este.
—”Este” tiene un nombre, Ángel —intervino Julián, con una firmeza que hizo que la mandíbula de Ángel se tensara aún más—.
Y no voy a permitir que la trates así.
En vez de venir aquí a marcar territorio, ¿por qué no te preocupas por ella?
Por cómo la trataste, por cómo salió corriendo y llorando de ese lugar.
—Tú no te metas que no estoy hablando contigo —rugió Ángel, tratando de esquivarlo para llegar a mí.
—Sí me meto, porque ella me importa —le devolvió Julián, sin bajar la guardia—.
Cosa que no he visto que te importe a ti desde hace mucho tiempo.
Julián se giró levemente hacia mí, dándome fuerzas con la mirada.
—Dile, Liv.
Dile todo lo que sientes.
Ángel se detuvo en seco, desconcertado.
Me miró con una mezcla de sospecha y dolor.
—¿Ahora dejas que alguien más hable por ti?
¿Por qué no me lo dices tú?
Dímelo.
¿Qué es lo que Julián quiere que me digas, Olivia?
Me quedé callada.
En ese momento, sentí que el aire me faltaba.
No era solo Ángel; era el peso de cada cámara escondida en el campus, de cada notificación de Stirling Secrets, de cada mirada de Isabella.
Me sentía sofocada, como si estuviera en el fondo de una piscina intentando gritar.
Recordé cada momento: las fotos que le mandaban a Ángel cuando Julián me pintaba, los interrogatorios de “¿por qué estaban tan cerca?”, la sensación de que mi vida privada ya no era mía, sino un espectáculo para que todo el internado opinara.
Me sentía una egoísta por querer silencio, por querer algo que fuera solo nuestro, pero la realidad era que yo ya no era una persona para ellos, era un accesorio del próximo empresario Vandermir.
Las lágrimas empezaron a nublar mi vista.
Quería gritar que estaba harta de ser el centro del huracán, que estaba cansada de ser juzgada por cada paso que daba mientras él permitía que Isabella lo invadiera todo.
Pero el nudo en mi garganta era demasiado grande.
Julián, viendo mi colapso silencioso, volvió a hablar por mí.
—Ella no te lo va a decir porque te quiere, Ángel.
Te quiere muchísimo y no quiere herirte, pero no se siente cómoda con lo que está pasando.
La hostiga todo tu reconocimiento, tu apellido…
todos te conocen, eres el siguiente en la línea Vandermir y permites que todo el mundo se meta en su relación.
¿Tú crees que eso está bien?
¿Crees que está bien descuidarla por estar todo el tiempo con Isabella?
¡Contéstame!
Ángel pareció caer en cuenta por primera vez.
Su postura rígida se desmoronó.
Me miró a los ojos, que ahora estaban fijos en el suelo, y el silencio se volvió denso.
—Amor…
—su voz cambió a un tono suave, cargado de arrepentimiento—.
Si te sentiste así de verdad, lo siento.
Debiste habérmelo dicho, pero yo no soy adivino.
Si tú no me lo dices, no sé cómo actuar.
Se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—Se me subió a la cabeza que estuvieras con él todo el tiempo.
Y tal vez…
tal vez sí quería causarte celos con Isabella.
Quería que explotaras, que me dijeras lo que yo te digo cuando te veo con él.
Lo siento.
Pero en serio quiero que me digan…
¿tienen algo?
Porque siempre los veo juntos.
Estás tan serena, con una paz que no has sentido conmigo en años.
Te veo tan feliz y plena que a veces siento que no te hago falta cuando estás con él.
El momento era de una vulnerabilidad cruda, pero fue interrumpido por un taconeo firme sobre el pavimento.
—¿Qué significa esto?
—La voz de la profesora Miller nos hizo saltar—.
Ángel, tienes clase en este momento.
Y Julián, Olivia…
debieron estar presentes para su exposición hace más de media hora.
Las presentaciones ya iniciaron y era su turno.
Se les acaba de pasar.
El mundo se me cayó encima.
Miré a Julián, cuyo rostro reflejaba el mismo terror.
Habíamos arruinado la calificación de la materia más importante del semestre por este drama.
Julián nunca faltaba, sus notas eran perfectas…
y yo lo había arrastrado a esto.
—Luego hablamos —susurró Ángel, sintiéndose visiblemente culpable, antes de retirarse rápidamente con la profesora.
Me quedé sola con Julián.
El peso de la culpa me aplastaba.
—Julián, yo…
lo siento tanto.
Es mi culpa.
No debí dejar que esto nos distrajera —dije, a punto de romper a llorar otra vez—.
Lo voy a solucionar, hablaré con quien sea para que nos dejen presentar de nuevo.
No voy a dejar que tu historial se arruine por mí.
Julián se acercó y, sin decir una palabra, me rodeó con sus brazos.
Fue un abrazo de pura amistad, uno que no pedía nada a cambio, solo consuelo.
—No pasa nada, Liv —susurró contra mi cabello—.
Si tú estás bien, eso es lo importante.
Sé que lo vas a solucionar.
Vamos a explicarlo y nos dejarán presentarlo, ya verás.
Me aferré a él, agradecida por tener al menos una rama segura en medio de toda la tormenta que era mi vida con Ángel.
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