No era amor - Capítulo 32
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32: CAPÍTULO 32 32: CAPÍTULO 32 Isabella El campus de Stirling es como una caja de resonancia; solo hace falta un susurro para que el eco llegue a todos los edificios.
Para cuando Ángel regresó de su “charla” con Olivia, el video de ella saliendo llorando de la sala de estudio ya circulaba por los grupos de clase.
Lo vi entrar al salón de Economía con la mirada perdida.
Me senté a su lado y deslicé una botella de agua hacia él.
—Ángel, estás pálido —le susurré—.
Sé lo que pasó.
Dicen que Olivia prefirió irse con el chico de Artes que escucharte.
—No es así, Isabella —contestó él con amargura—.
Ella se siente asfixiada.
Dice que mi mundo la está matando.
—¿Tu mundo o el peso de la realidad?
—arqueé una ceja—.
Ángel, tú y yo entendemos lo que es tener un nombre que proteger.
Ella…
bueno, ella está aquí por una beca.
Debería estar cuidando su promedio en lugar de perder exposiciones por escenas dramáticas en el jardín.
Yo estoy aquí, sentada contigo, ayudándote a que este proyecto sea impecable.
Ella está poniendo en riesgo su futuro por alguien que no tiene nada que perder.
¿Ves la diferencia?
Ángel no respondió, pero vi cómo apretaba los puños.
La duda ya estaba trabajando a mi favor.
Olivia El resto de la tarde fue un torbellino de ansiedad.
No tengo padres influyentes que llamen a la dirección para arreglar mis errores.
Mi padre ni siquiera me contesta las llamadas; la última vez que hablamos me gritó que me quedara con mis “amiguitos ricos” y que no volviera a casa.
Solo tengo mis notas y mi talento para mantenerme en Stirling.
Fui a la oficina de la profesora Miller y, tras casi suplicarle y explicarle que mi falta fue un “problema personal grave”, logré que nos diera una última oportunidad para el viernes.
Salí de ahí sintiéndome pequeña, consciente de que mi beca pendía de un hilo.
Esa noche, Julián me acompañó hasta el dormitorio.
—Mañana repasamos el guion, Liv —me dijo con voz suave—.
No dejes que esto te quite el sueño.
Eres la mejor de la clase, lo vas a lograr.
—Gracias, Juli.
De verdad.
No sé qué haría sin ti ahora mismo.
Mi mamá me mandó un mensaje diciendo que mi papá volvió a beber…
siento que todo se cae a pedazos y tú eres el único que me ayuda a sostenerlo.
Lo abracé rápido, buscando un poco de paz.
Pero al separarme, sentí un escalofrío.
Miré hacia el edificio de los chicos y allí, en una ventana, vi la silueta de Ángel.
Estaba observándonos.
No hubo mensaje, ni llamada.
Solo ese silencio de juez que me hacía sentir culpable de algo que no había hecho.
Pasaron tres días de un distanciamiento absoluto que me carcomía por dentro.
Me refugié en el taller de arte con Julián; era el único lugar donde el apellido Vandermir no se sentía como una cadena.
El jueves por la tarde, mientras retocaba una lámina con trazos nerviosos, Julián soltó el pincel.
El sonido de la madera contra la mesa me hizo saltar.
—Liv…
tengo que decirte algo —empezó.
Estaba temblando.— Sobre por qué me quedé aquel día en la fuente a pesar de los gritos de Ángel.
Lo volteé a ver y sentí un nudo en el estómago.
Estaba tan nervioso que por un momento tuve miedo de que ya no quisiera ser mi amigo, de que se hubiera cansado de los problemas que mi relación con Ángel le acarreaba.
Julián era la única persona con la que me sentía yo misma, y la idea de perderlo me aterraba.
—¿Juli?
—No me quedé aquel día en la fuente solo por amistad, Liv.
Me duele ver cómo te trata, cómo te hace sentir que tú eres el problema —prosiguió él, bajando la mirada—.
Me quedé porque me gustas desde el primer día.
Me gusta tu inteligencia, cómo ves las cosas…
solo quería que supieras que hay alguien que valora tu paz.
Un silencio sepulcral inundó el taller.
Entré en un estado de alarma total.
No podía ser cierto.
Mi mejor amigo, mi único pilar, acababa de dinamitar el suelo que pisábamos.
—Estás bien, dime algo —insistió él, desesperado—.
Recházame si quieres, pero no quiero que nuestra amistad se termine.
Puedo fingir incluso que no te amo, pero dime algo.
—Julián, no te amo —solté, guardando mis cosas con manos torpes—.
Lo siento, te aprecio, pero estoy con Ángel.
Y aunque no estuviera con él, no sería tan estúpida para cometer el error de corresponderte y arruinar nuestra amistad.
Si no estás de acuerdo con esto, es mejor que dejemos de ser amigos.
Por tu bienestar y por el mío.
Huí del taller sin mirar atrás.
Necesitaba a Ángel.
Necesitaba recordarme por qué estaba aguantando tanto.
Corrí hasta su edificio, entré a su habitación y, al no encontrarlo, me senté en su cama a esperarlo.
El cansancio me venció.
Al día siguiente, el salón de clases tenía un aire raro, como si alguien hubiera cerrado las ventanas desde dentro.
Nadie hablaba demasiado.
Las risas habituales no aparecieron y hasta el murmullo previo a la clase se sentía forzado, casi tímido.
Me senté en mi lugar de siempre, junto a la ventana, acomodando mi mochila con movimientos mecánicos.
Esperé.
Julián solía saludarme con una sonrisa breve, con ese gesto pequeño que solo yo notaba.
Esta vez no ocurrió.
No me miró.
Ni una sola vez.
Tenía la espalda rígida, los hombros tensos, como si cargarán algo demasiado pesado.
El maestro empezó la lección, su voz flotaba por el aula, pero yo apenas entendía las palabras.
Algo estaba a punto de romperse, podía sentirlo en el pecho, en ese presentimiento incómodo que no te deja respirar del todo.
Entonces pasó.
En medio de la explicación, Julián empujó su silla hacia atrás.
El ruido fue seco, exageradamente fuerte en ese silencio artificial.
Se puso de pie con torpeza, como si las piernas no le respondieran bien.
El maestro se detuvo, confundido.
Todos giraron a verlo.
Julián respiraba agitado.
Sus manos temblaban.
—Ya no puedo seguir fingiendo —dijo, y su voz se quebró apenas terminó la frase.
Sentí que el corazón me golpeó las costillas.
—Te amo —gritó—.
Te amo y estoy cansado de esconderlo.
El mundo se detuvo por un segundo… y luego explotó.
Sillas moviéndose, exclamaciones ahogadas, risas nerviosas.
Los teléfonos aparecieron como reflejo automático.
Vi claramente a Chloe levantando el suyo, enfocando sin pudor.
Maya ya estaba grabando, escribiendo algo rápido antes de enviar el video a los grupos.
Los flashes comenzaron a dispararse como pequeños relámpagos, cegándome, clavándome al asiento.
Yo no podía moverme.
No podía hablar.
Solo sentía el calor subirme al rostro y un nudo cerrándome la garganta.
La puerta del salón se abrió de golpe.
El golpe resonó como un disparo.
Ángel entró.
Tenía los ojos desorbitados, la mandíbula apretada, el cuerpo entero vibrándole de rabia.
No preguntó nada.
No gritó.
No hubo advertencia.
Caminó directo hacia Julián y el primer golpe sonó hueco, brutal.
Un puñetazo seco que hizo crujir el aire.
Julián cayó contra el pupitre, pero Ángel no se detuvo.
Uno.
Otro.
Y otro más.
El sonido de los golpes llenó el salón.
Sordo, húmedo.
Alguien gritó.
El maestro intentó intervenir, pero se quedó paralizado.
Julián ya no se defendía.
Sangre en el rostro, en el piso, en las manos de Ángel.
Cuando finalmente cayó al suelo, inmóvil, el silencio regresó, espeso, insoportable.
Minutos después, la ambulancia llegó.
Las sirenas atravesaron el caos como una herida abierta.
Las enfermeras entraron corriendo, revisaron a Julián, lo subieron a la camilla.
Su rostro estaba pálido, irreconocible.
Ángel se giró hacia mí.
Tenía los nudillos destrozados, la sangre mezclada con lágrimas que le caían sin control.
Se acercó, temblando.
—Perdón —murmuró—.
Yo… lo vi todo rojo.
No pensé.
Yo me levanté despacio.
Sentía las piernas de papel, el corazón cansado, como si hubiera envejecido años en unos minutos.
Miré la camilla alejarse por el pasillo, escuché las ruedas rechinar contra el suelo.
Y entonces hablé.
—Se acabó, Ángel —dije, con la voz firme a pesar de todo—.
No puedo más.
No lo miré cuando me giré.
Ya no hacía falta.
Desperté de golpe, empapada en sudor y con el corazón martilleando contra mis costillas.
La oscuridad de la habitación me rodeaba.
No había ambulancias, ni sangre, ni gritos.
—¿Olivia?
¿Estás bien?
—La voz de Ángel me trajo de vuelta.
Estaba a mi lado, encendiendo la luz de la mesita de noche con preocupación—.
Estabas temblando.
Respiré hondo, tratando de sacar la imagen de Julián herido de mi cabeza.
Estaba en la habitación de Ángel.
Me había quedado dormida esperándolo.
—Tengo que decirte algo…
por eso vine —susurré, todavía aterrada por la nitidez de la pesadilla.
—Está bien, descansa.
¿Quieres agua?
—Ángel se levantó con una ternura que me hizo sentir peor—.
Sé que no hemos estado muy bien estos días, pero me encanta que me vinieras a ver y te quedaras esperándome.
Es lo más lindo que has hecho por mí, Olivia.
Me trajo un vaso de agua, pero mis manos seguían temblando.
—Ángel…
Julián se me declaró —solté de golpe.
Él se quedó inmóvil, con el vaso a medio camino.
—¿Se te declaró?
—Le dije que no —añadí rápido, agarrándolo del brazo para que se sentara a mi lado—.
Le puse un límite porque estoy contigo.
Te lo cuento porque nuestra relación se basa en la confianza, y no quiero secretos.
Si no hay confianza, no hay nada, y yo no quiero que nos perdamos.
Ángel se sentó, mirando al vacío.
El silencio duró una eternidad.
—¿Y qué vas a hacer?
¿Cómo quedaron?
—Le dije que si no podía con esto, dejáramos de ser amigos.
Pero él dice que puede seguir siendo mi amigo.
Sé que es egoísta de mi parte pedirle eso, pero no quiero perderlo.
—Entonces pretendes que siga siendo tu amigo —Ángel soltó una risa amarga—.
¿Y tú quieres que yo acepte eso?
¿Que acepte que ese tipo te ama mientras yo estoy concentrado en mis estudios y te dejo sola con él?
¿Quién me asegura que no va a intentar robarte un beso?
—Sé que no lo hará, lo conozco —lo tomé de la mano, suplicante—.
Confía en mí, Ángel.
Créeme cuando te digo que no te voy a fallar.
—Confío en ti, Olivia, pero no confío en él ni en que se vaya a abstener —dijo él, aunque su voz ya no tenía la furia de mi sueño, sino una resignación cansada—.
Pero está bien…
por ahora, depositaré mi confianza en ti.
Me abrazó con fuerza y me dio un beso en la frente.
Nos acostamos juntos y, aunque él me rodeaba con sus brazos, yo no podía dejar de pensar en que los sueños a veces son advertencias.
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