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No era amor - Capítulo 34

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34: CAPÍTULO 34 34: CAPÍTULO 34 Angel —No es una petición, Ángel.

Es una orden.

La voz de mi padre era un muro de piedra.

No importaba que fuera 14 de febrero, no importaba que hubiera un concierto masivo en Stirling.

Para él, los negocios familiares estaban por encima de cualquier “festividad adolescente”.

—Te quiero en la ciudad a las cinco.

Isabella se quedará en el campus para representar a los Vandermir en el evento de esta noche y coordinar con los decanos, pero tú vienes conmigo.

No me hagas repetirlo.

Colgué el teléfono con una rabia sorda.

Tenía que dejar a Olivia sola ¿Cómo iba a dejar a Olivia sola hoy?

Precisamente hoy, cuando el ambiente en Stirling estaba a punto de estallar.

Fui a buscarla antes de que las clases terminaran.

La encontré en el pasillo, llevaba una cinta roja en el cabello y una pequeña sonrisa que se desvaneció en cuanto vio mi cara.

—¿Ángel?

¿Qué pasa?

—Me tengo que ir, Liv —solté, tomándola de las manos.

Estaban frías—.

Mi padre…

negocios familiares.

Me quiere en la ciudad esta noche.

—¿Te vas?

—susurró ella, y vi cómo sus ojos se llenaban de una decepción profunda—.

¿Hoy?

Ángel, después de todo lo que ha pasado con Julián…

pensé que estaríamos juntos.

—Lo sé, y me odio por esto —la atraje hacia mí, abrazándola con una fuerza casi desesperada—.

Escúchame: Isabella se queda aquí, ella estará pendiente de todo.

Por favor, quédate con Maya y Chloe.

No vayas sola al concierto.

Y sobre todo…

mantente alejada de él.

No le des a la gente razones para hablar.

—Me pides que confíe en ti mientras me dejas sola bajo la vigilancia de Isabella —respondió ella con una amargura que me dolió—.

Está bien, Ángel.

Ve a tus negocios.

Le di un beso que sabía a despedida y a miedo.

Me subí al auto negro que me esperaba en la puerta.

Vi a Isabella parada en la escalinata, impecable en su vestido oscuro, despidiéndome con un gesto elegante de la mano.

Ella se quedaba.

Ella sería mis ojos, pero por alguna razón… El teléfono vibró, interrumpiendo mis pensamientos.

No era un mensaje Era una notificación de Stirling Secrets: “El príncipe heredero abandona el castillo con su princesa de negocios.

¿Quién cuidará de la becaria esta noche?

Hagan sus apuestas, el concierto empieza en tres horas y hay muchos lobos hambrientos… Decidí dejar el teléfono a un lado.

Y en ese momento, sentí un pavor que no pude explicar: sentí que le estaba entregando las llaves de mi reino al enemigo.

Isabella Vi el auto de Ángel alejarse.

Tenía todo planeado para el concierto, pero una llamada de mi madre cambió el guion en un segundo.

—Isabella, tu hermano ha vuelto a meterse en problemas.

Tienes que sacarlo de Stirling ahora mismo antes de que los decanos descubran lo que hizo en el taller.

Los espero en el estacionamiento sur.

No dejes que nadie los vea salir juntos.

Maldije entre dientes.

El deber familiar siempre arruinando mis planes personales.

Busqué a Julián con un mensaje urgente: “Estacionamiento sur.

Ahora.

Mamá está aquí.

Si no vienes, esta vez no habrá apellido que te salve de la expulsión”.

Caminé hacia el estacionamiento sur con los tacones resonando contra el pavimento como una cuenta regresiva.

Al llegar, el Mercedes negro de mi madre ya estaba allí, con el motor encendido y los cristales tintados ocultando su mirada de halcón.

Entré en el asiento trasero y el aire gélido del interior me golpeó.

Mi madre no me saludó.

Ni siquiera me miró.

—¿Por qué no estás con Ángel?

—su voz era un látigo de seda—.

Te di instrucciones claras, Isabella.

Tenías que estar a su lado en este momento.

—Ángel se tuvo que ir con su padre a la ciudad, mamá —respondí, tratando de mantener la voz firme—.

No es fácil controlarlo cuando su familia lo reclama.

—Para una Jones nada debe ser difícil —ella se giró lentamente, sus ojos fijos en los míos, cargados de una ambición que me asfixiaba—.

No hay cosas imposibles, solo personas mediocres.

Quiero ver acciones, Isabella.

Quiero que te asegures de que ese apellido Vandermir se fusione con el nuestro, o de lo contrario, tu estancia en Stirling habrá sido una pérdida de tiempo y dinero.

En ese momento, la puerta del otro lado se abrió y Julián entró, dejándose caer en el asiento con un suspiro de derrota.

Mi madre lo recorrió con una mirada de asco, deteniéndose en sus manos manchadas de pintura.

—Y tú —dijo ella, elevando el tono—.

Ya me enteré de tu pequeño teatrito.

¿Declararte a la becaria?

Espero, por tu bien, Julián, que esa escena haya sido una estrategia para alejar a Ángel de ella y dejarle el camino libre a tu hermana.

Porque si realmente estás enamorado de esa “don nadie”, te aseguro que te va a ir muy mal.

Julián apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

—Y otra cosa —continuó ella, lanzando una carpeta sobre sus piernas—.

Me enteré de que te inscribiste en el taller como “Julián Sinclair”.

¿El apellido de tu padre?

¿En serio?

El apellido Jones tiene prestigio, poder…

el de tu padre es un recuerdo de un error que cometí.

Pero bueno, supongo que sirve para que nadie relacione tus estupideces artísticas con el nombre de tu hermana.

Si te relacionan, quedarás desheredado antes de que termine el semestre.

—Solo quiero que me dejes en paz, madre —masculló Julián.

—¡Quiero que sean aliados!

—bramó ella, golpeando el asiento—.

Se cuidan las espaldas en esa institución porque los quiero a los dos coronados como los reyes de Stirling.

No voy a permitir que una muerta de hambre como Olivia Sterling sea la reina junto a Ángel.

¿Quedó claro?

Julián y yo asentimos al unísono, como soldados entrenados.

Mi madre dio la orden al chofer y el auto arrancó, sacándonos del campus.

Ella se quedaría con nosotros en un hotel cercano para “supervisar” nuestros avances, dejando a Olivia Sterling completamente sola.

Olivia El ambiente del 14 de febrero se sentía pesado, como si el aire estuviera cargado de electricidad estática.

Ángel se había ido.

Isabella, que se suponía que “me vigilaría”, había desaparecido de forma repentina.

Y cuando fui al taller a buscar a Julián, el lugar estaba vacío; sus pinceles estaban desordenados, como si hubiera salido huyendo.

Todos se habían ido.

Todos los que, de una u otra forma, me obligaban a mantener mi papel de supervivencia en este lugar…

a excepción de Julián, claro, a él sí lo extrañaría un poco.

Pero hoy era noche de chicas.

Decidí ignorar el vacío en mi estómago y me dirigí a buscar a Chloe y Maya, a quienes casi no había visto en toda esta semana de horrores.

Las encontré en una esquina del patio principal.

La música del escenario central empezaba a retumbar y los globos rojos flotaban por doquier bajo las luces deslumbrantes.

Al verlas, sentí una punzada de tristeza.

Maya estaba con su novio, abrazados.

Era mi primer 14 de febrero con alguien, y la realidad era que estaba completamente sola.

Pero al menos el 14 de febrero también es de la amistad, ¿no?

—¡Por fin la reina vino a saludar a sus plebeyos!

—exclamó Chloe al verme, con esa sonrisa mordaz que tanto extrañaba—.

Nos tenías muy abandonadas, Liv.

—Lo sé, chicos.

Lo siento —dije acercándome a ellos—.

No había podido estar con ustedes por todo este atareo.

—Se nota que es difícil ser la reina —bromeó Chloe, dándome un empujoncito.

—Pues si quieren les entrego mi corona —respondí riendo, aunque había algo de verdad en mis palabras—.

Ya no la quiero.

Empezamos a bromear y a jugar, tratando de recuperar el tiempo perdido.

Por un momento, el nombre de Ángel y la presión de los Vandermir parecieron quedar fuera del muro de la escuela.

Entonces, el novio de Maya soltó un comentario distraído: —¿Y Ethan?

No lo he visto en toda la tarde.

Escuché que fue a buscar a Isabella.

Me detuve en seco, confundida.

—Eso es imposible.

Isabella desapareció desde que estaba en la cafetería.

Es extraño, porque Julián también desapareció al mismo tiempo que ella.

—Bueno, no lo sé —se encogió de hombros el chico—.

Pero siento que esta noche los “altos mandos” no estarán, así que hay que divertirnos.

—Tienes razón —asentí, decidida a no dejar que los misterios de los demás me arruinaran la noche.

Empezamos a bailar y a cantar mientras la banda principal subía al escenario.

Por primera vez en días, me sentía ligera.

Saltábamos al ritmo de la música, gritando las letras de las canciones hasta que nos doliera la garganta.

De un momento a otro, en medio del grupo y de las luces estroboscópicas, apareció Ethan.

No nos miró con desprecio, ni hizo comentarios cínicos.

Simplemente se unió al círculo, cantando y bailando con nosotros, con un vaso en la mano y una actitud relajada que nunca le había visto.

Esta noche en el instituto, que empezó con un adiós amargo, prometía ser una noche tranquila y extrañamente prometedora.

O eso era lo que yo quería creer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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