No era amor - Capítulo 35
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
35: CAPÍTULO 35 (parte1) 35: CAPÍTULO 35 (parte1) La noche estaba caliente, pegajosa, llena de luces que parpadeaban sin descanso.
La música me atravesaba el pecho, hacía vibrar el piso y me obligaba a moverme aunque ya estuviera cansada.
Estaba con mis amigas, riendo por nada, bailando entre empujones suaves y vasos que ya no sabía de quién eran.
Maya estaba con su novio, él bailando como si el lugar le perteneciera, rodeado de sus amigos.
Entre ellos estaba Ethan.
No hacía ruido, no llamaba la atención, pero estaba ahí, moviéndose tranquilo, como si la música no lo alterara tanto como a los demás.
En algún punto, después de risas altas y palabras mal pronunciadas por el alcohol, Maya se me acercó casi gritándome al oído.
—Queremos ir más adelante, hasta enfrente.
Se escucha mejor.
Yo asentí sin pensar demasiado.
Su novio ya estaba de acuerdo, emocionado, y volteó a ver al resto del grupo buscando aprobación.
Todos dijimos que sí, obviamente.
—Pero hagamos una cadena —dijo Chloe—, si no nos vamos a perder.
Me pareció buena idea.
Maya aceptó enseguida.
Nos tomamos de las manos rápido: primero el novio de Maya al frente, guiando con su altura; luego Maya, Chloe, yo… y atrás de mí, Ethan.
No sabía dónde estaban los demás del grupo, pero en ese momento no importaba.
Todo era música y movimiento.
Avanzamos entre la multitud.
Cada paso era más difícil que el anterior.
La gente estaba demasiado cerca, el aire pesado, los cuerpos chocando sin pedir permiso.
Sentía cómo me apretaban por todos lados, cómo el sudor ajeno se mezclaba con el mío.
Cuando ya casi llegábamos al frente, sentí que algo me jalaba del costado.
La correa de mi bolsa se había atorado y alguien estaba presionando mi mano contra mi cuerpo.
—Espera —le grité a Chloe—, se me atoró la bolsa.
Ella volteó apenas, confiada.
—¡Ya casi llegamos!
Intenté acomodarme rápido, pero en ese segundo la correa se resbaló.
Sentí cómo mi mano se soltaba.
Y el grupo siguió avanzando.
Cuando levanté la cabeza, ya no estaban.
La multitud se cerró sobre mí, empujándome, apretándome el pecho.
Tragué saliva, tratando de no entrar en pánico.
Entonces me di cuenta de que no estaba sola.
Ethan seguía ahí.
Me volteé hacia él con una sonrisa torpe, más de vergüenza que de otra cosa.
—Perdí al grupo… lo siento.
Antes de que pudiera decir algo, la gente volvió a empujar y quedamos peligrosamente cerca.
Yo levanté la vista.
Él bajó la mirada.
Sentí el calor de su cuerpo, su presencia demasiado próxima para no notarla.
—No pasa nada —me dijo—.
¿Quieres que nos quedemos aquí o avanzamos?
No le entendí nada.
La música era demasiado fuerte.
—¿Qué?
—le dije, acercándome—.
No te escucho.
Él dudó un segundo y luego se inclinó.
Apoyó la cabeza cerca de mi hombro para hablarme al oído.
—¿Quieres que nos quedemos aquí… o regresamos a donde estábamos?
Su voz me recorrió la piel.
Me incliné hacia él, buscando su oído.
—Como tú gustes.
Se enderezó y miró alrededor, intentando encontrar a los demás, pero ya no había rastro de nadie.
Yo estaba distraída, observando a la gente, sintiéndome cada vez más apretada, incómoda.
Entonces se acercó otra vez.
—Liv —dijo—.
Tengo que decirte algo… algo que me he guardado por mucho tiempo.
Lo miré, sorprendida.
—¿Estás bien?
—Sí, pero no aquí —respondió—.
¿Regresamos a donde estábamos antes?
Asentí sin pensarlo.
Le tomé la mano.
—Yo te guío.
Cambiamos de lugar y empecé a abrirme paso entre la gente, pidiendo perdón, agachándome cuando podía, empujando con cuidado cuando no había otra opción.
Costó.
Mucho.
Sentía el sudor correrme por la espalda y los brazos cansados.
Hasta que por fin llegamos a un espacio más despejado.
La música seguía sonando fuerte, pero ya no me reventaba los oídos.
Podíamos respirar.
Podíamos hablar.
Solté una risa nerviosa y lo miré.
—Ahora sí —le dije—.
Dime… ¿qué es lo que pasa?
¿Estás bien?—.
Ah, ya sé.
Es por Isabella, ¿verdad?
No te preocupes, seguro se fue a casa.
Pero…
¿qué pasa entre ustedes?
¿Todo bien?
Ethan soltó un suspiro pesado y me miró.
—Llevamos tiempo peleando, Liv.
No estoy conforme.
Siento que esto ya se acabó.
Lo escuché en silencio, sintiéndome como una verdadera amiga.
—No te vi hacer mucho por ella hoy, tal vez es eso…
—Te soy sincero, intenté hacer algo lindo.
Tenía una sorpresa para este 14, pero al final…
ella no está.
—Vaya —sonreí de lado—.
Así que eres un romántico.
—No te burles —rió él, rascándose la nuca—.
Tengo mis encantos.
—Vale, enséñame esa famosa sorpresa —lo reté, queriendo animarlo.
—Tendrías que venir conmigo.
Acepté sin pensarlo.
Salimos del campus y subimos a su auto.
Ethan tomó su auto y arrancó sin decir demasiado.
La ciudad quedó atrás poco a poco, como si el ruido se fuera apagando a propósito.
Las luces de la calle pasaban rápidas por la ventana, y yo me dejé llevar por el movimiento, por la música suave que sonaba de fondo, por la forma tranquila en la que él manejaba.
No pregunté a dónde íbamos.
Por primera vez en mucho tiempo, no lo necesitaba.
Cuando se detuvo, el lugar me sorprendió incluso antes de bajar del coche.
Al abrir la puerta, el aire era distinto, más fresco, más ligero.
Y entonces lo vi.
Un picnic cuidadosamente preparado, rodeado de luces rosadas que colgaban como pequeñas estrellas cercanas.
Una manta extendida sobre el pasto, cojines, copas, comida acomodada con intención.
Todo brillaba suave, íntimo, como si el mundo hubiera bajado el volumen solo para nosotros.
Me quedé quieta unos segundos, mirándolo todo, con una sonrisa que no pude controlar.
—Es hermoso… —le dije—.
Vaya que sí eres romántico.
Ethan sonrió, apoyándose con falsa modestia en el coche.
—Tengo mis encantos —respondió—, pero soy mejor siendo guapo que romántico.
Reí.
Una risa ligera, sincera.
De esas que salen sin pensar.
Nos acercamos al picnic y él me miró con una calma que no exigía nada.
—¿Te gustaría quedarte aquí conmigo… y no desperdiciar toda esta comida?
Asentí.
—Claro que sí.
Nos sentamos juntos.
El pasto estaba frío bajo mis manos, la manta suave, el ambiente perfecto sin sentirse exagerado.
La noche avanzaba despacio, como si nadie la estuviera apurando.
Brindamos con champán, las burbujas explotando suaves en la lengua, y hablamos.
Hablamos de todo.
Y de nada.
Conectamos de una forma que me sorprendió.
No había poses, no había máscaras.
Yo hacía años que no me sentía así de tranquila, así de presente.
No había cámaras, no existía la élite, no había apellidos ni expectativas.
Solo Ethan y yo, sentados bajo luces rosadas que parecían protegernos del resto del mundo.
Él me habló de su vida.
De lo que pesa crecer con un apellido que decide por ti.
De las cosas que ama en silencio.
Yo lo escuché sin interrumpirlo, atenta a cada palabra, a cada pausa, a la forma en que a veces bajaba la mirada cuando algo le dolía más de lo que quería admitir.
Servimos otra copa.
Y otra.
El champán no me mareaba, me aflojaba.
Me hacía sentir liviana.
Cómoda.
Segura.
No había cámaras, no estaba el apellido Vandermir, ni la sombra de mi padre borracho.
Solo éramos nosotros y un par de copas de champán que me hacían sentir ligera.
—¿Te puedo decir algo, Olivia?
—preguntó de pronto, su tono se volvió serio.
—Claro, ¿qué pasa?
—¿Recuerdas la última vez que te mudaste?
Fruncí el ceño.
—Más o menos…
es algo borroso.
¿Por qué?
—Porque yo sí recuerdo la última vez que te vi marchar —soltó él, clavando sus ojos en los míos—.
Aún recuerdo a esa niña con las rodillas raspadas y las mejillas húmedas porque no quería irse de Northwood Hills.
Te marchaste en el coche de tus padres, diciéndole adiós por la ventana trasera a tu “amigo por siempre”.
¿Lo recuerdas?
El mundo se detuvo.
Mi cerebro hizo un clic doloroso y nítido.
De repente, la imagen de un niño sentado en un porche, con el que jugaba hasta el anochecer antes de que mi vida se volviera este caos de élite, inundó mi mente.
El niño que prometí nunca olvidar, pero que la ambición de Ángel y la presión de Stirling habían borrado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com